
Ray & Liz

En las afueras de Birmingham y en los márgenes de la sociedad, la familia Billingham lleva a cabo rituales extremos, rompiendo tabúes en una vida determinada por factores que escapan a su control. Basada en las memorias del fotógrafo y director Richard Billingham, la película se centra en sus padres Ray y Liz, su relación y el impacto que tuvieron en Richard y su hermano pequeño Jason.
La puesta de largo del reconocido pintor y fotógrafo Richard Billingham fue indudablemente y por méritos propios una de la operas primas más interesantes de las vistas este año dentro del D’A, Ray & Liz no deja de ser un incómodo y nada gratificante anexo en celuloide de lo que fue su libro Ray’s a Laugh y su posterior exposición fotográfica “Sensation”, en ellas al igual que la cinta que nos ocupa se nos ofrecía instantáneas cotidianas del pasado vividas por el autor muy poco complacientes.
Ray & Liz es un relato que bascula básicamente a través del recuerdo en base a una mirada íntima, en este caso centrado y expuesto en modo autobiográfico en lo relativo a la dura infancia que le toco vivir al propio Richard Billingham, es a través de esa visión expuesta casi a modo de diapositivas en donde somos testigos de un desamparo parental a través de una indagación que rehúye del juicio sobre su causa,
en este caso la adicción, pobreza y miseria en definitiva. El film de Richard Billingham en cierta manera transita por recovecos bastantes parecidos a la fundamental Léolo del tristemente malogrado Jean-Claude Lauzon, la principal diferencia entra ambas historias la podemos encontrar en que el joven protagonista de Ray & Liz no tiene la suerte o el beneficio de recurrir a las fugas oníricas que si encontraba el otro infante a la hora de evadirse de la dura realidad que le ha tocado vivir, tampoco podríamos decir que su sentido del humor sea muy parejo, si en una se recurría a lo extravagante en Ray & Liz aparecen de forma muy diferente y en muy contadas ocasiones, como en el impagable y tragicómico episodio del tío por ejemplo, lo hace a través de una cotidianidad narrada de forma episódica situada en tres épocas distintas, dicho posicionamiento posiblemente le resta algo de cohesión a un relato que no hace hincapié en la denuncia social ni en lo emotivo que todo ello puede acarrear, más bien la intención de Richard Billingham junto al director de fotografía Daniel Landin es la de intentar documentar la miseria a la hora de mostrarnos una mirada a su particular pasado en base a una reconstrucción casi milimétrica de su propia memoria, esta da lugar a posteriori a invitar al espectador a la reflexión en lo concerniente a la existencia de dos menores cuya infancia transcurre a través de un absoluto desamor familiar narrado de una forma tan sutil como devastadora.
Valoración 0/5: 3’5
Nuestro tiempo

En una ganadería de toros bravos en el campo sobrio de Tlaxcala vive una bella familia cosmopolita; en cada rincón de este planeta se siente agonizar el mundo viejo, aunque los niños, las visitas frecuentes y la tecnología de la comunicación contraponen con modernidad la existencia diaria. Esther lleva el rancho con poder y gracia; Juan, escritor reconocido, se da a la crianza de las bestias. Cuando Esther se enamora de otro hombre, Juan parece incapaz de cumplir las expectativas que de sí mismo tiene.
La pujanza del cine latinoamericano en los certámenes cinematográficos en un hecho plenamente constatado a día de hoy, el D’ A 2019 no fue ajeno a dicha coyuntura, entre los diversos films presentados este año provenientes de Latinoamérica uno de los platos fuertes fue sin duda la nueva película del realizador mexicano Carlos Reygadas titulada Nuestro tiempo, un trabajo como viene siendo habitual en su autor nada complaciente que nos sitúa en los vaivenes existentes en una crisis matrimonial en donde los actores devienen como los propios creadores de un ejercicio cinematográfico provisto de una incuestionable libertad creatividad.
Nuestro tiempo se sustente en el docudrama y su correspondiente indagación psicológica a la hora de contarnos una historia sobre una crisis de pareja provista de supuestas ataduras maritales y continuas contradicciones de naturaleza sentimental, cuando el adulterio es consentido pero resulta que no, por momentos un estudio sobre la toxicidad masculina en lo concerniente a determinadas relaciones abiertas y posteriores confianzas erróneamente traicionadas que da lugar al inevitable reproche.
Uno viendo este nuevo trabajo tras las cámaras por parte del responsable de Post Tenebras Lux tiene la ligera impresión de estar hecha y estructurada en parte para el mismo autor a modo de algo parecido al autoanálisis, uno no sabe hasta qué punto la historia puede llegar a ser algo autobiográfica, el estar ante un relato totalmente libre de ataduras conceptuales supone sin embargo un cierto riesgo, por una parte el peligro que puede conllevar en referencia a su propia autocomplacencia de cara al espectador poco predispuesto a ser partícipe de una terapia interiorizada que parece ir en círculos sin un rumbo fijo provista de un excesivo metraje, en el lado positivo el asistir a una auto ficción que por momentos intenta ir más allá de sus iniciales postulados en base a bifurcar en diversas vías la eterna lucha de poderes, tanto a un nivel meramente visual en referencia a su tratamiento formal, en base a un portentoso formato panorámico especialmente visible en un hipnotizarte plano subjetivo de un avión aterrizando en Ciudad de México, como a través de un trazo metafórico situado a medio camino entre el misticismo y lo opaco de un relato que en todo momento da la impresión de transitar a través de una batalla emocional tan contradictoria y exasperante en ocasiones como interesante en referencia a la complejidad de esa alegoría expuesta sobre una arrogancia viril que en muchos momentos de la película da la sensación de estar continuamente derrotada.


argumental de contarnos una historia humana detrás de unos ataques terroristas acontecidos en Paris, sin embargo dicho trayecto se hace en este caso esquivando en todo momento una profundidad que suele ser bastante característica en este tipo de trabajos, llegados a este punto uno se pregunta si tal posicionamiento tal como nos es mostrado en el film deviene como un defecto o una virtud. Por un lado se agradece que se eludan daños colaterales tan característicos en estas historias como esa falsa impostura melodramática a la hora de tocar fibras mediante discursos aleccionadores en donde su subrayado queda latente en el relato todo momento. Tal discreción sin embargo otorga a Amanda la etiqueta de film que al igual que su protagonista intenta eludir en continuamente temarios tales como por ejemplo su nula reflexión acerca del contexto político que circunvala la acción, a lo largo de todo su metraje uno tiene la sensación de estar ante un producto tan ameno y liviano como poco trascendental, esto da paso a una cierta superficialidad preguntándonos si estamos ante una película adecuadamente austera cuyo principal cometido narrativo es mostrar el trayecto de la vuelta a la normalidad de unas personas o de una predominante ligereza en base a ser un drama familiar de bajo perfil que no quiere o no puede ahondar en matices psicológicos, al final como puntos a destacar lejos de dicha disquisiciones nos queda la ceñida interpretación a cargo de Vincent Lacoste y la inteligente utilización escénica de las calles de Paris como centro neurálgico de todos los conflictos internos que atesora el joven protagonista en este relato que podría clasificarse como agradablemente banal.
de un claro índole contemplativo que transita a través de la espera y la indagación de la figura femenina en un film que partiendo de una premisa argumental en donde se nos describe una historia de amor en tiempos de guerra esta logra erigirse a modo de una muy adecuada manifestación de lo que podríamos denominar como un tiempo continuamente suspendido que queda expuesto mediante una precisión casi arqueológica. A Portuguesa se desarrolla a través de diversos set pieces narrativos intercalados con piezas musicales no invasivas en base a largos planos estáticos y largos silencios situándonos en esa exquisitez de la imagen como representación del arte tan difícil de encontrar hoy en día en una sala de cine, aquella en la que a través de una subjetividad, en esta ocasión de unas connotaciones casi teatrales, consigue en base al modernismo llevar a buen puerto un texto de inequívocas raíces clásicas, el logro final posiblemente consista en ver como la película eleva para bien la estética por encima de una narrativa digamos al uso, lo formal en esta ocasión en lo relativo a su composición pictórica y quietista siempre por delante de lo entendido como un supuesto rigor histórico. La extraordinaria A Portuguesa termina erigiéndose como un perfecto paradigma de la pura creación estética al servicio de las artes plásticas certificando al mismo tiempo por si aún había dudas al respecto la libertad autoral existente con la que se hace cine hoy en día en Portugal, la cinematografía europea que en estos momentos mejor está indagando en esto que denominamos el trazo autoral en el cine.
matización y especialmente el desarrollo de una narrativa y unos personajes más acordes, el resultado final por momentos llega a ser tan predecible como ameno, Ben Wheatley nos viene a explicar que la familia no deja de ser una imposición difícil de eludir y no una elección, a partir de dicha premisa el relato se sustenta en la hipocresía y el temario corrosivo, fluctuaciones tan propias e inherentes en la comedia británica de índole coral adyacente aquí en el núcleo de una familia que evidentemente tratándose de alguien como Ben Wheatley deviene como inequívocamente disfuncional. En dicha exposición comprobamos que casi la totalidad de los integrantes que forman parte de dicho entorno familiar son y actúan como personas provistas de un claro cariz desagradable, cada uno en base a roles preestablecidos que cohabitan a través de un trasfondo y unas intenciones con la particularidad de buscar cueste lo que cueste un beneficio propio ante las diferentes coyunturas en las que les toca interactuar, al final como el espectador ha ido intuyendo a lo largo de todo el metraje la única vía posible para cierta liberación personal consistirá en la ruptura de dicha colectividad como única solución válida para quien aún intenta conservar de alguna manera algo de dignidad pues básicamente Happy New Year, Colin Burstead nos habla en todo momento de la falta de ella.














un peaje que deviene sin embargo como inevitable y que se aparta por completo de propuestas cuya naturaleza transitan por conceptos mucho más simplistas. Eyes of Fire que parte de una narración fracturada a través de un flashback en donde los personajes sobrevivientes del presente nos dice de inmediato que las cosas no terminarán bien para el resto de personajes tiene la particularidad de indagar en la Norteamérica del siglo XVIII a través de simbolismos muy poco transitados dentro del género fantástico, su apuesta se basa principalmente en lo que podríamos denominar como un terror iniciático, el mal presentado como una fuerza que es una parte fundamental de la naturaleza en sí misma, a tal respecto el escenario y su peculiar magnetismo deviene como clave, imaginemos por un momento que los conquistadores de la fundamental Aguirre, la cólera de Dios de Werner Herzog en vez de enfrentarse a la peligrosidad que suponen los nativos lo han de hacer a una fuerza ubicada bastante anterior en el tiempo, a tal respecto las historias de brujería ancestrales y espíritus malignos en la Norteamérica de los colonos invaden un relato en donde llegados a un punto nos enfrentamos a una historia de terror sobre pioneros situados en un territorio cuya ancestralidad da paso conforme avanza el metraje a una psicodélica (las composiciones y la iluminación resultan fantásticas) tan disparatada como subyugante otorgándole empero una muy difícil catalogación genérica a un nivel global.
que le lleva a través de una indagación mucho más arriesgada en relación a la antropología fantástica del relato en cuestión, pero si nos fijamos detenidamente en la base en que se sustenta su argumentación esta son muy parecidas, en ambas historias encontramos el exilio forzado de una comunidad de un grupo de personas por un supuesto paganismo religioso como factor determinante, Eyes of Fire va mas allá en la ecuación e incluye en dicho rechazo adulterio y poligamia, ese exilio impuesto no deja de ser un doble castigo, por un lado la exclusión de un grupo de personas a formar parte de una comunidad y por otro el quedar expuestos a un peligro mucho mayor que la intolerancia grupal a que se han visto sometidos como resulta ser el estar a merced de un oscuro y desconocido misticismo a modo de fuerza sobrenatural de consecuencias devastadoras. Eyes of Fire como buena rara avis que es termina siendo esa película de contornos imperfectos que pudo ser no solo perfecta en si misma sino también clave en referencia al devenir del género fantástico de estas últimas décadas, es como si sus múltiples derivas genéricas colocadas a modo de puzle no estuvieran puestas en orden especialmente en lo referido a su media hora final, posiblemente la intención de Avery Crounse fue realmente esa, la de trasportar al espectador de alguna manera a una confusión narrativa colindante por momentos con el cine experimental, ir de algún modo más allá en la concepción de hacerte sentir aturdido y perdido a merced de una naturaleza tan abierta e inexplorada como peligrosa dada sus fundamentos, si es así doble mérito para esta pieza de terror de época cuya particularidad dada sus atributos la hace única otorgándole una merecida reivindicación que afortunadamente parece que está llegando.

































como extraña, lo sutil pero sobre todo lo sugerido actúan en el film a modo de una inquietante visión con respecto a un futuro que deviene como apocalíptico bajo la atenta mirada de solo unos pocos privilegiados, en este sentido L’heure de la sortie es un film que sabe moverse a la perfección en lo que respecta a crear expectativas a través del enigma, no tanto en lo referido a su conclusión, esta se ampara en lo digamos puramente reflexivo pues a fin de cuentas el responsable de la también interesante Irréprochable (2016) transita en todo momento en lo concerniente a un discurso de ambivalencias muy políticas, aquí en referencia a una problemática medioambiental cuya exposición afortunadamente no es aleccionadora, quedando expuesta como hemos comentado más arriba a través de una tensión que nace a partir de una brecha generacional sin saber a ciencia cierta que comportamiento y que acciones, las de los adultos o la de los adolescentes, es el apropiado, en ello vemos como un adulto es incapaz de penetrar en ese mundo de los jóvenes que deviene como infranqueable.







