Alien: Covenant nos sitúa rumbo a un remoto planeta al otro lado de la galaxia, la tripulación de la nave colonial Covenant descubre lo que creen que es un paraíso inexplorado, pero resulta tratarse de un mundo oscuro y hostil cuyo único habitante es un “sintético” llamado David (Michael Fassbender), superviviente de la malograda expedición Prometheus”.

Intentar desgranar Alien: Covenant de una forma justa a la hora de valorar sus múltiples lecturas y connotaciones ya no solo en lo referente a un nivel meramente formal sino también como vehículo de reformulación propia por parte de un autor pasa por la imperiosa obligación de detenerse brevemente tanto en la carrera del realizador implicado como en el devenir temporal de la saga que precede al film que nos ocupa. En primer lugar habría que valorar en su justa medida el posicionamiento (muy valiente en mi opinión) de Ridley Scott, que un director de ochenta años mire de frente, sin tapujos estilísticos y reformule desde su particular punto de vista nuevos conceptos de las dos películas que marcaron a fuego su filmografía como son Alien (1979) y Blade Runner (19829), esta última próximamente e implicado solo como productor ejecutivo, no deja de tener un indudable mérito, por lo que respecta a la saga Alien el discurso tiende a ser incluso más apasionante pues consigue aquí un difícil equilibrio en lo referente a su por momentos inusual condición de hibrido de ciencia ficción estilizada con claros retazos de eficaz serie B casi de consumo pulp deviniendo una agraciada unión de los conceptos básicos que estructuraban tanto Alien como Prometheus.
Alien: Covenant no deja de ser una continua lucha de dichos conceptos, entre las diferentes maneras de mostrar una saga y su mitología, la antigua y la más reciente arriba citadas, con un claro destino final que no es otro que enlazar argumentalmente y temáticamente su modelo inicial, o sea el Alien originario, para ello Ridley Scott reformula a partir y desde la reinvención del universo que estructuraba la infravalorada Prometheus (extraordinario prólogo Weyland) para ir poco a poco derivando a lo que podríamos definir como su propia génesis primaria, lo que digamos la mayoría de fans incondicionales exigían de alguna manera u otra, una especie de regresión a los condicionantes narrativos de la franquicia iniciada en 1979, tenemos ahora a los xenomorfos de vuelta, la consabida aniquilación sistemática de los tripulantes de la Covenant y un twist final que hereda el concepto de heroína omnipresente en toda la saga
amen de una gratuita (e inusual por lo poco creíble de la situación en el momento que se produce) escena de sexo de final funesto digna del más puro estilo slasher al uso, todo ello aderezado conscientemente por guiños tales como los títulos de créditos iniciales o el continuo homenaje musical a cargo de Jed Kurzel a la originaria banda sonora compuesta en su día por Jerry Goldsmith, aunque de forma curiosa (y de ahí la principal valía del film) el mejor tramo de Alien: Covenant sea aquel en el que momentáneamente se aparta del tratado que estamos comentando, en donde vemos como Ridley Scott en el tramo narrativo central y mirando de reojo al Frankenstein de Mary Shelley discierne acerca sobre lo efímero del conocimiento por parte dela existencia humana algo que deriva irremediablemente en un impulso de connotaciones fáusticas en lo relativo a la creación y posterior evolución, tratado que termina siendo un claro vaso comunicante acerca de la pesimista e incluso por momentos terrorífica visión que se ofrece del A.I, no en vano los androides que vemos en la película están muy por encima en lo referente al peso dramático de la historia que cualquiera de los humanos que aparecen en la trama.
No deja de estar claro que dicha amalgama conceptual y genérica que atesora un film de las características de Alien: Covenant, que también podría ser definida como la insondable labor de un realizador por intentar contarnos algo nuevo sin renunciar al sintomático déjà vu, lo convierte en un producto tan fascinante como por momentos irregular, es evidente que pese que hay tramos brillantes no hay un tempo narrativo consistente en lo referente a lo que es su historia, también se podría achacar a la cinta el cómo diluye o anula en parte la esencia del misterio de la mimética película originaria, sin embargo todo esto no deja de ser un mal menor, la impresión de que Ridley Scott se deshace de las cuestiones más intrincadas que exponía Prometheus también podría considerarse como algo engañosa, tan solo las simplifica, resuelve en parte y adecua de cara al futuro, una especie de vuelta a los orígenes de su creación para tratar de explicarla desde dentro, pues otra de las principales virtudes que atesora Alien: Covenant (aparte de contar con la labor interpretativa de un Michael Fassbender en estado de gracia)no es otro que el de amplificar y sobre todo mantener viva una saga que hasta hace bien poco parecía estar completamente muerta y sin visos de que pudiera ser reactivada, algo que visto hoy en día el devenir de las mayorías de franquicias auspiciadas por los grandes estudios no deja de ser un triunfo en si mismo.
Valoración 0/5.3’5



logra cohesionar dicho tratado al relato, un ensamblaje narrativo expuesto de forma sutil pues una de las grandes virtudes de la película es que esta en ningún momento pierde de vista su condición de producto de puro entretenimiento genérico, es aquí cuando las referencias entre otras muchas a Invasion of the Body Snatchers, The Stepford Wives e incluso al blacksploitation hacen merecedora al producto de una validez indiscutible como vehículo de terror al uso provisto de algo más. Como decía más arriba una de las condiciones sine qua non para que una película de las características de Get Out no llegue a desvirtuarse es como saber equilibrar ese ensamblaje genérico, muchas veces el humor o la sátira distorsiona el elemento primordial del relato, si bien podríamos aseverar que estamos ante una película que no se ampara en el humor como tal sí que lo hace en lo irónico de su contenido social con el trasfondo del racismo disfrazado adyacente en nuestra sociedad, dos tendencias que de alguna manera tienden a cohesionarse y que requieren de una habilidad por parte del realizador a la hora de saber conjugar dicha amalgama genérica con acierto. También es digno de elogio la sobria realización a cargo de Jordan Peele, lejos de estilismos actuales aquí da la sensación que se opta por la sobriedad, el aprovechamiento de espacios reducidos e incluso por una curiosa deriva hacia lo que definimos como clásico como bien podemos apreciar en la moralidad que impera en todo el relato y que mira sin ningún tipo de reparo a arcos escénicos que bien podrían provenir de por ejemplo la fundamental The Twilight Zone.

se basan en planteamientos en donde ese escenario representado en el film a través de una ciudad de Paris de contornos casi post-industriales, expuesta a modo de un universo y un territorio cuyo epicentro tenebroso, pesadillesco y taciturno ofrecen una coyuntura escénica que supone en parte un retorno a los ambientes de los primeros trabajos del realizador francés, esas criaturas nocturnas que componen el imaginario orquestado por Philippe Grandrieux toman una mayor y plena relevancia en Malgré la nuit, a través de ellos somos testigos de una mirada de tono formal casi anclada en el tiempo y escenificada en esos bajos fondos parisinos, recreados a través de un foco autoral de carácter innegociable a cargo de un autor cuya obra experimenta como pocos creadores tanto la luminosidad como con la corporeidad de los cuerpos desnudos de sus protagonistas. En Malgré la nuit encontraremos pasajes musicales de extrema belleza, composiciones que nos son expuestas entre el sueño y la vigilia del sufrimiento de unos personajes en donde la oscuridad escénica y anímica deriva en la urgencia de sus propios deseos, aquí de connotaciones claramente primarios, vistos a través de una mirada subversiva del sexo y del sueño espectral sobre la perdida.

el terror o el drama romántico más austero, pero como en todo cine perpetrado por el realizador nipón en su recorrido siempre encontramos un trasfondo que de alguna manera invierte y expande su narración al mismo tiempo que desmiente de alguna manera lo anteriormente visto, aquí al igual de su muy reivindicable Retribution Kurosawa nos ofrece una visión de la contemporaneidad como elemento distorsionador de la historia, un posicionamiento este que podría estar perfectamente expuesto a modo de crítica social, en este caso el de la vorágine inmobiliaria carente de escrúpulos enfrentada digamos a la idea del inmovilismo (termino muy adecuado en el film y para nada casual), a la hora de mostrarnos este ámbito es cuando Kiyoshi Kurosawa hace acople de su buen hacer tras la cámara en base a una obra en donde su genuina atmosfera se erige como su principal activo, la decrepita, polvorienta pero elegante mansión que sirve como escenario principal logra erigirse como perfecto vehículo a la hora de desengranar tanto a la media mentira romántica a la que asistimos como a el tratado acerca de los recuerdos, de su permanencia y de la imposibilidad de borrarlos.

sin llegar ni siquiera a intentar o ir un paso más allá en la exposición de dicha estructura, posiblemente la respuesta sea tan ambivalente como los gustos que cualquier espectador al uso pueda tener ante la asimilación del producto en cuestión, la naturaleza de una película de las características de Life es del todo diáfana, entretiene pero en ningún momento parece tener un ápice de trascendencia a la hora de salir de una tangente temática, he de reconocer que el horror cósmico es una de mis debilidades en lo referente a mi cinefilia más despreocupada, poco le exijo si el producto en cuestión sabe adecuar y ejecutar en su tránsito unas determinadas coordenadas, en esto aspecto el film dirigido por Daniel Espinosa cumple sin apenas dificultades dicho cometido, pero realmente esto llega a ser un mérito a resaltar en una propuesta de estas características?, viendo la película un servidor se preguntaba de forma constante que al film no le hubiera venido del todo mal un poco más de riesgo en lo referente a su planteamiento, lamentablemente Life ni lo intenta ni parece que en ningún momento sea su propósito.

O Ornitólogo a ese tipo de cine que amparándose en una narrativa algo criptica termina estando impregnado de esa belleza y sencillez de la que se suelen fundamentar las fabulas, en este caso religiosas, vemos como el protagonista a partir del citado accidente de canoa se adentra hacia unos contornos de civilización que se irán paulatinamente desdibujando de lo que solemos entender como un contorno normal, ira encontrandose con la presencia de una serie de personajes a cual más extraños, todos ellos visiblemente entregados a un comportamiento plenamente selvático en donde tienen cabida desde peligrosos rituales paganos, animales sagrados, turistas chinas haciendo el Camino de Santiago de comportamiento sectario, fugaces placeres de tono homoerótico a orillas del rio y otros tipos de ambivalencias y seres de naturaleza mitológica que irán cuestionando poco a poco el propio sentido de la religiosidad y el sufrimiento de nuestro protagonista.

a través de su memoria esta recordará como ese objeto estuvo presente en lo que fue su juventud a modo de recuerdo de un encuentro sexual, una mirada que sintetiza la que en definitiva intenta mostrar Aquarius que empezando a través de un punto de partida poco original se nos hace participes de un tránsito a través de la nostalgia o de la importancia que pueden tener los espacios físicos en lo que son nuestras vidas pasadas e incluso presentes, cada esquina del departamento en el que vive Doña Clara contemplamos que llega a estar plagado tanto de objetos como de recuerdos y vivencias propias de lo que ha sido ese transito vital de la protagonista, también hay un lugar muy destacado en la película para exaltar esa especie de dicotomía siempre existente entre lo que entendemos como lo viejo y lo nuevo, de echo el relato está impregnado casi en todo momento por esa sensación quedando como anécdota o más bien como un segundo plano las formas del poder personificado en la película en el litigio entre unas fuerzas evidentemente dispares existente entre la protagonista y la empresa inmobiliaria, es por eso que posiblemente los últimos y algo exaltados minutos que nos muestra Aquarius a modo de justicia digamos poética lleguen a desentonar con el tono general del filme expuesto hasta ese momento pues no estamos ante un trabajo que se ampare de una manera exclusiva en el concepto de la denuncia social. 

Grave que aunque versa sobre la adolescencia es un film de un muy claro componente adulto, un relato que inquieta e incómoda más que horroriza, quienes estén esperando un catálogo de escenas explicitas al uso y semejanza de por ejemplo ese acertado ejercicio de estilo que es A l’interieur de Julien Maury y Alexandre Bustillo seguramente Grave le decepcionará bastante, Julia Ducournau opta aquí por un camino muy diferente aunque igualmente intenso en referencia a lo que son sus imágenes, y no impidiendo de la misma manera que en la película podamos presenciar un par de escenas subidas de tono por lo que respecta a su crudeza, Grave transita principalmente más a través de la alegoría que de la metáfora, direccionado en dos vías que terminas confluyendo irremediablemente entre sí, asistimos en paralelo al despertar de las pulsaciones sexuales de la protagonista, pero sobre todo a una inherente rebelión contra las pautas de comportamiento a las que nos vemos obligados a acatar por parte de la familia o la sociedad (esta expuestos en el film en base a las continuas y retorcidas novatadas a la que se ve sometida la protagonista en la facultad de veterinaria en la que acaba de ingresar) es ahí en donde hace acto de aparición el desorden alimentario previo paso a la ansiada emancipación y desinhibición que sufre y anhela a partes iguales la protagonista dando paso a un canibalismo como ente hereditario de ese despertar sexual de clara concepción y pulsación primigenia a la hora de exponer un mecanismo de defensa de claro tono contestatario, una naturaleza carnívora que torpedea al mismo tiempo la hasta ahora inerte moral de la joven Justine.

Llegados a un determinado punto en lo referente a la carrera cinematográfica del realizador japonés Sion Sono parece quedar bastante claro como esta se ramifica en diversas vías de un digamos desarrollo autoral dentro de lo que es su propia filmografía, posiblemente unas de sus grandes virtudes sea el cómo el director nipón logra llevar a su terreno en mayor o menor medida trabajos en apariencia alimenticios, sin embargo una película de las características de The Whispering Star (un ejercicio de ciencia ficción minimalista, ahora catalogada bajo el termino de ciencia ficción lo-fi!) se posiciona en una parcela de tono más personal, es como si de alguna manera Sion Sono tuviera la imperiosa necesidad de volver cada cierto tiempo a ese tipo de cine primario (Noriko’s Dinner Table, Strange Circus o Bad Film), trabajos estos alejados conceptualmente de un habitual trazo de histeria y exacerbación también muy presente en su cine. En The Whispering Star encontramos al Sion Sono más autoral, reflexivo e incluso poético, aquel que se lanza al vacío sin red..con todo lo que ello puede llevar a comportar, un posicionamiento artístico este en donde solemos encontrar casi siempre los mejores trabajos por parte del director nipón, The Whispering Star (film que nace de un guión que escribió hace más de veinte años pero que ha tenido para bien rescatar en este preciso momento) no es una excepción en lo referente a semejante aseveración, presentándose como una de las propuestas más validas e interesantes vistas en la pasada edición del festival de Sitges dentro de la sección noves visions.
La mejor noticia posible es que Sion Sono sigue siendo muy fiel a su labor de llevar a cabo un tipo de cine de clara naturaleza heterodoxa, posiblemente la que mejor ejemplifica esta declaración de intenciones sea aquellos films rodados con presupuestos mínimos, casi a modo de cine de guerrillas, en este sentido The Whispering Star podría catalogarse perfectamente como una ciencia ficción low cost de autor pero con una meritoria utilización en algunos de sus apartados técnicos especialmente visible en la fotografía a cargo de Hideo Yamamoto y el ingenioso y poco habitual diseño de producción obra de Takeshi Shimizu (ojo a esa nave espacial en forma de “casa de abuela”). Sion Sono nos sitúa en un futuro distópico revistiendo la tragedia del 11 de marzo de 2011 en Fukushima (el film esta rodado en exteriores en la zona abandonada de dicha población) en una inusual dramatización minimalista de ciencia ficción para hablarnos de los recuerdos, la perdida y la memoria, aunque no lo parezca a primera vista estamos ante una película dotada de una gran trascendencia en lo referente a su estética y narración, expuestas mediante un maravilloso juegos de lentes, luces y sonidos, y de la misma manera curiosamente nos encontramos ante un trabajo en donde prevalecen los silencios y la mirada, algo que la derivan directamente hacia una dramatización de contornos casi fantasmagóricos en lo referente a su puesta en escena y en donde el sentido de lo meramente contemplativo y lo funcional juega un papel determinante en lo que es el propio relato.

Tenemos la carne, el incendiario debut del joven Emiliano Rocha Minter (26 años) tras su curioso corto su corto Dentro y que da la sensación de partir de una no autocensura propia viene a ser un perfecto ejemplo del pujante nuevo cine mexicano, nombres como Carlos Reygadas, Jorge Michel Grau o Amat Escalante (no os perdáis su notable y trascendental La Región Salvaje), o el beneplácito de directores ya consagrados como Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón a operas primas ha servido de alguna manera para que esta nueva corriente de interesante y arriesgado cine autoral empiece a sonar con bastante fuerza gracias especialmente a su prolífica presencia por el circuito de festivales, Tenemos la carne aparte de ser una extrema ópera prima y circunvalar la atracción por lo prohibido en todo momento es un film que trata básicamente sobre los interiores, los mentales y físicos, ofreciéndonos una sugerente premisa en donde una grotesca performance de contornos hereditarios del arte y ensayo logran incidir más sobre lo ambiguo que lo preciso en lo referente a lo que es su propuesta, estructurada en base a un ejercicio cuyas pautas son lo más libre posibles, logrando expandir de la misma manera hasta límites insospechados las líneas separatorias de los géneros cinematográficos.

A la hora de intentar desgranar el argumento de Rester vertical de forma digamos algo convencional podríamos encontrarnos ante alguna que otra dificultad, pues básicamente nos encontramos ante un relato en donde prima unas reglas muy personales e inherentes claramente deudoras del imaginario del director francés, nos encontramos en un principio a un individuo, un cineasta, al parecer guionista, que deambula de forma indefinida por la campiña francesa en busca supuestamente de inspiración para su nuevo trabajo, aunque pronto nos damos cuenta que lo que realmente busca casi de forma inconsciente es encontrar una especie de establecimiento personal y sentimental dentro de la sociedad en base a unos instintos sexuales como vehículo de automatismo primario, tras un infructuoso acercamiento a un joven que camina sin rumbo por la carretera terminara conociendo de forma fortuita a una joven pastora madre de dos hijos con la que iniciara una relación fruto de la cual nacerá un bebe, a partir de este momento (brutal elipsis narrativa con un plano explícito del parto) nos adentraremos en una atemporalidad en la historia, también en lo referente a lo que son sus espacios escénicos, en donde podemos apreciar como la narración lineal brilla por su ausencia en lo referente al paso del tiempo de la acción expuesto como algo secundario dentro de la historia, como punto de transición ante este distanciamiento de estructura digamos clásica nos encontraremos ante una serie de fugas de ensoñación oníricas del personaje, representadas a modo de impagables con secuencias de psicoanálisis surrealista que lo conecta con lo más profundo de la naturaleza y que intenta servir de contrapunto a la hora de intentar indagar dentro de la mente del protagonista en base a sus deseos o intenciones pues hasta ese momento somos testigos de cómo este va acumulando encuentros, vivencias y vicisitudes varias pero sin haber un trasfondo psicológico como destino final, todo da la sensación de que llega a ser un movimiento casi inconsciente del propio protagonista sin haber una finalidad propiamente dicha ante tales actos.

Siempre he considerado como una de sus mayores y principales virtudes la exposición que otorga Kenneth Lonergan en sus películas, una mirada esta nada habitual a día de hoy en el panorama cinematográfico, y más concretamente dentro del cine independiente norteamericano actual, un manejo totalmente desprovisto de una complacencia en la que caería inmediatamente la mayoría de autores antes una material como el que suele manejar Lonergan, este lejos de juzgar acciones o comportamiento varios solo expone en base a una adecuada contención y desde una perspectiva minimalista, otorgándole una globalización a aquella máxima de que en apariencia pueda parecer menos pero siempre es más, Manchester by the Sea es una perfecta demostración de todo ello, un film que anida a través de lo más puramente desgarrador, describiendo los aspectos de una historia infortunada y como el personaje principal, convertido en una suerte de fantasma de la sociedad (interpretado de forma eficaz por Casey Affleck que aquí al igual que el director se apropia del termino contención en lo referente a su labor interpretativa, algo que puede llevar a una circunvalación acerca de una supuesta inexpresividad totalmente errónea de lo que realmente es), incapaz de lidiar o superar una tragedia personal que da visos de que nunca se cerrara del todo.

El cine de M. Night Shyamalan siempre ha tenido el hándicap de requerir al espectador unas ciertas concesiones para su mayor disfrute del producto en cuestión, especialmente en referencia a ciertas derivas de guion en lo relativo a su falta de rigor, Split no es un producto ajeno a esta coyuntura, una vez aceptado este digamos peaje de estilo nos encontramos ante un trabajo que sin llegar abandonar en ningún momento los márgenes del fantástico se mueve dentro del territorio del thriller psicológico (con un excelente aprovechamiento escénico del espacio claustrofóbico), poseedor también de algún que otro matiz que le direcciona ocasionalmente hacia el cine de terror aderezado eso si con unas inequívocas pinceladas de humor negro bastante habituales en su cine. Una de las mayores virtudes de Split en como a través de una idea o premisa en apariencia simple, podríamos encontrarnos ante la típica película de secuestros que suele terminar derivando en el consabido juego del gato y el ratón entre captor y cautivo, se trasforma y expande en algo más a través de varias vías, con la cualidad y el añadido de siempre estar dispuesto a sembrar la duda en el espectador sobre todo lo que se nos llega a contar en la historia, todo ello a través de un apasionante retrato de cómo llegan a afloran mediante mecanismos psicológicos y debido a traumas del pasado personalidades ocasionadas por trastornos mentales y como estos se pueden superar o extender dependiendo de la persona, tesis no solo en lo relativo al trastorno de identidad disociativo que padece el personaje protagonizado por James McAvoy (ceñida y contenida labor interpretativa por parte del actor escocés que requiere del visionado en v.o para poder apreciar adecuadamente su amplio abanico de registros) sino también al personaje interpretado por la joven Anya Taylor-Joy, en este aspecto se produce un interesante juego de espejos en lo relativo a ejercer como contrapunto perfecto en la conexión de ambos personajes acerca de los vínculos emocionales que se establecen entre ellos, perfectamente plasmados en el desarrollo (a base de flashbacks) y sobre todo en el final de la trama.

Hoy en día cualquier película de terror que se precie con alguna que otra aspiración de estilo parece situarse en la perentoria obligación de intentar sorprender por todos los medios posibles al espectador aunque sea solo a un mero nivel técnico o narrativo, vivimos en una época en lo referente a dicho género que para que una película tenga que ser reconocida de forma algo unánime por encima de la media está a de estar obligatoriamente dotada de una cierta trascendencia coyuntural que vaya más allá de unos formalismos básicos, algo que podemos ver en cintas de la índole de por ejemplo It Follows o The Witch, sin embargo parece que nos olvidamos de que el género de terror de siempre ha basado sus principales virtudes en una cotidianeidad clasista muy reconocible a la hora de contar y desarrollar sus historias, y ahí es donde The Autopsy of Jane Doe recupera en parte pese a su aparente modestia esa esencia de narrativa genérica hoy en día algo en desuso, un tipo de cine sin concesiones al igual por ejemplo que la algo inferior Oculus de Mike Flanagan o alguna de las ultimas película dirigidas por James Wan. Somos testigos en como el film de André Ovredal llega a sustentarse en una utilización de códigos muy reconocibles que nos remiten a la serie B ochentera más digna, e incluso a unas referencias que beben parcialmente y sin complejo alguno del espíritu de comics tipo Warren o Tales from the Crypt.
Por esas razones arriba expuestas no deja de sorprender positivamente la naturaleza de un producto de las características de The Autopsy of Jane Doe, un film en cierta manera seminal cuyo planteamiento huye de convencionalismos actuales, moviéndose más por su propio trayecto que por su finalidad, poseedora al mismo tiempo de aquella máxima de intentar generar terror a través de una mirada, un encuadre o de una percepción expuesta desde una visión casi primigenia, André Ovredal maneja a la perfección dichos mecanismos genéricos, recurre a la ironía sin caer en lo burdo, sabe cuándo mostrar y cuando ocultar, manejando muy bien todos los tiempos y los desvela con cierto ingenio, y lo que es más importante, aplicar una de las máximas dentro del cine de terror, intentar hacer partícipe al espectador de la trama y que este llegue a experimentar de algún modo las mismas emociones que la de los personajes del film, visualizada aquí a través de una meritoria pieza de cámara notablemente expuesta en esa mesa de operaciones que nos va desganando capas de investigación argumental. Sería una lástima juzgar The Autopsy of Jane Doe por un final algo precipitado que puede decepcionar a más de uno (aquí es donde entraría en escena esa no trascendencia antes citada), algo que en cierta manera no deja de ser coherente con la propuesta pues no se incide en lo gratuito en este tramo final como se ha asegurado de forma errónea sino que se recurre a una suerte de legitimidad a la hora de algo tan simple como querer asustar a través de lo básico sin llegar a recurrir en ningún tipo de pretensión genérica. Estamos principalmente ante un tipo de cine que intenta recuperar su capacidad a la hora de perturbar y hacer del terror algo más que un conjunto de manierismos de género e imágenes conceptuadas esclavas dentro de un tiempo concreto, todo ello sitúa a André Øvredal dentro de un futuro panorama de género como un nombre a seguir con atención y detenimiento a partir de este mismo momento.

Es harto evidente que Martin Scorsese sabe transitar con sobrado conocimiento por cualquier vía crucis terrenal por el que tengan que pasar sus personajes, en esta ocasión explorando los límites de la fe cuando todas las circunstancias se presentan de forma irremediablemente adversas, especialmente en lo referente al dolor físico ya sea propio o ajeno, a la soledad o el agotamiento. Podríamos llegar a discernir una cierta ambigüedad moral expuesta acerca de la propia fe y la posterior duda que se nos presenta en la historia, una duda aquí escenificada en base al silencio eterno del creador pero expuesta como un objeto subyacente dentro de la propia fe, de echo si nos paramos a pensarlo detenidamente tanto la fe y la duda son inseparables por una natural necesidad y en cierta manera se nutren la una de la otra. Hay quien incluso podría llegar a aseverar que esta especie de simbiosis está perfectamente reflejada en la fuerza de voluntad necesaria que se requiere para la superación cotidiana de la misma duda. Sea como sea Silence supone un cierto distanciamiento por parte de Martin Scorsese a la hora de desarrollar su faceta digamos más estilística, resultando cuando menos sorprendente y admirable el que llegue a prescindir prácticamente en todo el metraje de una banda sonora que llegue a sustentar el dramatismo de su narración dando lugar a una curiosa utilización del sonido y de su correspondiente ausencia como inequívoco ente equidistante en la historia.
Del mismo modo podemos encontrar en el film otra disquisición argumental quizás no tan explayada argumentalmente pero igualmente interesante, aquella que nos habla del posicionamiento de los japoneses (excelente composición interpretativa a cargo tanto de Issei Ogata, Shinya Tsukamoto y Tadanobu Asano, a mi modo de ver muy por encima de los actores occidentales presentes en el film) que se niegan a aceptar otra colonización religiosa, somos testigos de una represión que da lugar al calvario que los jesuitas en el Japón del siglo XVII sufrieron, no deja de ser algo paradójico y a modo de contradicción en lo referente a una postura digamos algo flexible por parte de los japoneses, una visión la suya de tono más naturalista y muy vinculada al símbolo de la cultura histórica nipona frente a una posición mucho más férrea y por consiguiente sufrida por parte de los jesuitas, dos visiones bastante distintas acerca de la idea de Dios, aquí es donde se podría haber desarrollado un intenso debate teológico pero sobre todo histórico de tal situación que sin embargo no llega a ser lo suficientemente expuesto.

La mezcla de géneros de naturaleza tan antagónicos como son el bélico y el fantástico no ha terminado de dar los frutos deseados a nivel de resultados, bien es cierto que tampoco ha habido un excesivo número de propuestas como para estar incidiendo en una contante digamos habitual, eso sí convendría el aclarar que cuando nos referimos a dicha temática genérica estamos hablando de una visión a través o desde la más cruda realidad, principal tesis y sustento narrativo del que se fundamenta el cine bélico, y como desde ese propio ámbito se intenta afrontar un hecho anómalo, que se escapa de la racionalidad, o sea fantástico, y no al revés, el desarrollar una fantasía a través de un escenario bélico (esta tendencia a diferencia de la anterior mucho más prolífica y exitosa y por consiguiente más consensuado en base a un público de clara naturaleza mainstream). Desde el notable episodio de la fundamental The Twilight Zone (The Purple Testament) podemos encontrar entre otros ejemplos como la curiosa The Keep (Michael Mann 1983), The Bunker (Rob Green 2001), Deathwatch (Michael J. Bassett 2002), R-Point (Kong Su-chang 2004), El páramo (Jaime Osorio Márquez 2011) o la estimulante producción francesa Ni le ciel ni la terre (Clément Cogitore 2015), propuestas en su gran mayoría lastradas por una irregularidad temática y narrativa bastante visible, aunque provistas de interesantes apuntes de difícil desarrollo, Spectral del debutante Nic Mathieu pese alguna variaciones en lo referente a sus recursos entra perfectamente en el grupo antes citado.
Spectral al igual que sus predecesoras no termina de ser un producto del todo satisfactorio aunque no carente de cierto un interés, es como si en cierta manera esa difícil y antinatural hibridación genérica le hubiera afectado a modo de maldición incluso desde antes de que viera la luz (con Universal Pictures quitándola de su calendario de estrenos y la plataforma de pago por visión Netflix rescatándola ultima hora), sin embargo estamos antes una película que a diferencia de las arriba citadas se fundamenta más en la acción pero decantándose más hacia la ciencia ficción con elemento sobrenatural que al terror, con una visualización que bebe de forma muy consciente de los videojuegos FPS como por ejemplo Gears of War, Halo o a Call of Duty aderezado con varias referencias al Aliens de James Cameron, deviniendo como una película entretenida aunque desprovista de cualquier tipo de trascendencia, y claro llegados a este punto convendría el preguntarse cuáles eran en un inicio las verdaderas intenciones que pretendían ofrecer los responsables de Spectral, en este aspecto es cuando posiblemente entremos en un conflicto de propósitos y resultados finales pues es harto evidente que no estamos ante una película de naturaleza liviana, hay un buen manejo de la acción y unas empáticas recreaciones CGI al, igual que un nivel de producción media provisto de un casting competente, pero sobre todo este conflicto llega a ser evidente y se hace muy visible, aparte de alguna que otra exposición en lo referente a su faceta técnica en donde se intenta articular algo supuestamente ambicioso dando lugar a una repuesta del todo ramplona, en el modo en que Spectral se toma en serio a si misma en todo lo que se nos intenta mostrar y explicar, es en este apartado en donde encontramos derivas que resultan muy notorias, especialmente en lo referente a su artificiosa argumentación a la hora de llegar a su resolución final y en cómo explicar y fundamentar ese elemento fantástico en los últimos diez minutos de metraje, una cosa es querer ampararse en una cierta credibilidad en lo concerniente a su historia y otra muy distinta es que este propósito llegue a tener unos cimientos y consistencia sólidos.

En cierta manera Frantz es la demostración perfecta del mestizaje cinematográfico cada vez más visible en la carrera de François Ozon, un trabajo que demuestra en parte que estamos ante un director que parecer cambiar de estilo a cada película que rueda, en Frantz el autor galo al igual que en su anterior y espléndida Dans la maison vuelve a ampararse en una suerte de imaginario ficticio creado por sus dos protagonistas principales a la hora de ser utilizado por estos a modo de válvula de escape, todo ello expuesto en el relato ya sea como mero recurso exculpatorio (Adrien) o como vehículo de defensión ante la presión social de padres y entorno (Anna), personaje femenino este en donde nuevamente el cineasta francés vuelve a recrearse a modo de icónica figura omnipresente en todo el relato), todo ello ubicado en un viaje de tono pasional, repleto de emociones encontradas e incluso utópicas, algo que deriva irremediablemente en una represión sentimental que es visualizada por parte de Ozon mediante una puesta en escena de claro tono paisajístico, en donde lo ambiental y lo más puramente estético queda distanciado y de alguna manera confrontado deliberadamente ante un marco narrativo que sirve como aplicada tesis del melodrama ubicado dentro de un contexto en donde la soledad es el resultado más directo de un conflicto bélico.
François Ozon demuestra un tacto exquisito a la hora de contar la historia, tan meticuloso y exquisito en los encuadres como acertado (no creo que obvio y poco original como mucha gente ha llegado a aseverar) en lo concerniente de definir un uso cromático para nada gratuito, el blanco y negro es utilizado para reflejar la tristeza y añoranza de los protagonistas ante la pérdida, el color para resaltar momentos puntuales de exaltación emocional personificados principalmente en los recuerdos felices de la vida del fallecido, aunque aquí podríamos resaltar como ligero lastre el uso de una narrativa en este tercio cuanto menos algo engañoso de cara al espectador, un guion que visualiza y expone en parte la mentira y que puede llegar a ser cuestionado como fácil recurso a la hora de generar una supuesta intriga empática. Frantz sin embargo logra desplegar toda la elegancia del característico melodrama académico establecido y ubicado en dos escenarios distintos dentro de un contexto temporal determinado, aquel en donde la soledad, la culpa y el desarraigo son las consecuencias más directas de la acción, especialmente para los que les toca quedarse y convivir con el recuerdo de lo perdido, de lo ya no alcanzable. François Ozon parece haber llegado a una incuestionable madurez narrativa y de puesta en escena bastante palpable, el cineasta francés en Frantz parece haber encontrado el medio perfecto en exponer la represión emocional de una sociedad histórica, un altavoz ideal a la hora de difundir su peculiar y muy variado discurso cinematográfico.

Rupture no deja de ser una propuesta muy modesta en lo referente a sus medios (el escaso pero decisivo en lo referente a su trama CGI que atesora es bastante paupérrimo), por momentos incluso rozando la serie B, eso sí en todo momento tomándose supuestamente en serio a sí misma, con la agraciada presencia de la actriz sueca Noomi Rapace como claro y principal baluarte interpretativo Rupture deviene como un thriller de entornos claustrofóbicos que intenta sustentar su mayor baluarte narrativo en base a una supuesta duda argumental, seguimos un recorrido a la par que la protagonista y nos hacemos las mismas preguntas que ella, quien, por qué y sobre todo para que se maquina toda el secuestro a la que se ve sometida, durante todo este trayecto Rupture va mutando genéricamente, desde un comienzo que nos deriva claramente al torture porn con Hostel como principal referencia no solo a un nivel argumental sino también en lo escénico e incluso en lo explícito de su fotografía, pasando a juguetear de forma breve con la idea de pesadilla kafkiana que sufre el personaje de Noomi Rapace en lo relativo a los miedos que suelen subyacer dentro del individuo, para terminar ubicándose dentro de un tono de ciencia ficción conspirativa (posiblemente el mejor tramo de la película) bastante agradecida, que bebe sin disimulo de una suerte de relectura de Invasion of the Body Snatchers de contornos evolutivos y biológicos. Sin embargo Rupture no logra funcionar como mera pieza que fundamenta su mayor baza en el enigma, el espectador medianamente asiduo al fantástico descubre relativamente pronto el interrogante argumental que nos proponen Steven Shainberg y Brian Nelson, el generar intriga en base a lo supuestamente desconocido.


Posiblemente Gimme Danger no aporte mucho más de información de la que ya disponen los verdaderos fans de los Stooges, uno tiene la impresión viendo el documental de estar ante una especie de justa reivindicación por parte de un apasionado de su música, una reivindicación hacia una banda de rock and roll que en su día fue de alguna manera obviada y que merecía de alguna manera una plasmación y reconocimiento en modo fílmico, una radiografía que se posiciona desde una visión ciertamente amable, obviando algunos pasajes recientes como sus muy discretos discos de reunión, esa dudosa resurrección acontecida en 2003. El director de Mystery Train y Only Lovers Left Alive en poco más de hora y media y ante una muy manifiesta falta de material de archivo (especialmente visible en la falta de soporte visual de sus conciertos) recurre a un por momentos excesivo collage de entrevistas y a una algo discutible utilización de segmentos de animación y fragmentos de películas antiguas a modo de soporte narrativo, algo que le llega a imprimir a la película un talante tan inesperado y dinámico como descompensado e irregular, una mesura esta que le llega a otorgar al film un tono inequívocamente arrítmico, algo que curiosamente le da un cierto sentido al propio documental, seguramente de forma involuntaria, pues la propia historia de los Stooges por naturaleza requería en parte de una argumentación visual algo desmesurada y caótica.
Un trabajo en definitiva el que presenciamos en el documental Gimme Danger que aparte del distanciamiento o no que el espectador pueda sentir en referencia al grupo musical en cuestión y anulando una supuesta e hipotética visión imparcial de dicho retrato por parte de su autor deviene como perfecto ejemplo, como ya ocurría en su notable Year of the Horse acerca de la figura de Neil Young & Crazy Horse, a la hora de intentar aplicar una coherencia de estilo cinematográfico con la base que intenta exponer o sustentar Jim Jarmusch, la historia de los Stooges e Iggy Pop reflejada como elemento cultural rupturista de tópicos (su adscripción como una suerte de artífices de la subversión musical y creadores de canciones punk años antes de la puesta en escena de este estilo musical esta hoy en día fuera de toda duda), todo un canto a la ideología de la rebeldía en contraposición a la identificación sociocultural, algo que queda perfectamente plasmado en la última escena de este apasionante documental, lo dicho.. coherencia y concordancia en su máximo exponente.

Bartosz M Kowalski nos retrata y al mismo tiempo ubica en el que es su primer largometraje en esa Polonia de contornos urbanísticos grises y fríos, una suerte de país fundamentado en el hormigón en donde la lluvia siempre parece estar omnipresente de una forma u otra, un perfecto escenario a la hora de intentar al menos retratar esa deshumanización de los niños protagonistas, puestos a buscar alguna posible explicación al hecho en sí podemos encontrarlo en una supuesta falta de estímulo diario, aquí entrarían varias disquisiciones de índole social e incluso territorial, según palabras del propio director este se inspiró y cogió de base para la película un antiguo crimen real que dio la vuelta al mundo, el asesinato de James Bulger, un niño de 2 años a manos de otros dos niños de 10 años de edad, hecho acontecido en Liverpool en 1993, un acto atroz que acaeció por razones que nunca se llegaron a aclarar del todo, de la misma manera podemos encontrar una cierta justificación a ese sin sentido en el rumbo dubitativo de una juventud que no tiene suficiente con desahogar su nada claro porvenir en los videojuegos o en las redes sociales como ficticio medio de comunicación, algo que puede direccionar al inconsciente empleo de la más descarnada violencia. Playground nos retrata un hecho a través del realismo más devastador y agresivo posible, en el film no nos encontraremos ante un elemento atípico o de género fantástico que pueda servir como mera excusa argumental para dicha anómala patología infantil, unos en definitiva futuros adultos que transitan a través de la amoralidad, que no llegan a inmutarse ante sus actos posiblemente debido al formar parte de una sociedad de contornos inequívocamente apáticos en donde los principios no parecen tener cabida.
Sin embargo da la sensación de que Bartosz M. Kowalski en Playground parece intentar indagar sin apenas conseguirlo en los motivos de la crueldad en los niños en el retrato escenificado de los tres personajes adolescentes, sin respuestas simplemente se expone dicha tesis en base a un enfoque extremadamente frío que bebe sin disimulo de una atmósfera realista de tono malsano muy al estilo de Michael Haneke (la sombra de Funny Games sigue siendo muy alargada) pero expuesta sin ninguna posible reflexión ipso facto sobre el trasfondo real de la problemática en cuestión, se expone pero no se divaga, en cierta manera queda claro que estamos ante un producto que funciona mejor en lo relativo a preguntar que no a responder, no creo como se comentó de una forma bastante generalizada que Playground anide en lo referente a la simple provocación o la gratuidad sobre todo lo que llega a exponer, simplemente estamos ante un producto de una naturaleza bastante torpe, de tono maniqueo si se quiere argumentar de esta manera, incapaz de articular a través de su propia argumentación e imposibilitado al mismo tiempo el poder actuar supuestamente como un golpe seco dirigido hacia nuestra propia conciencia como parece ser el propósito principal del que partía el señor Bartosz M. Kowalski.

En palabras de su propio director la mejor definición que se le podría otorgar a un film de las características de I Am Not Madame Bovary es la de una ilustración de tono cómico en donde deja en evidencia, no sin cierta elegancia, al aparato burocrático del Partido Comunista Chino, una sátira a través de un hecho en apariencia anecdótico que parece sustentarse en una aparente ficción pero que tiene unos claros y fuertes vínculos con la vida real e incluso con la historia de un país, un film compuesto a partir de transiciones lentas y movimientos de cámara pausados, un ritmo este que sin embargo dentro de lo que es su propia narrativa deviene en una manifiesta irregularidad a la hora de intentar equiparar esa travesía de naturaleza costumbrista- irónica que recorre la protagonista con su algo farragoso tono melodramático, dicho de otra manera, su tono de comedia absurda funciona mucho mejor que su drama, todo esto llega a ser muy visible en su parte final con la irrupción en escena de la tragedia personal del personaje principal, un corte genérico presentado de forma algo abrupta que pone de manifiesto una ruptura muy evidente en lo concerniente al discurso que hasta ese momento se había ido esgrimiendo dentro de la película.
Por otra parte no deja de ser algo curioso que un director como Feng Xiaogang (el considerado Spielberg chino, con una larga trayectoria a sus espaldas)en I Am Not Madame Bovary llegue a indagar y experimentar con los formatos cinematográficos, unas originales y por momentos hipnóticas composiciones visuales imprimiendo un uso del circular a modo de ojo de buey para los episodios rurales y uno cuadrado para las escenas que acontecen en Pekín para acabar con una amplitud de campo para las últimas escenas del film, unas composiciones visuales estas que pese a anidar en algunos momentos en la senda de una cierta gratuidad en lo referente a su supuesta justificación, básicamente por tener uno la sensación de parecer sustentarse a través de ninguna base teórica (a este respecto no deja de ser algo curioso como muchos si validan dicho recurso técnico al cine de Xavier Dolan, poniendo como ejemplo Mommy, algo muy discutible y que daría para un debate alternativo en lo referente al posicionamiento artístico de según qué autores a la hora de la utilización de determinadas herramientas técnicas), una apuesta la esgrimida que incluso bien podría ser una declaración de intereses por parte de Feng Xiaogang y que no deja de ser un claro ejemplo de la inquietud artística y formal de un autor que desea en parte liberarse de ciertos conceptos y costumbres ya muy manidos en la gran pantalla.

Posiblemente la mayor virtud del que hace gala Maren Ade en Toni Erdmann sea su atípica forma a la hora de aplicar una rara sutileza en como contarnos una historia de relación de dos personajes que pertenecen a mundos completamente opuestos, de hecho sin esas pinceladas de ese supuesto filtro cómico de naturaleza excéntrica estaríamos seguramente ante un drama existencialista de tono desgarrador, muy visible en lo referente a su exposición final, pues al final de cuentas no asistimos a una transformación como tal del personaje principal a consecuencia de la intromisión emocional de un elemento disuasorio, algo que en cierta manera dota a la película de una curiosa particularidad muy de agradecer, sino más bien nos terminamos encontrando ante una reflexión o mirada e incluso si se quiere a una suerte de liberación momentánea acerca de un posicionamiento emocional y social dentro de un escenario en concreto, pero también hay otras variadas sendas narrativas por las que intenta transitar Toni Erdmann aunque posiblemente no tan bien resueltas como la anteriormente citada, podemos encontrar por ejemplo un marcado componente de crítica social (elite empresarial desembarcando en un país de recursos limitados) y de genero ( en este caso un muy palpable y creciente machismo dentro de un ámbito laboral moderno y extremadamente competitivo).
Toni Erdmann termina reflexionando de manera acertada en como la sociedad actual puede llegar a crear insatisfacciones de difícil solución, su pulcro final completamente alejado del concepto de la comedia dramática de tono amable así lo indica, a este respecto convendría aclarar la inscripción genérica del film pues quien vaya al cine con la predisposición de ver una comedia como tal se puede llevar una ligera decepción, por otra parte sus 162 minutos de duración por increíble que puedan llegar a parecer no llegan a cansar, también en parte por la ceñida labor de sus dos intérpretes principales Peter Simonischek y Sandra Hüller (actriz que ya dio muestras de su talento interpretativo en la demoledora Réquiem de Hans-Christian Schmid), aunque también convendría el aclarar que pese a que esa excesiva duración de la sensación de no llegar a agotar en ningún momento esto no quiere decir que uno tenga la impresión de estar ante un cierto desaprovechamiento de situaciones y personajes secundarios que son expuestos pero no desarrollados convenientemente, de forma evidente hay un conflicto en lo relativo a ese excesivo alargamiento narrativo y el tono en el que supuestamente se sustenta el film especialmente visible en una parte central en donde posiblemente el aligerar metraje le hubiera dotado al conjunto de una mayor homogeneidad narrativa, para el recuerdo dos escenas hilarantes de muy difícil olvido, una curiosa e inesperada interpretación del Greatest Love of All de Whitney Houston a cargo de la protagonista y sobre todo una de las escenas cómica más peculiares del año, una impagable y divertida escena de un cumpleaños celebrada entre desnudos y Kukeris búlgaros.

La británica Lady Macbeth nos habla a través del drama psicológico de transformaciones, no acontecidas de una digamos forma natural sino más bien forzadas a terminar rompiendo con las normas preestablecidas desde un inicio, una trasformación el de un personaje en un principio inocente que empieza sufriendo una opresión por parte de una sociedad de claros contornos patriarcales y machistas en la Inglaterra del siglo XIX para terminar convirtiéndose curiosamente en una opresora o más bien dicho en una especie de femme fatale de época, derivado todo a través de una tensión dramática de contornos casi hitchockianos en lo relativo a su argumento y que termina manifestándose a modo casi de ejercicio de tono, y en cierta manera de reivindicación, feminista, una exposición está en donde la monstruosidad adquirida da paso a la supervivencia posterior para finalmente dejar en un segundo término la cuestionable moral de los hechos, un juicio ético que en parte parece quedar omitido en un primer instante para dar paso a un estado de casi de rebelión o liberación con la curiosa particularidad de no llegar en ningún momento a posicionarse en lo referente a la ambigüedad de los actos acometidos por parte de la protagonista.
Mención aparte seria el destacar el muy matizado trabajo realizado por parte de la actriz Florence Pugh, un gran activo dentro del film, una interpretación poseedora de un gran impacto físico-emotivo en lo relativo a la dramatización de la propia historia, algo que termina ajustándose muy bien al tono malsano que William Oldroyd llega a otorgar en la puesta en escena del relato, un rol interpretativo este que parece quedar a medio camino entre la despreocupada libertaría y una perversa fémina que transita a través de la locura y lo maquiavélico, unos matices estos que va adoptando conforme va avanzando la trama, consiguiendo sobrevivir en un principio para más tarde entregarse a vivir una pasión que finalmente desembocara en obsesión , aunque algo carente de trascendencia Lady Macbeth termina siendo una por momentos aplicada historia de pasiones llevada al límite, teniendo como principal virtud el aplicar un adecuado rigor estético a través de un estilo en apariencia tan sobrio como frío, algo que en ningún momento parece llegar a entrar en conflicto en lo referente a lo que es el ritmo narrativo con que William Oldroyd dota a la película.
No estaría de más antes de entrar en materia con respecto a Nocturama hacer un pequeño inciso a modo de reflexión acerca del recibimiento especialmente en festivales a un cierto tipo de cine (del cual el film de Bertrand Bonello es un claro integrante) por parte un muy amplio sector de la crítica, ya en la pasada edición del festival de San Sebastián ocurrió esta anómala conducta con películas como High-Rise y en menor medida con el Evolution de Lucile Hadzihalilovic, en este mismo año se vio en Cannes con propuestas como por ejemplo The Neon Demon de Nicolas Winding Refn o Personal Shopper de Olivier Assayas, una serie de films que se salen de un lenguaje y unas coordenadas cinematográficas digamos habituales y en donde una gran parte de esa crítica que acude a certámenes se ve imposibilitada a la hora de asimilar dichos conceptos de una forma instantánea, derivando todo ello en un comportamiento por parte de dicho colectivo aparte de equivocado totalmente desubicado en lo referente a lo que es su apreciación, llegando incluso a la descalificación en muchos casos a la hora de valorar según que películas, no se trata de que guste o no la película en cuestión, faltaría más, sino de intentar adecuar una mirada crítica más acorde y actual o una apreciación cuanto menos más ecuánime, curiosamente muchos de estos films son reivindicados al cabo de muy poco tiempo poniendo de manifiesto el lamentable estado actual de la crítica cinematográfica, un sector este claramente incapacitado a la hora de valorar propuestas que se salen de una tangente temática al uso, un posicionamiento este que en realidad siempre ha estado ahí, lo realmente preocupante es ver como esa nueva crítica o relevo generacional esta tan mal o peor posicionado que la antigua guardia.
Evidentemente Nocturama del francés Bertrand Bonello (Tiresia, L’Apollonide, Saint Laurent) aparte de ser uno de los platos fuertes de la sección oficial del festival de San Sebastián de este año causo una cierta y por momentos algo absurda polémica (sin ir más lejos un conocido crítico no dudo en calificarla en las redes sociales como una película “para tontos”), un film rebotado por su no inclusión en el festival de Cannes debido a lo incómodo y poco adecuado de su premisa, el film no indaga en el extremismo islámico sino más bien en el análisis más puramente psicológico y abstracto del concepto del terrorismo como tal y toda su complejidad moral, una exposición de la revolución a un nivel puramente sociológico, poco sabemos de las motivaciones del acto por parte de los que lo acometen, lo suponemos..un posible hastió y negación global frente a una sociedad que vive a través de un capitalismo voraz, Bertrand Bonello lejos de banalizar con el tema transita a través de la ambigüedad del mundo en el que parecen vivir sus protagonistas, muy visible en su segunda parte, de un tono más inquietante y metafórico si se quiere aunque también algo más irregular en lo concerniente a sus conexiones temáticas, y en donde vemos como los protagonistas entran en un estado de continua espera que por momentos parece interminable, horas atravesadas por una sensación de vacío en ese encierro dentro del centro comercial que sirve a la vez como clara y diáfana alegoría acerca de un lugar destinado al lujo que deseamos pero que no estamos a su alcance, un pensamiento este que curiosamente colisiona frontalmente con el supuesto concepto contestatario del acto cometido por los jóvenes.

En Colossal Nacho Vigalondo nos vuelve a contar una historia en donde los personajes nuevamente son lo más importante de ella, una película dotada de un onanismo (que no pedantería desde mi punto de vista) fílmico muy propio, con todo lo que ello comporta, tanto en lo bueno como en lo no tanto, Nacho Vigalondo es un cineasta que pese a manejar una amplísima amalgama genérica tiene las ideas muy claras a la hora de no incidir en temáticas y lugares comunes, asume riesgos creativos con ligera gracia, aquí nos ofrece su peculiar visión de lo que él cree que es una película de kaiju, evidentemente quien espere un tratamiento convencional de la temática Colossal no le dará la claves supuestamente esperadas. Hay interesantes apuntes en la película entre tanta disparidad formal, por momentos vemos como aflora un inteligente uso de espacios y medios de exposición, por ejemplo sólo llegamos a ver a las criaturas a través de dispositivos, ya sean pantallas de televisión, portátiles o teléfonos móviles etc, pero lo que realmente valida una propuesta de las características de Colossal es en como esta abraza el concepto de la demencia y el riesgo formal como pocos cineastas se atreven a hacerlo hoy en día, ese camino escogido con firmeza y determinación por parte de Vigalondo denota una particular inteligencia a la hora de dar salida a tanta referencia cinefilia de serie B y tono extravagante.

Hong Sang-soo, todo un maestro a la hora de estructurar sus películas, nos vuelve a introducir en ese pequeño resquicio temático tan característico suyo a través del punto de vista de las relaciones sentimentales de pareja, en Yourself and Yours volvemos a encontrarnos con claros elementos identidarios plenamente reconocibles en toda su obra, alcohol, jóvenes reunidos en un bar alrededor de una mesa, conversaciones de cama, un director de cine y un imperecedero y continuo dialogo a través de un muy característico estilo deudor que parece provenir por momentos de la Nouvelle Vague, como si de un bucle creativo se tratase la obra del realizador coreano vuelve una y otra vez en lo referente a su particular mirada acerca del individuo y su inherente indecisión a la hora de afrontar una relación amorosa-afectiva, todo ello expuesto en modo casi de referencia lúdica, estructurando la escritura de sus relatos en plena consonancia con la percepción de la acción que tienen sus personajes, un estilo este en donde la repetición y las continuas variantes narrativas juegan un papel fundamental. Podemos encontrar estas coordenadas entre otras muchas en la relación de amor-odio del protagonista hacia su supuesta amante que veíamos en The Day a Pig Fell into the Well, también en la certeza o no del amor ubicado a través de la pasión que tiene el personaje principal con respecto a sus dos amantes en The Turning Gate, o en esa relación sentimental que es a la vez autodestruida y regenerada sistemáticamente en Yourself and Yours con la figura de la mujer expuesta de forma epicéntrica en la historia en lo referente a la génesis por el que fluctúa todo su cine y en como esta figura llega a manejar todos los tiempos de una relación, un papel este que es de vital importancia el destacar habida cuenta del contexto social existente en una sociedad tan paternalista y a la vez tan machista como es la coreana. 

La región salvaje utiliza al igual que lo hacía años atrás el Possession de Andrzej Zulawski (con la que guarda unos inequívocos y muy interesantes puntos de conexión siendo nada casual que en sus créditos finales la película este dedicada al cineasta polaco fallecido a principios de año) la metáfora social incrustada dentro del género fantástico para incidir el devenir en esta ocasión del relato de un país en pleno proceso de autodestrucción moral, un conclave territorial plagado de carencias afectivas e incluso sexuales, en el film todo esto llega a ser expuesto de una casi manera alienante, como de un autoral cuento de sci-fi sexual se tratase Amat Escalante prescinde en algo en esta ocasión del hiperrealismo tan característico visto en anteriores trabajos suyos para exponer en claro modo genérico las pulsaciones más primarias del ser humano dentro de un contexto determinado, un monstruo de tentáculos fálicos venido del espacio (con claras e inequívocas conexiones fisiológicas que la derivan al Hentai ) es utilizado como ente liberador y al mismo tiempo castigador de los males de una sociedad visiblemente enferma en lo concerniente a su moral, un ente alienígena que de alguna manera logra despertar los instintos de sus visitantes hasta convertirlos en un supuesto bastión de una hipotética nueva sociedad, una interacción esta que en cierta manera obliga a ese colectivo a enfrentarse libres de prejuicios a su violencia en este caso sexual en su encuentro con el alienígena, la primigenia idea del sexo como necesidad perentoria a la hora de encontrar la felicidad, en cierta manera ese elemento fantástico es tratado en el film a modo de simbiosis canalizadora existente entre realidad y ficción, la hipocresía, homofobia, misoginia o machismo son síntomas inequívocos de la oscura realidad mexicana de hoy en día, una reflexión acerca del mal aquí vistos a través de un doble juego de espejos en donde el realismo social de la urbe y las personas que lo habitan choca frontalmente con el elemento fantástico e incluso fabulario del bosque como un escenario clave en la historia.

De alguna manera el punto más a destacar que vemos en La fille de Brest recae en el muy competente trabajo interpretativo a cargo de la actriz danesa Sidse Babett Knudsen (una de las mejores actrices del actual cine europeo, vista por un público mainstream en series de televisión tales como Borgen o la reciente Westworld, aunque su enormidad como interprete quizás adquiera su momento más álgido en la excelente The Duke of Burgundy de Peter Strickland), una interpretación esta que en parte salva al producto de una difícil papeleta al caracterizar con fundamento a un personaje revestido de un trazado excesivamente visceral y explícito en lo referente a lo que es su plasmación, todo ello posiblemente debido a una errónea percepción por parte de la directora de intentar llegar a empatizar con el personaje mediante dicho tratamiento de claros contornos maniqueos, consiguiendo seguramente un efecto contrario al deseado. Sin embargo La fille de Brest denota una falta de riesgo cinematográfico bastante evidente, dando cierta impresión de que se llega a profundizar o indagar en la problemática aquí expuesta de una manera muy convencional algo que la deriva a una carencia absoluta de sutileza en lo referente al subrayado de su narrativa, con una continua sensación de déjà vu, se cumple con cierto rigor en su faceta técnica en base a un ritmo excesivamente sostenido pero sin apenas sorpresas visuales en su haber, saliendo a flote aquella máxima que se basa en que el espectador siempre parece ir un paso por delante de todo lo que se nos va exponiendo, Emmanuelle Bercot para más inri patina sobremanera al querer dotar al conjunto de un supuesto efecto vérité en la historia, aquí representado entre otras cosas por unas crudas imágenes de tono muy explícito dentro del quirófano que llegan a tener una muy difícil justificación a la hora de intentar equipararlas a ese encorsetamiento social en el que parece querer sustentarse la película.


Aquí el tratado que nos propone Kore-eda vuelve a funcionar en base a una serie de simpáticos y amenos diálogos en donde llega a ser del todo imprescindible una predisposición concienzuda en llegar a confiar a todo tipo de comunicación en lo referente a los diálogos de sus personajes, la premisa de la que parte y discurre la narración sigue siendo la misma vista en anteriores trabajos suyos, transitar en base a una sencillez y sutileza en lo referente a un argumento que nos deriva finalmente hacia lo emotivo casi sin darnos cuenta, esa profundidad emocional de la que está dotada la película adquiere una importancia muy a tener en cuenta, básicamente porque After the Storm no es el mejor trabajo de Hirokazu Kore-eda, esta parece situarse un peldaño por debajo con respecto por ejemplo a Still walking o Our Little Sister, en el film vemos claramente cómo se alargan innecesariamente algunas subtramas que parecen no conducir a ninguna parte, sin embargo pese a tener uno la sensación de estar ante un trabajo algo menor por parte de su director el film a la hora de argumentar su historia denota sobradamente el talento y conocimiento de un creador que posee una capacidad innata a la hora de crear momentos íntimos a través de la sutileza y sencillez, una incuestionable habilidad que ya quisieran para ellos muchos directores que sustentan sus trabajos a través de las pautas más comunes de la comedia dramática, porque a fin de cuentas estamos ante un autor que sigue siendo muy fiel a la exposición de sus retratos, en donde no llega a deformar en ningún momento la virtud que mejor llega a caracterizarle como autor, el reflejo de la honestidad plasmada en la cotidianidad vista a través de la crónica costumbrista de una familia cualquiera.

Arrival no solo es posiblemente la mejor película vista este año por lo que respecta a un servidor sino que además pone el listón muy alto, quizás demasiado, en lo referente a los futuros trabajos del director franco-canadiense.
Denis Villeneuve (maestro a la hora de crear ambientes perturbadores a través del sonido, ojo a esa resolución musical a cargo de Johan Jóhannsson en la primera incursión en la nave extraterrestre) tiene aparte la virtud de contar con la inestimable ayuda del guionista Eric Heisserer de no llegar a perder la noción de la verosimilitud del relato en ningún momento de la narración, llegando a basar su poderosa solidez narrativa en la fuerza que le otorga las propias imágenes en relación a algo tan básico como son los sentidos. Inevitablemente viendo un film de las características de Arrival surgen de una forma espontánea un catálogo de referencias comparativas que nos direccionan al momento no sin razón al cine de Terrence Malick y al Interstellar de Christopher Nolan, evidentemente hay una clara conexión en lo relativo al trazado mesiánico y místico que fundamenta el imaginario del cine de Malick, pero también existe una clara similitud con Interstellar, si Nolan en ella indagaba en diversas teorías cuánticas y el concepto de la relatividad Villeneuve nos habla del poder de la lingüística y una nueva percepción que podemos tener del tiempo, en este caso los parentescos van más direccionado en lo referente a su personaje principal, el retrato de Amy Adams que vemos en Arrival se asemeja al interpretado por Jessica Chastain en Interstellar, a la ecuación podríamos sumarle perfectamente el de Eleanor Arroway protagonizado por Jodie Foster en el Contact de Robert Zemeckis, todos ellos son personajes solitarios por algún u otro motivo, que nos sirven de guía a través del relato a la hora de afrontar unas experiencia de claro tono intimista que basculan en lo referente a su enfrentamiento hacia lo desconocido, personajes dotados de un inherente coraje a la hora de lanzarse a un vacío lleno de interrogantes que al inicio, al igual que ellas, no comprendemos y que intentamos buscarle un sentido. Arrival deviene como una fascinante obra destinada no solo a ser la mejor película de vista en este 2016 sino también a ser una pieza clave y referencial a la hora de entender la evolución de la ciencia ficción en el cine de un futuro inmediato.

Fede Álvarez ya había mostrado buenas maneras como director al salir bastante airoso en la actualización de la nueva versión de Evil Dead, un trabajo este que ya indicaba un sobrado conocimiento por parte del realizador de los engranajes prototípicos del género y sobre todo como el saber ubicarlos dentro de un nuevo contexto en este caso temporal, en Don’t Breathe pervierte con acierto de alguna manera el concepto home invasión, una vuelta a los roles en donde el cazador, en este caso invasor, queda atrapado por la que en teoría era su supuesta víctima, un notable Stephen Lang, personaje este reforzado con una ceguera como signo de engañosa debilidad, posiblemente se llegue a echar en falta una mayor ambigüedad moral en los personajes, se enfatizar demasiado en el carácter digamos justificable con respecto a la acción de los tres invasores de una manera poco sutil, vemos como Rocky, la chica del grupo, como se ve de alguna forma casi forzada por razones familiares al atraco como casi su única vía de salida, o las dudas morales y carácter sensato de Alex, personajes que sirven en cierta manera de contrapunto al de Money, rol ya con claros signos de estereotipo del macarra delincuente.
Don’t Breathe destaca especialmente por recuperar el tono de producciones que acometían un tipo de horror sólido y consecuente, engranajes muy parecidos a multitud de films rodados en los setenta, películas en donde se utilizaban con acierto el uso del espacio cerrado, casi como única localización en la película a la hora de producir angustia en el espectador, aquí reforzadas en base a un aplicado montaje y una contundente utilización del sonido como ente en continuo estado de amenaza, complementada a si mismo con una aplicadísima banda sonora a cargo de Roque Baños, un trabajo en donde lo referencial esta insertado sin llegar a molestar, entre los muchos guiños que observamos sobresale el ofrecido al Cujo de Lewis Teague, un conjunto de aciertos en definitiva que sin embargo se ven algo lastrados en la narrativa del último tercio del film, curiosamente esa inverosímil vuelta de tuerca en su argumento entorpece en algo el conseguido tono minimalista orquestado hasta ese momento otorgándole una falsa y desmedida grandilocuencia argumental, algo por otra parte bastante visible en el cine de terror de hoy en día.

Viendo The Wailing uno tiene la sensación de revisitar de una manera continuada la extraordinaria Memories of Murder de Bong Joon-ho, de hecho el film de Na Hong-jin no deja de ser una especie de reinterpretación en clave fantástica, ya no solo por esa amalgama genérica y narrativa tan habitual en el cine de esas latitudes (comedia, drama, thriller de investigación, terror, géneros mezclados en ambas películas de una forma eso si cronológica según van desenvolupando sus hechos) sino por su incisiva y en cierta manera ambivalente metáfora sobre los fantasmas que aún a hoy día siguen poblando la Corea del Sur actual, aquí perfectamente radiografiada escénicamente a través de una atmósfera de contornos rurales y profundos claramente opresivos, una película que nos habla de los demonios, los fantasmas y las personas incidiendo en su narrativa en elementos climáticos insistentes como pueden ser la insistente lluvia o la oscuridad como percutores del desasosiego, los protagonistas de ambos films tienen una necesidad casi perentoria de intentar poner un rostro al mal, ya sea el de un asesino en serie o el de un ente de naturaleza sobrenatural, una exposición que cobra una vital importancia y un mérito indiscutible al estar todo ello construido en base a unos mimbres que a priori a un público occidental le pude suponer algún que otro problema en lo referente a su seguimiento.
