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«Un gran poder conlleva una gran responsabilidad», pero ¿y si la heroína es solo una gallina? Escapando de una granja de pollos, la gallina encuentra refugio en el patio de un restaurante que se cae a pedazos. Allí descubre el amor, se enfrenta al orden jerárquico y lucha para proteger sus huevos de un dueño codicioso. Su divertida pero conmovedora búsqueda de la maternidad refleja las complejas concesiones y las luchas silenciosas de las vidas humanas.
La mirada animal al mundo humano y la colisión que se produce entre ambos imaginarios esta muy presente en Kota de György Pálfi, autor que hace unos años se dio a conocer con trabajos de una clara vocación transgresora con tendencia a lo grotesco: Taxidermia (2006) o Final Cut: Ladies and Gentlemen (2012). Curiosamente, en Kota, el realizador húngaro ofrece su película más lineal a nivel narrativo, relatando las peripecias de una gallina que, al igual que hizo Jerzy Skolimowski en EO, equipara su mirada subjetiva con la del espectador.
A partir de dicha premisa, situada a medio camino entre la comedia y el drama, las metáforas sobre la gran tragedia humana son tan variadas como en ocasiones previsibles, por ejemplo, equiparar el tráfico de inmigrantes con el encarcelamiento animal o el instinto maternal de la gallina en contraposición con las relaciones decadentes entre los seres humanos. Posiblemente, la gran valía de la película de György Pálfi resida en poder comprobar cómo el cine sigue siendo un medio eficaz a la hora de contemplar el mundo a través de un prisma distinto.
La editorial Hermenaute, dentro de su colección Mikro, y la Semana de Terror repiten colaboración con la publicación este año del libro El cuerpo como abismo. Exploración sobre el body horror cinematográfico, dedicado a este subgénero tan de actualidad y escrito por el periodista e historiador cinematográfico Antonio José Navarro.
“Somos un cuerpo. No tenemos un cuerpo, esa reconfortante ficción cartesiana que dos milenios de metafísica occidental han intentado sostener con escasa fortuna. Somos ese organismo que suda, sangra, enferma, envejece y que, en algún momento terrible, puede mutar, rebelarse contra nosotros. La frontera entre el yo y la carne es una ilusión, una fantasía, y cuando la carne falla, el yo se va con ella sin apenas dejar rastro. El cine de terror de body horror, desde Vinieron de dentro de… (1975) hastaLa sustancia (2024), ha comprendido esta verdad con una lucidez que ningún otro arte ha alcanzado: sin anestesias, sin moralismos.
Una forma de cine físico y perturbador que arrancó con David Cronenberg y John Carpenter, y que ha sido prolongada con furia visceral por Brian Yuzna, Frank Henenlotter y Clive Barker, y llevada a sus consecuencias más radicales por Julia Ducournau, Tom Six o Coralie Fargeat. A través de su obra y la de otros realizadores no menos inquietantes, este ensayo examina ese vasto corpus fílmico como síntoma: la abyección y la metamorfosis monstruosa, la fabricación científica y biopolítica del cuerpo, su invasión parasitaria, la disolución del yo”.
Antonio José Navarro
Samantha Hudson protagoniza el cartel de la Semana de Terror 2026
La cantante Samantha Hudson convertida en una criatura marina mutante es la protagonista del cartel oficial de la Semana de Terror de 2026 (30 octubre – 6 noviembre), una edición que estará atravesada desde su propia imagen por el leitmotiv del subgénero del body horror.
El póster oficial de la Semana quiere hacer un guiño al festival donostiarra Cimasub (Ciclo Internacional de Cine Submarino), que celebrará su 50º aniversario entre el 12 y el 14 de noviembre en el Teatro Principal, siete días después de acabar la Semana de Terror. La programación de esta tendrá alguna referencia más al Cimasub.
Cantante, compositora, productora, guionista y actriz, Samantha Hudson es una de las figuras más emblemáticas de la contracultura contemporánea, categoría que ha alcanzado gracias a un discurso crítico y vanguardista y a una trayectoria musical que juega con los paradigmas del género y la libertad de expresión que tiene su fuerte en sus impactantes espectáculos en vivo. Hudson es uno de los grandes fenómenos pop de la actualidad y un referente para la Generación Z, ha emergido del panorama queer más underground y ha conquistado los circuitos más estandarizados a golpe de melodías pegadizas, letras descaradas y una visión crítica que desafía y transgrede el orden establecido.
Ha publicado discos como Liquidación total (2021), AOVE Black Label (2023) o Música para muñecas (2025), protagoniza giras de gran éxito y suma multitud de premios, como el MTV EMA 2023 a Mejor Artista Española o el Reconocimiento Arcoíris 2022 del Ministerio de Igualdad por su labor en favor del colectivo LGTBIQ+.
La coordinación de la fotografía ha sido de Pedro Mambrú. La foto ha sido realizada por Javier Bermejo y Chus Feijóo. El maquillaje ha sido creado por ND Studio FX y los efectos especiales son obra de Alive VFX & Design. El diseño del cartel lo ha realizado Ytantos.
La Semana de Terror organizará la exposición “Hyakki yagyō: El desfile nocturno de los cien demonios”
La exposición Hyakki yagyō: El desfile nocturno de los cien demonios, perteneciente a la programación de la 37ª Semana de Cine Fantástico y de Terror, estará abierta entre el 30 de octubre y el 15 de noviembre en la Sala de Actividades de la Biblioteca Central (c/San Jerónimo).
Adéntrate en el mundo sobrenatural japonés a través del trabajo de Fuego Fatuo Art. En la exposición Hyakki yagyō: El desfile nocturno de los cien demonios realizaremos un viaje por el folclore japonés a través de más de 20 esculturas y fotografías de yōkai, monstruos y seres sobrenaturales que pueblan el arte, la literatura y la tradición oral de Japón, de la mano del artista Álvaro Herranz, creador de Fuego Fatuo Art. Con la colaboración de la Fundación Japón, Madrid.
Nueve años después de Tombstone-Rashomon (2017), el veterano Alex Cox regresa a la dirección y al western con Dead Souls, film cuyo primer teaser tráiler acaba de ser presentado en sociedad y podéis ver a final de página junto a su póster oficial. La película, una fábula fronteriza sobre la codicia estadounidense, es una adaptación libre de la novela homónima de 1842 a cargo de Nikolai Gogol.
En 1890, el año del censo estadounidense, estalla el caos cuando un hombre llamado Strindler llega a un pueblo de Arizona y pide dinero por proporcionar los nombres de los jornaleros mexicanos muertos.
La película, con guion adaptado a cargo de Alex Cox junto a Gianni Garko, está protagonizada por Zander Schloss, Merritt Crocker, Maria Robles, Eric Schumacher, Brendan Guy Murphy, Ted Falagan, Ed Pansullo, Dick Rude, Karen E. Wright, Felix Cetera, Gus Cetera, Sarah Vista y el propio Alex Cox.
Sala 1 y Sala de verano, julio-agosto | Filmoteca Española
A mediados del siglo pasado, las fuerzas del mal abandonaron las sombras y la humedad de los castillos centroeuropeos para extenderse bajo una luz que les permitía ampliar y actualizar su campo de batalla. En este nuevo contexto estival y chic, las mansiones polvorientas y las telarañas fueron sustituidas por villas de lujo, piscinas celestes, yates y horizontes deslumbrantes que, tras una imagen de postal, escondían jaulas de cristal donde la perversión, el deseo y la angustia existencial se fundían.
Los viejos tropos del cine gótico se iban de turismo, pero no se tratabasolo de una mudanza geográfica o de un cambio de vestuario. Tomaba forma un subgénero con su propia metafísica meridional, apoyada en códigos renovados tan afines a las plazas vacías de Giorgio de Chirico como a las fotografías de Bernard Plossu o a las siestas de la cuchara de Dalí. La inquietud ya no partía de la oscuridad sino exactamente de lo contrario: una claridad excesiva que, en lugar de esclarecer, enturbia y provoca una especie de amnesia. Es este desvío —el sol como agente de extrañamiento y no de revelación— el que opera en todas las películas de este ciclo.
La etiqueta no es caprichosa: llega inspirada por el concepto de Gótico Tropical que Carlos Mayolo y Luis Ospina formularon en los setenta para catalogar un cine colombiano que hacía suyas las obsesiones del gótico clásico —el horror, la podredumbre, el deseo y la muerte— situándolas en el trópico húmedo en lugar de los parajes brumosos. En el Mediterráneo, el mecanismo es análogo pero el clima contiene otras peculiares características. El tiempo se estira y se vuelve lánguido, como el sol del verano que nunca termina y se torna amenaza. Las motivaciones de los personajes se enrarecen, perdiendo la claridad moral del gótico victoriano. Los roles de género se desestabilizan y abrazan una ambigüedad que se ya presume queer. La herencia y la memoria pierden su certeza: el pasado mediterráneo es tan antiguo, tan mitológico, que ya no aplasta sino que hipnotiza como un sueño que no se sabe del todo si es propio o compartido.
La piedra angular de todo esto es Méditerranée(Jean-Daniel Pollet, 1963), que funciona como un códice secreto para desentrañar el significado del sueño. Pollet nos invita a un viaje entre ruinas desérticas, banquetes de bodas griegas, corridas de toros, mareas que van y vienen. Una corriente subterránea que recorre toda la cuenca del Mare Nostrum con la belleza de una máscara mortuoria egipcia. Las costas mediterráneas, mitad sólidas mitad líquidas, invitan a partir de aquí a la mezcla de subgéneros: el thriller, el terror, la ciencia ficción, el polar francés, el giallo italiano, la serie B con el arte y ensayo, cruces imposibles con la bravura natural de un ser mitológico.
Arrancamos por donde arranca toda genealogía: con el vampiro, quizá la figura más emblemática del cine gótico tradicional. Drácula en Estambul (Mehmet Muhtar, 1953) es la más clásica en su forma, pero la más radical en su operación: traslada el mito de Transilvania a las calles y cementerios de Estambul, sustituyendo los elementos cristianos por el Corán. De ahí la figura vampírica muta en este ciclo hacia formas menos reconocibles pero igualmente letales. En La isla de la muerte (Mel Welles, 1967), rodada en la Costa Brava, el monstruo aristocrático es un botánico que cultiva plantas chupasangre. En Traitement de choc (1973), Alain Jessua lleva la lógica vampírica más allá: un balneario aséptico en la costa, con pacientes ricos y trabajadores inmigrantes que desaparecen uno a uno.
Del horror con filiación reconocible nos desplazaremos hacia intrigas sensuales inexplicables y misteriosas. La route de Salina (Georges Lautner, 1970) adquiere hechuras casi fantásticas: en un desierto rocoso y soleado, la llegada de un joven desencadena una turbadora tensión erótica con Mimsy Farmer y Rita Hayworth como protagonistas. El ojo del huracán (José María Forqué, 1971) opera en similares frecuencias pero con acento español: un giallo de alta costura que baña cada superficie en un resplandor que nos sugiere unas vacaciones eternas junto a Jean Sorel y Analía Gadé.
Con Jess Franco, este programa se vuelve más salvaje y primitivo. Su Eugéniede 1980, rodada en la Muralla Roja de Calpe, cita El sueño de Dalí y convierte la arquitectura en personaje: el laberinto rosa de Bofill, que promete el paraíso y encierra, planteando la metáfora más delirante del Gótico Mediterráneo. Franco es el auténtico maestro del subgénero, el que más consciente y sistemáticamente ha explorado esta metafísica playera y plagada de femmes fatales. En este lado salvaje juega también otro Frank (Hubert), el director austríaco de Desnuda ante el espejo (1978), que apoyándose en los cuerpos de Patricia Adriani y Bárbara Rey, no vacila al saltar del melodrama sexploit al cine de acción más macarra, casi quinqui.
La autodestrucción en el paraíso es el tema central de More(Barbet Schroeder, 1969). Al igual que Ícaro, el protagonista vuela demasiado cerca del sol de Ibiza, para encontrar su ruina a través de la heroína. Viajamos a otras islas, con su lógica de encierro sin muros visibles, con Iguana(1988) de Monte Hellman, que ofrece una variante exótica del subgénero. La desolación volcánica de Lanzarote sirve de escenario a una revisión del monstruo romántico, entre un fantasma de la ópera y una bestia enamorada de la belleza. Las localizaciones de Iguananos sirven para confirmar que el Gótico Mediterráneo es en realidad un estado de ánimo, más que una estricta orientación geográfica.
Kinetta(Yorgos Lanthimos, 2005) cierra y a la vez abre este ciclo hacia otros tiempos. En un hotel turístico desolado fuera de temporada, tres personajes recrean escenas de crímenes sin motivaciones claras, obsesionados con la repetición y con la mentira de la representación. El Lanthimos anterior a su consagración internacional construye ya ese mundo de rituales incomprensibles donde el hombre contemporáneo ha perdido su identidad en medio de una realidad vacía de sentido. Es la demostración de que el Gótico Mediterráneo no fue un fenómeno circunscrito a los sesenta y setenta: es una sensibilidad que el cine sigue destilando cada vez que alguien sitúa el horror donde el horror no debería poder ocurrir, bajo un cielo despejado, a la vista de todos.