Crónica Festival de San Sebastián 2019. Día 5

Extravagancias autorales y convergentes derivas sociales

Pacified, ópera prima del estadounidense Paxton Winters, se erigió como la gran triunfadora de esta edición del Festival de San Sebastián, Concha de Oro y premios para Mejor Actor, un medido Bukassa Kabengele y Fotografía, un film que nos es narrado bajo la mirada de una chica de 13 años llamada Tati, en la acción situada en los turbulentos días posteriores a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro vemos como a la joven en cuestión le cuesta conectar con un distanciado padre llamado Jaca que acaba de salir de la cárcel tras una larga condena. Padre e hija se verán obligados de alguna manera a abrirse camino en medio de una feroz confrontación entre la policía y las bandas criminales que operan en la comunidad, algo que amenazara con desbaratar sus esperanzas de futuro.  De un aspecto técnico ciertamente impoluto, sigue rondándome en la cabeza ese impresionante plano ascendente sobre las escaleras de la favela, con producción a cargo entre otros del conocido Darren Aronofsky y por aquello de estar comandada por gente apartada o no afín a las fronteras que el film nos sitúa Pacified parte de unas bases que pretenden de inicio no ser convencionales aunque al final en parte lo sea en según qué discutibles manierismos expuestos en su tramo final, la principal referencia al film la podemos encontrar en películas tales como Ciudad de Dios o Tropa de élite, en tal aspecto el punto de partida y posterior desarrollo es similar, su desarrollo sin embargo intenta alejarse algo pese a que el retrato de ese microcosmos social de desfavorecidos en base a unos protagonistas imposibilitados de salir de esa especie de hormiguero ubicado en el corazón de las favelas parezca en un principio idéntico al de sus congéneres. El film de Paxton Winters tiene al menos la virtud de no recrease en la miseria, por fortuna tampoco la juzga, o al menos no de una manera gratuita dando la impresión de estar ante un relato más focalizado en la humanidad de los protagonistas que en la violencia criminal del entorno en el que subsisten, de igual manera nos asistimos a discursos alegóricos en torno a la denuncia entendida como tal, el tono, bastante ameno, transcurre a través de una especie de thriller de connotaciones melodramáticas, en el detectamos una reflexión acerca de la familia como núcleo social motivador, también del anhelo de este por conquistar una libertad, una quimera a fin de cuentas, cuyo final queda escenificado con cierto aplomo en cómo llegar a sobrevivir de una manera u otra a un entorno de deviene como hostil.

Otras de las películas a competición en el día de hoy fue Thalasso del francés Guillaume Nicloux, posiblemente y por lo que respecta a un servidor estemos ante el film meme del certamen en esta edición. Orquestada a modo de una suerte de secuela de la anterior L’enlèvement de Michel Houellebecq el responsable de la notable The End nos sumerge en un dialogo, ubicado en un centro de talasoterapia de rehabilitación física que no mental, entre dos personajes bajo los rasgos del escritor Michel Houllebecq y del actor Gerard Depardieu, en tal interactuación dialogada sin embargo encontramos pese a su presencia un casi nula reflexión que tenga algo de profundidad de temarios que dan la impresión de abarcar como el arte, la política o la religión en detrimento de una caricaturización de ambas figuras. Un servidor por mucho que rebusque no termina de encontrar una justificación sólida que le dé un sentido al producto en cuestión, posiblemente todo radique en ser un simple ejercicio de naturaleza excéntrica en donde dos personajes se ríen de sí mismos, a tal respecto el tramo más ameno de esta incalificable obra lo encontremos en referencia a su inicio, en el vemos las primeras interactuaciones de Michel Houllebecq y Gerard Depardieu, el encuentro entre ellos en ese ámbito tan peculiar como es esa clínica/spa, que por momentos más que sanar da la impresión de asemejarse a sesiones de tortura, provoca un curioso contraste, por momentos a modo de deconstrucción, tan ridícula como hilarante, en el percibimos retazos de slapstick y ligeros apuntes que nos remiten a los primeros trabajos de Woody Allen y hasta a un leve espíritu que nos recuerda a imaginarios provenientes de Jacques Tati, el problema viene dado en la medida de que dicho chiste deja de tener gracia a los quince minutos de metraje haciendo acto de aparición el agotamiento, una vez llegados a este punto dicha dupla cómica se torna en bases a sus maneras muy cuestionable por no decir ininteligible en referencia a su análisis, tanto como su inclusión en la Sección Oficial a competición.

Thalasso mucho más esperpéntica que graciosa a fin de cuentas no deja de ser una broma de muy poca trascendencia, ni en lo positivo ni en lo negativo de su enjuiciamiento, la sensación final es de estar ante un absurdo comedido en base a una comicidad de todo el entramado orquestado por sus responsables, los de delante de la cámara y el de atrás, lástima que dicha intención, que podrá gustar más o menos, no lleve a ningún sito en concreto que llegue a justificar su existencia como tal mas allá de su propio egocentrismo autocomplaciente.

Patrick cerraba las proyecciones de las películas de la sección oficial a concurso que se pudieron ver en la jornada de hoy dentro del Zinemaldia, la opera prima del realizador portugués Gonçalo Waddington volvía a incidir como muchas de las película vistas en esta edición en derivas familiares provocadas por hechos traumáticos, en el caso que nos ocupa centrado en las fatales consecuencias que puede provocar el abuso infantil al cabo de un tiempo, en el film vemos como Mário es un niño de 8 años supuestamente raptado en el interior de Portugal en la primavera del año 1999, 12 años después reaparece en una prisión de París bajo el nombre de Patrick. Las cuestiones pronto irán apareciendo en el relato con preguntas tales cómo dónde pasó los últimos 12 años de su vida. Un relato de clara textura inenarrable en donde parece que se cuenta muy poco, Patrick que podría equipararse a ese otro tipo de películas de terror social tan habituales en el imaginario fílmico de por ejemplo Michael Haneke es un film que da la impresión de bascular principalmente a través de un tormento interior, el referido a la colisión o conflicto entre dos identidades dentro de una misma persona, el de una víctima y la problemática construcción de lo que debería ser su vida adulta, el film orquestado por el hasta ahora actor, dramaturgo y guionista  Gonçalo Waddington apuesta fuerte por una narrativa tan sugerente como desconcertante y en parte fallida aunque no desprovistas de apuntes interesantes ubicado en una historia que no muestra prácticamente nada siendo el espectador el que en parte se vea obligado a rellenar huecos, decisión esta tan compleja en referencia a su ejecución como parcialmente discutible en la medida de lo voluntariamente aséptica que es en prácticamente todas sus facetas, tantas narrativas como escénicas , expuestas todas ellas sin apenas florituras estilísticas, en dicho entramado nos encontramos ante una película que lastra una muy evidente morosidad, especialmente palpable en la parte central del relato, el transito estará expuesto a través de esa supuesta radiografía de un enigma a modo de reflexión sobre el posible origen del mal en el ser humano, el resultado final tendrá la misma tesitura que el origen, tanto uno como el otro plagado de unos silencios que devienen como ciertamente estremecedores.

Dentro de esas primeras y segundas oportunidades autorales qué surgen de una sección tan interesante como resulta ser Nuevos Directores la cinta española Las letras de Jordi, opera prima de la joven Maider Fernández Iriarte, vino a cubrir esa cuota tan necesaria dentro del cine patrio que indaga desde la base en la empatía expuesta a través de un aplicado tono autoral, en el documental vemos como Jordi nació hace 51 años con una severa parálisis cerebral. Sin embargo, no se considera una persona enferma. A pesar de no poder hablar, intenta charlar a través de su tabla de cartón. Cuando tenía 21 años sintió que Dios le hablaba por primera vez. Sin embargo, hoy, tras dejar por fuerza mayor su hogar y a sus padres y tener que mudarse a una residencia, no siente dicha presencia. Las letras de Jordi transita a través de ir desvelando a modo de un diario íntimas confesiones y reflexiones, a tal respecto la relación que se entabla entre la joven realizadora y el protagonista principal de la cinta deviene como una especie de paradigma comunicativo, una fórmula perfecta la encontrada, que es adecuada y que les permite el poder entablar un dialogo al poder situarse ambos a un mismo nivel de comunicación, a partir de ahí hará acto de presencia la sencillez a la hora de ir desarrollando una historia posiblemente demasiado primaria que por fortuna huye de la grandilocuencia y no va más allá de dicho enunciado, el de la honestidad de una confesión, por momentos una tosca divagación, pero también el referido a una recepción, tampoco es que le haga falta bastante más la verdad y mucho menos que su intención sea el expandir temario, Maider Fernández Iriarte en parte adopta una posición en base a la escucha entendida como tal, del mismo modo hace participe al espectador de todo ello, un tratado en definitiva sobre la comprensión expuesta de forma tan sencilla como honesta en referencia a lo que es, o pretende ser, su principal dictado.

Con más de cien títulos en su haber no deja de ser algo curiosa la evolución que ha tenido la carrera cinematográfica de Takashi Miike en estas últimas décadas, más sorprendente aún si cabe ha sido su aceptación y posterior tránsito por los festivales de cine, el director nipón empezó a darse a conocer en territorio patrio en el año 1999 con Audition, por aquel entonces Sitges sufría una confusión de identidades genéricas brutal, la Semana de Terror de San Sebastián curiosamente capitaneando por Luis Rebordinos por aquel entonces estuvo más avispado a la hora de programar dicho título, por entonces el japonés era un autor de naturaleza trasgresora, en parte lo sigue siendo aunque de forma algo distinta, con títulos como por ejemplo The City of Lost Souls, Visitor Q, Ichi the Killer o la saga Dead or Alive en la medida de ofrecer un tipo de cine que se caracterizaba principalmente por una ausencia total de esquemas preconcebidos, con el paso de los años y un ritmo de producción desmesurado Takashi Miike se convirtió en una especie de hijo putativo del Festival de Sitges, en cada edición estaba presente con más de un título llegando incluso a rodar una película en la localidad catalana, la algo indigesta JoJo’s Bizarre Adventure: Diamond is Unbreakable, una vez reducida en algo su proclive hiperactividad Takashi Miike aunque sigue sin hacerle ascos a ningún tipo de trabajo, sin embargo va depurando su discurso dando la impresión de no tener la imperiosa necesidad de llamar la atención, de provocar en definitiva, sus trabajos dejan de ser un coto privado destinados a festivales de género, a tal respecto a nadie sorprendió que su First Love estuviera presente en la Quincena de Realizadores del pasado Festival de Cannes, también estuvo presente en San Sebastián dentro de la sección Zabaltegui en un certamen que al igual que aquel lejano 1999 ahora está dirigido por Rebordinos, curiosamente el círculo se cierra de alguna manera.

First Love nos cuenta como un joven boxeador que atraviesa una mala racha durante el transcurso de una noche se encuentra inesperadamente con el primer gran amor de su vida ahora convertida en una prostituta adicta a la droga que pese a sus circunstancias personales sigue manteniendo una mente inocente. La chica sin embargo se encuentra inmersa en una compleja trama relacionada con el tráfico de drogas que la convierte en el objetivo de varias personas. Siempre he sido de la opinión que las películas orquestadas por Takashi Miike, indiscutiblemente uno de los mejores artesanos que ha dado el cine oriental en mucho tiempo, más que analizarlas concienzudamente merecen ser simplemente disfrutadas, First Love, al igual que la también reciente The Forest of Love de Sion Sono, no deja de ser un compendio autoral marca de la casa que recoge lo mejor y en parte lo peor de dicha ecuación, su irregularidad narrativa convertida en un clímax de creatividad continuo que representa a la perfección lo que viene a ser su coreografía cinematográfica, evidentemente tan multigenérica como disfrutable, posiblemente si se tuviera que elegir una sola catalogación genérica del film este sería la de ser una especie de desprejuiciado slapstick criminal que tiene la virtud de esquivar uno de los males endémicos de muchos films de Takashi Miike, la de agotar al espectador en base a su dilatado frenesí, por lo demás el cajón de sastre deviene como inabarcable, solo cogiendo lo positivo, que no es poco, el disfrute está plenamente asegurado.