Crónica Festival de San Sebastián 2018. Día 2

El reino

Manuel, un influyente vicesecretario autonómico que lo tiene todo a favor para dar el salto a la política nacional, observa cómo su perfecta vida se desmorona a partir de unas filtraciones que le implican en una trama de corrupción junto a Paco, uno de sus mejores amigos. Mientras los medios de comunicación empiezan a hacerse eco de las dimensiones del escándalo, el partido cierra filas y únicamente Paco sale indemne. Manuel es expulsado del reino, señalado por la opinión pública y traicionado por los que, hasta hace unas horas, eran sus amigos. Aunque el partido pretende que él cargue con toda la responsabilidad, Manuel no se resigna a caer solo. Con el único apoyo de su mujer y de su hija, y atrapado en una espiral de supervivencia, Manuel se verá obligado a luchar contra una maquinaria de corrupción que lleva años engrasada y contra un sistema de partidos en el que los reyes caen, pero los reinos continúan.

Mucha expectación había levantado el nuevo trabajo tras las cámaras de Rodrigo Sorogoyen, director que volvía a San Sebastián a competir por la preciada Concha de Oro dos años después de presentar aquel notable thriller policial titulado Que Dios nos perdone, en El reino Sorogoyen nos vuelve a introducir en el epicentro de las cloacas pero desde una perspectiva y una mirada de fondo algo distinta a su anterior trabajo dado escenario y personajes, no tanto en lo relativo a sus formas, que sigue bebiendo de las claras connotaciones del noir, aquí sustituyendo los puros retazos criminales de aquella por los políticos de esta en una trama que en esta ocasión nos deriva a hacia una corrupción que parece funcionar de forma casi vitalicia en según qué ámbitos de nuestra actual sociedad.

Pese a ese ritmo narrativo tan adrenalítico en casi todo su desarrollo impuesto como marca de la casa por Rodrigo Sorogoyen en El reino (casi una carrera contra reloj de un individuo hacia una salvación que por momentos se antoja como casi imposible) estamos ante un film de un claro tono patrio dada sus características de fenómeno social actual por mucho que su envoltorio en ocasiones de la impresión de beber de fuentes ajenas a nuestro territorio escénico, lo que se nos cuenta no deja de ser una radiografía de nuestra clase política en estos últimos años aunque expuesta a modo de trasfondo pues en El reino asistimos a un relato en primera persona (nueva demostración del notable talante interpretativo a cargo de Antonio de la Torre) hacia una huida, la reflexión moral ante tal comportamiento sin embargo se vislumbra muy entre bambalinas, ese estudio de la moral política de nuestro país apenas existe en el aglomerado expuesto por Sorogoyen quedando en un segundo plano, casi a modo de reflexión posterior por parte del espectador una vez vista la película. El reino termina basculando a través de una crítica soterrada a un sistema que nace dentro de un propio sistema ya corrupto de antemano, en este sentido todo termina siendo un bucle infinito, tan reconocible ante nuestros ojos como ciertamente doloroso.

Valoración 0/5: 3

 

Rojo

A mediados de los años 70, un hombre extraño llega a una tranquila ciudad de provincias. En un restaurante, y sin motivo aparente, comienza a agredir a Claudio, un reconocido abogado. La comunidad apoya al abogado y el extraño es humillado y expulsado del lugar. Más tarde y camino a casa, Claudio y su mujer, Susana, son interceptados por el hombre extraño, quien está determinado a cobrarse una terrible venganza. El abogado toma entonces un camino sin retorno, de muerte, secretos y silencios.

La fuerte presencia del cine latinoamericano en esta edición del Zinemaldia estuvo representada en su palmarés final en Rojo (Mejor director, Actor y Fotografía), si más arriba hablábamos de como en El reino de Rodrigo Sorogoyen indagaba casi a modo de thriller noir en el baremo moral de la actual clase política española el film del argentino Benjamín Naishtat transita por contornos en apariencia bastantes similares aunque vistos a través de otra época y país, en este caso a modo de preludio de una dictadura que está a punto de aparecer, un preludio que a la postre termina siendo más desgarrador que las consecuencias venideras, de alguna maneras y dadas sus formas esa reflexión de la corruptibilidad se sitúa casi en las antípodas de la película interpretada por Antonio de la Torre, tanto a un nivel metafórico como en lo referido a sus supuesta verisimilitud narrativa.

La tercera película del responsable de la notable Historia del miedo nos sitúa en un contexto histórico determinado, a partir de dicho escenario asistimos a una trama de contornos tan soterrados como violentos, bajo esa apariencia de tranquilidad y cotidianidad por la que se mueve un cada vez más solvente Darío Grandinetti no presenciamos pero si intuimos que algo aparentemente horrible está sucediendo bajo la alfombra, en este aspecto Rojo funciona como un perfecto vehículo que de manera minuciosa y algo punzante nos muestra un lienzo de una época determinada a modo de narrativa pretérita, una mirada que por momentos deviene tan impávida como incómoda y que llega a cuestionar las pequeñas miserias a las que el individuo se presta y que terminan derivándole en un peligroso terreno que abona degradaciones y humillaciones sociales de vario índole, de este modo Rojo se instala en el retrato de un sociedad muy concreta, en el vemos como sus integrantes se comportan en consonancia a la influencia de dicho escenario, como inmejorable ejemplo de todo ello nada mejor que esa trama detectivesca no resuelta desde el interior como clara alegoría de que a partir de ese momento la historia venidera seguirá en un mismo escenario sin lograr encontrar a los auténticos responsables.

Valoración 0/5: 2’5

 

Cold War

Con la Guerra Fría como telón de fondo, una apasionada historia de amor entre dos personas de diferente origen y temperamento que son totalmente incompatibles, pero cuyo destino les condena a estar juntos. A caballo entre Polonia, Berlín, Yugoslavia y París, Cold War presenta una historia de amor imposible en tiempos imposibles.

Dentro de la sección Perlas la presencia de la nueva película de Pawel Pawlikowski venía a ser casi obligatoria, Cold War premio al mejor director en el pasado Festival de Cannes es indiscutiblemente una de las películas del año, al igual que su anterior trabajo tras las cámaras, la notable Ida, el director de origen polaco vuelve a rendir cuentas con la historia, en esta ocasión en la Polonia de la posguerra, en ella durante los duros años del estalinismo asistimos bajo un riguroso blanco y negro a modo de clara metáfora de aquellos oscuros años a una historia de amor con un continuo trasfondo de tragedia provisto de claras connotaciones de lo que se podría denominar como decepción romántica.

A parte de que Cold War tiene el indudable añadido de transitar en todo momento a través de habituales y agradecidos estilemas del cine musical Pawel Pawlikowski es de esos directores dadas sus características que parecen pertenecer a una época distinta a la actual, es de esos autores que se amparan en lo formalmente deslumbrante para presentar imágenes que suelen dejar poso, al mismo tiempo se permite el lujo de recrear ambientes y como estos inciden en la narrativa de sus protagonistas, excepcionales Tomasz Kot y Joanna Kulig, tanto a la hora de expresar sensaciones con simples miradas como en intentar ubicarnos a través de sus propias travesías en una historia de amor que avanza temporalmente a saltos en lo relativo al tratamiento del tiempo y cuyas elipsis actúan a modo de un emocionante estudio sobre la decepción. Una historia modélica en todos los sentidos cuyo cometido en definitiva es mostrarnos un amor tan rotundo como sincopado pero nunca encauzado por indecisión o circunstancias adversas, aquel que no puede ocurrir y se perpetúa a lo largo de un tiempo que nunca parece acabar, en pocas ocasiones el amor representado como un estado de ánimo tan doloroso y desesperado esta tan bien expuesto como el que nos muestra la magnífica Cold War.

Valoración 0/5: 4’5

 

ALPHA, The Right To Kill

Con el trasfondo de las enérgicas medidas del gobierno para luchar contra las drogas ilegales, la policía, liderada por los SWAT, el cuerpo de élite, lleva a cabo una operación para arrestar a Abel, un importante distribuidor de metanfetamina, con el sargento Moisés Espino y su confidente Elijah aportando información. Una violenta batalla se desata entre los SWAT y los hombres de Abel en un barrio de chabolas. Abel huye llevándose dinero y metanfetaminas. Los SWAT lo matan, pero antes de que los investigadores irrumpan en el lugar de los hechos, Espino roba el bolso de Abel.

Esta edición del Festival de San Sebastián seguramente haya sido la que ha ofrecido en su sección oficial a competición más cine género a lo largo de toda su historia, la notable ALPHA, The Right To Kill (justo Premio especial del Jurado) del prolífico realizador filipino Brillante Mendoza es una película que indaga de forma clara en el thriller policial expuesto aquí a partir de un tono vertiginoso, como telón de fondo  se nos explica desde el mismo interior la guerra contra el narcotráfico emprendida en el país por el presidente Rodrigo Duterte, el film nos termina explicando de una forma bastante pulcra como la corrupción en determinados ámbitos estatales termina siendo generalizada.

ALPHA, The Right To Kill viene a ser un perfecto cierre a esa trilogía del mal compuesta por la contundente Kinatay y la reivindicable Sapi, Brillante Mendoza en esta su nueva película da la impresión que reverencia por momentos al cine de acción perpetrado por Johnnie To e incluso al de Michael Mann, especialmente en lo referente a su contenido y no tanto en unas formas que adoptan por momentos ciertas reminiscencias de lo que podríamos denominar como un cinéma-verité al uso, sensación acrecentada por el continuo manejo de la cámara en mano, de este modo en ALPHA, The Right To Kill vemos como ningún personaje de los que transitan por la acción logran salvarse de la quema moral expuesta con una inusual soltura y un estimable manejo escénico por parte Brillante Mendoza, deviniendo por momentos como una muy estimable suma de conceptos bien ejecutados en ese marco territorial opresivo que son los barrios más decadentes de Manila que aquí son mostrados como auténticas ratoneras y que actúan a modo de pesadilla territorial irrespirable, hay momentos en que el film incluso adopta las reminiscencias de un survival al uso pero siempre desde la más estricta trastienda y bajo una inconfundible perspectiva de denuncia en donde policías corruptos y supervivientes ocasionales intentan subsistir dentro de un microcosmos tan asfixiante como imposibilitado de dar oportunidades a cualquier vía de salida redentora.

Valoración 0/5: 4

 

Shoplifters. (Un asunto de familia)

Osamu y su hijo se encuentran con una niña en mitad de un frío glacial. Al principio, y después de ser reacia a albergar a la niña, la esposa de Osamu aceptará cuidarla cuando se entere de las dificultades que afronta. Aunque la familia es pobre y apenas gana suficiente dinero para sobrevivir a través de pequeños delitos, parecen vivir felices juntos, hasta que un accidente imprevisto revela secretos ocultos, poniendo a prueba los lazos que les unen.

Uno de los nombres propios en esta edición del Festival de San Sebastián fue indiscutiblemente el del director nipón Hirokazu Kore-eda, un flamante y merecido Premio Donostia que presentaba la última Palma de Oro en Cannes Shoplifters, otro fascinante y apasionante estudio como no podía ser de otra manera acerca de la complejidad existente entre los lazos familiares.

En Shoplifters (posiblemente el mejor trabajo de su director en los últimos años) Hirokazu Kore-eda nos vuelve a explica una historia familiar, o más bien un acercamiento a ella, un desarrollo e integración a un núcleo de un personaje no afín a él. Todo el cine del director japonés ha basculado a través de la cotidianidad pero siempre expuesta a través de una problemática que irremediablemente entra en colisión con el tono de naturalidad por el que suelen transitar los personajes habituales en las historias que nos suele contar Kore-eda, aquí se vuelve a incidir en esa hermosa convivencia contada a través de la sensibilidad y la mirada de su autor. En estos últimos años algunos han incidido mucho en el carácter demasiado buenista (incluido su thriller judicial The Third Murder) que Kore-eda ha otorgado a sus últimos trabajos, en esta ocasión se despoja en parte de ese trazo para transitar a medio camino por sendas ya visitadas en su anterior y ejemplar Nobody Knows, en Shoplifters vemos como la sonrisa termina en parte siendo desgarradora, de alguna manera lo que podríamos denominar como algo tierno (tan extravagante como cercano) entra en colisión con el desasosiego, o dicho de otra manera, con la cruda realidad social, pues afín de cuentas los personajes de esta historia no dejan de ser víctimas de una sociedad que en parte les repudia de forma casi sistemáticamente evitando el subrayado en las contradicciones del propio sistema, el sentimiento siempre modélico a cargo de Kore-eda actúa pues a modo de válvula de escape cuya la finalidad pese a lo caótico del escenario termina siendo la propia supervivencia cueste lo que cueste de sus protagonistas.

Valoración 0/5: 4