
Una película de Drácula rodada en Transilvania. ¿Qué contiene? Una cacería de vampiros. Una historia de ciencia-ficción sobre el regreso de Vlad el Empalador. Una adaptación de la primera novela de vampiros rumanos. Una historia de amor. Un montaje reutilizando una película clásica de vampiros. Un vulgar cuento popular. Historias kitsch generadas por la inteligencia artificial. Y muchas delicias en una película que trata de este mito del cine.
Otra deconstrucción genérica vista en el pasado Festival de Sitges es la llevada a cabo por el rumano Radu Jude en Drácula. Película donde el mito local, y simbologías poliédricas relacionadas con dicha figura sirven de excusa a la hora de exponer, mediante una sátira episódica, un acercamiento paródico a la identidad nacional de un país. Próxima a un caótico formato caleidoscópico que utiliza para abordar la confrontación con todas las formas de totalitarismo posibles, ya sean políticas o tecnológicas, el film de Radu Jude deviene un experimento frustrante, especialmente debido a una extenuante indulgencia por intentar subvertir tantas tradiciones cinematográficas como le es posible.
Su aparatoso acomodo en Sitges, certamen poco dado a digresiones autorales de este tipo, propició una de las paradojas más curiosas de esta edición durante su proyección debido a que parte de los espectadores intentaron, sobre la base de la risa fácil, interpretarla como una comedia al uso, cuando, en realidad, estamos ante una película que, mediante un andamiaje nihilista, es una reflexión sobre el público que disfruta más del espectáculo superficial que del arte propiamente dicho.
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