«Good Boy» review

Un perro se muda a una casa rural con su joven dueño Todd. Allí percibe fuerzas sobrenaturales que acechan en las sombras. Mientras esas oscuras entidades amenazan a su compañero humano, el valiente perro debe luchar para proteger a quien más quiere.

Suele ser bastante habitual en el Festival de Sitges, un certamen proclive al hype, presentar propuestas precedidas de una inusitada expectación; en esta ocasión, uno de los supuestos platos fuertes de la pasada edición fue Good Boy, película que parte, en principio, de un concepto ciertamente inusual, la mirada subjetiva de un perro encerrado en un espacio espectral.

Su director, el novel Ben Leonberg, pese a reformular con cierta solvencia conceptos clásicos de la casa encantada y poner de manifiesto su afiliación al género a través de recursos tan trillados como proyectar imágenes televisivas de films: Carnival of Souls (Herk Harvey, 1962) o Mutant (John Cardos, 1984), en busca del guiño fácil del fan, no logra dotar al relato de una narrativa que disimule sus costuras de película doméstica. Que sus 72 minutos de duración se hagan relativamente largos, así como la dilación para desarrollar el conflicto debido a la falta de pulso narrativo, nos derivan, a diferencia de propuestas recientes más sólidas, como, por ejemplo, EO (Jerzy Skolimowski, 2022) o Kota (Gÿorgi Pálfi 2025), donde la mirada animal no va más allá de un caprichoso artificio, a un film obvio narrado desde una perspectiva supuestamente original.

Valoración 0/5: 2’5

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