Crónica Festival de San Sebastián 2019. Día 8

De guerras y dolorosos resquicios endémicos

Con motivo del Premio Donostia que este año el Festival de San Sebastián otorgaba a la actriz española Penélope Cruz se tuvo la oportunidad de ver uno de sus últimos trabajos, en esta ocasión bajo la tutela del realizador francés Olivier Assayas Wasp Network, trama basada en hechos reales e inspirado parcialmente en el libro Los últimos soldados de la Guerra Fría de Fernando Moraisun que nos sitúa en la ciudad de La Habana a principios de los años 90. En el vemos como René González es un piloto cubano que roba un avión y huye del país dejando atrás a su amada esposa e hija. Comienza así una nueva vida en Miami. Otros desertores cubanos pronto le seguirán e iniciaran una red de espionaje. Su misión será la de infiltrarse en organizaciones anticastristas violentas, responsables de ataques terroristas en la isla.

Uno es de la opinión de que si no fuera por dicha coyuntura arriba citada Wasp Network difícilmente estaría presente en el certamen donostiarra por mucho que Olivier Assayas se haya convertido, por méritos propios, en estos últimos tiempos en un peso pesado dentro del  circuito de festivales. Wasp Network, que nace con unas inequívocas texturas de producto comercial con clara vocación internacional, queda muy lejos del tono y resultados de sus últimos trabajos, se tenía la esperanza, al menos en lo referente a un servidor, por la temática y por aquello de la semejanza de repetir con Edgar Ramirez como protagonista principal, que de alguna manera y debido a sus semejanzas temáticas se equiparara en algo con su notable miniserie Carlos, nada más lejos de la realidad, en realidad en film de Assayas se encuentra más cercano en estructura a la olvidable Loving Pablo del inefable Fernando León de Aranoa, la película a través de una narración que navega en un tono en donde se percibe demasiada medianía conceptual da cierta sensación de no saber a ciencia cierta si quiere centrarse en un relato de espías al uso o en un drama, su síntesis final no incomoda pero tampoco llega a subyugar en prácticamente ningún momento de su metraje en base a un maniqueísmo que deviene como bastante simplista, a tal respecto estamos ante un film, siempre con la sensación de estar situado a medio camino entre el drama familiar y el discurso político, en donde se nos cuenta una historia interesante pero que está bastante mal contada, el relato en cuestión deviene como acelerando en muchos tramos y bastante disperso en el modo en que está ejecutado, transitando por un territorio que no le llega a ser desconocido sorprende en parte la pueril resolución en la medida de estar ante un autor bastante curtido, no es la primera vez que el responsable de Personal Shopper trabaja fuera de su país, de alguna manera se agradece la osadía en la medida de realizar un intento de integración autoral a través de un producto de supuestas connotaciones mainstream, este sin embargo termina transitando por todos los tópicos habidos y por haber dentro del referido género, lo peor de todo es que da la sensación de que lo hace con una cierta desgana situando el producto en las antípodas de joyas perpetradas por su autor como por ejemplo Irma Vep o Finales de agosto principios de septiembre.

Hace un par de años el joven cineasta ruso de tan solo 25 años Kantemir Balagov consiguió sorprender a propios y extraños con aquella opera prima titulada Tesnota, un ejemplar y modélico ejercicio de violencia contenida ambientada durante la Guerra de Chechenia y expuesta a modo de un crudo retrato que indagaba en irrompibles y dolorosos lazos familiares que devienen como tóxicos, dos años más tarde el joven Kantemir Balagov se enfrenta a esa tesitura tan habitual y en parte comprometida a la hora de poder reafirmar o no esas buenas sensaciones con un segundo trabajos tras las cámaras, en Beanpole Balagov nos vuelve a situar a través de un drama intimista de tono femenino ambientado en el Leningrado de 1945. La Segunda Guerra Mundial ha devastado la ciudad y derruido sus edificios, dejando a sus ciudadanos en la miseria tanto a un nivel físico como psíquico. El asedio ha terminado, a  través de este devastador escenario veremos como dos mujeres jóvenes llamadas Iya y Masha trataran de encontrar un difícil sentido a sus vidas.

Beanpole, inspirada en la novela La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Aleksándrovna Aleksiévich, no solo reafirma un talento que en parte deja de estar en ciernes sino que deviene como una incuestionable confirmación de un autor que todo indica que puede devenir como clave en un futuro, Kantemir Balagov en esta ocasión vuelve a incidir en retratos femeninos densos y asfixiantes llevados al límite, nuevamente ubicados en un escenario que deviene tan devastador como resulta ser unas psiques, la de sus dos protagonistas, situadas aquí a través de un estado de auténtica devastación existencial a causa la barbarie de la guerra, de alguna manera este intenso drama de cámara que termina siendo inequívocamente inmersivo para el espectador no deja de ser un profundo y continuo estrés postraumático expuesto a modo de una dramaturgia de tintes casi bergmanianos en donde se nos muestras unas heridas que se prevén como incurables, una mirada a una de las muchas caras no visibles de la trastienda bélica en donde se cuestiona ese unitario heroísmo patriótico del supuesto vencedor, en tal sentido el retrato que nos propone Beanpole quedara siempre situado a modo de un purgatorio mental situado al borde de un colapso emotivo y moral, para más inri Kantemir Balagov, aquí dotado de un presupuesto bastante mayor que en su opera prima, se permite el lujo de rodar con una excelente pulcritud espacios escénicos de una belleza cromática que por momentos da la impresión de estar colindando con el arte pictórico a través de un extraordinario rigor formal. Beanpole, indiscutiblemente una de las películas de este 2019, termina transitando mucho más allá de la empatización del dolor de unos personajes víctimas de una coyuntura silenciada, a tal respecto el estudio que se nos ofrece de ese total vacío de la victoria será la de un doloroso un sufrimiento interior alejado de cualquier tipo de épica, el resultado final en lo relativo a su ejecución es ciertamente admirable confirmando a Kantemir Balagov como un talento autoral al cual habrá que seguir muy de cerca en un futuro que se prevé como ciertamente brillante.

Curioso cuanto menos, dado el contexto genérico en el que se mueve, la participación dentro de la sección Perlas de la opera prima de Michael Angelo Covino The Climb, film genéricamente prototípico que suele ser más propio de festivales tipo Sundance o en menor medida y dentro de un contexto patrio el Americana de Barcelona, un cine independiente norteamericano que aquí queda expuesto a modo de comedia ácida en donde vemos como Kyle y Mike son dos amigos que comparten un fuerte y curioso vínculo de amistad hasta que Mike se acuesta con la prometida de Kyle. A partir de este hecho y su confesión veremos como una amistad que ha durado décadas se ve comprometiendo y rehaciendo a lo largo de los años.

The Climb pese a un tipo de producción bastante detectable en lo referente a su síntesis como hemos citado más arriba tiene al menos la virtud de ser original con respecto a sus postulados, estos giran a través de exponernos una peculiar amistad que resulta ser tan extraña como toxica. La película, de esas comedias acidas que te pueden arrancar una sonrisa cómplice y no una carcajada, parte de un hándicap bastante detectable en la medida de ser una especie de apéndice algo alargado de un corto anterior con los mismos protagonistas, la historia está expuesta en base a continuas idas y venidas en donde más que de la amistad en si lo que Michael Angelo Covino parece querer contarnos es en referencia al vínculo creado de tal concepto, los dos protagonistas devienen como completamente antagónicos, uno resulta ser un inocente bonachón de carácter extremadamente afable, el otro un tanto ególatra y vividor pero principalmente egoísta con quien le rodea, curiosamente la mezquindad del segundo hará que anhelé y en parte necesite el entorno familiar solido que atesora el primero. Dividida en siete capítulos expuestos a lo largo de varios años a través de ellos veremos una relación de amor-odio ofrecida a modo de una rara avis que explora el concepto bastante desvirtuado de las buddy movie en donde el dialogo corrosivo también va acompañado de una técnica y un rasgo estilístico esforzado representado en varios planos secuencias que suelen ser muy impropios en este tipo de comedias convirtiendo a The Climb en toda una extravagancia merecedora cuanto menos de no caer en el olvido al que parece estar predestinado.

Para cerrar las películas vistas este año dentro de la sección Nuevos Directores nada más adecuado que el visionado de la película que termino alzándose con el premio principal de dicha sección, Algunas bestias supone el segundo trabajo tras las cámaras del realizador chileno Jorge Riquelme Serrano tras aquella curiosa opera prima titulada Camaleón, un film rodado en apenas 10 días y con Jorge Riquelme Serrano convertido en un auténtico hombre orquesta en donde aparte de la dirección se ha encargado del guion, producción y montaje en una historia que nos cuenta como una familia desembarca con entusiasmo en una isla deshabitada en la costa sur de Chile con el sueño de poder levantar un hotel turístico en el lugar. Un fin de semana invitan a los padres de ella con la intención de pedirles un préstamo económico para dar impulso al proyecto, sin embargo cuando el hombre que se ocupa del mantenimiento básico de la isla desaparece, la familia quedará prisionera víctima de las precariedades. Con frío, sin agua y sin apenas certezas, los ánimos y la buena convivencia comenzaran a diluirse poco a poco.

En Algunas bestias, que empieza con un abrumador plano cenital y cuya narrativa afortunadamente resulta bastante más sutil que su título, amparándose en una inequívoca puesta en escena teatral se nos muestra a una familia encerrada, dicho enclaustramiento forzoso que en un principio es paradisiaco ira lentamente convirtiéndose en claustrofóbico dando lugar a la representación de un determinada  microcosmos que de alguna manera pretende ser una suerte de reflejo de un país entero, a través de todo ello se nos retrata lo más feo y oscuro que puede llegar a anidar dentro del ser humano. Alegado formalmente de ese tono gélido y aséptico tan característico en películas centroeuropeas en donde se nos retrata disfuncionalidades familiares de todo tipo Jorge Riquelme Serrano tiene la virtud de hacerlo todo más cercano en base a la cotidianidad de los actos, esto no significa que el relato no sea áspero y oscuro, a tal respecto el film tiene el dudoso honor de atesorar la escena posiblemente más hiriente y sórdida vista durante todo el festival. Un notable tratado que da la sensación de transitar acerca de los males que suelen envenenar nuestra sociedad actual, se nos expones las consecuencias, nunca las causas, a tal respecto no terminamos presenciando una historia de denuncia como tal sino más bien una condena con visos de tener muy pocas oportunidades a la hora de encontrar algún tipo de redención posible.

Últimamente parece ser que clausurar un festival de cine se ha convertido más que en un privilegio en una tesitura algo complicada, en muchos sectores de la industria es algo que se tiende a evitar a la hora de ofrecer película para ello, ya no solo en referencia a San Sebastián sino a prácticamente todo los certámenes cinematográficos, lejos quedan los tiempos en que films importantes cerraban ediciones, las causas devienen como diversas, por un lado no es el mejor apartado para difundir o publicitar un trabajo, los festivales hoy en día suelen ser de alguna manera como los maratones, sus participantes, prensa y público, llegan exhaustos a su final y la mirada sobre el producto termina siendo en la mayoría de los casos algo desvirtuada y liquida dada las condiciones, se cómo fuere el Zinemaldia en esta edición aposto por lo académico a la hora de intentar conseguir un consenso que fuera lo más global posible con respecto a su acogida, en The Song of Names adaptación de la conocida novela de Norman Lebrecht, vemos como en plena Segunda Guerra Mundial, Martin, un niño de nueve años crea un vínculo afectivo con su hermano recién adoptado, Dovidl, un prodigio del violín de su misma edad que acaba de llegar a Londres como refugiado judío de origen polaco. Tiempo después, horas antes de ofrecer su primer gran concierto a la edad de 21 años, Dovidl desaparece sin dejar rastro, provocando la vergüenza y la ruina de su familia que lo adopto.

No deja de ser algo curioso como el realizador de origen francés François Girard vuelve de alguna manera a una temática en donde el violín y la música en definitiva se encuentran situados en su eje argumental, sin embargo su anterior y notable Le Violon rouge tiene bastante poco que ver con esta deslucida The Song of Names, la historia aquí contada, de amistad entre hermanastros pero sobre todo de remordimientos, siempre con el trasfondo del Holocausto nazi presente en su narrativa, nos sitúa a través de un relato de estructura episódica fragmentada en el tiempo que termina siendo demasiado académica utilizando negativamente tal termino, uno acaba teniendo cierta sensación de estar ante un trabajo que prioriza el texto entendido como tal que su traslación en imágenes, estas, provistas de un empaque técnico ciertamente impoluto y aplicado, no acaban de conceptuar adecuadamente un relato que pretende indagar en la emoción de la memoria colectiva a toda costa sin llegar apenas conseguirlo, estamos pues posiblemente ante una película que carece del alma necesaria que reclamaba una dramaturgia literaria que en su traslación fílmica deviene por momentos tan encorsetada en sus formas como impostada a la hora de no saber abordar e indagar adecuadamente las diversas raíces humanistas que forman parte primordial del Status Quo que sí parece atesorar el texto original en el que está basado.