
Uno de los grandes símbolos de la historia del cine protagoniza el cartel de la 51ª edición del Festival de Sitges. El misterioso monolito de 2001: Una odisea del espacio –el clásico de ciencia ficción de Stanley Kubrick que celebra 50 años– marca el camino hacia un certamen cargado del mejor cine de género del pasado, presente y futuro. Títulos especialmente esperados e invitados de primer nivel anticipan una edición que se celebrará del 4 al 14 de octubre: once días con el mejor fantástico del planeta.
Los universos de 2001: Una odisea del espacio inundarán la 51ª edición del Sitges – Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya. La imagen del cartel, creada un año más por la agencia China, plasma de manera directa y poética a la vez este elemento concebido por Kubrick que ha sido objeto de diversas interpretaciones a lo largo de los últimos 50 años. “La obra maestra de Kubrick está plagada de iconos. El ojo de HAL, los pasillos de la nave, el hueso en el aire, el embrión en el espacio… Pero ninguno de ellos tan reconocible –tan totémico–, como el monolito. Un homenaje a 2001 no podía tener otro protagonista, erigiéndose misterioso sobre la superficie del mar en un guiño a la ciudad de Sitges, cuna de la ciencia ficción”, explica China, la agencia del Festival.

El certamen apuesta también por otros focos temáticos, que complementarán el leitmotiv principal. Por un lado, se tratará el cine fantástico surgido en el año 1968, como la fundamental La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero. Por otro, Sitges celebrará el 40 aniversario del estreno de La noche de Halloween, el popular film de John Carpenter, y el bicentenario del mito de Frankenstein, destacando especialmente su origen y mitología femenina.
La gran figura del cine contemporáneo Peter Weir será homenajeado en Sitges 2018. Weir representa una combinación inteligente de cine comercial y cine de autor. Director de films que ya forman parte del imaginario colectivo, el director australiano es mundialmente apreciado por títulos de diversos géneros como El año que vivimos peligrosamente (1982), Único testigo (1985), El club de los poetas muertos (1989), El show de Truman (1998) o Master and Commander (2003), pero son especialmente destacables sus primeras películas –claramente enmarcadas dentro del fantástico– Los coches que devoraron París (1974), Picnic en Hanging Rock (1975) o La última ola (1977). En Sitges 2018, Wier será reconocido con el Gran Premio Honorífico, en homenaje a una carrera llena de éxitos.

Picnic en Hanging Rock
Sitges 2018 tendrá una destacada presencia femenina. La actriz estadounidense Pam Grier, estrella del cine de acción y ejemplo de lucha constante, recibirá el premio Màquina del Temps. Habitual en cintas de blaxploitation de los años 70 –como Foxy Brown (1974) o Sheba Baby (1975)– Grier alcanzó la fama mundial al protagonizar Jackie Brown (1997), de Quentin Tarantino, después de algunas apariciones en filmes como Mars Attacks!, de Tim Burton. También ha participado en series como Miami Vice, El príncipe de Bel-Air o The L Word.

Pam Grier
Helga Liné, actriz alemana afincada en España desde el inicio de la década de los sesenta y figura esencial en el género fantástico estatal con títulos como Pánico en el Transiberiano (1972) o El espanto surge de la tumba (1973), recibirá el Premi Nosferatu que otorga la sección Brigadoon. Su extensa carrera incluye trabajos en el western, péplum –durante su época en Italia– o la comedia, al lado de realizadores como Pedro Almodóvar, Umberto Lenzi, Pedro Olea o Amando de Ossorio.

Helga Liné
Traci Lords, icono de la cultura pop, trendsetter y referente feminista recibirá la Maria Honorífica en Sitges 2018. Lords ha trabajado con grandes nombres del cine independiente y underground americano, como John Waters y Roger Corman, y con estrellas consagradas de la altura de Johnny Deep. Destacó en varios thrillers y films de terror de bajo presupuesto durante los años ochenta y principios de los noventa, antes de aparecer en títulos como Cry-Baby (1990) o Los asesinatos de mamá (1994), de Waters. Sus papeles secundarios en películas de género fantástico como Virtuosity (1995) o Blade (1998), las apariciones en series de televisión, videojuegos y algunas incursiones como cantante tecno pop completan una prolífica trayectoria.

Traci Lords
Primeros títulos
Entre los primeros filmes confirmados en la 51ª edición del Festival, destacan algunos de los títulos más esperados del año para los amantes del género, muchos de los presentados en Cannes 2018. Es el caso de Under the Silver Lake, de David Robert Mitchell, director que revolucionó el terror con It Follows (Sitges 2014) y que se consolida ahora como un cineasta de culto con un thriller paranoico ambientado en Los Ángeles y protagonizado por Andrew Garfield.

Under the Silver Lake
Otra de las propuestas es la fascinante Lazzaro felice, de la directora italiana Alice Rohrwacher, merecedora del premio ex-aequo al mejor guión en Cannes. El relato fantástico y alegórico de una amistad, que cuenta en el reparto con el actor catalán Sergi López. Burning, el thriller coreano de Lee Chang-Dong que adapta una historia de Haruki Murakami, también se podrá ver en Sitges. Un elegante triángulo amoroso rodeado de misterio y existencialismo que pone de manifiesto las obsesiones humanas más escondidas.

Lazzaro felice
El retorno de Lars Von Trier, The House that Jack Built, no podía faltar en Sitges 2018. El siempre provocador director danés desató la polémica en Cannes con el recorrido de un asesino en serie, interpretado por Matt Dillon, que no ahorra sadismo ni excesos. Bruno Ganz y Uma Thurman completan un reparto estelar. Otro esperadísimo retorno es el de Gaspar Noé con su Climax. Un festival visual, sensorial y lisérgico a ritmo de urban dance y con la dosis de perturbación que caracteriza al realizador francés, que sedujo en Sitges anteriormente con Enter the Void o Love.

The House that Jack Built
Los límites de la locura también son explorados en Mandy, del italo-canadiense Panos Cosmatos, un impactante film de acción y venganza estéticamente deslumbrante y protagonizado por Nicolas Cage. El joven neoyorquino Nicolas Pesce, que en 2016 presentó en el Festival The Eyes of my Mother, vuelve a Sitges con Piercing, un thriller independiente con toques de comedia oscura protagonizado por Mia Wasikowska y con la participación de la catalana Laia Costa.

Piercing
De Canadá llegan dos producciones de terror con el sello de directores que han pasado por el Festival en otras ediciones. Pascal Laugier, realizador francés que sacudió Sitges en 2008 con Martyrs, presentará Ghostland, un film de terror visceral con psicópatas. Por su lado, los directores de Turbo Kid (Sitges 2015), Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell firman Summer of ’84, cine juvenil con estilo retro sobre la persecución de un asesino en serie.

Ghostland
Los zombies parisinos protagonizan La nuit a dévoré le monde, la opera prima de Dominique Rocher. Un film de terror y supervivencia en las calles solitarias de un París que ha sido arrasado por los muertos vivientes. El documental español Sad Hill Unearthed, dirigido por Guillermo de Oliveira, reconstruye el cementerio ubicado en España en 1966 para el rodaje de la secuencia final de la película El bueno, el feo y el malo, de Sergio Leone.

La nuit a dévoré le monde
El terror sobrenatural está garantizado con Aterrados, la propuesta del argentino Demián Rugna que dejará la os espectadores clavados en la butaca. Uno de los títulos del año en cuanto al género hecho en Latinoamérica. Aterrados es sólo una de las muchas y excelentes muestras de cine latinoamericano de género que este año estarán en Sitges, demostrando el magnífico momento en que se encuentra el terror en este territorio.

Aterrados
El Festival y Slate
Sitges apuesta por la innovación y se convierte en el primer festival de cine del mundo que aceptará criptomoneda como forma de pago de entradas y abonos. La iniciativa –anunciada en el marco del Festival de Cannes– es pionera dentro de la industria y ha sido posible gracias a la asociación establecida con Slate Entertainment Group (SEG). El Festival adoptará la plataforma digital de venta de entradas del SEG, Slatix, basada en el blockchain, para poder ofrecer esta nueva opción de venta de entradas. Slate también es impulsora de la nueva plataforma Binge, con contenidos de ficción audiovisual y cinematográficos, que utiliza por primera vez la tecnología blockchain.
La Caixa
Sitges y “la Caixa” estrenan acuerdo de patrocinio en la 51ª edición. La divulgación cultural es uno de los ejes estratégicos de la Obra Social “la Caixa”. Las propuestas que lidera la entidad a nivel cultural, educativo y científico llegaron casi a los seis millones de visitantes en el año 2018. Entre éstas, presta una atención preferente a las manifestaciones artísticas propias de los siglos XX y XXI y en esta línea ha impulsado las exposiciones dedicadas a grandes nombres del mundo del cine, como Charles Chaplin, Federico Fellini, los hermanos Lumière o Méliès. Además, la entidad colabora en proyectos dedicados en todo el territorio y buena parte son vinculados al séptimo arte, como en el caso del Festival de Sitges.
Sitges Taboo’ks
Por segundo año consecutivo, la Federación de Gremios de Editores de España y el Festival de Sitges colaborarán en la búsqueda de oportunidades de adaptaciones literarias dentro de la iniciativa Sitges Taboo’ks. Autores y representantes del sector audiovisual estudiarán la posible adaptación de obras literarias a películas de género fantástico. Este año, además de las cuatro obras literarias que serán seleccionadas para una defensa pitch ante productores audiovisuales acreditados en el Festival, también se seleccionará un proyecto de adaptación cinematográfica basado en una obra de corte fantástico. Las inscripciones están abiertas hasta el 2 de julio a través de la web del Festival.
SGAE Nova Autoria
Concebidos como una ventana abierta a descubrir el talento de los creadores audiovisuales emergentes, los Premios SGAE Nova Autoria se celebrarán un año más en el marco del Festival de Sitges. A través de estos galardones, la SGAE y la Fundación SGAE ofrecen la posibilidad a los jóvenes realizadores de las diferentes escuelas audiovisuales catalanas de exhibir sus trabajos y darlos a conocer al gran público, en el marco de un evento cinematográfico de proyección mundial.


















como buena película poseedora de un carácter abiertamente onírico que intenta y consigue ir un paso más allá de sus propios postulados nos topamos con una inquietud autoral bastante evidente, un film que nunca deja de mutar o mejor dicho de evolucionar conforme avanza, de forma tan caótica como desinhibida, en ningún momento, bajo la apariencia de ser una fábula de contornos realistas Juliana Rojas y Marco Dutra se apoyan en una referencia genérica variada (terror, melodrama e incluso hasta el musical) para contarnos una historia en donde la dualidad juega un papel muy importante en la trama, la aparición de ese un niño-lobo como resultado de una unión no aceptada socialmente en lo racial o social por ejemplo, una dualidad la citada que también es muy notoria en el retrato de las dos protagonistas principales en la primera parte de la película, Clara y Ana son personajes que por un motivo u otro por fuerza mayor terminarán enfrentándose contra la misma sociedad que las creo y en parte las abandono, viviendo a través de una oscuridad social de alguna manera estamos ante esa clase de personajes que buscan refugio donde menos habitual pueda parecer en un principio el encontrarlo, más tarde vemos como la unión de ese doble retrato funciona a modo de elemento fantástico, igualmente contestatario con respecto a los demás pero expuesto desde un punto de vista bastante más heterogéneo en donde entra en juego esa revalida de personajes que nunca dejan de luchar por poder coexistir dentro de una sociedad que le niega de forma sistemática la aceptación.















posiblemente lo mejor de la película) le otorga una valía artística que se pone en riesgo al ir recuperando la visión y perdiendo poco a poco la concentración y calidad interpretativa que atesoraba a raíz al parecer de dicha disfunción visual, podríamos decir que la película cuestiona la necesidad de elegir entre dos importantes y vitales conceptos por el que se rige el ser humano ¿arte o vida?, bajo esta premisa el núcleo dramático se diversifica en varias disquisiciones de la época en que transcurre la trama, hay varias cuestiones ciertamente jugosas y hasta por momentos reflexivas, el papel de la ciencia dentro de este contexto histórico, el cruel juego de clases y normas sociales que definen dicha época o el arte como sustento de una parte de la burguesía, disquisiciones estas que sin embargo se quedan muy en la superficie, Barbara Albert es incapaz de analizar o profundizar en ellas de una manera convincente, la narrativa ciertamente plana del film se encamina hacia lo contemplativo pero desde una óptica algo equivocada, no hay rastros de ese conflicto latente entre la autenticidad interior y la falsedad que anida en el exterior de personajes y escenario, podemos percibir levemente eso si un intento de observación de todo lo que se deriva a través su incuestionable academicismo, lástima que ese lujoso diseño de producción y ambientación exquisita se decante más por la rigurosa estética en detrimento de una mirada algo más personal del relato.
La ansiedad de Esmail conforme avanza el metraje dota a la historia de oscuros tintes psicológicos en detrimento del inicial conflicto social expuesto, algo que deriva al producto por momentos en el pantanoso terreno del psicodrama paranoico, en la narrativa impuesta por Milad Alami vemos como el protagonista principal trata de conseguir por todos los medios posibles lo que cada vez parece más difícil, para más inri tendrá que lidiar internamente con un sentimiento de culpa ocasionado por los supuestos daños colaterales de sus acciones como nos muestra la contundente escena inicial con que Milad Alami abre el film.
de cuento de hadas que va mutando conforme avanza el metraje en algo mucho más siniestro, hay un énfasis muy evidente por parte de la realizadora en lo concerniente a la fabricación de un imaginario propio (el de la joven protagonista) que intenta contrarrestar la amenaza de todo lo masculino que le rodea de una forma no natural, y que sirve al mismo tiempo como metáfora de como las mujeres siempre han estado supeditadas de alguna manera a los deseos y a los sueños masculinos. El posicionamiento del film con respecto a un tema tan sórdido es algo distante, en cierta manera rehúye de lo escabrosa jugándoselo todo a una carta al presentar dos visiones que son estructuradas a través de una doble voz en off, la de la niña protagonista y la del Miguel, el líder de la secta presentado bajo los rasgos siempre inquietantes de un solvente Marcelo Alonso, dicha dualidad tiene la intención de crear una cierta ambigüedad en el espectador en lo concerniente al relato, lo consigue solo a medias pues uno termina teniendo la ligera sensación de estar ante una película que quizás se ampare demasiado en lo preconcebido a la hora de desvelar sus propios recursos narrativos.







Estados Unidos aprovechando al máximo esa comicidad derivada del choque cultural, Oh Lucy! destaca principalmente por ser de esas producciones en donde su ensamblaje genérico no se pisa, una comedia cuyos apuntes dramáticos no se diluyen entre sí, a este respecto sin embargo habría que aseverar también su condición de film en donde la práctica total de personajes dan la impresión de transitar a través de un acantilado emocional algo dispar, una sensación de incertidumbre cuya narrativa de tono irregular parece contagiarse pues llegados a un punto determinado esta no parece saber a ciencia cierta que camino a de tomar. Oh Lucy! expone básicamente su discurso en lo relativo a la soledad y en como a través de falsas identidades e incluso de ideales impostados se puede llegar a combatir dicho trauma emocional, una falsa trasformación que sin embargo da pie a una nueva reinvención para alejar una supuesta insatisfacción personal. El film de Atsuko Hirayanagi que parece funcionar exclusivamente a través de una crónica acerca de la persecución de un ideal termina de manera algo caprichosa, en cierta manera a semejanza de que sus propias incertidumbres tonales, pues en lo que puede parecer en un principio como un final satisfactorio en él hay un mensaje bastante más profundo e incluso si se me permite la expresión críptico, lástima que en toda la película no se llegue a escarbar de forma más concienzuda unos contornos que van mucho más allá del tono amable del que hace gala está elaborada aunque algo irregular película.
se presenta como un filme hecho de principio a fin por mujeres, incluso en lo relativo a los apartados técnicos, aparte de atesorar la virtud de contar con una inconmensurable Laetitia Dosch como personaje de salvaje y desbordante de energía sin cuya presencia el film no existiría como tal. De alguna manera estamos ante un film en donde la libertad feminista se erige como básica a la hora de elaborar un en apariencia sencillo retrato femenino que más que ahondar en unos supuestos motivos de rebeldía o auto reafirmación los expone a modo de trayecto vital, en este aspecto de alguna manera recorremos el mismo camino que la protagonista no habiendo una predeterminación en lo referente al errante pero consensuado desarrollo de dicha narrativa, Léonor Serraille tiene la virtud de saber moverse con soltura a través de una diversa y rica amalgama genérica, un relato en donde se nos puede hace reír con lo que podría hacernos llorar y viceversa siempre sin perder esa perspectiva acerca de la exposición de una serie de sensaciones contradictorias en donde la joven protagonista encuentra su mejor definición a modo de una libertad femenina de naturaleza bastante indefinible. Con momentos ciertamente ingeniosos Bienvenida a Montparnasse elabora un relato en apariencia convencional pero que va más allá de las historias de reivindicaciones feministas tan en uso hoy en día en la gran pantalla convirtiendo el debut en la dirección de Léonor Serraille como uno de los más prometedores vistos durante el pasado año.


un paso por delante de la narrativa, pese a algunas matizaciones técnicas acertadas su tono formal y comedido no deja de ser un claro indicio de crear una cierta sensación de piloto automático en un temario que requería de bastante más profundidad en lo relativo a su desarrollo. No hay dudas al respecto del buen trazo por parte de Sebastián Lelio a la hora de transitar por complejos retratos en la creación de personajes femeninos, si con anterioridad había abordado especialmente la marginación social en Disobedience, adaptación de la novela homónima de Naomi Alderman, afronta un discurso más cercano a la identidad sexual, un pulso entre el deber, el deseo y el sacrificio que se ha de asumir en según qué ocasiones, sin embargo esta historia de amores prohibidos ubicada en un opresivo escenario (meritoria fotografía a cargo de Danny Cohen en lo referido a crear una atmósfera angustiosa) como es la comunidad de judíos ortodoxos del norte de Londres resulta previsibles hasta la extenuación, lindando por momentos con clichés de forma algo alarmante e incluso bordeando en algunos tramos la peligrosa línea del ridículo en según qué situaciones, podríamos hablar de un film buque cuya enunciado no pasa de ahí, previsibilidad por delante de profundidad en una película que abraza lo convencional otorgando una sensación ciertamente frustrante al menos en lo referido a un servidor, más propia de un cine de estructura conservadora y tranquilizadora en su finalización que de un relato que sepa explorar convenientemente matices emocionales más intrínsecos y gratificantes.
que parecen derivar por momentos con el movimiento Dogma, en este aspecto es muy evidente como el tono improvisado nos deriva posiblemente de manera algo involuntaria más que al análisis de una subcultura sí misma, o a paramentos del movimiento trans nocturno, al retrato personal de una serie de personajes que se mueven a través de dicho escenario, el dar voz a aquellos que transmiten mejor que nadie esa esencia del underground de la Gran Manzana, que Amanda Lepore, Sophia Lamar, Chloe Dzubilo y T de Long atesoran el magnetismo del testimonio es algo bastante evidente, otra cosa diferente es que dichos personajes representen y difundan un alegato en base a vivencias que parecen subsistir a contra corriente al atreverse a ser lo que desean, posiblemente sobre lo que pueda parecer inabarcable para según qué gente, afortunadamente dicho posicionamiento se aleja del retrato frívolo y morboso al uso, incluso parece apartarse del discurso militante pues nunca se da paso a una voz en of que condicione un supuesto mensaje. I hate New York más que indagar en un estudio pormenorizado encuentra su principal virtud a través de su narrativa en arco cuya argumentación y discursiva quiere ir más allá del circuito LGTBI, aquella que como en el caso que nos ocupa, parece solo poder funcionar en base a su propio desarrollo, el que en definitiva transita en paralelo aunque bastante distanciado de lo que conocemos como sistema establecido.
a la presencia de una Isabelle Huppert que parece estar en un continuo estado de gracia últimamente, la película que parte de una muy libérrima adaptación trasladada a nuestra época de la novela de Robert Louis Stevenson El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde empieza siendo una especie de comedia social, que divierte solo a su manera, cuya extraña satirización la van convirtiendo en una tragedia de contornos casi metafísicos conforme avanza la acción. Lo más curioso de una película como Madame Hyde es que uno detecta en su interior apuntes suficientemente atractivos (el cómo indagar en el ansia de conocimiento o el aplicar un razonamiento por mera deducción a través de un razonamiento en extremo lógico) que quedan algo diluidos en referencia a su propia excentricidad, tan ligeramente intrigante como extremadamente confusa en buena parte de su metraje en la que se sustenta la propuesta pues como en todo el cine de su autor este está provisto de vías o subdivisiones que no terminan de estar bien encauzadas en lo relativo a su desarrollo narrativo, evidentemente ante tales mimbres estructurales que imposibilitan un mensaje bien trenzado el espectador que quiera indagar en cuestiones cuyas reflexiones tienden a un tono más clásico terminara desquiciado por un autor cuya idea del concepto cinematográfico parece no admitir medias tintas, Madame Hyde como síntesis de cine de cambios bruscos es un buen reflejo de todo ello.
tres historias expuestas no ya como un puzle narrativo al uso a modo de vidas cruzadas sino más bien como una especie de enlace de relevos en modo sucesivo en donde una historia da pie a otra, una realidad que termina derivando en otra, todas ellas a su manera indagan sobre la Argelia contemporánea retratada bajo la insondable sombra del pasado, a través de personajes y situaciones vislumbramos desde la pérdida de un idealismo a la tradición como obstáculo de lo anhelado, en el posiblemente mejor segmento que curiosamente se aparta en algo del mensaje estrictamente social para lindar con un trazo romántico apuntalado con brillantes interludios musicales, para terminar indagando en las heridas irreparables de un conflicto bélico pasado, en este aspecto es más que evidente que En attendant les hirondelles como retrato social que se adentra en lo estrictamente moral se mueve dentro de las coordenadas de un relato de tono agridulce, aquel que se mueve a través de un escenario a medio construir mostrado a modo de calidoscopio general de un país que sigue lamiéndose las heridas en torno a su propia memoria. Como mucho films de narrativas divididas este deviene por momentos como algo irregular en su desarrollo, desequilibrios que pese a cierta elegancia escénica crean la sensación de un naufragio bastante evidente, posiblemente su elevado tono divagatorio tenga bastante que ver en dicha apreciación, al igual que en lo referido a su distanciamiento formal, apartado este que seguramente requería de un acercamiento algo más profundo pues la complejidad por la que en apariencia transita En attendant les hirondelles la sitúan muy a medio camino de sus supuestas intenciones.

en Mrs. Fang (Leopardo de Oro en la última edición del Festival de Locarno) nos acerca siempre desde el pudor y a una distancia respetuosa a la inminencia de la muerte, a partir de esta premisa el responsable de Bitter Money extrapola cuestiones ciertamente interesantes pues asistimos no ya solo a una muerte física sino también simbólica, en este aspecto Wang Bing en torno a este minimalista retrato genera desde la más absoluta observabilidad de tal acto una serie de digresiones tales como una supuesta deshumanización creciente en el hábitat social del país, también podemos encontrar una curiosa reflexionar en lo referido a la tradición como símbolo en vías de desaparición de todo una población que son víctimas crecientes por parte del gobierno al confinamiento de un espacio cada vez más diminuto a la hora de subsistir. A través de la muerte Mrs. Fang termina hablando de los profundos cambios ocurridos en la sociedad china durante estos últimos años, un tiempo en donde la tradición parece estar sustituida por una carencia de valores o la perdida de unas señas de identidad cada vez más visibles, Wang Bing como uno de los actuales baluartes de la actual realidad narrativa de la no ficción nos lo muestra a través de una premisa soterrada, del espectador depende el descubrir o reflexionar sobre todo lo que parece estar en la trastienda de tal en apariencia minimalista exposición.
presencia omnipresente en toda las secuencias del film, las razones de dicho estigma curiosamente son narradas de forma sutil en base a pequeños gestos y detalles, no es intención el desvelar las consecuencias o el enigma como meta final, ni llegar hasta el fin para descubrir el porqué de una condena física (la correspondiente al marido) y psíquica (Charlotte Rampling), dicho misterio si se le puede llamar de ese modo nos es desvelado a mitad de la película bajo el estigma de la pederastia, llegados a este punto la única intención de Andrea Pallaoro por fortuna no es un alegato ante y contra tal lacra, es el retrato personal y contemplativo de una vergüenza y culpa, el reverso del ojo de huracán, en algunos tramos posiblemente algo autocomplaciente, de esa otra víctima que ha cometido un error imperdonable, bajo una mirada distante solo en apariencia es en este apartado es donde podemos encontrar la auténtica razón de ser de un film de las características de Hannah, el contemplar el talente humilde pero totalmente autoritario de la performance a cargo de Charlotte Rampling, dicho cometido expuesto a modo de estudio sobre una identidad ya vacía que no requiere apenas de dialogo, puramente gestual, miradas y convulsiones a través de intrascendentes gestos cotidianos que nos muestra un descenso tortuoso, una radiografía de una desolación bajo la rigurosísima exploración actoral de una magistral Charlotte Rampling.
al uso al saber dosificar su tempo narrativo en referencia a personajes y situaciones a la hora de no incidir en la sobre explicación de una trama argumental que parte de lo que podríamos denominar como un noir rural con claras reminiscencias clásicas que va mutando conforma avanza la trama hacia un relato de sutiles connotaciones fantásticas que por momentos parece beber de la fundamental The Wicker Man de Robin Hardy, en ese vaivén narrativo empezamos por desconfiar de las intenciones y naturaleza del protagonista para trasladar esa duda según avanza el metraje hacia la siniestra comunidad que lo acoge, colectivo que da la impresión de querer someter al extraño a una identidad comunitaria cueste lo que cueste, en este aspecto Gutland podría denominarse como un estudio acerca de la claustrofobia, en primera instancia física, de alguna manera autoimpuesta en la historia, más tarde mental mediantes acertados interludios de tono surrealista acerca de la alteración de la realidad que parece sufrir el personaje principal, la elipsis en dicha cuestión deviene como clave a la hora de recabar la suficiente información para poder discernir ese juego de máscaras que Govinda Van Maele propone en una de las óperas primas más estimulantes y sorprendentes del pasado curso.


retrato más desarrollado que esperemos que llegue algún día, no es la primera vez que Abel Ferrara se adentra en el formato documental, trabajos como Chelsea on the Rocks, Napoli, Napoli, Napoli, Mulberry St. o la reciente Piazza Vittorio así lo atestigua aunque en el caso de Alive in France su naturaleza deviene como casi casual y no pactada de antemano, se rueda sin tener la certeza de que el material final sirva para un documental y un servidor echa en falta un repaso más ecuánime en lo relativo a su profundidad. Acompañado por sus antiguos colaboradores Joe Delia y Paul Hipp y con un Abel Ferrara siempre delante de la cámara asistimos un itinerario de tono espontáneo, recesos familiares, promociones, tiempos muertos detrás del escenarios, pocos testimonios y mucha música en vivo, llegados a este punto cabria el preguntarse la importancia de la música y las canciones en la carrera de un autor tan heterogéneo, es una cuestión que puede generar bastantes dudas incluso a los más fieles seguidores del director de Bad Lieutenant. Como uno de los cineasta que mejor ha sabido retratar las adicciones en la gran pantalla Alive in France lejos de su función de retratar una faceta en particular o la idiosincrasia de un personaje tan multidisciplinar sirve como una congratulación amable, de connotaciones frescas y naturales, una reunión de viejos amigos que veinte años atrás era difícil de imaginar, pese a todo el trayecto pretérito la sobriedad de Abel Ferrara (al menos lo era en otoño del 2016) es motivo de celebración, Alive in France va precisamente de eso.
a través de la fantasía ensamblada en la cotidianidad estamos ante ese tipo de cine trasdosado que se desdobla en varios, muy lejos de un trazo que atisbe lo convencional la película de la realizadora gallega afincada en Barcelona nos sitúa entre lo real y la ficción, un documento sobre un estilo de vida próximo a desaparecer contado a modo de viaje a medio camino entre lo onírico y lo real direccionado a un mundo en vías de extinción pues lo que valida una propuesta tan estimulante como Trinta Lumes es ver como desarrolla un alegato mágico en referencia a la despoblación y el aislamiento, aparte de la simbología de extrapolar la definición de muerte como concepto, en la unión de contar el cómo y el por qué esta su importancia, un trayecto en donde naturaleza, ruralidad y ciclo vital deviene por momentos como fascinante, una visión de la narrativa en donde parece no haber distinción entre ficción y documental, en ese aspecto el film nos presenta a personajes, lugares y situaciones reales pero tratados como claros elementos cinematográficos. Un debut ciertamente fascinante el de Diana Toucedo con esta hipnótica Trinta Lumes, un cine alejado de manierismos y efectismos al uso que pone sobre el tapete aquella máxima de cómo lo cinematográfico no es tanto de lo que vislumbramos como de lo que se esconde tras sus imágenes, todo un logro hoy en día el dar voz a un sentimiento a través de esta manera.
Kaplanoglu nos ofrece una particularísima versión sui géneris del apocalipsis y posterior renacimiento situándose a medio camino entre el Children of Men de Alfonso Cuarón y el Stalker de Andrei Tarkovsky, de hecho en su anterior trilogía podíamos ya encontrar alguna que otra referencia al maestro ruso. Grain siempre adherido a un cierto misticismo religioso termina deviniendo como un producto que por momentos se desborda así mismo en lo referente a sus propósitos, una empresa de quizás demasiada envergadura a la hora de poder explayar con ecuanimidad una serie de cuestiones que indagan en reflexiones sobre la culpa, las limitaciones humanas y una supuesta seudoliberación a través de la tecnología, amén de otros aspectos de índole más terrenales como por ejemplo la migración, cambios climáticos o crisis alimentaria, evidentemente antes tales mimbres narrativos el film transita casi en todo su argumentación bajo una delgada línea que separa lo fascinante del mensaje en sí y una cierta pretenciosidad a la hora de cómo abordar dicha tesis, sin ser un mensaje críptico sí que deviene como complejo, esto puede dar lugar a una narrativa algo farragosa, posiblemente lo mejor de este interesante acercamiento a un supuesto apocalipsis radica en que en ningún instante trata de ofrecernos unas respuestas que seguramente nunca lleguen a existir, una no divagación que abre un camino a otras grandes cuestiones que aunque soterradas están muy latentes a lo largo de todo su metraje.
de hecho podríamos hablar de un tratado acerca de la construcción y manipulación cinematográfica, en The Green Fog Guy Maddin y los hermanos Johnson parecen estar poseídos por el espíritu juguetón de Bill Morrison (posiblemente el actual tótem del tratamiento mix de la imagen) a través de un fascinante y divertido concepto de relectura cinematográfica que derivan en nuevos imaginarios a explorar. Llegados a un punto podríamos preguntarnos qué sentido tiene hacer un remake u homenaje al uso de algo como Vértigo, con respecto a The Green Fog si el espectador es fiel conocedor de la base original este nuevo código se vuelve accesible y claro, de alguna manera el film le da la vuelta a dicho concepto ofreciéndonos posiblemente la única vía de reinterpretación de dicho material, el resultado cuando menos resulta sorprendente, tan extraño como magnético pese a su aparente bisoñez, si nos paramos a discernir sobre los orígenes del cine este a lo largo de la historia no ha dejado de ser en cierta manera una copia de una copia, la creación de un lenguaje propio basado en uno anterior, The Green Fog como viaje tan irresistible como por momento agotador en referencia a yuxtaposiciones que consiguen crear conexiones vitales entre el material y su reinterpretación consigue su propósito, una osadía autoral al alcance de muy pocos, Guy Maddin como cineasta único e insobornable en referencia a tratados es indudablemente uno de ellos.
que parece no tener miedo o no ser consecuente del todo de estar continuamente intentando equilibrar una supuesta trascendencia junto a una auto parodia o viceversa pues el resultado aparte de circular es sobradamente ambivalente. He de confesar mí no adscripción al prestigio que parece gozar en determinados círculos el cine de Arnaud Desplechin, de alguna manera me pierdo de la forma menos agradecida en él, un cineasta que parece continuamente dispuesto a no dejar nada fuera de sus películas, ni a nivel temático, en Les fantômes d’Ismaël vemos dramas existenciales, triángulos amorosos, apariciones espectrales e imposibles tramas de espionaje, ni tampoco en relación a las obsesiones que han ramificado prácticamente toda su filmografía, personificado en el film en la figura Mathieu Amalric a modo de álter ego. Les fantômes d’Ismaël termina siendo un viaje laberintico tan interesante como irregular, de narrativa por momentos desquiciante que deviene como un gran monumento a la imperfección, del espectador depende el concernir que ese trazo caótico en vez de carencia sea definida como la definición de un estilo muy particular, en este caso el que suele desplegar en ese continuo y perpetuo todo o nada Arnaud Desplechin.





si en The Night I Swam era un niño de seis años en la película de Stéphane Demoustier son dos hermanos gemelos de edad parecida los que quedan separados de forma algo traumática a consecuencia de un inocente juego en un parque parisino.
dos horas de duración sirven como un perfecto ejemplo a la hora de calibrar su algo irregular narración, Frost es primordialmente una película de contornos desiguales que va de menos a más, ese inicio en donde vemos como los dos jóvenes emprenden un viaje desde Lituania a Ucrania deviene en un principio como algo farragoso, al igual que la joven pareja el espectador se pregunta por las posibles motivaciones existentes en realizar una misión tan peligrosa a cambio de nada, en esa primera hora el film se sitúa en tierra de nadie, es conforme avanza la trama en donde encontramos una razón de ser en lo que es la propia historia, una vez abandonada esa relativa zona de confort por parte de los dos protagonistas principales estos se adentran en una especie de continuo descenso al infierno bélico con un marchamo de trágico destino, es ahí donde podemos comprobar la síntesis de la locura irracional inherente a cualquier conflicto de dichas características, al respecto Sharunas Bartas generaliza interrogantes sobre la propia naturaleza de la guerra, un discurso expuesto a medio camino entre lo psicológico y lo filosófico todo ello aderezado de un extraño lirismo que por momentos parece colindar con el nihilismo, como en él es habitual posiblemente encontremos un exceso de verborrea en el discurso en sí, algo que a mi entender no lastra del todo la contundencia de un film que retrata en ocasiones el muy pesimista estado actual en que se encuentran ciertas partes de un mundo supuestamente moderno.
es hacer de lo aparentemente simple algo que en apariencia parezca complejo en el buen sentido de la palabra, en The Day After posiblemente encontremos uno de sus trabajos más depurados, tres únicos escenarios y cuatro personajes, clásicos zooms y una fotografía en un austero blanco y negro próximo en tono al cine del francés Philippe Garrel , tal es la complejidad del film que llegados a un punto no sabemos a ciencia cierta si estamos ante una comedia o un drama existencial, si transitamos a través de un discurso convencional o trascendental, posiblemente sean todo ello pero el mérito radica en como Hong Sang-soo se mueve a través de parámetros de auto ficción y evidentemente auto biográficos, como no podía ser de otra manera, en un film que en apariencia pueda parecernos uno de los más lineales de su carrera, solo en apariencia, pues la importancia esta en los detalles y ahí es donde Hong Sang-soo vuelve a exhibir musculo, en como algo en apariencia banal muta en trascendental sin apenas percibirte, todo ello y mucho más convierten a The Day After en una de las mejores películas presentes en el festival amen de atesorar el plano secuencia (la extraordinaria Min Hee-kim vislumbrando la nevada en un trayecto en taxi) más memorable visto este año en el D’A 2018.
del premio Zabaltegi-Tabakalera en la pasada edición del Festival de San Sebastián, un trabajo en donde amplia virtudes en una de las cintas documentales más definitorias vistas el pasado año a la hora de circunvalar la fusión entre lo mágico y lo siniestro.
The Walker, The Canyons o Dog Eat Dog sean tan peyorativos como muchos se han apresurado en afirmar, sea como fuera es evidente que con la espléndida First Reformed aparte de demostrar el destello de su talento el guionista de Taxi Driver vuelve a indagar en base a un compendio temático de autodestrucción con el que se suele desenvolver a la perfección, en este aspecto la película se sumerge en un tratado acerca de la desesperación espiritual expuesto sin medias tintas como suele ser habitual por parte de Paul Schrader. First Reformed tan emotiva como implacable transita a través de una tremenda represión espiritual a lo largo de todo su metraje representado en la figura de un gran Ethan Hawke, es por ello que esa parte final en donde somos testigos de uno de los tramos de tono más excesivo vistos en la carrera de Schrader tenga toda su razón de ser a modo de catarsis fílmica, para más inri Schrader se permite el lujo de rodar con una frialdad absoluta, rozando incluso en muchas ocasiones continuos trazos narrativos de contornos gélidos, una serie de largos planos fijo que otorgan a First Reformed la calificación de película lenta en el buen sentido de la palabra, algo que curiosamente choca con la desmesura interna que nos es mostrada al final, como película espiritual que pone en duda las convicciones este desarrollo planteado por Schrader termina teniendo toda la lógica del mundo.
un film que basa parte de su gran atractivo en intentar no mostrar un conflicto de ideología política, como suele ser muy habitual en gran parte del cine que nos llega de dichas latitudes, sino patriarcal, un relato de hombre y mujeres y el rol asignado a cada uno de ellos dentro de una sociedad de duras tradiciones al respecto. Dede de características más conservadoras de lo que pueda parecer en un principio se sustenta en como toda esta argumentación nos es contado a través de un escenario que deviene como clave a la hora de entender según qué acciones de las que somos testigos, las espectaculares montañas del Gran Cáucaso en este caso, Khatchvani como oriunda de esa región nos ofrece información detallada y por momentos privilegiada de la vida cotidiana y las rígidas tradiciones que la sustentan, a partir de dicha tesis asistimos a una suerte de odisea en forma de una rebelión personal con respecto a esas culturas de índole tan tradicionalistas, lástima que pese a ese principio tan interesante en referencia a la exploración de una microcultura se detecte bajo su tamiz argumental un melodrama romántico de tono fatalista cuya narrativa por momentos parece derivarnos a un trazo de claro calado folletinesco.
Las acacias el cineasta de origen argentino ha tardado siete años en volver a ponerse detrás de las cámaras con esta Invisible, un film tan intimista como minimalista en lo referente a una concepción que nos deriva a un cine perpetrado por los hermanos Dardenne en tiempos pretéritos principalmente en lo concerniente a su tratamiento dramático.
de una desoladora periferia de Baltimore que incide en tensiones raciales y marginalidad social y el personal representado en la película en la figura de un joven empático que acaba de terminar un largo arresto domiciliario, en este aspecto Sollers Point es una película que camina narrativamente sin mucho disimulo entre la ficción y la realidad.
en esta ocasión ambientado en la ciudad de Nueva York a lo largo de un día. Sin embargo aquí la correlación entre personajes esta vez no deja de ser simplemente anecdótica, poco importa los lazos y si la intención y posterior unificación del supuesto mensaje que nos quiere trasmitir Dustin Guy Defa, un mosaico que a través de un tono de tragicomedia se exponen las inseguridades afectivas y sociales de diferentes personajes. Si hay algo que beneficia a un multirelato de las características de Person to Person es un adscripción a un trazo no trascendental, mucho más cerca de la comedia urbana ligera que al concienzudo drama intimista, algo que le confiere a la cinta unas connotaciones que parecen devenir como plenamente lúdicas, al respecto no deja de ser algo contradictorio el ver como esa intrascendencia de tono muy presente en una película tan entretenida como irregular parece ir claramente en contraposición a un desarrollo que posiblemente requería ser algo más minucioso y profundo en lo referente a sus personajes dando la impresión final de estar ante un entretenido y amable anecdotario de resultas de una por momentos muy caprichosa unión de diferentes historias.