Crónica Festival de San Sebastián 2019. Día 6

Desamparos emocionales e hipnóticos exorcismos etnográficos

La ópera prima de la joven realizadora Belén Funes había levantado bastante expectación, no ya por tratarse de una cinta española sino por su condición de obra primeriza encuadrada dentro de la sección oficial a concurso, algo que no suele ser muy habitual en festivales como San Sebastián, La hija de un ladrón es de esas películas que sin recurrir a un obvio catálogo de miserias nos transmiten una precariedad que nos va derivando a una sucesión de otras, en el caso que nos ocupa de índole maternal pero sobre todo emocional, en la historia vemos como Sara se ha encontrado sola prácticamente toda su vida. Con 22 años de edad y un bebé al que cuidar, su deseo, más bien esperanzada utópica, es la de formar una familia junto a su hermano pequeño ahora internado en un centro de acogida y el padre de su hijo pese a la fatal total de expectativas, tanto a un nivel económico como afectivo. Su padre, tras muchos años de ausencia y al salir de la cárcel, decide reaparecer en sus vidas. La hija de un ladrón que parte a modo de re visitación y posterior continuación del corto Sara a la fuga realizado por la misma autora años atrás podría partir de la síntesis argumental de ver como el amor, o la empatía emocional no siempre resulta recíproca, el relato nos habla básicamente de como una persona se cae, se levanta y así sucesivamente, estando sola en el mundo, la historia expuesta siempre al filo del documental se ampara en parte en una puesta en escena muy deudora de los hermanos Dardenne por aquello de transitar todo momento bajo un tono en apariencia frio a través de conflictos sociales ubicados normalmente en barrios marginales.

La omnipresente  Greta Fernández (merecida Concha de Plata mejor actriz ex-aequo con la portentosa Nina Hoss) intuye al personaje casi a la perfección en el relato, a tal respecto encontraremos multitud de detalles y pequeñas observaciones, a una primera vista casi intrascendentes pero de gran importancia en la historia, es esa sutileza en dichos mimbres lo que otorga al film de Belén Funes una cualidad muy a tener en cuenta, el expresar a través de una cotidianidad o naturalidad una síntesis perfecta de lo que tendría que ser la contención emocional de un drama expuesto en base a realidades y supuestas ficciones, dicho de otra manera lo que nos cuenta La hija de un ladrón es simple, de la manera en que lo cuenta sin embargo no lo es tanto, no se recurre a una estilización dramática, por fortuna tampoco al tremendismo tan habitual en este tipo de historias, lo suyo va encaminado a una apuesta por el naturalismo duro, seco y extremadamente contemplativo, en el siempre veremos resquicios de esperanza pese a lo difícil de la coyuntura,  el extraordinario plano final con que se cierra el film, que nos puede remitir perfectamente a un film con el que guarda bastantes coincidencias como es el Verano 1993 de Carla Simón, viene a representar el mejor ejemplo de todo ello, en definitiva la de una mirada humanista a cargo de una cineasta en la que se percibe una voz propia muy a tener en cuenta en el futuro.

Adiós, el regreso tras su periplo americano a su Sevilla natal de Paco Cabezas vino a cubrir esa cuota de cine comercial español, últimamente también muy direccionado al ámbito de las series televisivas, que el Festival de San Sebastián suele incluir en su Sección Oficial fuera de concurso durante estos últimos años, el responsable de Mr. Right se adentra en esta ocasión en un dramático thriller de venganzas en una historia que nos cuenta como Juan (un Mario Casas que vuelve a reunirse con el director sevillano diez años después de rodar juntos Carne de neón) es un preso en tercer grado y padre de familia que logra un permiso para asistir a la comunión de su hija en Sevilla. Después de la celebración la muerte en un principio accidental de la niña destapa todo un entramado de corrupción policial y de narcotráfico, el caso acaba en manos de Eli, una joven inspectora que tendrá que lidiar con los recelos de un sector de sus compañeros y del padre de la pequeña, que evidentemente quiere tomarse la justicia por su cuenta.

Adiós es esa clase de films cuyas intenciones comerciales son ciertamente loables, sin embargo dicho posicionamiento no termina por justificar una historia que aparte de hacer aguas en diversos frentes da la impresión de ser un mero vehículo para un lucimiento actoral bastante discutible, con ciertas texturas a la hora de abordar un tono que nos remite a una cierta sensación de prefabricación, también en lo referido a unos manierismos bastante detectables últimamente en ese cine patrio que pretende ser comercial, dicho de otra manera estamos ante un producto manufacturado en donde el continuo subrayado juega en todo momento en su contra, perpetuos planos ralentizados para resaltar los momentos de mayor dramatismo o una agresividad que da la sensación de estar impostada por poner solo dos ejemplos. No deja de ser una pena el resultado final, bastante intrascendente, a fin de cuentas los mimbres eran interesantes, escenarios reales que nos trasportan al extrarradio de una ciudad a modo de un submundo en donde casi todo está permitido expuesto con un cierto atisbo de aroma a aquel añorado cine quinqui rodado en nuestro país en los años setenta y principios de los ochenta, todo ellos sin embargo son apuntes que devienen como esporádicos en referencia a una supuesta aplicación que termina sustituyendo para mal un tono de tragedia shakesperiano presente pero no ejecutado con solvencia a favor de una estridencia mal entendida provista de claras texturas que nos acaban remitiendo a una especie de videoclip de consonancias y texturas bastantes pueriles.

No suele ser una buena señal en referencia a su calidad que en estos últimos tiempos una película clausure un certamen cinematográfico, The Burnt Orange Heresy fue la encargada de hacerlo en el pasado Festival de Venecia, en San Sebastián su presencia vino dada por el Premio Donostia de uno de sus protagonistas principales, el veterano Donald Sutherland, así pues el segundo trabajo tras las cámaras del realizador italiano Giuseppe Capotondi parte de una serie de coyunturas en un principio muy poco halagüeñas, The Burnt Orange Heresy, adaptación de la novela de Charles Willeford, nos cuenta como el crítico de arte James Figueras, nada que ver por fortuna con el veterano critico catalán, se siente atraído por una turista estadounidense llamada Berenice Hollis. En pleno idilio ambos viajan al paradisíaco lago de Como para visitar a un poderoso coleccionista de arte llamado Cassidy. Este les revela que es el mecenas del famoso pintor Jerome Debney proponiéndoles indagar y recabar información en su oculta y misteriosa obra.

Últimamente son muchas películas que de algún modo han realizado curiosos acercamientos y estudios acerca del mundo del arte, a su mercado y sus críticos a través de una  mirada nada complaciente, por poner solo dos ejemplos uno sería The Square de Ruben Östlund, película con el que comparte protagonista principal, un ajustado Claes Bang, y en clave fantástica la fallida Velvet Buzzsaw de Dan Gilroy, con respecto al film de Giuseppe Capotondi sin embargo sus semejanzas devienen como parciales al estar ante una obra de connotaciones genérica algo duales, en dicha aseveración convendría resaltar que pese a ser un producto entretenido e incluso interesante en su primer tercio por según que apuntes que meditan acerca del arte pese a una cierta verborrea por momentos algo indigesta, un tramo en donde se nos presenta a unos personajes que actúan según lo que les dicta el entorno en que se mueven, por otra parte hay una segunda parte en la película que sin embarga resulta mucho menos interesante, su algo forzado y caprichoso viraje al noir artístico, o más bien al thriller al uso la hacen bastante predecible en lo concerniente a su narrativa, en tal respecto tanto como indagación autoral o como propuesta comercial The Burnt Orange Heresy da la impresión de quedarse en tierra de nadie, más afortunada en una parcela que en otra siempre nos quedara el consuelo de su presencia actoral, porque bien pensado el film de Giuseppe Capotondi deviene como un perfecto vehículo de lucimiento de dicho tratado artístico, curiosamente y de forma algo contradictoria con actores como el gran  Donald Sutherland que no requieren de esa especie de ese vehículo de promoción, lo suyo es simplemente llenar en el buen sentido de la palabra la pantalla con su sola presencia.

Siguiendo al igual que en días anteriores por ese interesante transito visto este año en la sección Zabaltegi Tabakalera en donde directores no afines al género fantástico nos dan su particular visión en este caso de elementos característicos del género de terror el turno en esta ocasión recayó en el nuevo trabajo tras las cámaras de francés Bertrand Bonello titulado Zombi Child, el responsable de la notable  Nocturama al igual de algunos compañeros suyos, Claire Denis por ejemplo, tiene la virtud de apropiarse de un género concreto para a través de el desarrollar un discurso de connotaciones plenamente de autorales. Zombi Child representa a la perfección ese relato dual que al final termina uniéndose, la película nos trasporta en un primer momento a la Haití del año 1962. Allí vemos a un hombre vuelve de entre los muertos para trabajar en las infernales plantaciones de azúcar. 55 años después en la segunda narrativa vemos como una joven haitiana les dice a sus amigas un secreto familiar, sin saber que esto llevará a una de ellas a cometer un error de trágicas consecuencias. Ni que decir tiene que la abstracción etnográfica que anida en Zombi Child la aparta por completo de lo entendible por algunos como el terror clásico por mucho que la fundamental I Walked With a Zombie de Jacques Tourneur a modo iconográfico está muy presente en el relato, a tal respecto no deja de ser algo curioso las referencias y puntos de partidas utilizados por el realizador francés al comprobar como en otras de sus películas centradas en universos de adolescentes conspirativos como era Nocturama cogía conceptos muy reconocibles de otro de los puntales principales del cine de zombies como era George A Romero.

Zombi Child nos cuenta básicamente como de alguna u otra manera el pasado siempre vuelve a la actualidad, su narrativa se bifurca no solo en referencia a sub tramas diversas sino también el referido a temarios como la teen movie femenina de connotaciones iniciáticas, el cine de zombies o la exploración reflexiva de la cultura francesa desde una perspectiva meramente ancestral en referencia a mitos y realidades diversos, el gran logro viene en la mediada de ver como tal amalgama no llega a desvirtuar al relato, más bien todo lo contrario al encontrarnos con una propuesta plagada de hallazgos, posiblemente donde mejor salga parada es en su exposición acerca de cómo perciben el mundo dos culturas económicamente y socialmente enfrentadas en base a entrecruzamientos y sus continuos contrastes en donde un vínculo de unión fantástico actúa a modo de viaducto a la hora de explorar diversas puertas de las imaginarias vistas en una de las propuestas más validas e interesantes existente dentro de un subgénero enclavado dentro de otro como es el referido a ese otro cine de género tan rico en matices e interpretaciones.