
Una chica que se pasa todo el día de juerga en juerga (Anne Hathaway) descubre que tiene una misteriosa conexión con un monstruo gigantesco que está provocando el caos en el otro extremo del globo.

Dentro de la sección oficial del festival de San Sebastián pero fuera de concurso se pudo ver el nuevo trabajo del realizador cántabro Nacho Vigalondo Colossal, su primera película 100% extranjera, un film por momentos inclasificable a nivel genérico pero plenamente consecuente con un imaginario propio que el director español que ya había plasmado en anteriores trabajos suyos, posiblemente una película en donde de una manera más clara quedan reflejadas sus principales virtudes pero también sus evidentes derivas e incluso carencias. Si en Extraterrestre Vigalondo utilizaba una invasión extraterrestre como excusa a la hora de transitar a través de una comedia de tono romántico-absurdo en Colossal tampoco veremos los monstruos que uno espera ver en un film de esta supuesta premisa, aquí se utiliza el concepto del Kaiju-eiga como una simple lectura genérica a modo de concepto-excusa para adentrarse en el posicionamiento de una mujer dentro de una particular sociedad, partiendo de la base de que cuando la protagonista se desmadra o emborracha un gigantesco monstruo mata gente en Seúl, una premisa expuesta como punta de partida a la hora de abordar lo que ocurre cuando las cosas se tuercen y derivan en la crisis existencial de una treintañera o la dificultad de esta a la hora de crecer emocionalmente en el momento de su vida en que percibe un contundente breakdown emocional, un personaje intentando recuperar el control de su vida expuesto a través de un catálogo anómalo, bizarro, extravagante, tan incuestionablemente original como por momentos absurdo.
En Colossal Nacho Vigalondo nos vuelve a contar una historia en donde los personajes nuevamente son lo más importante de ella, una película dotada de un onanismo (que no pedantería desde mi punto de vista) fílmico muy propio, con todo lo que ello comporta, tanto en lo bueno como en lo no tanto, Nacho Vigalondo es un cineasta que pese a manejar una amplísima amalgama genérica tiene las ideas muy claras a la hora de no incidir en temáticas y lugares comunes, asume riesgos creativos con ligera gracia, aquí nos ofrece su peculiar visión de lo que él cree que es una película de kaiju, evidentemente quien espere un tratamiento convencional de la temática Colossal no le dará la claves supuestamente esperadas. Hay interesantes apuntes en la película entre tanta disparidad formal, por momentos vemos como aflora un inteligente uso de espacios y medios de exposición, por ejemplo sólo llegamos a ver a las criaturas a través de dispositivos, ya sean pantallas de televisión, portátiles o teléfonos móviles etc, pero lo que realmente valida una propuesta de las características de Colossal es en como esta abraza el concepto de la demencia y el riesgo formal como pocos cineastas se atreven a hacerlo hoy en día, ese camino escogido con firmeza y determinación por parte de Vigalondo denota una particular inteligencia a la hora de dar salida a tanta referencia cinefilia de serie B y tono extravagante.
Pese a sus evidentes imperfecciones, especialmente en lo referente a su descompensada y algo errática narrativa Colossal también posee la indudable virtud de abordar, a través de un tono que en parte la emparenta al cine indie americano, temas en apariencia supuestamente complejos, a través de esa hilaridad argumental se intenta transitar en lo referente a un supuesto mensaje de naturaleza metafórica, Nacho Vigalondo intenta transitar a través de vías no muy comunes (aunque posiblemente desarrolladas de forma algo irregular hay mucha capas narrativas que invitan a reflexiones interesantes dentro de la películas, maltrato psicológico, machismo, alcoholismo, adicciones, traumas de infancia que marcan irremediablemente nuestra vida ) siendo un realizador que no deja de ser una “rara avis” dentro del actual panorama cinematográfico español e incluso internacional, Colossal es puro funambulismo creativo no apto para todo los paladares, pero en mi opinión infinitamente superior en muchos conceptos a productos supuestamente mainstream dirigidos por directores españoles sin ningún ápice de talento y encumbrados de forma generalizada por campañas invasivas televisivas, un autor que en definitiva y pese a transitar por muchos momentos a través de la cuerda floja se apoya en lo extravagante para ofrecernos un tipo de cine libre de restricciones, algo que se tendría que valorar en su justa medida y más viendo los tiempos de extrema sequía creativa existentes a hoy en día .
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Hong Sang-soo, todo un maestro a la hora de estructurar sus películas, nos vuelve a introducir en ese pequeño resquicio temático tan característico suyo a través del punto de vista de las relaciones sentimentales de pareja, en Yourself and Yours volvemos a encontrarnos con claros elementos identidarios plenamente reconocibles en toda su obra, alcohol, jóvenes reunidos en un bar alrededor de una mesa, conversaciones de cama, un director de cine y un imperecedero y continuo dialogo a través de un muy característico estilo deudor que parece provenir por momentos de la Nouvelle Vague, como si de un bucle creativo se tratase la obra del realizador coreano vuelve una y otra vez en lo referente a su particular mirada acerca del individuo y su inherente indecisión a la hora de afrontar una relación amorosa-afectiva, todo ello expuesto en modo casi de referencia lúdica, estructurando la escritura de sus relatos en plena consonancia con la percepción de la acción que tienen sus personajes, un estilo este en donde la repetición y las continuas variantes narrativas juegan un papel fundamental. Podemos encontrar estas coordenadas entre otras muchas en la relación de amor-odio del protagonista hacia su supuesta amante que veíamos en The Day a Pig Fell into the Well, también en la certeza o no del amor ubicado a través de la pasión que tiene el personaje principal con respecto a sus dos amantes en The Turning Gate, o en esa relación sentimental que es a la vez autodestruida y regenerada sistemáticamente en Yourself and Yours con la figura de la mujer expuesta de forma epicéntrica en la historia en lo referente a la génesis por el que fluctúa todo su cine y en como esta figura llega a manejar todos los tiempos de una relación, un papel este que es de vital importancia el destacar habida cuenta del contexto social existente en una sociedad tan paternalista y a la vez tan machista como es la coreana. 

La región salvaje utiliza al igual que lo hacía años atrás el Possession de Andrzej Zulawski (con la que guarda unos inequívocos y muy interesantes puntos de conexión siendo nada casual que en sus créditos finales la película este dedicada al cineasta polaco fallecido a principios de año) la metáfora social incrustada dentro del género fantástico para incidir el devenir en esta ocasión del relato de un país en pleno proceso de autodestrucción moral, un conclave territorial plagado de carencias afectivas e incluso sexuales, en el film todo esto llega a ser expuesto de una casi manera alienante, como de un autoral cuento de sci-fi sexual se tratase Amat Escalante prescinde en algo en esta ocasión del hiperrealismo tan característico visto en anteriores trabajos suyos para exponer en claro modo genérico las pulsaciones más primarias del ser humano dentro de un contexto determinado, un monstruo de tentáculos fálicos venido del espacio (con claras e inequívocas conexiones fisiológicas que la derivan al Hentai ) es utilizado como ente liberador y al mismo tiempo castigador de los males de una sociedad visiblemente enferma en lo concerniente a su moral, un ente alienígena que de alguna manera logra despertar los instintos de sus visitantes hasta convertirlos en un supuesto bastión de una hipotética nueva sociedad, una interacción esta que en cierta manera obliga a ese colectivo a enfrentarse libres de prejuicios a su violencia en este caso sexual en su encuentro con el alienígena, la primigenia idea del sexo como necesidad perentoria a la hora de encontrar la felicidad, en cierta manera ese elemento fantástico es tratado en el film a modo de simbiosis canalizadora existente entre realidad y ficción, la hipocresía, homofobia, misoginia o machismo son síntomas inequívocos de la oscura realidad mexicana de hoy en día, una reflexión acerca del mal aquí vistos a través de un doble juego de espejos en donde el realismo social de la urbe y las personas que lo habitan choca frontalmente con el elemento fantástico e incluso fabulario del bosque como un escenario clave en la historia.

De alguna manera el punto más a destacar que vemos en La fille de Brest recae en el muy competente trabajo interpretativo a cargo de la actriz danesa Sidse Babett Knudsen (una de las mejores actrices del actual cine europeo, vista por un público mainstream en series de televisión tales como Borgen o la reciente Westworld, aunque su enormidad como interprete quizás adquiera su momento más álgido en la excelente The Duke of Burgundy de Peter Strickland), una interpretación esta que en parte salva al producto de una difícil papeleta al caracterizar con fundamento a un personaje revestido de un trazado excesivamente visceral y explícito en lo referente a lo que es su plasmación, todo ello posiblemente debido a una errónea percepción por parte de la directora de intentar llegar a empatizar con el personaje mediante dicho tratamiento de claros contornos maniqueos, consiguiendo seguramente un efecto contrario al deseado. Sin embargo La fille de Brest denota una falta de riesgo cinematográfico bastante evidente, dando cierta impresión de que se llega a profundizar o indagar en la problemática aquí expuesta de una manera muy convencional algo que la deriva a una carencia absoluta de sutileza en lo referente al subrayado de su narrativa, con una continua sensación de déjà vu, se cumple con cierto rigor en su faceta técnica en base a un ritmo excesivamente sostenido pero sin apenas sorpresas visuales en su haber, saliendo a flote aquella máxima que se basa en que el espectador siempre parece ir un paso por delante de todo lo que se nos va exponiendo, Emmanuelle Bercot para más inri patina sobremanera al querer dotar al conjunto de un supuesto efecto vérité en la historia, aquí representado entre otras cosas por unas crudas imágenes de tono muy explícito dentro del quirófano que llegan a tener una muy difícil justificación a la hora de intentar equipararlas a ese encorsetamiento social en el que parece querer sustentarse la película.


Aquí el tratado que nos propone Kore-eda vuelve a funcionar en base a una serie de simpáticos y amenos diálogos en donde llega a ser del todo imprescindible una predisposición concienzuda en llegar a confiar a todo tipo de comunicación en lo referente a los diálogos de sus personajes, la premisa de la que parte y discurre la narración sigue siendo la misma vista en anteriores trabajos suyos, transitar en base a una sencillez y sutileza en lo referente a un argumento que nos deriva finalmente hacia lo emotivo casi sin darnos cuenta, esa profundidad emocional de la que está dotada la película adquiere una importancia muy a tener en cuenta, básicamente porque After the Storm no es el mejor trabajo de Hirokazu Kore-eda, esta parece situarse un peldaño por debajo con respecto por ejemplo a Still walking o Our Little Sister, en el film vemos claramente cómo se alargan innecesariamente algunas subtramas que parecen no conducir a ninguna parte, sin embargo pese a tener uno la sensación de estar ante un trabajo algo menor por parte de su director el film a la hora de argumentar su historia denota sobradamente el talento y conocimiento de un creador que posee una capacidad innata a la hora de crear momentos íntimos a través de la sutileza y sencillez, una incuestionable habilidad que ya quisieran para ellos muchos directores que sustentan sus trabajos a través de las pautas más comunes de la comedia dramática, porque a fin de cuentas estamos ante un autor que sigue siendo muy fiel a la exposición de sus retratos, en donde no llega a deformar en ningún momento la virtud que mejor llega a caracterizarle como autor, el reflejo de la honestidad plasmada en la cotidianidad vista a través de la crónica costumbrista de una familia cualquiera.

Arrival no solo es posiblemente la mejor película vista este año por lo que respecta a un servidor sino que además pone el listón muy alto, quizás demasiado, en lo referente a los futuros trabajos del director franco-canadiense.
Denis Villeneuve (maestro a la hora de crear ambientes perturbadores a través del sonido, ojo a esa resolución musical a cargo de Johan Jóhannsson en la primera incursión en la nave extraterrestre) tiene aparte la virtud de contar con la inestimable ayuda del guionista Eric Heisserer de no llegar a perder la noción de la verosimilitud del relato en ningún momento de la narración, llegando a basar su poderosa solidez narrativa en la fuerza que le otorga las propias imágenes en relación a algo tan básico como son los sentidos. Inevitablemente viendo un film de las características de Arrival surgen de una forma espontánea un catálogo de referencias comparativas que nos direccionan al momento no sin razón al cine de Terrence Malick y al Interstellar de Christopher Nolan, evidentemente hay una clara conexión en lo relativo al trazado mesiánico y místico que fundamenta el imaginario del cine de Malick, pero también existe una clara similitud con Interstellar, si Nolan en ella indagaba en diversas teorías cuánticas y el concepto de la relatividad Villeneuve nos habla del poder de la lingüística y una nueva percepción que podemos tener del tiempo, en este caso los parentescos van más direccionado en lo referente a su personaje principal, el retrato de Amy Adams que vemos en Arrival se asemeja al interpretado por Jessica Chastain en Interstellar, a la ecuación podríamos sumarle perfectamente el de Eleanor Arroway protagonizado por Jodie Foster en el Contact de Robert Zemeckis, todos ellos son personajes solitarios por algún u otro motivo, que nos sirven de guía a través del relato a la hora de afrontar unas experiencia de claro tono intimista que basculan en lo referente a su enfrentamiento hacia lo desconocido, personajes dotados de un inherente coraje a la hora de lanzarse a un vacío lleno de interrogantes que al inicio, al igual que ellas, no comprendemos y que intentamos buscarle un sentido. Arrival deviene como una fascinante obra destinada no solo a ser la mejor película de vista en este 2016 sino también a ser una pieza clave y referencial a la hora de entender la evolución de la ciencia ficción en el cine de un futuro inmediato.

Fede Álvarez ya había mostrado buenas maneras como director al salir bastante airoso en la actualización de la nueva versión de Evil Dead, un trabajo este que ya indicaba un sobrado conocimiento por parte del realizador de los engranajes prototípicos del género y sobre todo como el saber ubicarlos dentro de un nuevo contexto en este caso temporal, en Don’t Breathe pervierte con acierto de alguna manera el concepto home invasión, una vuelta a los roles en donde el cazador, en este caso invasor, queda atrapado por la que en teoría era su supuesta víctima, un notable Stephen Lang, personaje este reforzado con una ceguera como signo de engañosa debilidad, posiblemente se llegue a echar en falta una mayor ambigüedad moral en los personajes, se enfatizar demasiado en el carácter digamos justificable con respecto a la acción de los tres invasores de una manera poco sutil, vemos como Rocky, la chica del grupo, como se ve de alguna forma casi forzada por razones familiares al atraco como casi su única vía de salida, o las dudas morales y carácter sensato de Alex, personajes que sirven en cierta manera de contrapunto al de Money, rol ya con claros signos de estereotipo del macarra delincuente.
Don’t Breathe destaca especialmente por recuperar el tono de producciones que acometían un tipo de horror sólido y consecuente, engranajes muy parecidos a multitud de films rodados en los setenta, películas en donde se utilizaban con acierto el uso del espacio cerrado, casi como única localización en la película a la hora de producir angustia en el espectador, aquí reforzadas en base a un aplicado montaje y una contundente utilización del sonido como ente en continuo estado de amenaza, complementada a si mismo con una aplicadísima banda sonora a cargo de Roque Baños, un trabajo en donde lo referencial esta insertado sin llegar a molestar, entre los muchos guiños que observamos sobresale el ofrecido al Cujo de Lewis Teague, un conjunto de aciertos en definitiva que sin embargo se ven algo lastrados en la narrativa del último tercio del film, curiosamente esa inverosímil vuelta de tuerca en su argumento entorpece en algo el conseguido tono minimalista orquestado hasta ese momento otorgándole una falsa y desmedida grandilocuencia argumental, algo por otra parte bastante visible en el cine de terror de hoy en día.

Viendo The Wailing uno tiene la sensación de revisitar de una manera continuada la extraordinaria Memories of Murder de Bong Joon-ho, de hecho el film de Na Hong-jin no deja de ser una especie de reinterpretación en clave fantástica, ya no solo por esa amalgama genérica y narrativa tan habitual en el cine de esas latitudes (comedia, drama, thriller de investigación, terror, géneros mezclados en ambas películas de una forma eso si cronológica según van desenvolupando sus hechos) sino por su incisiva y en cierta manera ambivalente metáfora sobre los fantasmas que aún a hoy día siguen poblando la Corea del Sur actual, aquí perfectamente radiografiada escénicamente a través de una atmósfera de contornos rurales y profundos claramente opresivos, una película que nos habla de los demonios, los fantasmas y las personas incidiendo en su narrativa en elementos climáticos insistentes como pueden ser la insistente lluvia o la oscuridad como percutores del desasosiego, los protagonistas de ambos films tienen una necesidad casi perentoria de intentar poner un rostro al mal, ya sea el de un asesino en serie o el de un ente de naturaleza sobrenatural, una exposición que cobra una vital importancia y un mérito indiscutible al estar todo ello construido en base a unos mimbres que a priori a un público occidental le pude suponer algún que otro problema en lo referente a su seguimiento.


«Kubo y las dos cuerdas mágicas» no es la típica película de animación que a día de hoy la audiencia está acostumbrada a ver en la gran pantalla, algo que de manera lamentable seguramente se vea reflejado de una forma clara en taquilla, la apuesta del estudio Laika con respecto a gigantes como Pixar o Ghibli es del todo arriesgada pero consecuente dado la propia naturaleza en la que se sustenta, estamos ante una película que no tendrá una secuela, y en donde la historia que se nos cuenta llega a explorar la importancia de las emociones humanas de forma conceptuada, de esa necesidad casi perentoria a la hora de recuperar la habilidad de contar historias, poniendo un especial hincapié sobre el poder de la narración en sí misma, utilizado aquí como vehículo sobre el proceso de creación y como este sirve al mismo tiempo como un fundamento clave sobre nuestra propia memoria a la hora de reinventar nuestra propia existencia .





Las principales virtudes que encontramos en «Shelley» podemos encontrarlas en dos apartados que aunque muy diferenciados entre sí en lo que es su percepción final se complementan casi a la perfección, por un lado asistimos al laborioso y notable trabajo técnico por parte de Ali Abbasi, haciendo especial hincapié en una dirección artística que prioriza una enrarecida atmósfera por encima de cualquier otro aspecto en el film, pues estamos ante una película que perturba e insinúa más que asusta en el sentido más chabacano de la palabra, teniendo la virtud añadida de sustentarse sobre un guion o una premisa principal muy poco sutil en su enunciado, en este aspecto es digno de alabar la notable utilización de espacios como ente opresor de sus protagonistas (esplendidas tanto Ellen Dorrit Petersen que ya habíamos visto en la excelente «Blind» como Cosmina Stratan), su gélida fotografía y la utilización del sonido, o la falta de él, son solo algunos de los acertados mimbres que se utilizan para incomodar al espectador dejando lo supuestamente explícito en la vertiente onírica del film, apartado este quizás utilizado de manera algo repetitiva, y por otro lado tenemos esa dualidad genérica de contornos conscientemente ambiguos que se nos plantea muy hábilmente durante la película, ¿hay realmente un elemento de índole fantástica en la historia o todo es fruto de la imaginación de algunos de los protagonistas?, en este aspecto es digno de albar la dirección que toma el film, pues aunque se sustenta sobre unas normas genéricas bastantes reconocibles la capacidad que hace gala Ali Abbasi a la hora de reinventar la historia de manera constante es del todo admirable. 




Cuando hablamos de reverenciar al giallo nos encontramos que Peter Strickland a diferencia de Hélène Cattet y Bruno Forzani (con sus también muy interesantes y fundamentales «Amer» y «L’étrange couleur des larmes de ton corps«) nos da un enfoque mucho más intelectualizado, mas propio sí que quiere utilizar dicho termino y que la sitúa un paso por adelante en lo concerniente a repetir una estética en concreto o homenajear conceptos puramente genéricos. En «Berberian Sound Studio» vemos como un ingeniero de sonido inglés, un hombre tímido de contornos dóciles y de pocas palabras (un magistral Toby Jones cuya interpretación resulta muestra clave a la hora de transmitir esa fragilidad mental) se traslada a Italia para mezclar el sonido de una violenta película de terror titulada “Il vortice equestre”, conforme va trabajando en un film cuyas imágenes nunca llegamos a ver, solo lo imaginamos en nuestra mente pero que nos va siendo narrado a través de un lenguaje puramente metacinematográfico somos testigos de la colisión de dos mundos completamente opuestos, dos imaginarios antagónicos no solo a un nivel geográfico sino claramente mental, nuestro protagonista a partir de ese momento emprende un viaje hacia los rincones más inhóspitos de la mente humana, un viaje en el que se enfatiza principalmente en lo que es su propio trayecto y no la finalidad en el derrumbe psicológico a que se ve abocado nuestro protagonista, de echo su narración no deja de ser una mera excusa, de la misma manera el film también logra funcionar como un acertado tratado acerca de la influencia y su poder hipnótico o (más bien sonoro en el caso que nos ocupa) del cine como ente desestabilizador sobre los que forman parte de su propia creación como ya nos contó hace años Iván Zulueta en la gran «Arrebato«, el tramo final de «Berberian Sound Studio» llega a romper todos los esquemas y convencionalismos que hasta ese momento podíamos llegar a intuir levemente, deslizándose por unos terrenos oníricos y surrealistas, situándose lejos de un mensaje de calado críptico y claramente deudora de una abstracción formal que bebe de fuentes más arriba comentada.

Si ponemos como ejemplo otra película de tensión de un tono minimalista parecido que si triunfa en dicho concepto las diferencias pueden llegar a ser sangrantes, en el «Duel» de Steven Spielberg este se apoyaba en un relato corto de Richard Matheson para explicarnos el terrible acoso que sufre un hombre corriente por parte de un camionero en mitad del desierto, el personaje interpretado magistralmente por Dennis Weaver venía a representar el urbanita gris ninguneado por su mujer y sus compañeros de trabajo, el terrible enfrentamiento del que es participe sirve como perfecta metáfora y componente psicológico dentro de un relato de tensión (este sí que admirable en todos sus conceptos) de la rebelión del débil contra un oponente en teoría más poderoso, ya sea el camionero o la alegoría del circulo intimo que lo humilla de forma constante.

«Demolition» es de aquellas películas de mensaje y narrativa ambivalente en función de lo que esté dispuesto el espectador a aceptar, puede parecer en un principio que su discurso llegue a ser obvio, e incluso demasiado esquemático por momentos en lo referente a sus postulados si se prefiere, una obviedad a la hora de transmitir dicho mensaje que sin embargo no llega a ser óbice en ningún momento a la hora de elaborar una serie de percepciones por parte de un autor como Jean-Marc Vallée que tiene como principal aval creativo una composición de continuos giros de perspectiva bastante presente dentro de su filmografía. En «Demolition» asistimos a un mecanismo de curación que funciona y discurre mediante una labor de reparación emocional que parte desde cero, a medio camino entre el drama y la comedia sutil Jean-Marc Vallée aborda esa obsesión del protagonista por reconstruir o derribar un entorno del que sabe que ya no pertenece, ya sea a un nivel puramente material, o simplemente en función de una serie de cosas que no encuentra su razón de ser y que siguen subsistiendo a su alrededor, una serie de situaciones estas que derivan principalmente del hecho de su incapacidad de poder sentir tristeza por la pérdida de su esposa, de esta manera podemos ver cómo a través de los pequeños detalles que nos va sugiriendo Jean-Marc Vallée este consigue llevarnos por ciertos territorios de la mente y del comportamiento humano a modo de flashbacks como solución a la hora de reinventarse como persona y superar su situación a través y bajo el apoyo de una colindante sub-historia de amor que se aleja de convencionalismos ya vistos con anterioridad en productos de en teoría semejante naturaleza.




Dividida en tres actos (encabezadas estos por sendas rabietas del niño protagonista, un ceñido y prometedor Tom Sweet que pasa a formar parte por méritos propios en la catalogación de niños entendiblemente hostiables de la historia del cine) acompañados de un prólogo y epílogo «The Childhood of a Leader» nos muestra la formación, evolución y supuesto germen de un futuro dictador a través de una estricta disfuncionalidad de un entorno familiar incapaz de detener esa especie de embrión del mal, basada en un relato corto de Sartre y levemente inspirada en la infancia de Benito Mussolini el film se mueve dentro de conceptos casi freudianos, un estudio de ese caldo de cultivo del totalitarismo que parece moverse más en intentar narrar un devenir en concreto que en profundizar en las consecuencias del mismo, en este aspecto sale de forma visible a flote uno de los lastres del film, una cierta inclinación involuntaria hacia lo supuestamente obvio del mensaje o una cierta incapacidad por parte de Brady Corbet de intentar ahondar en esa supuesta génesis o semilla del mal en clara contraposición con una habilidad muy a tener en cuenta por parte del director a la hora de manejas conceptos genéricos de forma notable, la puesta en escena de la decrépita mansión donde transcurre la mayor parte de la acción nos deriva de forma clara a una atmósfera tenebrista que remite tanto al thriller psicológico como al gótico italiano de terror de los años 60-70, más que mostrarnos una hechos físicos determinados el mérito consiste en sugerir una contante contención de la violencia global dentro de un ambiente de clara raíz malsana.

A día de hoy viven y coexisten dos curiosas corrientes o tendencias muy visibles y bastantes diferenciadas entre sí dentro del actual panorama de cine de terror, por un lado tenemos una muy válida corriente de productos en su gran mayoría de raíz independiente en donde prácticamente cada año suelen sobresalir un par de productos a modo de revitalizar y oxigenar el género con propuestas que parten de una inconfundible base autoral, títulos como «It Follows» de David Robert Mitchell, «Babadook» de Jennifer Kent, «The Invitation» de Karyn Kusama, «The Witch» de D. Robert Eggers o «Under the shadow» de Babak Anvari son propuestas que buscan una vía alternativa a la hora de darse a conocer aprovechando especialmente el hype festivalero para hacer valer sus indudables atributos, evidentemente todo el campo no es orégano y se suelen colar un ingente número de films que no pasan un corte mínimo de calidad, un mal menor hasta cierto punto lógico dentro de una tendencia que a mi modo de ver es una alternativa interesante y con mucho recorrido en un futuro, por otra parte tenemos el denominado terror mainstream, el auspiciado por el gran estudio que parece haber abandonado de manera momentánea el recurso del remake y la secuela para curiosamente apoyarse en un tipo de cine independiente pero de manera muy engañosa, el apropiarse de producto de ínfima estructura presupuestaria (y en su gran mayoría también de calidad) y presentarlo bajo ostentosas campañas de publicidad que suelen doblar o triplicar sus presupuestos iniciales, «As Above, So Below» de John Erick Dowdle o «The Forest» de Jason Zada son solo dos ejemplos que me vienen a la cabeza a bote pronto, el problema viene en la medida de que la gente no suele ser tonta a la hora de aceptar esta digamos triquiñuela con una clara fecha de caducidad.

«Night Fare» es uno de esos films en los que si uno tira de un mínimo de raciocinio coherente en lo referente a su argumento se desmonta muy fácilmente, sin entrar en demasiados spoilers la película parte de una premisa de tono minimalista bastante sugerente en un principio, sus directrices arquetípicas nos direcciona enseguida al «Duel» de Steven Spielberg o al «The Hitcher» de Robert Harmon por poner solo dos ejemplos, con el estimulante añadido a priori de ubicar la acción en la noche parisina de extrarradio y periferia, esa otra cara de una gran urbe en la que se podrían encontrar y salvando las distancias incluso perfectamente alguna que otra referencia al «Taxi Driver» Martin Scorsese, sin embargo enseguida nos damos cuenta que la cosa no ira por esa senda, ni en intenciones y mucho menos en resultados, ni siquiera logra funcionar como un mero producto de serie B que aúna los conceptos del survival y el del justiciero nocturno, básicamente porque ni personajes (incapaces de tener un mínimo de interés en lo referente a su construcción, ni los principales ni mucho menos unos secundarios excesivamente caricaturizados como por ejemplo los policías corruptos) ni historia, con momentos no ya inverosímiles en sí mismos y en lo concerniente a su credibilidad sino rozando por momentos el ridículo, especialmente porque Julien Seri se empeña en querer otorgarle al film una supuesta y muy falsa trascendencia en vez de tirar hacia la serie B más desinhibida, en este aspecto resulta realmente irrisorio el cambio narrativo que vemos en el larguísimo epílogo de sus veinte últimos minutos, si hasta ese momento la trama ya era de por sí bastante descabellada y muy poco creíble a partir de ese momento se pasa a lo grotesco de manera directa.

“Desde allá” transita principalmente y de forma clara a través de la ambigüedad emocional y la austeridad explicativa en lo referente a su narrativa, hay un pasado que no se nos llega a contar pero se intuye levemente, al igual que ciertos actos del cual somos testigos y que tenemos que ir interpretando a medida que avanza la película, todo ello en una Caracas contemporánea desangelada y sórdida como escenario en donde se nos muestra mundo sin cualquier atisbo de esperanza direccionada en la relación que se establece entre dos personajes muy duros y complejos (notables Alfredo Castro y Luis Silva) completamente antagónicos entre si y marcados por un destino a la deriva, tanto en lo emocional como en lo coyuntural, ambos, de diferente manera, incapaces de poder relacionarse con su propio entorno, una compleja relación entre dos seres de un extracto social y cultural muy diferente, en donde la paternidad y la homosexualidad termina convirtiéndose en una especie de condena moral y estigma social en lo referente a sus vidas. Lorenzo Vargas utiliza de un modo acertado el recurso de la filmación fuera de campo en prácticamente todo el metraje de la película a modo premonición fatalista, bajo una mirada tan gélida como completamente neutra el film transita tanto como un emotivo lienzo acerca de la carencia afectiva que sufren los dos personajes principales o como también una metáfora social de las diferencias de las clase existente en la Venezuela actual, un país que da la sensación que cada vez es más difícil el poder confrontar ideas y actitudes.



«Hush» narra la historia de una joven escritora que se quedó sorda en su adolescencia y vive aislada en una casa en medio de la nada. Una noche comienza a ser acosada por un misterioso hombre enmascarado, sin la posibilidad de pedir ayuda, por lo que tendrá que ingeniárselas para salir airosa de su acosador.

Norte de Italia, siglo XVII. En un monasterio, una monja acusada de brujería seduce a un joven confesor quien se niega a ceder a la ardiente tentación. Una lucha de deseos, ilusiones y mentiras que se arrastrarán de forma inesperada hasta la actualidad…
No deja de ser curioso de que en «Sangue del mio sangue» asistamos a varis roturas de la ortodoxia cinematográfica más tradicional ya sean a un nivel meramente narrativo o conceptual, el film se compone argumentalmente de dos tiempos ubicados en un mismo espacio, un monasterio, un pasado ambientado en el S. XVII en donde somos testigos de la llegada de un joven y apuesto militar de familia acomodada a un convento en busca de respuestas, su hermano gemelo, cura del lugar se ha suicidado y no podrá ser enterrado en la tierra sagrada como es deseo de la familia, una muerte según cuentan por la influencia amorosa de una joven monja, una mujer a la que los párrocos del convento tratan de sonsacar una confesión a la fuerza de su supuesto pacto con el diablo y el presente en donde vemos como un viejo vampiro apodado el “Conde” ve amenazada su plácida y arcaica existencia cuando un millonario ruso representado por un joven empresario italiano muestra interés por comprar su actual morada, el mismo convento en el que hace siglos fue encerrada la joven acusada de brujería, ambos pasajes temporales vertebrados con el Nothing Else Matters de Metallica, cantada a cappella y en clave misa como punto rupturista de ambas acciones en donde vemos primero como el crimen de la religión y la falsa moral se acaban transformado en otro crimen, en esta ocasión tanto a un nivel capitalista como tiránico y conservador en su segunda historia, pecados que equivalen a la maldad y cierto decrepito que sacudía la sociedad italiana cuatro siglos atrás, y que sigue sacudiéndolo a día de hoy, dos mundo que en un principio deberían ser completamente antagónicos por el tiempo que los separa pero que terminan convergiendo en la quintaesencia de un mal endémico de una región en concreto, de un país o de una sociedad en definitiva.
Python y Janet reciben como regalo de boda unas tierras en las que construir su hogar. Al preparar el suelo para la futura casa, el novio encuentra unos huesos humanos. Será el primero de una serie de hechos extraños que culminan con la irrupción de un turbulento espíritu en las nupcias.
En cierta manera «Demon» se sitúa en las antípodas del prototipo relato trillado en lo referente a su formulario meramente genérico, es por ello que convendría avisar al espectador despistado de las intenciones y posterior resultado que puede dar un producto de estas características, una expectativas erróneas pueden llevar a un análisis del film totalmente equivocado en lo referente a sus intenciones, una película que en apariencia puede parecer decirnos muy poco, e incluso en un principio dar la sensación de moverse en un terreno algo superficial, solo en apariencia pues el director polaco consigue cohesionar a través de una amalgama genérica diversa (drama, comedia, terror) el trasportar la génesis del producto a ese tipo de cine que se estructura en base a diversas capas y múltiples lecturas, las tradiciones nupciales y todo lo que lo rodea alrededor de las bodas polacas expuestas aquí a través de una mirada en apariencia absurda (un tono que por momentos la direcciona de una forma palpable a «El ángel exterminador» de Buñuel), casi de tintes y trazo surrealista pero que con su transcurso sabe llegar a cohesionarse de manera sabia hacia el prototipo relato fantástico tradicional que aquí bebe del folklore judío en base a una historia mostrada bajo un tono claramente costumbrista que llega a caminar entre la comedia negra y el cuento oscuro de atmosfera malsana.
Valoración 0/5: 4
“Midnight Special” nos cuenta como el pequeño Jaeden Lieberther emprende una huida junto a su padre tras descubrir que posee ciertos poderes especiales, lo que comienza como una carrera para huir de extremistas religiosos y fuerzas del orden locales pronto se convertirá en una persecución a nivel nacional en la que participan los más altos niveles del gobierno federal.
Podríamos aseverar sin riesgo a equivocarnos que hasta ese momento «Midnight Special» funciona de una manera casi excepcional, desde su inmaculado casting encabezado por el actor fetiche del director (un inconmensurable Michael Shannon) hasta su definida y espléndida banda sonora a cargo del habitual David Wingo, así como su acertada y dosificada estructura narrativa impuesta hasta ese momento por Jeff Nichols, es en la parte final del film cuando podemos apreciar como el asunto se le va un poco de las manos, esa grandilocuencia puramente fantástica que vemos no acaba de estar plenamente cohesionada con el resto del relato, da la impresión de que a la hora de recurrir a esos referentes antes aludidos de forma plena en su clímax final Nichols pierde algo de consistencia en lo referente a narrativa y estilo, tanto en lo concerniente a su puesta en escena como en la labor de intentar imprimir una estructura bien definida, el conjugar adecuadamente dos vertientes tan marcadamente diferenciadas como pueden ser un realismo inherente de un universo personal con situaciones propias del cine fantástico de tono más mainstream no termina de ser una tarea fácil, es algo al alcance de muy pocos, en lo concerniente a esta vicisitud en particular Jeff Nichols solo lo consigue a medias.


Uno de los mayores problemas a la hora de enfrentarnos a un film de las características de «Darling» reside en su muy endeble guion, no hay una narración argumental valida en lo referente a su desarrollo, estamos ante esa clase de productos en donde cualquier excusa vale para un propósito final, en este caso dado tanto por su inverosimilitud en lo concerniente a varios aspectos de su historia (realmente hay una necesidad real de una cuidadora en la casa) como por la poca profundidad en lo referente a su historia y personajes, tampoco la ambivalencia que quiere dotar Mickey Keating al conjunto llega a ser de un nivel satisfactorio, para crear o sugerir una duda (en este caso lo referente a si realmente la protagonista llega a estar desequilibrada por ella misma o por causa de la casa) se requiere de una consistencia evolutiva por parte del personaje principal (uno de los puntos positivos de «Darling» es la esforzada interpretación de Lauren Ashley Carter, rostro muy reconocible dentro del género actual)algo que no ocurre principalmente por el tono casi episódico que llega a emplear Mickey Keating a la historia, un irregular lienzo estilístico en donde se llega a abusar en algo del fotograma abrupto como mero vehículo gratuito a la hora de intentar perturbar al espectador.
Valoración 0/5:2’5
Lamentablemente la película 













