Crónica Festival de San Sebastián 2019. Día 9

En las catacumbas de la psique humana

Waiting for the Barbarians suponía para el realizador colombiano Ciro Guerra un primer proyecto con una clara difusión internacional, con nombres en su reparto como Mark Rylance, Johnny Depp o Robert Pattinson en una primera película realizada fuera de las fronteras de su país y basada en la novela del premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee, también es responsable del guion, veremos como el administrador de un asentamiento aislado en la frontera de un imperio sin nombre anhela una jubilación tranquila que se verá en serio peligro con la llegada del Coronel Joll, cuya misión es informar de las actividades de unos supuestos bárbaros y de los problemas de seguridad en la frontera. Joll lleva a cabo una serie de implacables interrogatorios. La forma de tratar a los bárbaros del Coronel y la tortura de una joven indígena se combinan para llevar al administrador a una crisis de conciencia que derivara en un acto de rebelión.

No hace falta haber leído la novela de J. M. Coetzee para detectar como su traslación al cine supone una notoria simplificación de ramificaciones narrativas que de alguna manera imposibilita explayar lo que viene a ser el leitmotiv de la obra en cuestión, los efectos nocivos del colonialismo o el salvajismo que puede recaer en un poder autoritario, el film transita por ese tipo de denuncias que hacen especial  hincapié en la barbaries que subyacen en sociedades que supuestamente son más avanzadas que otras a las que somete, a tal respecto la tesis que esgrime Waiting for the Barbarians, que se beneficia de la labor interpretativa de un espléndido Mark Rylance, queda meridianamente clara en intenciones pero no tanto en unos resultados en donde se tiene la sensación de una cierta carencia de recursos con respecto a intentar matizar tanto tramas alternativas como según que personajes en beneficio eso si de un aplicado espíritu visual que la emparenta por momentos a retratos cinematográficos épicos ya pretéritos. La metáfora principal, dividida en cuatro arcos narrativos, basculan a través del relato a modo de esa cruda amoralidad de tono militarista que nos expone el responsable de El abrazo de la serpiente y que termina siendo muy detectable, tanto que en su planteamiento no encontraremos un tiempo ni un lugar claro al que poder profundizar, de alguna manera dicho mal endémico deviene como atemporal incluso aun en nuestros tiempos, para más inri existe un subrayado en el film, que incluso acaba salpicando unas caracterizaciones que por momentos bordean peligrosamente el estereotipo interpretativo, algo que le hace entrar en un terreno de tono explicativo en donde los actos siempre están situados por delante de una reflexión que debería indagar más acerca de las fronteras, físicas y mentales, pues a fin de cuentas esta disquisición territorial viene a ser la principal síntesis argumental de una historia y en definitiva de una gran parte de los trabajos realizador por Ciro Guerra, una frontera y su estudio, en donde la alegoría la encontramos en ver como poderosos imperios tienen que inventarse a enemigos para poder llegar a sobrevivir o incluso en peor medida a enriquecerse a su costa.

Curioso que una de las películas más comentadas y esperadas del festival este año incluso antes de tener conocimiento de su existencia, aunque se intuyera, recayera en el Joker de Todd Phillips, San Sebastián recuperaba de este modo las ya extinta desde hace años sesión sorpresa que en realidad no lo fue tanto, o prácticamente nada, pues al poco de empezar el certamen ya se anunció su presencia, de algún modo la flamante ganadora del León de Oro en el último Festival de Venecia se erigió de esta manera como el auténtico, aunque no oficial, broche final de esta edición del Zinemaldia en una película en donde vemos como un individuo llamado Arthur Fleck vive en la ciudad de Gotham junto a su madre, siendo su única motivación en la vida el hacer sonreír a la gente haciendo de payaso en pequeños trabajos pese a tener serios problemas mentales que hacen que la gente le vea como un bicho raro. Su gran sueño es poder actuar como cómico delante del público, pero una serie de trágicos acontecimientos le hará ir incrementando su ira contra una sociedad que le ignora continuamente.

Recogiendo de alguna manera el oscurantismo ya visible en infinidad de comics y en algunas aproximaciones realizadas al personaje por parte de Christopher Nolan este Joker, película de cocción ciertamente lenta en su desarrollo, se erige como una brillante aproximación a la complejidad existente entre el bien y el mal, Todd Phillips, en la que es indiscutiblemente una de las películas de este 2019, huye de cierto tono de estereotipos narrativos al uso teniendo la gran virtud de saber en todo momento buscar acomodo en un relato que se encuentra bastante más cercano a modo de relectura del Taxi Driver de Martin Scorsese que a cualquier película de súper héroes al uso en donde afortunadamente nos encontraremos con una total carencia de efectos digitales, en un film que tiene además el añadido de estar producida por un gran estudio y poseer una carga subversiva bastante notoria, todo un logro en unos tiempos de una desmesurada corrección política. Este posicionamiento no solo vendrá en referencia a una narrativa en donde somos testigos de una oscura denuncia moral sino en intentar evocar en base a su estética a un tipo de cine pretérito expuesta a modo de fábula amoral pues a fin de cuentas la sociedad por donde transita el personaje interpretado por Joaquin Phoenix, al igual que el Conrad Veidt de The Man Who Laughs de Paul Leni, no deja de ser un trasunto más de un colectivo que deviene como enfermo. Como fiel apología de la verosimilitud de un relato en donde el estudio de una mente fracturada va direccionada desde lo interior a lo exterior este acabara terminando expuesto a modo de un símbolo y un desencanto global sin cuya revolución no existiría la evolución de un personaje cuya anterior indefensión queda totalmente desaparecida dadas las circunstancias acometidas.

Viene siendo una sana costumbre por parte de un servidor en estos últimos años el terminar mi andadura en el Zinemaldia con el visionado de alguna película encuadrada dentro de la retrospectiva clásica, no deja de ser una especie de particular mea culpa al no haber podido tener la opción, ni el tiempo necesario, de intentar indagar en dicho apartado con algo más ahínco, no será por ganas y si por la coyuntura que representa el acudir a un festival a cubrirlo, a tal respecto y lejos de disquisiciones personales nunca me cansare de recalcar la importancia de las retrospectivas y la recuperación de clásicos en los certámenes de cine a modo enseñanza de una cinematografía o de un autor ya pretéritos, un apartado que de alguna manera contrarreste dentro de sus posibilidades el evento entendido como tal dentro de los certámenes cinematográficos.

En lo referido a esta labor, en la educación de esa mirada, San Sebastián en estos últimos años está acertando plenamente, desprendiéndose de la más que discutible retrospectiva de cine contemporánea para centrar esfuerzos en la clásica, si el pasado año dicho apartado correspondió a la figura de la autora británica Muriel Box esta edición estuvo dedicada al realizador mexicano Roberto Gavaldón, un gran retratista social y mejor cronista de la época que atesora una filmografía tan rica en matizaciones autorales como variada genéricamente. Un servidor tuvo la ocasión de visionar un título que de alguna manera aúna géneros muy utilizados a lo largo de su carrera, en La diosa arrodillada vemos como un millonario llamado Antonio obsequia a su esposa con una estatua de una mujer desnuda como regalo de aniversario nupcial. La modelo que posó para la estatua es Raquel, amante de Antonio. Raquel exige a Antonio que se divorcie de su esposa sin embargo poco después ésta muere bajo unas circunstancias misteriosas. Antonio tendrá que aceptar casarse con Raquel para que no se descubra que su esposa no falleció por causas naturales. De alguna manera La diosa arrodillada no deja de ser un compendio casi perfecto que marcó la pauta para el desarrollo de lo que se vino a llamar el noir mexicano, evidentemente influenciado en base a las coordenadas provenientes del cine negro norteamericano. Un cine negro pero también direccionado a la denuncia de tratados sociales, aquí provistos de reminiscencias urbanas que indagan en la degradación moral de sus protagonistas. Con una omnipresente María Félix, el trágico destino de sus protagonistas se convertirá de alguna manera en un rasgo autoral que devendrá  como bastante reconocible a lo largo de la carrera del responsable de Macario. Punto y aparte merece destacarse la manera en que Roberto Gavaldón con este trabajo se atreve a experimentar con las posibilidades existentes en lo referente a la utilización de la fotografía en blanco y negro, un trabajo en definitiva que viene a representar casi a la perfección una época de oro del cine mexicano aquí personificada a través de uno de sus principales e indiscutibles artífices.

 

Palmares

Concha de Oro a Mejor Película: Pacificado, de Paxton Winters

Concha de Plata a la Mejor Dirección: Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Maria Goenaga por La trinchera infinita

Concha de Plata a Mejor Actriz (Ex aequo): Nina Hoss por The Audition y Greta Fernández por La hija de un ladrón

Concha de Plata a Mejor Actor: Bukassa Kabengele por Pacificado

Premio del Jurado a Mejor Fotografía: Laura Merians por Pacificado

Premio del Jurado a Mejor Guión: Luiso Berdejo y Jose Mari Goenaga por La trinchera infinita

Premio Especial del jurado: Proxima, de Alice Winocour

Premio Nuev@s Director@s: Algunas bestias, de Jorge Riquelme Serrano

Premio Horizontes: De nuevo otra vez, de Romina Paula

Premio Zabaltegui Tabakalera: Ich War Zu Hause, Aber’, de Angela Schnelec

Premio del público: Especiales, de Olivier Nakache y Éric Toledano

Premio a mejor película europea: Sorry we missed you, de Ken Loach

Premio Irizar al cine vasco: La trinchera infinita, de Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga