«Horror Noire: A History of Black Horror» review

Basado en el aclamado libro del mismo nombre escrito por Robin R. Means Coleman (productor ejecutivo del documental) Horror Noire lanza una mirada crítica y cronológica a un siglo de películas de género, desde el cine mudo hasta su reciente resurgimiento con películas como los éxitos comerciales Get Out o Us, films que de alguna manera usaron, caricaturizaron, explotaron y dejaron de lado a los cineastas y al público negro. El documental comienza echando una mirada a principios del siglo XX tomando como referencia el film de D.W. Griffith Birth of a Nation, película que supone una epopeya sobre la conciliación nacional estadounidense de raza blanca, sin embargo para los espectadores de origen afroamericano deviene como una serie de perturbadoras imágenes.

Con respecto a Robin R. Means Coleman, responsable del magnífico libro que da pie y del que parte el documental que nos ocupa, este declaraba como El género de terror funciona como una pedagogía avanzada e inquebrantable. No deja de ser un interesante material de estudio acerca de nuestro entorno social, político y racial. Las películas de terror son fascinantes, por una razón u otra se enorgullecen de aliarse a lo considerado como tabú, mientras confunde nuestro sentido del bien y del mal, de lo monstruoso y lo divino o lo sagrado y lo profano. Es una de las formas de entretenimiento más intrépidas en el estudio de nuestra humanidad y nuestras debilidades. La síntesis aquí explicada tan brevemente pero con tanta claridad por parte del escritor deviene como perfecta a la hora de situar en importancia y contexto un trabajo de las características de Horror Noire, el estudio que otorga el documental de genero a modo de herramienta pedagógica resulta incuestionable, especialmente el relacionado a un cine pretérito y su posterior desarrollo, en este caso el que nos ocupa incide en que el cine de horror para los espectadores de raza negra no es lo mismo, de hecho nunca lo ha sido, que para las audiencias blancas.

No deja de ser curioso que en un trabajo que indaga acerca del terror negro y que pretende ser riguroso en relación a su propia cronología, no es hasta bien entrado el ecuador del documental en que llegamos a la que es considerada por muchos como la primera película de terror negro oficial como es el Blacula de William Crain, la historia contada en Horror Noire bascula sobre dictados en donde muy a menudo se pasaba por alto, por ser considerados demasiado incendiarios por muchos historiadores, académicos y críticos, otros muchos trabajos anteriores al citado que entran de lleno en la temática genérica aquí abordada. Como resultado, este documental es tanto el retrato del desarrollo de una historia social como el de una historia cinematográfica, una mirada a la forma y la sensibilidad de la práctica industrial durante décadas que comienza en la era del cine mudo con el éxito de D.W. Griffith Birth of a Nation, film cuyas inquietantes escenas nos muestran entre otras muchas por ejemplo a un fugitivo (interpretado por un actor blanco con la cara negra) persiguiendo a una mujer blanca para luego ser linchado por el Ku Klux Klan, esta síntesis, o si se me permite paradoja, la convierten de alguna manera en una especie de película de terror invertida, la película se consideró una epopeya heroica en su momento, pero vista hoy puede parecer a más de uno una auténtica pesadilla.

Horror Noire resalta que dichas audiencias y creadores negros tienen perspectivas muy personales sobre lo que es y lo que representa el género poniendo de manifiesto que el horror negro no es solo un subgénero más sino también un replanteamiento de lo que realmente significa dicho concepto visto a través de otras perspectivas. Un documental básico que funciona en cierta manera con el piloto automático al ser un trabajo de manual que tiene la gran virtud de que lo que se nos cuenta resulta bastante más interesante que en la forma en que lo hace. La sección Seven Chance de la pasada edición del festival de Sitges, ahora reciclada en una especie de cajón de sastre genérico en donde todo parece tener cabida, tuvo para bien el poder ofrecer la posibilidad de ver este documental, un doble merito, la elección y la oportunidad, especialmente a través de un trabajo de difícil acceso para el espectador de estas latitudes, si no estás abonado en Estados Unidos al servicio de streaming de la cadena Shudder difícilmente tendrás acceso a él si no se recurre a la piratería digital, un canal que curiosamente está siendo muy activo últimamente en esto de indagar en el género fantástico produciendo series como la reciente serie documental Cursed Films, en donde se explora las trágicas y extrañas coincidencias fatalistas habidas durante las producciones de muchas películas de género fantástico, la renacida Creepshow también en modo de serie o rescatando por otra parte para su catálogo documentales que parecían ya perdidos como el excelente Smoke and Mirrors: The Story of Tom Savini, trabajo curiosamente visto hace años por parte de un servidor en la misma sala que esta interesante Horror Noire.

Hacia el final de Horror Noire el documental intenta discernir sobre la actualidad y esta inevitablemente nos lleva al Get Out de Jordan Peele. El mismo Peele habla de cómo el protagonista principal acababa el relato en la cárcel, sin embargo admite que cambió de opinión en parte como respuesta personal a las desalentadoras noticias de ese momento, y en el actual pues hablamos de algo cíclico que da la impresión de no desaparecer, acerca de la violencia policial contra los jóvenes negros. Xavier Burgin termina sugiriéndonos de forma acertada que ciertas películas no solo son un fiel reflejo de su época, sino que también de algún modo pueden poner su granito de arena a la hora de poder reescribirlas. Es a través de varias conexiones culturales y sociales como estas y otras más que Horror Noire justifica de alguna manera su propia razón de ser.

Valoración 0/5: 3

«A Beautiful Day in the Neighborhood» review

El periodista Lloyd Vogel recibe la misión de indagar en la figura de Fred Rogers. La empatía, amabilidad y decencia de Fred desarman a Vogel y lo obligan a examinar su propia vida.

Tomando como base argumental el artículo publicado en 1998 en la revista Esquire el tercer trabajo tras las cámaras de la realizadora Marielle Heller, tras sus nada desdeñables The Diary of a Teenage Girl y Can You Ever Forgive Me?, atesora una doble virtud que hacen junto a algunos otros atributos más una de las propuestas más interesantes de las estrenadas comercialmente en este especialmente atípico 2020, por un lado el encontrarnos ante un material excesivamente proclive a esa melosidad hollywoodiense tan característica en este tipo de productos, la relación entre dos personas en principio antagónicas, un ser de innegable luz blanca y otro de connotaciones bastantes más escépticas con el consiguiente replanteo del segundo a causa del discurso expuesto a través de diversas discusiones por parte del primero, material este que narrativamente que no deja de ser un continuo campo de cultivo en base a un subrayado visto ya en demasiadas ocasiones, por fortuna A Beautiful Day in the Neighborhood aun partiendo de cimientos ya transitados va bastante más allá que dicho concepto rompiendo la  preconcepción de lugares muy comunes a la hora de ofrecernos un discurso en donde el control de la inteligencia emocional se erige como principal statu quo del relato.

La otra virtud, entre las muchas que podemos encontrar en A Beautiful Day in the Neighborhood, viene dada en referencia a la exposición que hace Marielle Heller y sus guionistas Micah Fitzerman-Blue y Noah Harpster del consabido biopic al uso, aquí tomando una realidad como base principal a la hora de construir una supuesta ficción, encontrándonos en las antípodas del re visionado de un mito de la cultura pop norteamericana, de hecho el personaje interpretado por Tom Hanks, pocos actores logran pese a repetir sistemáticamente dicho rol saber adecuarse tan bien a este tipo de personajes, no deja de ser una especie de mcguffin dentro del relato en referencia a una figura tan popular dentro de los Estados Unidos, toda una institución como resulta ser Fred Rogers, del cual no estaría de más revisar para los que se sientan interesados por el personaje el notable documental Won’t You Be My Neighbour? de Morgan Neville en donde en cierta manera se arrogan luces y alguna que otra sombra acerca la personalidad de Rogers. A Beautiful Day in the Neighborhood sin embargo utiliza el concepto del biopic a la hora de contarnos una historia limítrofe que se retroalimenta de la ya citada, en cierta manera la historia principal versa acerca el personaje de Tom Junod, aquí bautizado en la película con el nombre de Lloyd Vogel , interpretado con bastante temple por parte de Matthew Rhys, dicho personaje en realidad vertebra todo un relato que da la sensación de anidar en relación a una toxicidad acerca de las relaciones paternas, Junod se encuentra en un momento clave, y bastante contradictorio, de su existencia, el reciente nacimiento de su hijo y la súbita aparición de un padre ausente, eje principal del trauma, hacen que dicho personaje replantee su total incapacidad a la hora de gestionar sus propias emociones, será en el encuentro entre ambos, en ese contraste entre amabilidad y crispación, en donde uno de los interlocutores duda de la autenticidad del otro cuando haga acto de aparición la colisión entre el supuesto cinismo y parte de misantropía, arraigado por los acontecimientos que le ha tocado vivir, de uno, y la comprensión, de alguien que si sabe manejar la generosidad en beneficio suyo y de sus allegados, del otro.

Alejada  en todo lo posible del feel good movie seguramente lo mejor de A Beautiful Day in the Neighborhood radique en esa supuesta autenticidad expuesta a través de los pequeños detalles, no tanto en referencia a su no militancia acerca de la bondad humana y si más en el hecho, o más bien en la pedagogía, de poder saber articularla, en cierta manera la trama narrativa planteada por Marielle Heller apenas llega a ser perceptible en referencia a su casi nulo desarrollo argumental, de alguna forma el relato no deja de ser una especie de fábula, percibida como amable pero no edulcorada, del efecto de una particular filosofía aplicada a las personas, será en relación a ese tipo de sutilezas en donde A Beautiful Day in the Neighborhood en su condición de historia que exorciza demonios internos adquiera sus muy apreciables atributos, como botón de muestra nos encontramos con esa demostrativa escena con los dos personajes principales sentados en un bar, Fred Rogers le pide a Lloyd Vogel que se tome un minuto de silencio a la hora de recordar a todos los seres queridos que han tenido un papel relevante en su vida, en parte no solo se lo pide a Vogel sino a todos los comensales que se encuentran en ese momento en el restaurante, por ende también al espectador como lo demuestra ese impresionante plano en donde Tom Hanks rompe la cuarta pared, también bastante premonitoria resulta otra escena, la final, en donde vemos a un solitario Rogers tocando el piano mientras se apagan las luces del estudio de TV en donde ha estado grabando el programa televisivo, toca con cierta agresividad según que melodías, se trata de uno de sus métodos para liberar tensión cuando algo le perturba, en base a estas series de pequeñas sutilezas es cuando nos damos cuenta de que en realidad Rogers es un ser humano, provisto de un exceso de bondad, pero humano al fin del cabo, dualidades emocionales a fin de cuentas expuestas a través de un notable catálogo de gestualidades afectivas que ponen el dedo en la llaga acerca de intentar enterrar, o por defecto hacerle frente, a esos fantasmas residuales que solemos atesorar en nuestra psique en base a las relaciones humanas que nos ha tocado vivir.

Valoración 0/5: 4  

 

 
 

«The Vast of Night» review

The Vast of Night nos sitúa en Nuevo México, Estados Unidos en la década de los años 50. Dos trabajadores de una radio local, un operador de radio y un pinchadiscos descubren una frecuencia que podría cambiar su vida y la de toda la humanidad para siempre, líneas telefónicas caídas, sospechosas señales de radio, bobinas de cintas ocultas en una biblioteca y una misteriosa llamada telefónica anónima llevarán a nuestros protagonistas a una peligrosa búsqueda hacia lo desconocido.

Tiempos algo extraños dentro del fantástico los acontecidos en estos últimos meses de este atípico 2020, si existe un género cinematográfico que está continuamente reinventándose en busca de nuevas fórmulas de entretenimiento indudablemente es este, posiblemente esa necesidad de abordar, o en el peor de los casos intentarlo, nuevas vías venga en la medida de ser un género que lejos de anclarse en la complacencia de un público va evolucionando casi al unísono de unas nuevas generaciones de aficionados que ya parece que no solo se conforman con que la propuesta de alguna manera les sorprenda sino que en cierta manera y si se da el caso exigir que se rinda una especie de pleitesía hacia un tipo de cine ya pretérito.

Dentro de ese pequeño festival lleno de buenas intenciones como es el Americana siempre ha habido un pequeño resquicio para algún film que indague sin muchas fisuras derivativas dentro del género fantástico independiente inédito en nuestro país, algo que en cierta manera tiene su mérito, siempre que la propuesta lo valga naturalmente, dada la excesiva proliferación de festivales especializado en dicho género que copan la gran mayoría de dichos productos, en esta edición el turno recayó en el segundo trabajo tras las cámaras del realizador Andrew Patterson titulado The Vast of Night, la extrañeza más arriba citada con respecto a este y otro film viene en la medida de cómo durante el confinamiento derivado por la pandemia una película de genero de tan dudosa calidad como The Wretched de Brett Pierce y Drew T. Pierce ha conseguido un auténtico record de visionados vía streaming, algo que en cierta manera tampoco es ninguna novedad pues la historia está plagada de films de terror de seria B que han rendido en taquilla muy por encima de lo que en realidad son sus posibilidades, con respecto a The Wretched seguramente sin existir esta excepcionalidad que nos ha tocado vivir hubiera pasado totalmente desapercibido dentro de ese interminable catálogo de películas de genero destinadas a la televisión por cable.

Con The Vast of Night y su inclusión en Amazon Prime, aunque de una forma local, ha pasado algo parecido en referencia a una serie de dialécticas, seguramente ocasionadas por la excepcionalidad antes comentada, que han llevado de alguna manera a la película ha situarla muy por encima de lo que en realidad son sus posibilidades, dicho de otra manera, el dialogo orquestado sobre ella puede resultar terminando bastante más interesante que lo que es en realidad el producto en cuestión, a fin de cuentas un muy modesto film que juega todas sus carta a favor de un estilo y empaque visual en detrimento de cualquier tipo de narrativa que resulte adecuada a unas imágenes que dan la impresión de buscar a toda costa una personalidad propia que a un servidor le cuesta bastante reconocer. La polémica, en parte absurda, como la mayoría que se producen en las redes sociales, vino en la medida por parte de un colectivo de aficionados que había encontrado multitud de virtudes en la película en buscar una explicación de su no inclusión en la pasada edición de un Festival de Sitges que la rechazo el pasado año, en este apartado entraríamos en una discusión que requeriría de muchas más líneas y de una profunda reflexión a la hora de percibir como muchos festivales de cine presentan programaciones que parecen destinadas a un público que el mismo evento ha ido formando durante años a su propia conveniencia llegando inexorablemente a un punto de autocomplacencia, tanto por parte del público como del propio certamen quedando bastante alejados de aquel concepto en donde los festivales cinematográficos eran un terreno propicio para la trasgresión, la polémica sana y el debate ocasionado por una programación que era inexistente en el ámbito de los estrenos comerciales.

Centrándonos ya en la película con todos los defectos que puede atesorar The Vast of Night la cinta de Andrew Patterson tiene conceptos bastantes más interesantes que el cincuenta por ciento de la vasta programación que suele presentar cada año Sitges, también fue posiblemente uno de los titulo más interesantes vistos este año dentro del Americana, independientemente de su aparente adscripción genérica estamos ante un film que representa casi a la perfección la validez, o lo entendible de ella, de saber transitar con cierto aplomo los recovecos de lo que viene a representar la esencia del cine independiente, básicamente y resumiendo la originalidad técnica o narrativa por encima de los medios disponibles a la hora de su plasmación fílmica. Dicho esto no estaría de más el contextualizar y en parte clarificar ciertas etiquetas otorgadas de antemano al film de forma algo confusa y precipitada que pueden llevar al despiste al espectador poco precavido, principalmente el referido a equipararla en base a ser un clon surgido del imaginario de la fundamental The Twilight Zone, a tal respecto señalar que la película de Andrew Patterson pese a anidar en todo momento a través de un toque retro que se sustenta básicamente en base al homenaje o la referencia de la mítica serie creada por Rod Serling no lo es tanto en el espíritu entendido como tal, al comienzo del film vemos una pequeña pantalla de televisión que emite un programa en blanco y negro a modo casi de némesis del de Serling titulado Paradox Theatre que segmenta el relato de forma episódica de forma muy forzada sirviendo de preámbulo o introducción a la narrativa que se nos va a relatar a partir de ese momento, a tal respecto las similitudes son clónicas solo en apariencia, o sea a través de su supuesta carcasa en donde se percibe una estética algo forzada, sin embargo la auténtica naturaleza de la película da la sensación de recurrir a texturas más propias de la Amblin de los años 80 que a la propia The Twilight Zone. Posiblemente una de las mayores virtudes que podemos encontrar en The Vast of Night consista en ver como Andrew Patterson se las ingenia, a través de diversos recursos técnicos tales como efectivos planos secuencia, para intentar disimular un argumento bastante simple que en parte no va más allá de lo que es su propia premisa, supuestos avistamientos de ovnis, visitas y secuestros alienígenas ubicados en una época que anida a través de la perplejidad de sus habitantes, a tal respecto The Vast of Night es esa clase de relatos que intenta evoca los dramas de radio de tiempos pretéritos, el tipo de cuentos fantásticos que en parte llevaron a multitud de familias a reunirse alrededor de su aparato de radio y escuchar hasta altas horas de la noche ficciones fantásticas, historias en definitiva con un trasfondo que puede devenir como muy amplio pero contadas aquí de una forma tan simple y sutil como efectiva por mucho que se caiga en la contradicción y en parte en la paradoja del abuso de la imagen y sus recursos estéticos a través de un relato que curiosamente versa principalmente acerca del valor, y el misterio en su variante fantástica, de la comunicación establecida por las palabras.

Valoración 0/5:2’5

«Pelican Blood» review

Wiebke vive con su hija adoptiva Nicolina y acaba de adoptar a Raya. Las dos hermanas parecen llevarse bien, pero la pequeña empieza a mostrarse agresiva y a ser un peligro para los demás. Ante la situación, Wiebke tendrá que enfrentarse a una serie de extremas decisiones para proteger a sus pequeñas.

En estos últimos años el festival de Sitges ha sido un perfecto campo abonado y correspondiente escaparate a la hora de mostrar nuevas autorías genéricas surgidas a través de una mirada femenina, una vicisitud que a día de hoy se percibe como normalizada, en parte esto no dejaba de ser un déficit histórico que afortunadamente en la actualidad parece ya superado en referencia a su excepcionalidad, la indagación de realizadoras dentro del fantástico empieza pues a ser un denominador común como bien podemos comprobar en trabajos de autoras como Jennifer Kent, Julia Ducournau, Anna Biller o Ana Lily Amirpour por ejemplo, posiblemente la alemana Katrin Gebbe al contrario que las compañeras arriba citadas se ha ido acercando al género fantástico de una forma algo más sutil y menos expeditiva, algunos lo contemplaran como una aproximación en cierta manera no fundamentada en referencia a su auténtica adscripción genérica, Gebbe con su opera prima Nothing Bad Can Happen transitaba en un oscuro drama familiar ubicado a través de una crónica real, tras formar parte de la colectiva The Field Guide to Evil Pelican Blood se presenta como su trabajo más ambicioso realizado hasta la fecha, también el más ambiguo y difuso genéricamente.

En las pasadas crónicas del festival de Sitges hemos ido incidiendo, posiblemente de una forma bastante reiterada, en esa difusa adscripción arriba citada en el género fantástico de muchas de las películas presentes en el certamen, en un buen número de ellas impera en mayor o menor medida una indagación que se percibe como parcial o inacabada, a tal respecto las hibridaciones genéricas están a la orden del día casi a modo de un nuevo estatus autoral que años atrás era ciertamente complicado de ver pero que en la actualidad están a la orden del día, Pelican Blood, presente estas semanas en el Atlàntida Film Fest tras su paso por Sitges el pasado mes de octubre podría ser un buen ejemplo de todo ello, el film de la alemana Katrin Gebbe parte y se desarrolla a lo largo de una gran parte de su metraje a través de una premisa de claro índole dramático, su narrativa también da la sensación de no salirse de una tangente reconocible y preestablecida a la hora de abordar un complejo estudio psicológico acerca de las diferentes divergencias adyacentes en un estudio algo oscuro acerca de la maternidad, será en el tramo final de la película, en su resolución, cuando se recurra a un fantástico aderezado con algún que otro apunte direccionado al folk horror o al cine de posesiones ubicado en esta ocasión dentro del gótico estadounidense.

La pregunta vendrá dada en la medida de averiguar si dicha deriva o divergencia genérica desvirtúa o por el contrario llena de matices el relato en cuestión, digamos que ni una cosa u otra, Pelican Blood se sitúa en un punto indeterminada siendo todo una particularidad, imperfecta a todas luces, a tener en cuenta dada su atípica naturaleza, el film de Katrin Gebbe nos habla básicamente de una abnegación materna que continuamente está siendo torpedeada en lo concerniente al trauma, el proveniente de la nueva adopción y el ya adyacente con anterioridad por parte de la protagonista, en esta relación, y en parte confrontación, materno-filial percibida como resquebrajada una omnipresente Nina Hoss, que este año repite papel como madre en la encrucijada tras la notable La audición de Ina Weisse, deviene como un activo importante a la hora de contarnos una historia delimitada territorial y moralmente en los márgenes de la sociedad que aquí es percibida en su estética en base a un clima gélido gracias especialmente a una notable fotografía a cargo de Moritz Schultheiß, la trama animalista en esta ocasión actuara a modo dual, el personaje principal se niega a renunciar, tanto a la complicada enseñanza de un caballo como a la niña recién adoptada de la cual cree que sin importar lo que haya sufrido en el pasado puede ser redimida a través del amor puro que una nueva madre le puede otorgar, su conclusión, pese a una cierto falta de verisimilitud argumental, por otra parte lógica dada la dirección tomada, añadirá varios matices a una cinta que tiene al menos la virtud de no transitar en la complacencia en lo relativo a una función reflexiva que profundiza básicamente a través del concepto del adiestramiento emocional.

Valoración 0/5: 3

«Leap of Faith: William Friedkin on The Exorcist» review

Ensayo fílmico lírico y espiritual sobre El exorcista, la ultimísima película de Alexandre O. Philippe explora las profundidades inexploradas de la mente de William Friedkin, los matices de su proceso creativo y los misterios de la fe y del destino que han modelado su vida y su filmografía.

Como hemos venido comentado anteriormente en otras reseñas con respecto a la notable Memory: The Origins of Alien Alexandre O. Philippe fue indiscutiblemente uno de los nombres propios de la pasada edición del Festival de Sitges, un realizador cuyo trabajos dentro del documental han ido mejorando visiblemente conforme se ha desarrollado su trayectoria como bien lo demuestra el cómo de trabajos de índole casi anecdótico como por ejemplo The People vs. George Lucas o The Life and Times of Paul the Psychic Octopus ha pasado a otros de un mayor empaque como su notable 78/52, Leap of Faith: William Friedkin on The Exorcist, bastante diferente en su estructura al título que analiza la película de Ridley Scott, fue su segundo trabajo tras las cámaras que se pudo ver en el certamen el pasado mes de octubre, un documental que sin embargo huye de ser prototípico en relación a una función que sigue siendo inequívocamente didáctica para con el espectador pero que aquí sustituye el consabido desgrane y análisis global de un autor o una obra por parte de terceros, en el caso que nos ocupa la seminal The Exorcist, para ofrecernos desde dentro una apasionante reflexión acerca del proceso creativo que termina bifurcándose hacia toda una obra expuesta y diseccionada a cargo de una sola voz, la del propio creador, William Friedkin.

La fórmula aquí expuesta por evidente que resulte no deja de ser exitosa en el caso que nos ocupa, tan solo seis días de rodaje y una exposición a modo de testimonio desnudo y lujoso audio-comentario resultante de una extensa entrevista en donde William Friedkin analiza un proceso de construcción que deviene como muy personal, el quid de la cuestión en referencia a dicho formato queda en manos exclusivamente de su interlocutor, si por ejemplo este hubiera sido por poner un ejemplo John Carpenter el resultado sería bastante diferente, es en dicha síntesis narrativa en donde Leap of Faith: William Friedkin on The Exorcist resulta ciertamente interesante pues a fin de cuentas la clarividencia aquí va bastante más allá que una simple disección de anécdotas ocurridas en relación a un rodaje en concreto. Siempre es interesante escuchar lo que dice William Friedkin, pero especialmente resulta interesante en como lo dice, la información a tal respecto deviene como valiosísima, siendo ciertamente encomiable la pasión con que el responsable de To Live and Die in L. A recuerda cada mínimo detalle de una cinta que en el año 1973 cambió de alguna manera lo que sería a partir de entonces la historia del género de terror, a tal respecto ni que decir tiene que para los fanáticos de la película constituirá un auténtico tesoro que difícilmente verán en cualquier edición extra del film en formato doméstico, poco importara que el responsable de The French Connection en su continuo y muy profundo monologo se pueda percibir una cierta sensación de superioridad cultural con respecto a sus interlocutores, algunos lo llamaran pedantería, lo importante es que esta mirada no sea impostada pues a fin de cuentas el testimonio como tal deviene como inabarcable en referencia a sus numerosos matices.

Como documento excepcional y brillante acercamiento a una obra que es Leap of Faith: William Friedkin on The Exorcist, proyecto que curiosamente se gestó hace un par de años en un Sitges en donde coincidieron y se conocieron por primera vez un homenajeado William Friedkin y un Alexandre O. Philippe que presentaba en el certamen su 78/52, este queda finalmente expuesto a modo de un interesante making of de lujo que cuenta con el añadido del acierto de un Alexandre O. Philippe que opta por apartarse en referencia al autor, aquí expuesto desde su primer plano a través de una abrumadora confesión que extrapola el concepto de la puntual descripción de una supuesta obra maestra del género que curiosamente acabo siendo concebida a modo de un acto de fe autoral.

Valoración 0/5: 4

«The Juniper Tree» review

A finales de la Edad Media, la joven Margit (Björk) y su hermana mayor Katla huyen a las montañas después de la muerte de su madre, quemada por brujería. Ambas encuentran refugio con Jóhann, un viudo que vive con su hijo pequeño Jónas. Mientras Katla trata de seducir al campesino, Margit y Jónas se hacen buenos amigos. Pero el pequeño está convencido de que Katla es una bruja y la odia profundamente.

En ese delicioso cajón de sastre en que parece que se ha convertido la actual sección Seven Chances dicho apartado sigue dando la oportunidad de recuperar un tipo de cine que en parte es desconocido para la gran mayoría de público que suele asistir al festival de Sitges, un material que merece un rescate en este caso a modo de un único visionado en pantalla grande, a tal respecto no hace falta remontarse 50 años atrás para encontrar rarezas cinematográficas por descubrir, las hay bastante más recientes como por ejemplo resulta ser The Juniper Tree, película filmada en el año 1990 y que posiblemente mucha gente tendrá una ligera noción sobre ella en la medida de estar interpretada por una joven Björk, la restauración en tecnología 4K, por parte de la Wisconsin Center for Film & Theater Research y The Film Foundation que en esta ocasión conto con la estimable ayuda de la George Lucas Family Fundation, de la opera prima de una prematuramente fallecida Nietzchka Keene, realizadora que solo pudo dirigir dos películas más, la televisiva Heroine of hell (1996) y Barefoot to Jerusalem (2008), y que tuvo un estreno limitado en cines a finales de 2019 gracias a Capricci Cine, devino en el pasado Sitges una oportunidad única de poder descubrir una sorprendente y fascinante obra que nos sitúa a medio camino entre la brujería medieval y el estudio a través de dicho parámetro genérico de lo que vendría a ser la emancipación femenina de aquella época.

Bajo un atemporal, imponente y exquisito blanco y negro expuesto en base a un portentosa fotografía a cargo de Randy Sellars The Juniper Tree entra en esa tan especial catalogación de films hasta ahora casi inencontrables que han sido condenados a un inexplicable y en parte caprichoso aislamiento cultural hasta día de hoy, rodada en los agrestes paisajes islandeses y ambientada en el final de la cruenta Edad Media el film de Nietzchka Keene parte de unos postulados autorales muy propios que aquí adapta muy libremente un oscuro relato de los hermanos Grimm titulado El enebro, a tal respecto la película indaga en conceptos tan atrayentes como es ese paganismo ubicado dentro del folclore nórdico que da la impresión de estar en una continua colisión respecto a lo considerado humano e esotérico. Definida por muchos como un cuento de hadas de índole feminista The Juniper Tree es de esas películas que hayan su principal referencia a través de unas imágenes que son percibidas como muy primarias, en ellas atisbaremos diferentes imaginarios que nos pueden hacer recordar al cine de Bergman,  Tarkovski y evidentemente Dreyer, por fortuna esto no deja de ser una mirada de connotaciones básicamente estéticas y en parte algo fugaces, en The Juniper Tree se intuye para bien un discurso autoral ciertamente interesante, de alguna manera adelantado a su época, aquel que indaga a través de las líricas provenientes de las sagas nórdicas ubicadas en un universo en donde el estigma actúa a modo de poético aquelarre, también existe una segunda lectura algo más soterrada si se quiere, provista de consonancias más demoledoras aun si cabe que iría más allá de una cruda y mística medieval por la cual el relato da la sensación de vertebrarse, aquella que lejos de mucho cine contemporáneo que se autoproclama feminista en base a continuos subrayados a cual más evidente está relacionado con el concepto de la superstición pagana, será en base a dicha mirada en donde se atisba una atroz misoginia de connotaciones atávicas de la que seremos testigos a través de la tesitura de cómo las protagonistas femeninas han de sobrevivir de alguna manera u otra a modo de acompañantes de hombres legitimados socialmente para proveer el que es su sustento básico.

A través de su atmosfera y de sus poderosas imágenes The Juniper Tree como obra sin un tiempo determinado que es vuelve a poner de manifiesto que lo insondable aplicado al fantástico no calibra de códigos o coordenadas actuales o pasadas que anidan en lo obvio o lo evidente, en cierta manera en este poético aquelarre islandés lo suyo es más bien crear turbulentos a la vez que sutiles imaginarios a partir de la simple sugestión visual en relación a una caligrafía que treinta años después de su realización continua siendo tan arriesgada como fascinante, todo un logro digno de resaltar y más viendo las nuevas autorías surgidas del fantástico actual.      

Valoración 0/5: 4

«Il signor Diavolo» review

Carlo es un chico de 14 años que ha matado a otro llamado Emilio, a quien cuidaba el párroco local. El Ministro del Interior italiano quiere saber qué es exactamente lo que ha sucedido, ya que la relación entre la Iglesia y las instituciones políticas no pasa precisamente por su mejor momento. Carlo acusa al diablo de ser el responsable de lo sucedido y comenta la influencia que ha tenido sobre él una monja. El adolescente está convencido de que Emilio fue el responsable de la muerte de Paolino, su mejor amigo, dos años antes.

Uno de los puntos álgidos de la pasada edición del Festival de Sitges fue el reconocimiento en forma de un merecido homenaje otorgado al veterano realizador italiano Pupi Avati, en su extensa carrera como director, en donde ha transitado por casi todos los géneros cinematográficos habidos y por haber, comedia, cine histórico, drama etc, encontraremos algunas indagaciones dentro del fantástico ciertamente interesantes como por ejemplo Balsamus l’uomo di Satana o Le strelle nel fosso pasando por ya reconocidos clásicos dentro del mismo como La casa dalle finestre che ridono, Zeder o la magnífica L’arcano incantatore, curiosamente y pese a una alternancia genérica en su filmografía muy visible Avati siempre ha regresado de una forma  relativamente cíclica al género de terror, Il nascondiglio del año 2007 no dejaba de ser una interesante re visitación de temarios ya transitados con anterioridad, a sus 80 años de edad el realizador italiano continua ampliando un legado cinematográfico ciertamente notable, Il signor Diavolo basada en una novela escrita por el propio Avati y publicada el pasado año supone un nuevo acercamiento por parte del realizador de origen boloñés a ese género fantástico rural tan presente en su filmografía siendo una de las propuestas más coherentes y lucidas dentro del ámbito autoral de las vistas este año en Sitges.

Sin embargo no deja de tener un regusto algo amargo por lo que respecta a un servidor el paso del gran Pupi Avati, un autor ajeno a cualquier tipo de modas y coyunturas, por el Festival de Sitges, las dos proyecciones en pantalla grande de sus películas, Zeder y la que nos ocupa no tuvieron el beneplácito ni mucho menos del lleno en el cine Prado por parte del público del certamen, una pena que estas oportunidades, en cierta manera únicas, de descubrir en primera persona una trayectoria pretérita de un autor tan fundamental y aquí no tan conocido en según que círculos como resulta ser Avati no figure como una opción primordial por parte de un tipo de espectador que el propio festival a lo largo de estos últimos años ha ido direccionando de forma casi forzada al evento y las inmediatez cinematográfica, en tal sentido no basta con programar puntualmente según que cosas, se tiene que publicitar adecuadamente ese esfuerzo en apariencia realizado, de alguna manera obligar y empujar al espectador virgen al descubrimiento como tal. Sea como fuere la notable Il signor Diavolo, fiel a ese dictado tan característico en el cine de Avati en donde el peso del pasado deviene un lastre para sus personajes y en donde el concepto de la premonición deviene como un activo esencial en su narrativa viene a significar la certificación de una militancia percibida como irrenunciable en base a una manera de entender hacer cine. Ambientado en el denominado Padano gótico el film indaga a modo de supersticiones atávicas, una temática que ya estaba más o menos presente en sus anteriores L’arcano incantatore y Il nascondiglio, en Il signor Diavolo esa diversidad genérica y por consiguiente su equilibrio está aún más presente si cabe que en los films antes citados, desde el thriller policíaco de investigación pasando por componentes políticos, religiosos y evidentemente demoniacos, también encontramos en el relato algún que otro apunte autobiográfico en relación a esa sempiterna confrontación que anida en la fe existente y creencia, o no, del ser humano al igual que resulta especialmente visible esa otra marca de la casa por parte del responsable de Le strelle nel fosso en donde esa cultura campesina y regional que parece anclada en el tiempo es utilizada para otros discursos de un índole digamos más universal.

Il signor Diavolo termina siendo como no podía ser de otra manera una película de connotaciones atemporales, expuesto principalmente a través de un esteticismo que parece proveniente de otro tiempo y que seguramente más de uno tildara de anacrónico, nada más lejos de la realidad pues que puede haber más actual que una irrenunciable constancia de tratados que no se detienen en echar mano a modernidades liquidas, en parte este nuevo film de Pupi Avati y su manera en general de percibir el medio cinematográfico deviene como una especie en extinción, casi en desuso, un cine tan artesanal en su definición escénica como incluso familiar, su hermano Antonio y su hijo Alvise han estado presentes a la hora de dar forma a esta producción, en relación a un proyecto que da la impresión de ir continuamente a contracorriente. Il signor Diavolo supone un regreso al inicio que un servidor percibe que no tendrá continuidad, un retorno a ese clasicismo gótico que curiosamente nos advierte de la proximidad del final de una carrera claramente reflejada en una de las cintas más libres de espíritu y sinceras con respecto a su adscripción genérica de las surgidas el pasado año dentro del ámbito del fantástico, un realizador en definitiva que nunca ha querido ser cautivo de ningún género en concreto, o al menos de ese que suele ser tan prominente que de alguna manera hace desaparecer los rasgos del autor a favor de ese otro en donde la caligrafía y el tono si llegan a ser plenamente reconocibles.

Valoración 0/5: 4

«It Comes» review

Hideki y Kana Tahara son una pareja de recién casados. Hideki está realmente emocionado por el futuro que le depara junto a Kana. Un día, una misteriosa persona visita la compañía en la que él trabaja. Pronto recibe un mensaje de un compañero, asegurando que la persona en cuestión se llama “Chisa”, algo que impacta a Hideki. “Chisa” es el nombre que tanto él como su mujer han elegido para su bebé, pero sólo ellos están al corriente del embarazo de Kana. En cuestión de días, el compañero que transmite el mensaje fallece bajo extrañas circunstancias. La vida de Hideki cambia por completo de ese momento en adelante, viéndose implicado en una serie de misteriosos acontecimientos en los siguientes dos años de su existencia.

Había suscitado una bastante y lógica expectación por parte de los fieles seguidores al género fantástico la noticia de que Tetsuya Nakashima realizaría una película de terror, un autor que pese a estar orbitando de forma continua a través del fantástico nunca ha llegado a adentrarse plenamente en él, evidentemente quienes conozcan la trayectoria y las maneras del responsable de Confessions no se han visto sorprendidos a la hora de enfrentarse a unos resultados que devienen como completamente alejados de convencionalismos al uso en referencia a un producto de las características de It Comes, un relato expuesto a modo de delirante antítesis de formulismos manidos en donde el desconcierto causante deviene como un arma de doble filo en lo concerniente a su algo complicada asimilación por parte de un público desconocedor de un imaginario tan extremadamente particular como resulta ser el de Tetsuya Nakashima.

Tetsuya Nakashima es una autor que va bastante más allá del simple exceso o delirio en sus películas como muchos pretenden etiquetarlo a modo de plantilla genérica, en cierta manera su visión o mirada anida principalmente a través de los demonios interiores que atesoran sus personajes, si nos fijamos brevemente en su filmografía esta viene a ser una constante habitual, basada en una popular novela de Ichi Sawamura It Comes no es ajena a dicha tesis, el escenario en esta ocasión está ubicado dentro de los paramentos del cine de terror japonés actual pero en parte esto no deja de ser una coyuntura parcial en donde parece primar más la mirada personal que el formato genérico en cuestión, dicha mirada vuelve a dirigirse en relación a los malos hábitos del ser humano disparando en esta ocasión al modelo prototípico de familia tradicional japonesa en donde anida esa doble moral adyacente en todos nosotros, o más bien en ellos pues estamos ante un relato de características muy localistas, un déficit que actuara como desencadénate para que el elemento sobrenatural haga acto de aparición en una historia en donde la familia y la paternidad mal entendida actúa a modo de detonante abrupto en el relato. En lo relativo al formato este curiosamente deviene como algo mas sostenido que en películas como Memories of Matsuko o The World of Kanako, films que buscaban a toda costa apabullar en lo visual mediante al frenesí o el desfase conceptual al espectador, más bien en referencia a las formas pues su fondo como marca registrada de la casa continua siendo excesivamente disperso a un nivel narrativo, por momentos desquiciante al igual que su excesivo metraje en lo concerniente a un desarrollo que a través de diferentes líneas temporales vuelve a crear abundantes matices expuestos a través de unos códigos tan concretos como difusos si bien es percibible una cierta depuración de manierismos con respecto a su habitual exuberancia antes comentada en beneficio de una asimilación genérica muy visible en por ejemplo el alucinante y folklórico exorcismo grupal del final, escena en donde posiblemente encontremos las imágenes más potentes y perturbadoras que ha dado el J-Horror en estos últimos años.

El mensaje final de It Comes vuelve a ser demoledor como ya lo era en su día su anterior Confessions y por ende todo el cine orquestado por el responsable de la divertida Kamikaze Girls, un servidor siempre ha tenida la sensación de que todo el cine de Nakashima parte de unos parámetros bien simples para a continuación dotar al producto de una complejidad en base a diferentes perspectivas y subtramas de distinto índole, aquí ni siquiera hace falta recurrir a una hibridación de géneros a la hora de curiosamente incomodar más que aterrar al espectador, a fin de cuentas Tetsuya Nakashima vuelve a recurrir a una infinidad de posibilidades estéticas y narrativas en relación a un tipo de cine aparatosamente complejo, enrevesado en sí mismo si se me permite la expresión, un posicionamiento que para lo bueno y lo malo atesora esa virtud tan en desuso en la actualidad de no dejar indiferente a prácticamente nadie, algo que se mire por donde se mire deviene como todo un logro dado los tiempos algo líquidos adyacentes a día de hoy en el por ejemplo actual J-Horror.

Valoración 0/5: 3’5

«Lux Æterna» review

Dos actrices, Béatrice Dalle y Charlotte Gainsbourg, cuentan en un plató historias de brujas. Lux Æterna es también un ensayo sobre el cine, sobre el amor por el cine y la histeria en un set de rodaje.

Gaspar Noé es uno de los poco directores que el Festival de Sitges se puede vanagloriar, si obviamos alguna de sus colaboraciones colectivas residuales, de haber presentado todos sus trabajos dentro del certamen, desde aquel lejano 1999 con una proyección a medianoche en el cine Retiro de su mediometraje Carne Sitges y el director francés de origen argentino han mantenido en cierta manera una especie de idilio que parece durar hasta hoy en día, lo curioso del caso es que si nos fijamos en su filmografía ninguno de sus trabajos podrían adscribirse a lo entendible como cine fantástico puro, lo suyo son más bien ramificaciones o fugas hacia una indeterminación genérica siempre barnizada de extrañeza que nos puede llevar a un punto desconocido en donde posiblemente la única regla existente en dichos materiales sea la referida a una completa ausencia de patrones que nos permitan saber por dónde pueden ir los tiros.

Esta tesis arriba indicada cada vez parece más un denominador común en la carrera de Gaspar Noé, si ya en su anterior y premiada Climax la improvisación estaba muy presente en Lux Æterna esta no deja de ser de alguna manera su quintaesencia, aquí representada a modo de ensayo sobre lo entendible como creación tanto en referencia a la labor actoral como de dirección, en tal sentido parece que Gaspar Noé ha llegado a un momento de su trayectoria en que literalmente se deja llevar, Lux Æterna en parte representa eso, tanto para lo malo pero muy especialmente para lo bueno en lo concerniente a dicho posicionamiento autoral. Previsto como un corto de 15 minutos que terminó siendo un mediometraje de 52 minutos de duración rodado en apenas 5 días esta pieza pese a la continua improvisación de la que hace gala aúna conceptos ya vistos en anteriores trabajos de su director, el principal, el estar ante un relato de claras consonancias histéricas, por otra parte lo que ya se intuía en el inicio de Climax aquí está bastante más desarrollado a modo de ejercicio meta cinematográfico en donde se juega continuamente con los formatos con especial atención al juego que plantea a través de la multicámara o del split screen. Digamos que Lux Æterna a través de la experimentación de la que parte su premisa nos muestra el nivel de caos al que puede llegar un rodaje, en parte no deja de ser un estudio visual y sonoro que transita a través de los parámetros que marcan las bases de la creación artística entendida  aquí como un ente en donde el cine nos es representado como un agente cáustico ubicado en el más absoluto caos, a tal respecto en Lux Æterna, que en todo momento aúna metaficción y autoreferencias a través de un desarrollo frenético, vemos como su set de rodaje nos es presentado como un epiléptico campo de batalla en donde percibimos a una Beatrice Dalle como exigente productora y una Charlotte Gainsbourg como abnegada actriz, el paralelismo de la ficción rodada y la realidad que nos es mostrada siempre bajo un timing poco sosegado podría ser interpretado como una suerte de metáfora de connotaciones destructivas en donde las intérpretes son tratadas como brujas y los creadores que se sientan tras las cámaras como una especie de trasuntos de la inquisición, un peaje del artista en beneficio o detrimento de otro artista en donde de forma clara el concepto del vampirismo hará acto de presencia a través de dicha coyuntura, en cierta manera se puede llegar a percibir una suerte de reinterpretación por parte de Gaspar Noé de aquella esplendida Irma Vep de Olivier Assayas.

Ejercicio no apto para epilépticos en donde encontraremos encuadres que parpadean de forma continua como en todo el cine de Gaspar Noé al final la reflexión entendida como tal solo nos vendrá a través de la lectura y posterior asimilación de lo que son sus imágenes, unas imágenes que podría decirse que atacan al espectador literalmente, estas evidentemente devendrán como profundamente agresivas y en parte provocadoras, a fin de cuentas todo el cine de Gaspar Noé bascula a través de la provocación pero también en base a esa hipnosis de connotaciones catárticas que es casi marca registrada de la casa en relación a un autor irreductible en referencia a sus particulares tratados, muy a semejanza de otros directores de similar posicionamiento también presentes en el certamen catalán del pasado año como por ejemplo Sion Sono o Fabrice du Welz, autorías que en definitiva y de forma bastante clara fueron las que nos ofrecieron sin lugar a dudas el mejor cine visto durante la pasada edición del Festival de Sitges.

Valoración 0/5: 4

Un cuento de hadas al amparo del virtuosismo técnico. «Gretel & Hansel» review

En Baviera, a principios del siglo XIV, Gretel y Hansel, de 13 y 9 años respectivamente, viven en la miseria más absoluta. Su padre murió hace años y su madre está casada ahora con un hombre malvado. Debido a la falta de recursos y al creciente miedo que les produce su padrastro, Gretel y Hansel deciden huir del pueblo en busca de un futuro mejor. En el bosque se encuentran con varias personas que, de una forma u otra, intentan aprovecharse de ellos. Huyendo de unos y otros, conocen a un amigable cazador, que por fin les indica cual es el camino seguro a seguir. Así, los dos hermanos llegan a la cabaña de Holda, una amable mujer mayor que decide acogerlos. Lo que Gretel y Hansel no pueden imaginarse es que en esa cabaña tendrán que enfrentarse a sus peores miedos si quieren sobrevivir.

Es ciertamente complicado el ubicar unos rasgos autorales que se perciban como definidos o detectables en la trayectoria de un realizador de las características de Osgood Perkins, con tan solo tres trabajos tras las cámaras en su haber y una participación en el guion de The Girl in the Photographs podríamos aseverar que posiblemente el único nexo en común entre todos ellos radique en centrar sus historias desde el prisma de personajes femeninos que de una manera u otra terminan estando a merced de una amenaza de índole sobrenatural, también en la forma de como las historias insinúan mucho más que revelan, por el contrario si nos centramos en el tono de los tres largometrajes estos no pueden estar más diferenciados entre sí, si en su opera prima The Blackcoat’s Daughter primaba por encima de cualquier otro elemento un retorcido y juguetón entramado narrativo en aras de intentar desubicar y sorprender en todo momento al espectador poco prevenido de su zona de confort en I Am the Pretty Thing That Lives in the House, por lo que a un servidor respecta su mejor trabajo hasta la fecha, reinterpretaba de forma muy arriesgada el prototípico cuento de fantasmas clásico prescindiendo por completo que cualquier artilugio o tropo genérico para apostarlo prácticamente todo a un clima fantasmagórico que a la manera de la modesta pero interesante I am a Ghost H.P. Mendoza no es narrada de forma minimalista en un rigurosísimo primera persona.

Esta difusa autoría genérica no tiene que ser algo peyorativo por definición, de alguna manera tal posicionamiento puede ser considerado incluso como una muestra bastante defendible y loable de lo entendible como labor artesanal aplicada a los nuevos tiempos, sea como fuere Gretel & Hansel dista bastante de atesorar cualquier tipo de semejanza con respecto a los dos anteriores trabajos de Osgood Perkins, siguiendo un poco la estela de pervertir una base literaria ya propensa a dicha desvirtualización oscura estamos ante un film que fundamenta básicamente su acción en el folklore y en el temor, el transformar el texto de los hermanos Grimm en una película de terror no deja de ser un salto cognitivo que ya se había hecho con anterioridad, al igual como ya ocurriera con otro famoso cuento con el Snow White: A Tale of Terror de Michael Cohn Osgood Perkins opta por indagar en la oscuridad a través de ensalzar lo tétrico y lo onírico en base a su estética visual, a tal respecto la fotografía a cargo de Galo Olivares deviene clave a la hora de mostraros junto a un elaborado diseño de producción un relato en donde prima el terror gótico atmosférico. Al igual que The Witch aparte de compartir una decidida apuesta por la estética en un ejercicio de claro índole visual también existe una conexión bastante evidente en relación a presentar a un personaje principal que va madurando al mismo tiempo que se adentra en un imaginario sobrenatural, del mismo modo que en la película de Robert Eggers Gretel & Hansel bordea de forma algo peligrosa esa nueva, y en parte negativa, nomenclatura denominada Elevated Horror, a tal respecto es harto evidente que la narrativa deviene como la principal víctima de dicho posicionamiento, en el film de Osgood Perkins dicho desarrollo en vez de ser solido deviene como claramente irregular, hay momentos en que la película da la impresión de ir a trompicones en referencias a unas formas que se perciben involuntariamente como episódicas, pese a una duración de poco más de hora y media uno tiene la sensación que el relato llega muy justo a su conclusión en base a la construcción de una historia sobre otra que ya de por sí da la impresión de estar extendida de forma algo forzada, especialmente visible en esas secuencias del bosque plagadas de voces en off introspectivas que nos remite tanto a la ensoñación fantástica como incluso a texturas propias del cine perpetrado por Terrence Malick por aquello de un cierto preciosismo visual que es consciente de su propia condición.

Al igual que en aquella simpática e interesante Whoever slew Auntie Roo? de Curtis Harrington la adaptación de Hansel y Gretel por parte de Osgood Perkins es bastante libre, empezando por el cambio de orden en los nombres del título, cuestión que por fortuna no resulta baladí ni aleatoria y si lógica dado el punto de visto de relato contado a través de una sola mirada, a tal respecto también es digno de agradecer que dicha coyuntura no se deba a ningún tipo de tesis de apoderamiento o líquidos paradigmas feministas tan habituales en muchas producciones de género actual, por mucho que estemos ante una historia de terror existe una vía que permite que la película funcione también como un cuento reflexivo acerca de la mayoría de edad de una joven que gradualmente se da cuenta de que el poder adquirido puede usarlo para abrirse camino en un mundo que es completamente antagónico a su naturaleza, en ese sentido lejos de militancias estériles e impostadas Hansel y Gretel pese a atesorar una inequívoca mirada femenina, que no feminista, conserva a través de un enfoque por momentos original su condición de fábula a modo de relectura de un clásico relato expuesto aquí en clave pesadillesca que aborda un amplio abanico de simbolismos a la hora de reinterpretar los arquetipos habituales de un cuento de hadas cuya mayor virtud en esta ocasión radica en el hecho de saber construir un creciente estado de inquietud en el espectador en detrimento del susto al uso para con el respetable, a fin de cuentas Hansel y Gretel es una película que más que asustar intenta perturbar, lo hace principalmente a través del magnetismo de unas imágenes que en esta ocasión juegan en contra de una narrativa que se percibe como algo errática.

Valoración 0/5:3

Romanticismo adolecente desvirtuado. «Adoration» review

Adoration nos presenta a Paul, un joven solitario que casualmente conoce a Gloria, una nueva paciente en la clínica psiquiátrica donde trabaja su madre. Enamorándose locamente de esta adolescente problemática y sola, Paul después de cometer un crimen huirá con ella, intentando escapar lejos del mundo adulto.

Fabrice Du Welz volvía al pasado Festival de Sitges con su nuevo trabajo tras las cámaras titulado Adoration, de forma más que merecida fue una de las películas más galardonadas en esta edición, Premio Especial del Jurado, Mejor fotografía y Méliès d’Argent. El director de origen belga ha estado en estos últimos años transitando a través del noir con películas como Colt 45 o Message from the King, films ciertamente competentes que de alguna manera son percibidos en base a su buena labor como artesano pero que quedan algo alejados por cuestiones obvias de ese imaginario tan particular visto al principio de su carrera en trabajos como Calvaire, Vinyan, indiscutible cenit de su carrera, y su reinvención de The Honeymoon Killers titulada Alleluia, un tipo de cine que basa su tesis principal a través de una búsqueda que suele devenir como visceral y en ocasiones quimérica, Adoration pertenece de una forma clara a este grupo, un film expuesto a modo de perfecto cierre de esa trilogía ardenesa formada por sus anteriores Calvaire y Alleluia.

Al igual que en las dos películas antes citadas Adoration parte del concepto del amour fou aunque aquí representado de una forma algo más íntima aún si cabe, mirándolo bien de forma algo caprichosa podría ser una ceñida precuela de su anterior Alleluia, un film en donde también encontraremos similitudes bastantes evidentes con aquel romance orgánico de la también gala Les amants criminels de François Ozon. Continuaciones esquemáticas y referenciales aparte lo bueno del cine de Fabrice Du Welz es su innegable adscripción a un imaginario tan personal como intuitivo, en Adoration están perfectamente definidos y no por ello los conceptos deja de ser nuevamente atrayentes de cara al espectador, una indagación a las profundidades de la mente en donde se explora inocencia, amor, imaginario escapista y dura realidad, a través de todos estos trayectos seremos testigos de cómo el sentimiento de amor, en el más amplio sentido de la palabra, actúa a modo de ente derrocador de lo entendible como realidad, de alguna manera los dos jóvenes protagonistas transitan en todo momento a través de fronteras terrenales, tanto físicas como figuradas, que han de ir sorteando, aunque ese recorrido o huida a ninguna parte termine siendo circular, a tal respecto queda muy claro que en el cine de Fabrice Du Welz siempre existe una colisión en relación a sus formas a la hora de saber llevarte de un relato a otro a través de un cine muy sensual pero a la vez extremadamente visceral u orgánico, Adoration es posiblemente la perfecta quintaesencia de este tratado, Fabrice Du Welz se acerca a los cuerpos de una manera casi epidérmica, pese a aparentar ser una película sencilla con respecto a su ejecución la narrativa y sobre todo la parte técnica devienen como claves y complejas a la hora de retratar con un inusual acierto un extremo realismo poético que por momentos parece surgido de imaginarios más propios del cine francés de los años 30-50.

Atmósfera abrasiva rodada en 16mm con fotografía del ya fundamental Manuel Dacosse, cuya labor en estos últimos años se percibe como totémica dentro de autorías francesas tan notables como las de Hélène Cattet y Bruno Forzani o Lucile Hadzihalilovic, y música a cargo de otro habitual como es Vincent Cahay Fabrice Du Welz tiene la virtud de trasportar al espectador a los estados mentales de sus protagonistas en relación a unos cambiantes estatus psicológicos en donde por una razón u otra vemos a unos personajes incapaces de afrontar las embestidas emocionales que están por aparecer, el concepto del amor adolescente escenificado como ente monstruoso o si se prefiere como acto de fe, será a partir de esta premisa en donde el tono onírico se adueña tanto de los protagonistas como de la historia, también lo hará el escenario como clara extensión de un estado de ánimo, aquel en que la naturaleza queda encuadrada en cada plano de la película, la enfermedad mental y la interactuación con el mundo adulto hará que dicho imaginario termine desvirtuándose hacia lo abstracto. Como buen viaje al corazón de la oscuridad que es lo que en un principio parecía una fábula intima ahora se trasforma en un cuento de hadas con claras texturas de horror, al final el mensaje vuelve a ser aquel que nos dice que la adolescencia es campo abonado para historias que terminan derrotándonos por mucho que nos empeñemos en lo contrario. Fabrice Du Welz es indiscutiblemente uno de los realizadores más importantes de la actualidad, de alguna manera pertenece a esa clase de autores intuitivos que consideran esencial la puesta en escena, los decorados y la fotografía a la hora de contarnos una historia percibida como íntima, Adoration, que termino siendo una de las cimas autorales más interesantes de las vistas el pasado año en Sitges, ejemplifica ese tratado a la perfección.

Valoración 0/5: 4

Modernidad mal asumida. «The Turning» review

The Turning nos cuenta como una joven institutriz es contratada para hacerse cargo de la educación de dos niños huérfanos que viven en una apartada mansión rural. Pronto empieza a sospechar que los antiguos criados, muertos hace tiempo, ejercen todavía una perniciosa influencia en la vida de los niños.

Si a lo largo de la historia ha existido una novela que haya sabido aprovechar mejor los resortes de lo que podríamos llamar como el gótico fantasmal de ambigua interpretación esa ha sido sin lugar a dudas The Turn of the Screw de Henry James, publicado en el año 1898 dicho texto ha sido llevado en multitud de ocasiones tanto a la pequeña como a la gran pantalla, también a la opera por parte de Benjamin Britten cuya primera representación data del año 1954. Si se tuviera que elegir una sola adaptación que haya sabido plasmar con mejor tino la esencia de la novela esta seria sin pocas dudas al respecto la espléndida The Innocents de Jack Clayton, tomando pues como principal referencia comparativa tanto el texto original como el film del responsable de Room at the Top analizaremos por encima la que ha sido la última adaptación al cine de dicha obra titulada The Turning.

En una escala de valores en referencia a su posible valía como adaptación el film de Floria Sigismondi, que a diferencia de otra apócrifa actualización como fue aquella aparatosa The Haunting de Jan de Bont, y que pese a estar auspiciado por un gran estudio como es Amblin da la sensación de ser un producto de serie B, podría situarse perfectamente en el escalafón más bajo de la larga lista existente, dudoso honor este pues es complicado el desperdicio de una base tan sólida y con tantas salidas con respecto a posibilidades bifurcaciones genéricas, a tal respecto es difícil ver alguna adaptación de la obra que careza de algún tipo de interés en su haber, incluso en aquellas que intentan algún tipo de reinterpretación como por ejemplo las patrias Otra vuelta de tuerca de Eloy de la Iglesia (1985) o la curiosa El celo de Antoni Aloy (1999) o incluso aquella atrevida y nada desdeñable re imaginación a modo de precuela como fue The Nightcomers (1971) del siempre eficaz Michael Winner. Lo peor del caso y partiendo del escollo de no saber aprovechar adecuadamente un elemento tan primordial en el relato como es el tono atmosférico viene en la medida de ver como The Turning se sitúa de forma supuestamente consciente en las antípodas de la naturaleza del material primigenio. Un servidor siempre ha sido de la opinión de que un remake o nueva adaptación tiene la perfecta legitimidad de seguir un camino diferente al de la obra de la que parte, de hecho si nos fijamos en la larguísima lista de esta clase de películas, casi un sub género en sí mismo, encontraremos las mejores muestras en aquellas obras que han intentado exponer su propio discurso y se han apartado del simple escaneo referencial. En el caso que nos ocupa los guionistas Chad Hayes y Carey W. Hayes en parte toman esta dirección aunque de manera tan torpe como contradictoria, por un lado y al igual que la reivindicable The Turn of the Screw de Rusty Lemorande (1991) se nos sitúa la acción lejos de la época victoriana, sabemos que es a mediados de los 90 por una referencia televisiva sobre la muerte de Kurt Cobain, vemos algún vehículo o teléfono que más que de esa época parece sacada de los años 70, poca más indagación de la contextualización temporal encontraremos en una película que utiliza dicha traslación de tiempo de manera tan caprichosa como vacua pues al final toda la acción se sustentara en una mansión que bebe, o intenta hacerlo, del gótico.

Lo peor sin embargo de este The Turning que intenta modernizar un clásico de forma deficiente vendrá en lo referido a su tono, si tanto en la novela como en el film de Jack Clayton lo sugerido y lo sutil se manifestaba como principal status quo del relato aquí el posicionamiento elegido deviene como como una autentica antítesis, el golpe de efecto sonoro, o el denominado jump scares estridente, aquí  aparte de estar omnipresente deviene como extremadamente predecible estando presente en prácticamente cada uno de los momentos en donde se pretende inquietar al espectador. Puestos a escarbar en la difícil tarea de intentar percibir algún elemento que se aparte del tono ordinario imperante en la película este lo podríamos encontrar en una suerte de trauma, mal desarrollado, de la protagonista principal, si en la base original la raíz de la fragmentación mental de la institutriz venia dada en lo concerniente a una mal asimilada represión sexual en la película de Floria Sigismondi es sustituido por una deriva psicológica materna, tanto en referencia a su ausencia como a una posible herencia genética de disfunción mental, a tal respecto la conclusión de The Turning, en donde la ambigüedad es sustituida por la confusión y que da la sensación de estar sacada de algún descarte en referencia a finales alternativos, no deja lugar a dudas acerca del resultado final, no tanto en lo concerniente a sus difusas intenciones en intentar ser fiel a su manera al concepto final de vuelta de tuerca, y si en la certeza de no saber sacar partido a un material original que en esta ocasión es víctima de una modernidad mal entendida y peor desarrollada.

Valoración 0/5: 1’5

«Vivarium» review

Una joven pareja se plantea la compra de su primer hogar. Para ello, visitan una inmobiliaria donde los recibe un extraño agente de ventas, que les acompaña a una nueva, misteriosa y peculiar urbanización para mostrarles una vivienda unifamiliar. Una vez allí quedaran atrapados en una pesadilla laberíntica y surrealista.

El realizador irlandés Lorcan Finnegan ya apunto hace algunos años buenas maneras con su opera prima titulada Without Name, también presente en el Festival de Sitges aunque dentro de la sección Noves Visions, un interesante film de terror ecológico narrado en forma de pesadilla interna en donde se mostraban unas costuras genéricas autorales bastantes ambivalentes atesorando una puesta en escena en donde la creación de una atmosfera densa y la utilización del sonido devenían como herramientas claves a la hora de construir un relato de claros contornos metafísicos. Con Vivarium, su segundo trabajo tras las cámaras, que forma parte de ese tipo de películas en donde cuanta menos información se tenga de ella a la hora de visionarla mejor experiencia significara para el espectador, cambia completamente de tono para ofrecernos, pese a unas ciertas imperfecciones, una de las cintas más curiosas y en parte sorprendentes de las vistas este año en Sitges 2019.

Si hay una cosa que esta omnipresente en Vivarium como elaborado juguete distópico que pretende ser es su innegable adscripción a esa clase de películas que anidan en todo momento a través de esa alegoría que recurre al fantástico a la hora de articular un soterrado discurso, mas subrayado o menos depende de la habilidad del realizador, al mismo tiempo que funciona a la perfección a modo de un entretenimiento de tono inteligente, aquel que en resumidas cuentas siempre deja algún tipo de resquicio al espectador a la hora de deducir o interpretar una metáfora que en esta ocasión deviene por momentos en sátira de tintes kafkianos y que en el caso que nos ocupa se sustenta principalmente a través de la referencia cinematográfica, la básica es evidentemente la fundamental Twilight Zone, también encontraremos ciertos retazos de otras series pretéritas que a su manera anidaban a través del género en el concepto de la vida suburbana como horrorosa condena como fueron por ejemplo Tales of the Unexpected o Black Mirror, esta ultima de forma algo menos detectable. Partiendo de una premisa argumental que da también la sensación de beber de imaginarios surgidos de la mente de John Wyndham, el film de Lorcan Finnegan parte en un principio de la anécdota, aquella en donde una joven pareja pretende firmar un contrato para poder comprar la que en teoría ellos creen que puede ser la casa de sus sueños, ese punto de partida de claros contornos minimalistas a modo de fábula austera conforme avanza la película se trasforma en una metáfora hiperestilizada que intenta describirnos un mundo oscuro, representado en la historia en tener unas vidas escaneadas en serie en referencia a la familiar suburbana  y en donde curiosamente el concepto del ámbito doméstico, normalmente privado y muy protegido de la mirada del extraño aquí pierde tal condición, a tal respecto la crítica al american way of life está presente en todo el metraje, sin embargo al igual que ocurría con los personajes del episodio Five Characters in Search of an Exit de la serie de Serling la formula se agota a la media hora, el siguiente paso a esa duración estándar que tan bien funcionaba en el medio televisivo será la aparición de un tercer personaje que en parte refresque y diversifique un relato donde hará acto de aparición a partir de ese momento el concepto de la maternidad manipulada y de forma relativamente más sutil y hasta anecdótica el paralelismo del comportamiento de los cucos con respecto al desarrollo de algunos personajes de la trama.

Vivarium pese a esos ciertos lastres narrativos antes comentados que dan cierta sensación de dilatar el relato innecesariamente mediante añadidos en forma de sub tramas y en donde por momentos se incide más en el mensaje que en el thriller psicológico de índole paranoico como tal termina funcionando mejor conforme se hace más oscura y se retuercen de alguna manera las coordenadas genéricas a la hora de intentar generar un mayor impacto en el relato a modo de elementos de horror insertados en lo supuestamente cotidiano, de alguna manera Lorcan Finnegan logra a ratos sobreponerse a la obviedad de su discurso o premisa inicial, será en esa construcción social en donde percibamos la vida como una maqueta que nos es impuesta planteándonos turbios interrogantes acerca de nuestra propia condición, una serie de dramas y déficits de nuestro día a día meditados y expuestos de manera solvente en uno de los vehículos más adecuado para todo ello, el género fantástico, aquel que a la hora de exponer una digresión que no te limita en lo concerniente a traspasar las barreras de la realidad, una realidad la actual y la que nos es presentada en Vivarium que deviene como ciertamente perturbadora.

Valoración 0/5: 3

Fantasmagorías limítrofes: Ghost Story (1981) retrospectiva

Cuatro ancianos se reúnen frecuentemente para contarse historias de fantasmas, cuando repentinamente el hijo de uno de ellos muere en la víspera de su boda, ellos estarán obligados a lidiar con una sombría historia acontecida en el pasado. Las muertes se irán sucediendo estando relacionadas con un secreto compartido por los cuatro amigos desde hace décadas, el de otra muerte…

Al inicio y como preámbulo de la notable The Fog de John Carpenter, y casi a modo de viejo relato oral de fantasmas, un anciano marinero interpretado por el veterano John Houseman reúne a un grupo de niños alrededor de una hoguera a orillas del mar con el propósito de contarles un relato de miedo, Ghost Story comienza de un modo similar, otra reunión, en este caso la de cuatro viejos amigos, y un relato de terror, el The Premature Burial de Edgar Allan Poe narrado por un personajes nuevamente bajo los rasgos del actor John Houseman, a diferencia de la primera aquí el interlocutor no ejerce de simple maestro de ceremonias y es parte activa de la narrativa del film que está por comenzar. Intentando hacer un paralelismo que se perciba como valido entre The Fog y la película de John Irvin no solo existe una similitud temporal en referencia a su estreno comercial, apenas un año de diferencia entre ambas, sino que devienen como dos claros ejemplos del final de una era en donde el cine de terror era percibido por el espectador como una suerte de epifanía en referencia a un tono sugerido que se vería suplantado a partir de ese momento mayoritariamente por algo más explícito y diverso, ambas obras escenifican casi a la perfección un tratado al que perfectamente se le pueden unir películas que orbitan por esa misma época como por ejemplo The Changeling de Peter Medak o The Sentinel del siempre eficaz Michael Winner.

Ghost Story curiosamente significa tanto un comienzo como un final en relación a tendencias de diferente índole, comienzo en lo concerniente a la avalancha de títulos que estarían por llegar a modo de adaptaciones cinematográficas de obras literarias a cargo de novelista que indagaban en el terror casi a modo de militancia, en el caso que nos ocupa Peter Straub teniendo como punta de iceberg de tal paradigma a Stephen King, de echo las concomitancias llegan a tal punto que el guionista del film, Lawrence D. Cohen, firmo los libretos de adaptaciones tales como Carrie (1976), It (1990) o The Tommyknockers (1993) entre otras, por otro lado y como se hace referencia más arriba al ocaso de una manera de concebir el terror audiovisual fílmico, a tal respecto en Ghost Story somos testigos de una curiosa cuanto menos dualidad esclava de la situación antes explicada, por una parte es visible, al igual que en la génesis de la novela, como lo fantasmagórico e irreal, mostrado a partir de esa premisa del espectro vengativo, nos es expuesto a modo de una súbita distorsión de lo entendido como real, existe un intento, casi un esfuerzo, por el detalle y por las diversas acotaciones a la hora de exponer las distintas formas que puede adoptar tanto la amenaza sobrenatural, especialmente afortunada a tal respecto la presencia de una joven ambigua y amenazadora Alice Krige, como la percepción de ella a través de lo meramente fantasmagórico, aunque curiosamente llegados a ese supuesto clímax de exaltación, que da la sensación de beber de los imaginarios surgidos de los EC comics, en la mayoría de ocasiones mostrado a través de los explícitos, brillantes y opulentos trabajos de maquillaje a cargo de Dick Smith y de los no menos notables efector especiales del gran Albert Hitchcock, no tanto como parte de una contradicción de estilos y si más bien como una consecuencia lógica de una coyuntura a la hora de mostrar un cambio de estilos generacionales que estaban a punto de aparecer.

Tampoco dicha evolución acontecida en el desarrollo del género de terror en Estados Unidos por aquel entonces haya que anotarlo como una mutación o cambio de rol de consonancias peyorativas sino más bien todo lo contrario, no ya en lo concerniente a la desaparición de un horror digamos clásico sino mas bien a la apertura de una de las mejores y fundacionales décadas como fue la de los años ochenta en donde un libertinaje creativo dio lugar a un sinfín de obras y autores que de alguna manera marcaron una tendencia que devino clave para futuras generaciones tanto de cineastas como de espectadores, en ambas etapas por donde da la sensación de transitar Ghost Story, la longeva e iniciática y la evolutiva que dio comienzo en los años ochenta, a la hora de intentar hacer cualquier comparativa posible hacen palidecer a cualquier etapa posterior a ellas, especialmente una actual abastecida principalmente por conceptos mal adquiridos de ese cine pretérito que terminan siendo inocuos por ser meros escaneos dotados de una nula funcionalidad, o en el peor de los casos intentos pueriles a la hora de abrir nuevas vías que devienen como liquidas a través de unas bases ya transitadas con anterioridad como por ejemplo resulta ser esa nueva versión de Otra vuelta de tuerca dirigido recientemente por Floria Sigismondi. Tampoco sale bien parado en dicha valoración esas nuevas autorías surgidas en el fantástico contemporáneo percibidas como algo dispersas, algunas interesantes otras bastantes más cuestionables en referencia a postulados y en especial a su nada disimulado menosprecio con respecto a unos dictados del cual se sustentan como resulta ser el caso por ejemplo del cine perpetrado por Ari Aster o en menor medida el de Robert Eggers.

Paradigma del relato en donde el fantasma viene a cobrarse una deuda del pasado por aquella máxima en donde un espectro es un fantasma debido a algo que una vez sucedió y que no debería haber sucedido, no en vano a tal respecto Peter Straub declaro que se inspiró principalmente en los trabajos de Nathaniel Hawthorne y Edgar Allen Poe a la hora de escribir su novela, Ghost Story acaba siendo un interesante y muy válido canto de cisne con evidentes texturas de rara avis, también en referencia a su concepción de producción, aquella en donde los grandes estudios, Universal en este caso,  apostaban por un concepto diáfano y dotaba a este de una ornamentación técnica sobradamente eficiente, en el caso que nos ocupa el veterano Jack Cardiff en la fotografía o una notable y por momentos portentosa banda sonora a cargo de Philippe Sarde que por momentos parece remitirnos tanto a Bernard Herrman como al Vértigo de Alfred Hitchcock en referencia a la necrofilia y a esa dualidad tan característica de la love story con una muerta, incluso de forma algo curiosa aquí se consigue adecentar y legitimar el concepto de la vieja gloria hollywoodense que por aquel entonces era un recurso habitual y en parte bastante denostado destinado en gran parte a las tv movies o a las prototípicas apariciones secundarias en films de índole catastrofista producidas en su gran mayoría por Irwin Allen, a tal respecto y lejos del adorno interpretativo Fred Astaire, John Houseman, Douglas Fairbanks Jr., Melvyn Douglas e incluso una breve aparición de Patricia Neal son parte esencial de la ecuación de Ghost Story, tras las cámaras un artesano que hace honor a su nombre como es John Irvin que aquí junto a su anterior y notable The Dogs of War consigue realizar el mejor trabajo de una trayectoria con piezas tan rescatables como por ejemplo Hamburger Hill o ese interesante noir periférico que es City of Industry.

La mayor virtud de Ghost Story posiblemente radique en cómo sale airoso de una adaptación de difícil plasmación cinematográfica especialmente en referencia a unas narrativas e historias co-relacionadas continuamente mediante el flashback, en concreto tres, la presente y dos pasadas, estas dos últimas a modo de oxigenar y aclarar la que vertebra el relato en cuestión, y en menor medida a la hora de abreviar, especialmente visible a través de una economía de medios en donde muchos diálogos son expuestos en base a interacciones cortas y directas, teniendo la virtud de no perder de vista la esencia de un relato original que resulta ser tan denso, aunque esto evidentemente vendría a ser mérito del guionista Lawrence D. Cohen. En dicho trayecto encontraremos de forma casi forzada irregularidades y algún que otro tropezón narrativo que devienen casi como ineludibles dada la propia naturaleza de relato bicéfalo, lastres que en parte son subsanados gracias a una atmosfera en donde esa insinuación, que por momentos parece contornearse a través del british gothic horror, y su poco exhibicionismo logran erigirse como la principal virtud de una película que parece transitar en todo momento a medio camino entre la ensoñación y una tensión psicológica en base a una amenaza direccionada en esta ocasión a personajes ya entrados en años y no en adolescentes, un statu quo en definitiva que sitúa para bien a Ghost Story en tierra de nadie, en un lugar periférico dentro del fantástico de aquella época, el mejor ejemplo de todo ello lo podemos encontrar en su seca y abrupta conclusión, un cierre que no admite el golpe de efecto gratuito o el final abierto y que ejemplifica a la perfección un más que meritorio posicionamiento.

 

«Color Out of Space» review

Un meteorito se estrella cerca de la granja de los Gardner, liberando un organismo extraterrestre que convierte la tranquila vida rural de la familia en una pesadilla colorista y alucinógena.

En el pasado Festival de Sitges hubo una doble vertiente en relación a la expectación levantada por parte del fandom del fantástico a la hora de intentar calibrar lo que podía salir y dar de sí una película de las características de esta Color Out of Space, por un lado estaba el poder comprobar en qué situación autoral actual se encontraba su director, un Richard Stanley que tras dos interesantes incursiones en el género a principios de los años noventa, como fueron Hardware y la notable Dust Devil, decidió embarcarse en empresas de una mayor envergadura escenificado en el rodaje de una ambiciosa nueva versión del The Island of Dr. Moreau, un proyecto que acabo siendo un auténtico caos encontrándose despedido apenas tres días después de iniciado el rodaje, unas crónicas de continuas desdichas que dejan muy tocado anímicamente a Stanley y que son recogidas fielmente en el documental Lost Soul: The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Dr. Moreau de David Gregory, trabajo este por cierto que podría formar un perfecto programa doble con aquella otra crónica de inacabables infortunios que era el Lost in La Mancha de Keith Fulton y Louis Pepe en relación a aquel maldito, por fortuna ya realizado, proyecto ansiado por Terry Gilliam, desde entonces han trascurrido cerca de veinticinco años sin noticias relevantes de un realizador que la mayoría ya dábamos por perdido, por otra parte también había una lógica e inusitada expectación por estar ante todo un caramelo genérico tan apetecible a priori como es adaptar a la gran pantalla uno de los relato más conocidos de H.P. Lovecraft.

Posiblemente una de las mejores virtudes que podemos llegar a encontrar en esta nueva versión de Color Out of Space es en referencia a estar ante un producto de unas claras connotaciones atemporales, incluso me atrevería a señalar atípicas, en unos tiempos, los actuales, en que cualquier proyecto de genero con un poco de envergadura parece requerir de forma obligada de una originalidad que en la mayoría de los casos termina por desvirtuar el conjunto estamos ante un trabajo que no parece tener mucha prisa en a través de un drama familiar de escenificación casi minimalista encontrar el horror, eso sí cuando lo ejecuta va sin frenos, un film de un evidente ritmo pausado adecuado a un in crescendo narrativo del cual y contra todo pronóstico Richard Stanley sale bien parado en la medida de presentarnos una cinta que sabe conjuntar con cierto aplomo conceptos tales como el inherente terror cósmico del relato original aderezado aquí con un tono que nos remite al bodyhorror de los años ochenta teniendo la virtud de saber encontrar acomodo a través de una factura técnica situada entre lo artesanal y lo digital, la mirada en esta ocasión por fortuna no deviene como impostada o gratuita en lo relativo a su función de supuesto producto de índole nostálgico, también, y a diferencia de aquella simpática pero algo intranscendente serie B que era The Curse de David Keith, el relato pese a una cierta actualización es bastante fiel al original, a tal respecto no es fácil mantener un equilibrio en este tipo de material y que este se perciba como consecuente y más contando con ese género en sí mismo tan difícil de controlar en ocasiones que es Nicolas Cage al frente del reparto.

Pese a una cierta irregularidad Color Out of Space a modo de viaje de connotaciones psicotrópicas y narrativas algo atípicas cumple objetivos en la labor de ser un trabajo más artesanal que autoral, en ese aspecto la convivencia existente como hemos apuntado antes entre lo analógico y los efectos prácticos resulta bien asimilada en un relato que termina de alguna manera respetando el modelo lovecraftiano de origen en referencia a la plasmación de una lenta desestructuración familiar en base a un mundo que se va deformando poco a poco nunca mejor dicho, también digno de mención, aunque posiblemente a raíz de una involuntariedad, es que ese cogido con pinzas subtexto ecológico se quede como un mero apunte por fortuna no desarrollado en beneficio de una indagación casi psicotrópica acerca de intentar abordar el terror y la fantasía a través de estructuras y estilemos genéricos más propios de otros tiempos que de los actuales, otra cuestión seria el elevarla por encimas de sus propias posibilidades, a fin de cuentas el film no deja de ser un aplicado ejercicio de estilo provisto de una imaginaría fantástica bien ejecutada principalmente en lo concerniente a sus hallazgos formales, sin embargo y por desgracia en la película no encontraremos ni mucho menos las más que interesantes indagaciones autorales que si se percibían en los dos primeros trabajos de su director, el mérito de Color Out of Space consistirá en esta ocasión pues en lo relativo a sortear histrionismos y convencionalismos a partes iguales en una cinta que parecía predestinada a un fracaso que finalmente y por fortuna no lo ha terminado siendo.

Valoración 0/5: 3

«Bacurau» review

En un futuro cercano. El pueblo de Bacurau llora la muerte de su matriarca Carmelita, que falleció a los 94 años. Algunos días más tarde, los habitantes se dan cuenta de que el pueblo está siendo borrado del mapa.

La alegoría política y social siempre ha sido un tema recurrente dentro de la historia del cine, posiblemente haya sido el género fantástico y la utopía de ciencia ficción en especial la parcela más abonada a discursos en donde se nos alertaba acerca de los peligros existentes de según qué ideologías que ostentaban, o lo pretendían, el poder, la lista a tal respecto seria ciertamente extensa, como algunos ejemplos podríamos citar el 1984 de Michael Radford en donde la novela de George Orwell ejercía en su plasmación en imágenes de una visión marxista del comunismo provista de un discurso nada sutil acerca del miedo hacia colectivos, que en el fondo resultaba ser todo lo contrario, dominantes, en el Metropolis de Fritz Lang también éramos testigos de la alienación popular con especial énfasis en las separaciones y diferencias de clases sociales con el claro trasfondo de la revolución industrial como síntesis principal de su argumentación, sin irnos tan lejos y apartándonos del fantástico en la extraordinaria The Master de Paul Thomas Anderson veíamos como se indaga en la debilidad mental del individuo a través de un mensaje en donde la religión nos es mostrada como una engañosa arcadia direccionada principalmente hacia la dominación de gente común. Posiblemente a la hora de presentar la excelencia del discurso alegórico o metafórico de raíz político ubicado en un escenario fantástico la novela de Jack Finney Invasion of the Body Snatchers, llevada en varias ocasiones a la gran pantalla, representaba a la perfección una feroz crítica a través de una narrativa paranoica conspirativa del fascismo adyacente en aquella época en relación al senador McCarthy y sus famosas listas negras.

El cine de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles como claro cine militante ha transitado hasta día de hoy en su gran mayoría a través de un discurso en donde problemáticas sociales y políticas figuran como la principal génesis de su dictado como bien hemos podido comprobar en sus últimas Sonidos de barrio o Aquarius, en su nuevo trabajo tras las cámaras titulado Bacurau se indaga nuevamente en tal discurso en lo relativo a su fondo aunque no tanto en referencia a una formas que difieren con respecto a anteriores películas realizadas por el dúo de directores brasileños. El menaje en esta ocasión es aún menos sutil y más obvio si cabe que en ocasiones pasadas, en el de alguna manera encontraremos más texto que subtexto, la figura de un poder totalitario representado en la figura del invasor nos remite claramente a la actualidad y a Jair Bolsonaro, la novedad viene dada en la forma que Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles representan tal alegoría política, lo hacen a través de una mixtura genérica tan vasta como por momentos imposible, la virtud viene dada en la medida de no desentonar un producto que dada su naturaleza tenia todos los números para hacerlo. Las referencias de este retrato rural son innumerables, a tal respecto podríamos denominar a Bacurau como una fábula de realismo mágico que irremediablemente nos remite al cine perpetrado en su día por Alejandro Jodorowsky, sus inequívocas texturas de western también parecen transitar por momentos a través de imaginarios fílmicos de por ejemplo John Carpenter o Sam Peckinpah, en tal sentido  la sobredosis de sangre y vísceras adyacente en el film puede descolocar a más de uno, sin embargo estas hibridaciones que por momentos devienen como imposibles no hacen más que reforzar una apuesta que resulta ser tan arriesgada como parcialmente conseguida en relación al buen manejo de los cambios de tono. Al igual que la anterior Aquarius en Bacurau asistimos a un desalojo que deviene como forzoso, si en aquella ocasión era un bloque de pisos aquí se trata de un remoto pueblo situado al sur del Brasil, nuevamente la denuncia va encaminada hacia el invasor que en esta ocasión tendrá que volver a hacer frente a una solidaridad antisistema tan árida como violenta.

De clara lectura política y provista de abundantes ideas tanto  visuales como discursivas Bacurau como buena fábula distópica que es no parece reparar mucho en un subrayado que por momentos parece colisionar con las coordenadas del aquel llamado Cinema Novo, poco importa en realidad dicha confrontación de estilos pues al final de alguna manera confluyen en relación a una combinación resultante de género y política a partes iguales que terminan resultando ciertamente efectiva, a tal aspecto la decisión deviene como ciertamente radical en referencia a un dictado en donde su nada disimulada extravagancia, llevada a cabo sin ningún tipo de complejos ni miramientos sutiles, se erige a modo de esa conocida génesis en donde el cine brasileño parece estar concebido como arma política, aquí expuesto mediante una agraciada mezcla genérica que da lugar a su conclusión al correspondiente debate y reflexión de lo que parece ser hoy en día el Brasil contemporáneo.

Valoración 0/5:3

«The Wild Goose Lake» review

Zhou Zenong es un gánster que acaba de salir de la cárcel y se convierte en fugitivo esa misma noche, después de que una reunión de bandas acabe mal y provoque la muerte de un policía. Tratando de esconderse mientras se recupera de sus heridas, Zhou se encuentra con Liu Aiai, una prostituta que puede haber sido enviada para ayudarle, o bien para entregarlo al capitán de la policía a cambio de una cuantiosa suma. Perseguido por las bandas y por un dispositivo policial que parece abarcar toda la ciudad de Wuhan, Zhou deberá enfrentarse a los límites de lo que está dispuesto a sacrificar tanto por esa extraña como por la familia que dejó atrás.

El realizador de origen chino Diao Yinan con tan solo cuatro trabajos detrás de las cámaras en su haber da la sensación de haberse convertido en todo un referente de ese panorama genérico autoral que transita por el llamado noir chino, su anterior y notable Black Coal, con la que consiguió ganar el Oso de Oro en Berlín hace ya cinco años, no dejaba de ser una brillante y sofisticada vuelta de tuerca de dicho subgénero sin perder nunca de vista una indagación en el contexto social en el que se movía, su nuevo trabajo proveniente de Cannes, de la sección Perlas del Festival de San Sebastián y finalmente del Festival de Sitges titulado The Wild Goose Lake, que se estrena comercialmente estos días en territorio español,  sigue transitando por una senda temática que al igual que en su anterior film tiene como principal activo el atesorar un asombroso virtuosismo estético visual.

The Wild Goose Lake es indiscutiblemente una de las películas del año provenientes de la nueva cinematografía china, Diao Yinan en esta ocasión vuelve a incurrir en esa infografía visual que parece estar en una catarsis permanente en relación a apostar por un propio virtuosismo que parece situarse de forma reiterada en ese peligroso territorio que delimita de forma muy difusa la brillantez estética con una cierta artificialidad que en parte puede diluir el trazo dramático del relato. Diao Yinan sin embargo sale bastante airoso del envite, The Wild Goose Lake resulta ciertamente fascinante en la medida de estar ante una obra bien orquestada, de una condición claramente hiperactiva y situada a través de unas barreras que difuminan los ambiguos contornos existentes en lo concerniente a una cruda realidad que poco a poco se adentra en el terreno de la pesadilla. De este modo la síntesis principal de The Wild Goose Lake queda expuesta a través de una revisión de los arquetipos del noir en donde el lenguaje visual se sitúa en todo momento por delante de los diálogos, en cierta manera su premisa argumental, un par de personajes que por uno u otro motivo han de escapar de continuos controles policiales y criminales, no deja de ser una excusa, la argumentación de los repetidos itinerarios de fugas, persecuciones, traiciones y conceptos propios del cine negro no parecen, o al menos da esa sensación, ser una prioridad para un Diao Yinan que parece encontrarse mucho más cómodo a la hora de retratar o más bien contemplar unos escenarios de índole laberintico, nocturnos, lluviosos y bellamente iluminado a través de los neones, un conclave estético que parece de alguna manera asalvajado y que no dejan de ser una durísima radiografía, o si se prefiere alegoría, de una actual China en donde las brechas sociales existentes entre sus habitantes son cada vez mayores, a través de todo ello los protagonistas del relato subsisten en ese escenario casi modo de ecosistema paralelo, de fantasmal ambiente turístico y connotaciones casi utópicas, unos habitantes en continuo movimiento cuya compulsividad y aparatosidad parecen remitirnos a cierto cine perpetrado en su día por Sam Fuller, también al cine negro de serie B norteamericano de los años 40, seres que de alguna manera viven cercenados en reductos que dan la sensación de ser limítrofes con el resto de la población, será en la nocturnidad de la acción en donde percibamos una suerte de sueño a modo de triste elegía en relación a una urbe desproporcionada a todos los niveles que se manifiesta como un animal salvaje en una historia en donde a fin de cuentas se nos cuenta una redención cuya consecuencia final volverá de alguna manera a poner en equilibrio las cosas.

Un film planificado y ejecutado de forma excelsa en lo referente a su apartado técnico, la fotografía  a cargo de Dong Jinsong otorga a The Wild Goose Lake la inequívoca condición de ser un producto gran calado fílmico provisto de una plasticidad exuberante anclada en una suerte de universo que queda de alguna manera alejado de realismos convencionales al mismo tiempo que le otorga al conjunto una naturaleza hiperactiva en donde llegados a un punto determinado el constante movimiento de las ficciones nocturnas orquestado para la ocasión no se le concederán al espectador el poder detenerse a mirar de una forma sosegada su narrativa, en este aspecto, en el film de Diao Yinan la reflexión o el estudio de según qué comportamientos lo podemos encontrar si acaso una vez concluida una función en donde podemos atisbar para satisfacción nuestra como detrás de las cámaras percibimos a un talento con una personalidad y un estilo tan propio como definido, unas cualidades estas muy a tener en cuenta en el seguimiento de su carrera en los próximos años.

Valoración 0/5: 4

«The Other Lamb» review

En The Other Lamb vemos como Selah es una chica nacida en el seno de una religión alternativa conocida como El Rebaño. Sus integrantes, todas ellas mujeres y niñas, viven en un recinto en el campo, dirigidas por un hombre conocido como el Pastor. Selah, que está en el umbral de la adolescencia, es una seguidora increíblemente devota, pero comienza a establecer un vínculo con Sarah, una esposa marginada que se muestra cada vez más escéptica respecto a las enseñanzas del Pastor.

En una edición con una nutrida representación de mujeres realizadoras The Other Lamb de la polaca Malgorzata Szumowska nos introduce en un tema espinoso y de plena actualidad, posiblemente esto último más en el imaginario friccionado colectivo que en el real, al igual que Disco de la realizadora nórdica Jorunn Myklebust Syversen también presente en la pasada edición del Festival De San Sebastián, se nos sitúa en una historia de sectas, en esta ocasión de apariencia religiosa en donde por una alienación que deviene como forzada se llega a someter a personas que atesoran una psique que se percibe como débil, la producción belga e irlandesa The Other Lamb nos cuenta como un pastor domina a sus múltiples esposas e hijas en un grupo cerrado denominado El Rebaño, bajo esta premisa Malgorzata Szumowska transita a través de un relato orquestado para crear inquietud y desasosiego, el camino elegido para dicho trayecto resulta ser tan arriesgado en lo relativo a sus formas como irregular en lo concerniente a ver como las metáforas expuestas no llegan a estar cohesionadas convenientemente con sus imágenes.

A tal respecto en The Other Lamb coexiste una contradicción en lo relativo a lo abstracto que pretende ser visualmente y lo subrayado del mensaje en cuestión, la pregunta vendría dada en la medida de plantearse si realmente existe alguno dentro de un relato en donde el rigor formal y un tono onírico de texturas premonitorias dan la impresión de no llevarnos a ninguna parte una vez concluido su recorrido. También no estaría de más el plantearse si un film que sin llegar a ser experimental y que recurre a virtuosismos formales excesivos han de ser críptico en lo relativo a su lectura, sin ir muy lejos y como ejemplo la reciente The Lighthouse de Robert Eggers ha sido acusada en según qué círculos de pretender ser pretenciosa en lo relativo a un expresionismo estético que es juzgado como impostado en la medida que querer anteponer el impacto visual a cualquier tipo de narrativa digamos convencional. Sea como fuere es evidente que en según qué obras las formas y el fondo no siempre parecen ir al unísono de una manera conveniente.

Malgorzata Szumowska, que ya había mostrado buenas maneras en sus anteriores Body y Mug (Premio a la Mejor Dirección en el Festival de Berlín 2018), nos sumerge en esta ocasión en una pesadilla que deviene principalmente como estilística, dicho de otra manera nos encontramos ante un auténtico deleite visual en base a un ejercicio de estilo ciertamente admirable provisto de líricas y simbolismos varios al servicio de grandes panorámicas, utilización del sonido como ente perturbador, inspirados encuadres etc, el gran lastre lo encontramos en lo concerniente a su narrativa, está en realidad apenas existe y lo poco que detectamos de ella llega a ser intrascendente, que Malgorzata Szumowska a lo largo de su carrera ha incidido con cierta rebeldía en normas y convicciones sociales es harto evidente, sus trayectos para desarrollar dicha autoría no han sido los más comunes, aquí posiblemente el transitar por primera vez con un guion y una lengua ajena le haya alejado en parte de esa ambigüedad antes apuntada acerca de las estructuras rígidas de poder tan visible en anteriores películas suyas en donde a diferencia de este último trabajo no intentaba proporcionar una sola interpretación. Sin embargo en The Other Lamb, cercana a la distopía mental de El cuento de la criada, su acercamiento a cuestiones tales como el heteropatriarcado y el empoderamiento resultan bastante pueriles por no decir previsibles, violencia de género contrarrestada con la correspondiente revuelta y posterior liberación en definitiva, tanto como las analogías existentes en referencia a la primera menstruación de la protagonista principal y la sangre derramada de los animales por poner solo un ejemplo, alegorías en definitivas muy manidas e hijas putativas de los tiempos del Metoo en lo concerniente a su propia contradicción, al final la sensación percibida en el relato contornea de forma peligrosa con la propaganda, un lastre demasiado pesado que no logra disimular su estilismo preciosista.

Valoración 0/5:2

«Algunas bestias» review

Algunas bestias nos cuenta como una familia desembarca con entusiasmo en una isla deshabitada en la costa sur de Chile con el sueño de poder levantar un hotel turístico en el lugar. Un fin de semana invitan a los padres de ella con la intención de pedirles un préstamo económico para dar un primer impulso al proyecto, sin embargo cuando el hombre que se ocupa del mantenimiento básico de la isla desaparece de forma repentina, la familia quedará prisionera víctima de las precariedades. Con frío, sin agua y sin apenas certezas, los ánimos y la buena convivencia de todos sus integrantes comenzaran a diluirse poco a poco.

Fue una de las películas más importantes vistas en la pasada edición del Festival de San Sebastián dentro de esa cada vez más emergente sección que es Nuevos Directores y que termino alzándose con el premio principal de dicho apartado. Algunas bestias supone el segundo trabajo tras las cámaras del realizador chileno Jorge Riquelme Serrano tras aquella curiosa opera prima titulada Camaleón, un film, el presente, de estructura pequeña rodado en apenas 10 días y con el propio Jorge Riquelme Serrano convertido en un auténtico hombre orquesta en donde aparte de la dirección se ha encargado el solo del guion, la producción y el montaje de una historia que empieza de una forma algo idílica, o esa es la primera percepción del espectador en relación a una ubicación escénica que nos sitúa en una paradisiaca isla colindante con la costa de Calbuco, a través de dicho conclave territorial y posterior desarrollo seremos testigos de una reunión familiar en apariencia apacible, un fin de semana cuyos invitados en esta ocasión serán un matrimonio maduro acomodado (unos notables Paulina García y Alfredo Castro) que disfrutaran de la compañía de su hija, su yerno y sus dos nietos.

En Algunas bestias, que empieza con un abrumador plano cenital y cuya narrativa afortunadamente resulta bastante más sutil de lo que es su título, asistimos a drama familiar de contornos disfuncionales que lentamente empezara a girar sobre sí mismo para acabar siendo una especie de antítesis de la idea de la que inicialmente parte, a partir de dicha premisa argumental arriba citada percibiremos un tono enfermizo que amparándose en una inequívoca puesta en escena teatral, y provista de conversaciones  que empiezan siendo punzantes para acabar convirtiéndose en hirientes, se nos muestra a una familia encerrada contra su voluntad, dicho enclaustramiento forzoso que en un principio dista mucho de ser paradisiaco ira lentamente convirtiéndose en claustrofóbico dando lugar a la representación de un determinado microcosmos que de alguna manera pretende ser una suerte de reflejo de un país entero de deviene como enfermo, a través de todo ello se nos retrata lo más feo y oscuro que puede llegar a anidar dentro del ser humano. Provisto formalmente de ese tono gélido y aséptico tan característico en películas centroeuropeas en donde se nos muestran disfuncionalidades familiares de todo tipo como por ejemplo, una burguesía mal entendida, homofobia, abuso de roles de poder y otros males endémicos sociales, seremos testigos de cómo Jorge Riquelme Serrano tiene la virtud de representarlos y ejecutarlos de forma muy cercana al espectador en base a la aparente cotidianidad de los actos a los que asiste, esto no significa que el relato no llegue a ser áspero y oscuro, a tal respecto el film, aun provisto de una credibilidad algo dudosa en lo concerniente a esa representación en concreto, tiene el dudoso honor de atesorar la escena posiblemente más hiriente y sórdida vista durante todo el festival.

Un notable tratado, el de Algunas bestias, que da la sensación de transitar acerca de los males que suelen envenenar nuestra sociedad actual relatados aquí a través de un conflicto que devendrá como trágico, posiblemente el subrayado sea demasiado notorio en según qué tramos del film, algo que por otra parte que no deja de ser inherente  en lo referido a la naturaleza de un relato que se atisba como primo hermano, en lo concerniente a su estilo visual y parte de su narrativa, a aquel otro tratado de la crudeza y debilidad humana que era la también chilena El Club de Pablo Larraín, en ambas películas de alguna manera se nos exponen y priman las consecuencias, nunca las causas, a tal respecto no terminamos por fortuna presenciando una historia de denuncia entendida como tal sino más bien a la crónica de una condena moral, una visión de claro índole pesimista con visos de atesorar muy pocos resquicios a la hora de poder encontrar algún tipo de redención posible para con sus protagonistas.

Valoración 0/5:3

«Zeroville» review

Zeroville situado en el año 1969 nos cuenta como Vikar, un estudiante de arquitectura sin habilidades sociales, viaja en autobús hacia Hollywood inspirado por las pocas películas que ha visto. El joven impresiona a Soledad, una bella actriz, con el tatuaje que luce en su cabeza rapada, que muestra la imagen de Montgomery Clift y Elizabeth Taylor tal y como aparecían en Un lugar en el sol. Al poco tiempo de entrar en el mundo del cine primero como diseñador y después como montador, Vikar emprende un viaje de ensueño a un mundo de películas que termina en tragedia con un descubrimiento casi horrible.

Después de ganar hace un par de años la Concha de Oro con The Disaster Artist James Franco, que nuevamente está detrás y delante de la cámara, volvía al pasado Festival de San Sebastián con otra cinta que indaga en la trastienda desvirtuada y oscura del mundo del cine, Zeroville, basada en la notable novela de Steve Ericsson publicada en 2007, nos sitúa en un año tan decisorio en Hollywood como fue aquel 1969 como ya hemos podido comprobar este mismo año en la notable Érase una vez en… Hollywood de Quentin Tarantino.

Zeroville, que de alguna manera viene a ser la representación ficticia vista en The Disaster Artist, viene a ser ese tipo de películas de difícil catalogación que últimamente el Festival de San Sebastián va incluyendo en su sección oficial a concurso y que de alguna manera intentan romper esquemas, salirse de una tangente genérica y estructural existente en la gran mayoría de los films seleccionados mediante trabajos en apariencia desprejuiciados de cualquier tipo de etiquetas, si el pasado año fue la notable In Fabric de Peter Strickland en esta edición dicho reclamo parecía recaer de alguna manera en Zeroville, la pregunta que vendría a colación en este caso sería la referida a que si el fondo puede justificar los medios o en todo caso la intención, en lo relativo al film de James Franco indudablemente no pues estamos ante uno de los peores trabajos vistos este año en el certamen pese a atesorar algunos intermitentes puntos de interés expuesto a modo de pastiche y juego cinéfilo. Zeroville intenta generar una reflexión sobre la cinefilia llevada al límite, un film que empieza por causar una cierta curiosidad por lo insólito de su naturaleza a contra corriente, sin embargo la broma dura bien poco hasta llegar a convertirse en una especie de chiste deslavazado, muy pasado de rosca, repetitivo e imposible de unir con un mínimo de coherencia, el conjunto final deviene con muy poca gracia bordeando por momento lo irritante en especial en lo referido a un montaje que parece estar tramado por el propio protagonista del film. También sería justo decir que el nuevo trabajo del responsable de Interior. Leather Bar. necesita una contextualización adecuada a la hora de poder ser analizada con cierta enjundia, evidentemente el film huye conscientemente de cualquier tipo de verisimilitud narrativa, algo que vuelvo a repetir no es óbice para dar la impresión de estar ante chiste que termina siendo demasiado farragoso por mucho que la cinefilia del autor, y la del relato, pueda causar una cierta empatía en el espectador ávido de referencias.

A través de un tono alucinógeno que por momentos, en lo relativo a la fascinación y el poder empírico de las imágenes, parece bordear coordenadas ya vistas en la fundamental Arrebato de Iván Zulueta, Zeroville, tiene al menos la particularidad de ampararse en la apropiación y devoción cinéfila de su marciano protagonista, las citas y personajes que van desfilando son innumerables y en parte disfrutables, desde Liz Taylor y Montgomery Clift en Un lugar en el sol hasta de George Steven, John Milius, Francis Ford Coppola y el rodaje de su Apocalipsis Now en Filipinas, un joven Spielberg, una trasunta co-protagonista surgida bajo los rasgos de nuestra Soledad Miranda y multitud de transposiciones cinéfilas que van desde La pasión de Juana de Arco, de Carl Theodor Dreyer hasta el The Holy Mountain de Alejandro Jodorowsky, el mensaje final que viene a ser algo parecido a como el poder del cine es utilizado a modo de materia transformadora de nuestra existencia, curiosamente dicho tratado representa a la perfección el paradigma de cómo pese a la radicalidad del conjunto no significa que forzosamente estemos ante un producto brillante aunque si en parte original, la sensación final es la de estar presenciando una ocurrencia sofisticada que en realidad no lo es tanto, más bien estrafalaria, eso si la película que ha permanecido oculta desde su rodaje en 2014 gozara indudablemente en un futuro de ese estatus de obra maldita, de difícil acceso para el gran púbico, incluso quien sabe si de culto, desde luego atesora todos los mimbre para ello, tan maldita que tuvo que ser retirada por parte del festival de la sección oficial a concurso por haber tenido un inesperado y equivocado estreno comercial una semana antes de dar comienzo el certamen en Rusia.

Valoración 0/5:2

«Pacified» review

A Tati, una chica introvertida de 13 años, le cuesta conectar con su distanciado padre, Jaca, cuando este sale de la cárcel en los turbulentos días posteriores a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Mientras la Policía Pacificadora brasileña lucha por mantener la frágil ocupación sobre las favelas de Río, Jaca y Tati se verán obligados a abrirse camino en medio de una confrontación que amenaza con desbaratar sus esperanzas de futuro.

Pacified, ópera prima del estadounidense Paxton Winters que adapta una historia de Joseph Carter Wilson y Wellington Magalhaes, se erigió como la gran triunfadora de la pasada edición del Festival de San Sebastián consiguiendo la Concha de Oro y premios para Mejor Actor, un medido Bukassa Kabengele y Fotografía, un film que nos es narrado nuevamente bajo la mirada de un infante, en esta ocasión una chica de 13 años llamada Tati, la acción nos sitúa en los turbulentos días posteriores a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, en su secuencia inicial vemos como la policía, más bien un ejército militar, desmantela, o como bien indica el título de la película “pacifica”, de personas sospechosas y actividades ilícitas la favela denominada Morro dos Prazeres, será en el posterior día a día de ese particular microcosmos en donde Paxton Winters, periodista antes que cineasta, intente captar la complicada y compleja humanidad de unos habitantes abocados a vivir en una ciudad sin ley en donde un 54 % de su población es negra, alcanzando una mortalidad en ese sector exageradamente elevada.

De un aspecto técnico ciertamente impoluto, sigue rondando en la cabeza de un servidor ese impresionante plano ascendente sobre las escaleras de la favela, con especial atención a una fotografía que retrata adecuadamente espacios ásperos y sucios, y con producción a cargo entre otros del conocido Darren Aronofsky por aquello de estar ante un producto global comandado por gente en un principio apartada o no afín a las fronteras que el film retrata, la película de Paxton Winters queda expuesta  a medio camino entre un tono de documental provisto de imágenes reales y narrativas de una dura cotidianidad desarrolladas desde un prisma paterno filiar. Pacified parte de unas bases que pretenden de inicio no ser convencionales aunque al final en lo concerniente a su resolución en parte lo sea, especialmente en según qué discutibles manierismos algo manidos expuestos en su tramo final, la principal referencia al film la podemos encontrar en películas tales como Ciudad de Dios o Tropa de élite, de algunas manera estos films no dejan de pertenecer a un género construido en sí mismo, en tal respecto el punto de partida y posterior desarrollo es similar a los trabajos arriba citados, su desarrollo sin embargo intenta alejarse algo pese a que el retrato de ese microcosmos social de desfavorecidos en base a unos protagonistas imposibilitados de salir de esa especie de hormiguero ubicado en el corazón de las favelas parezca en un principio idéntico al de sus congéneres. A tal respecto Pacified no es una película que transite por la originalidad aunque sería injusto no reconocerle una cierta efectividad a la hora de retratar unos lugares que ya devienen como comunes en esto de plasmar en imágenes duros ámbitos de índole social.

El film de Paxton Winters tiene al menos la virtud de no formar parte de ningún tipo de militarismo al uso, también en no recrease en la miseria, por fortuna tampoco la juzga, o al menos no de una manera gratuita, dando la impresión de estar ante un relato más focalizado en la humanidad de los protagonistas que en la violencia criminal del entorno en el que subsisten, de igual manera no asistimos a discursos alegóricos en torno a la denuncia entendida como tal, el tono, bastante ameno y por momentos entretenido, transcurre a través de una especie de thriller de connotaciones melodramáticas, en el detectamos una reflexión acerca de la familia como único núcleo social motivador ubicado dentro de un ambiente hostil, también del anhelo de este conclave por conquistar una libertad, una quimera a fin de cuentas, cuyo final queda escenificado con cierto aplomo en cómo llegar a sobrevivir de una manera u otra a un entorno al mismo tiempo que nos propone la interrogante de lo que vendría a significar el sacrificio personal que supone escapar de una violencia casi arraigada y de cómo si es posible mantener el honor y la integridad ante tal acto.

Valoración 0/5:2’5

«The Climb» review

Kyle y Mike son amigos íntimos unidos por un fuerte vínculo, hasta que Mike se acuesta con la prometida de Kyle. The Climb trata de una tumultuosa pero duradera relación entre dos hombres a través de muchos años de risas, desamor y rabia. También es la historia de dos amigos en la vida real que convierten una profunda conexión en una rica, humana y a menudo divertidísima película acerca de los límites (o la falta de ellos) en cualquier amistad cercana.

Curioso cuanto menos, dado el inequívoco contexto genérico en el que se mueve, la participación en el pasado Festival de San Sebastián, dentro de una sección Perlas cada vez más direccionada a ser una especie de cajón de sastre temático, de la opera prima de Michael Angelo Covino The Climb, film genéricamente prototípico que suele ser más fácil de ver en certámenes tipo Sundance o en menor medida y dentro de un contexto patrio el Americana de Barcelona, un cine independiente norteamericano que queda aquí expuesto a modo de una comedia ácida que empieza con un plano secuencia de cerca diez minutos de duración y que no deja de ser en sí mismo una declaración de intención por parte de sus responsables, en el vemos a dos amigos, Kyle y Mike, el director Michael Angelo Covino y el coguionista Kyle Marvin, subiendo una empinada colina en bicicleta en algún lugar del sur de Francia, la confesión de uno de ellos durante tan extenuante trayecto hará que se destape una caja de truenos que ponga en entredicho a modo de auge y caída una complicada y duradera amistad masculina, dicha accesión o cima no deja de ser una especie de metáfora sobre la no evolución de una relación como veremos más tarde, aquí expuesta en forma de fatigosa batalla cuesta arriba en donde se suele acabar justo donde se empieza, algo que de alguna manera confiere a The Climb la estructura de relato circular.

The Climb pese a ser un tipo de producción bastante detectable en lo referente a su síntesis como hemos citado más arriba en base a su condición de comedia negra indie americana tiene al menos la virtud de ser original con respecto a sus postulados e incluso en lo relativo a su formato, el primer concepto referido gira principalmente a través de exponernos una peculiar amistad que resulta ser tan extraña como toxica. La película, de esas comedias acidas que te pueden arrancar una sonrisa cómplice pero nunca una carcajada, parte de un hándicap bastante detectable en la medida de ser una especie de apéndice algo alargado de un corto anterior realizado por los mismos responsables, la historia está expuesta en base a continuas idas y venidas en donde más que una amistad en si lo que Michael Angelo Covino parece querer contarnos es en referencia al vínculo dependiente creado de tal concepto, los dos protagonistas devienen como completamente antagónicos entre sí, uno resulta ser un inocente bonachón de carácter extremadamente afable, el otro un ser un tanto ególatra y vividor pero principalmente egoísta para con quien les rodea, curiosamente la mezquindad del segundo hará que anhelé y en parte necesite el entorno familiar solido que parece atesorar el primero.

Una estructura episódica expuesta a modo de viñetas y dividida en siete capítulos mostrados a lo largo de varios años, dicha exposición mostrada mediante diversas escenas separadas por diversas elipsis narrativas dan la sensación de ser una especie de añadido sobre otro, conceptos aglutinados a modo casi de historias independientes a lo largo de un periodo de tiempo, no solo en relación a la trama sino también en lo concerniente a una plasmación, a través de tan peculiar e irregular método algunas set pieces funcionaran mejor que otras, en ellas veremos una relación de amor-odio ofrecida a modo de una rara avis que explora el concepto bastante desvirtuado, y por momentos desquiciante, de las buddy movie en donde el dialogo corrosivo también viene acompañado de una técnica y un rasgo estilístico esforzado representado para la ocasión en varios planos secuencias, una labor en donde Michael Angelo Covino junto a DP Zach Kuperstein (The Eyes of My Mother) escenifican cada secuencia casi como si fuera un desafío cinematográfico, utilizando tomas extendidas, cambios de enfoque y un montón de funcionales Steadicam para mantener la acción escénica lo más fluida posible, algo que en parte permite a los actores trabajar a través de sus diálogos sin apenas interrupciones, una tendencia esta que suelen ser muy impropia en este tipo de comedias convirtiendo a The Climb en toda una extravagancia o rara avis merecedora cuanto menos de no caer en el olvido al que parece estar predestinada.

Valoración 0/5:3

«Mano de obra» review

Francisco (Luis Alberti) y un grupo de albañiles trabajan construyendo una lujosa casa en la Ciudad de México. Tras la muerte de su hermano en la obra, Francisco se entera que su cuñada, ahora viuda, no recibirá indemnización alguna por parte del dueño de la casa. El grupo de albañiles buscará justicia no solamente por la nula compensación recibida por parte del dueño de la casa, sino también por una vida llena de carencias, contrastes y opresión.

Fue una de las propuestas más interesantes encuadradas dentro de la sección oficial a concurso en el pasado Festival de San Sebastián, un film que de forma algo inexplicable y dado el riesgo asumido no tuvo ningún tipo de presencia en el palmarés final del certamen, la cinta mexicana Mano de obra, ópera prima de David Zonana con producción de Michel Franco, se adentra de forma turbia tanto en una hiriente problemática social como en la dudosa moral adyacente en la actual sociedad mexicana a través de un interesante análisis sociológico y político.

En una edición en donde predominaron, como viene siendo normal casi habitual a día de hoy dentro de los certámenes de categoría A, trabajos que incidían en la desigualdad social contemporánea como las notables Parasite de Bong Joon-ho o Atlantique de Mati Diop por poner solo dos ejemplos, un temario por otra parte bastante recurrente dentro de un especifico cine de autor que de alguna manera nos pone sobre alerta a la hora de mostrarnos un mal que actualmente se presenta como endémico, aquel que indaga en esa brecha cada vez mayor existente entre ricos y pobres. A tal respecto el primer trabajo tras las cámaras del mejicano David Zonana Mano, inscribiéndose dentro de dicha temática y expuesta casi a modo de apéndice del exitoso film coreano, en relación a ese concepto que tiene a la casa y su posterior ocupación, como centro neurálgico de poder, deviene como una milimétrica alegoría de una desesperación que se percibe sin vías de solución. Para la ocasión no solo se limita a retratar en un claro tono realite, formato ayudado con la decisión de contar solo con Luis Alberti como único actor profesional del elenco, una desigualdad que deriva en abuso y posterior revancha, sino que se ampara a través de metáforas ubicadas en un escenario de clara estructura minimalista en lo referente a una historia contada de una manera sencilla pero convincente que terminara siendo circular en lo relativo a la incertidumbre que han de padecer todos sus protagonistas y que de una forma atroz siempre nos devuelve al punto de origen siendo su síntesis argumental aquella que nos dicta como la corrupción moral puede ir calando en según qué circunstancias en cualquier segmento de nuestra sociedad.

De alguna manera Mano de obra mediante una acertada y meritoria economía de medios, con especial incidencia en un conjunto de encuadres fijos expuestos a través del plano secuencia, que invitan al espectador a la fría contemplación, viene a representar el reverso políticamente incorrecto del relato social perpetrado por ese tótem del cine de las minorías desfavorecidas que es Kenneth Loach, el cine de ambos autores se sustenta a través de mostrarnos la degradación de tratados sociales, sin embargo la rigurosidad y austeridad formal de Mano de obra se distancia afortunadamente del tremendismo del veterano realizador británico a la hora de intentar construir unas narrativas de índole moral que no pretenden en ningún momento incidir en el subrayado ni el militarismo que intenta aleccionar a través de una injusticia social, en cierta manera David Zonana le da la vuelta narrativamente al calcetín, o si se prefiere a la tortilla, a la hora de ilustrar una antítesis que deviene como compleja en lo concerniente a emitir un determinado juicio de valor a la posición de mando adquirida tanto por unos como por otros, decantándose en aplicar diversas metáfora de claras naturalezas contradictorias direccionada para la ocasión hacia un escepticismo que la deriva por momentos al cine de Buñuel por aquello de encontrar en la más absoluta marginalidad parábolas que anidan de una forma u otra a través de la picaresca más descarnada. Inexplicablemente el film de David Zonana dio la impresión de pasar algo desapercibido por San Sebastián, una ocasión perdida en este aspecto a la hora de reivindicar una de las obras más arriesgadas y sorprendentes de las vistas este año dentro de esa nueva y emergente autoría proveniente de Latinoamérica, un tipo de cine que da la sensación en estos últimos años de avanzar muchos más rápido que el resto de filmografías en lo relativo a la indagación de dramas de índole social.

Valoración 0/5:4

«Répertoire des villes disparues» review

 

Simon Dubé muere en un accidente de coche que tiene lugar en un pequeño y remoto pueblo de Quebec de apenas 215 personas. Sorprendidos, los habitantes del pueblo procuran no hablar sobre las circunstancias de la tragedia. El suceso desgarra a la familia Dubé, y afecta psicológicamente al alcalde Smallwood, junto a otro grupo de aldeanos que no saben qué hacer para dejar atrás lo sucedido. Mientras la gente trata de digerir la desgracia, una serie de personas desconocidas comienzan a llegar al pueblo, a lo que poco más tarde le acompaña una espesa niebla. ¿Quiénes son? ¿Qué está sucediendo?

No deja de ser curioso, pero al mismo tiempo consecuente en lo relativo a programar, como en la pasada edición del Festival de San Sebastián y dentro de la sección Zabaltegi-Tabakalera se pudieron ver varios trabajos que indagaban a través del género fantástico realizado por autores en un principio no afines a dicha temática genérica expuestos todos ellos en un apartado del certamen destinado a obras arriesgadas que parten de una catalogación de difícil cuadratura. El realizador franco-canadiense Denis Côté fue uno de ellos y su particular Répertoire des villes disparues sería o vendría a ser su visión más cercana de realizar una película de terror, evidentemente el resultado final alejado de cualquier tipo de convencionalismos conceptuales es bastante sui géneris siendo una de las propuestas más ambiguas e interesantes del presente curso en lo concerniente a ese otro cine de género fantástico provisto de claras connotaciones autorales.

Répertoire des villes disparues, que toma solo como punta de partido la novela de Laurence Olivier del mismo título, podría transitar perfectamente a modo de drama hibrido provisto de una anómala, dada su peculiaridad, visión del terror, a la hora de buscar alguna aproximación o fuente que nos situé por tan atípico y por momentos hipnótico relato la referencia más cercana la podemos encontrar tanto en la película de Robin Campillo Les revenants como en su posterior traslación a la pequeña pantalla en la medida de retratar la difícil coexistencia entre vivos y muertos, sin embargo esta coincidencia argumental solo es ejecutada como un punto de inicio en una historia que aquí no solo se limita a reflexionar acerca de querencias afectivas hacia el retornado sino que indaga a través de espacios terrenales de devienen como crepusculares. Répertoire des villes disparues podría partir de la tesis de como un pueblo comienza a convertirse en algo fantasmagórico en referencia a un planteamiento sobre el desvanecimiento de un conjunto, no en relación a ninguna maldición digamos ancestral de un relato que nos habla principalmente de la desaparición de un entorno determinado que empieza a través de unas apariciones, curiosamente en dicha indagación temática de claros contornos genéricos el elemento social está integrado en el relato de una forma muy sutil, Denis Côté a través de esas acotaciones o derivas narrativas se vale continuamente de un fuera de campo que de alguna manera nos habla de la desconfianza hacia el desconocido, algo que deriva inevitablemente en la problemática de la xenofobia en la medida hablar acerca de cuerpos olvidados que de una forma inesperada necesitan de ser visibles y que actúan o representan en la historia simbolismos a modo de un horror que deviene como colectivo en referencia al concepto de la desconfianza a la hora de poder compartir un espacio que al final quedara abocado al éxodo del no participe en dicha correlación.

Digno de mención en este film de narrativa elíptica y tono ingrávido, que en todo momento sabe situarse a medio camino entre el realismo social y lo sobrenatural sin llegar a desvirtuar ninguno de ambos conceptos, es el referido a su tono formal, en unos tiempos en donde el virus Netflix en lo relativo a una desmesurada digitalización que se percibe como opulenta y globalizada a modo de déficit estilístico especialmente visible en según que visionados en pantalla grande, el film de Denis Côté deviene como una agraciada rara avis en lo concerniente a la autentificación casi artesanal de la imagen cinematográfica entendida como tal, la sensación de estar volviendo a ver cine de verdad se encuentra muy presente en Répertoire des villes disparues en parcelas tales como su fotografía granulosa en 16mm o la particularidad del uso del sonido en el relato, mimbres formales, ubicados a través de la desolación escénica de un invierno consumido por la nieve, que son aprovechados a la hora de retratar básicamente una vulnerabilidad, y que vienen a ser otros añadidos a la ecuación a tener muy en cuenta en una de las películas más peculiares e indescifrables de este recién acabado 2019.

Valoración 0/5:4

«The Audition» review

Anna es una profesora que enseña violín en una escuela para jóvenes músicos de Berlín. En contra del criterio de sus colegas, la maestra aprueba el ingreso de Alexander, un niño en el que detecta un notable talento. Le instruye con gran dedicación y afecto, y pronto le dedica más atención que a su propio hijo de diez años. Surge la rivalidad entre ambos chicos, y el matrimonio de Anna se tambalea. Pero donde ella falló, su talentoso alumno debe tener éxito, y a medida que se acerca una audición importante, Anna se obsesiona cada vez más con llevarle a lo más alto.

El segundo largometraje como directora de la alemana Ina Weisse (The Architect 2008), para un servidor la mejor película a competición de este año vista en el pasado Festival de San Sebastián, vino a representar uno de los puntos álgidos del certamen en referencia a la calidad de las propuestas exhibidas en esta edición dentro de su sección oficial, en The Audition vemos como Anna (una espléndida Nina Hoss presente en la práctica totalidad de planos del film y que por fin parece llegarle los reconocimientos, merecida Concha de Plata a la mejor actriz, en un año que hace doblete en papeles que indagan en derivas maternas con la también notable Pelican Blood) vuelve a ponerse en la piel de uno de esos personajes complejos provistos de unos pensamientos que se perciben como contradictorios.

En The Audition, como buen retrato de una deriva interna, todo lo que llegamos a percibir se encuentra soterrado, un film que de alguna manera queda enmarcado a través de una narrativa tan equilibrada como fría que inevitablemente nos remite al cine de Michael Haneke, las semejanzas y  los paralelismos con La pianista resultan inevitables, también a un nivel de ubicación social que aquí vuelve a indagar en esa característica burguesía plagada de aristas emocionales situada en escenarios clásicos y elegantes provistos de atmosferas gélidas tan recurrente en el cine del responsable de 71 fragmentos de una cronología al azar, sin embargo en el film de Ina Weisse el tono deviene como bastante más sutil en referencia a su representación, cuestiones tales como la culpa o una autoexigencia en relación a un personaje principal que deviene como toxico para todas las personas que le rodean, también la insatisfacción personal están muy presente en un trama que hace de la inseguridad (ojo a esa escena tan premonitoria y tan bien resuelta a un nivel formal que vemos en el restaurante cuando la protagonista y su ex pareja han quedado para comer y que nos pone sobre aviso de lo que estar por llegar) una patología de la paranoia interna en base a una narrativa que en algunos momentos llega incluso a bordear el thriller psicológico, en este aspecto el notable trabajo de Ina Weisse es ciertamente admirable a la hora de mostrarnos una tensión siempre latente a través de una puesta en escena que nunca llega a eclosionar pero que sin embargo a la larga tendrá unas consecuencias tan inquietantes como desgarradoras en un relato en donde subyace una implícita violencia, nunca escenificada pero muy presente  a modo de premonición a través de una narrativa que en ningún momento recurre a los golpes de efecto en relación a según qué intimidades derivadas de una debilidad ajena en un principio a unos espectadores que al final terminan de alguna manera convirtiéndose en cómplices.

Como certero análisis visto a través de un prisma familiar que indaga en la hondura psicológica provista de obsesiones a cual más inquietantes y recónditas The Audition, que anida en todo momento a través de una indefinición genérica, de alguna manera encuentra su mejor virtud en lo extremadamente austera y rigurosa que resulta ser a la hora de circunvalar un entorno determinado a un imaginario personal que deviene como quebradizo, la enfermedad mental de la protagonista principal está ligada inevitablemente a un sistema social, cultural y económico que da la impresión de imponer el éxito o la superación por encina de cualquier otro tipo de cuestión, el ultimo y magistral plano de la cinta no deja de ser una síntesis casi perfecta de todo lo que se nos ha explicado con anterioridad, a tal respecto no hay lugar a la hora de emitir juicios de valor sobre según qué actos cometidos por el personaje principal de los que hemos sido testigos a lo largo de la trama, tampoco diálogos que sobre expliquen la terrible disociación mental que nos es mostrada.

Valoración 0/5:4

«First Love» review

First Love nos cuenta como un joven boxeador que atraviesa una mala racha durante el transcurso de una noche se encuentra inesperadamente con el primer gran amor de su vida ahora convertida en una prostituta adicta a la droga que pese a sus circunstancias personales sigue manteniendo una mente inocente. La chica sin embargo se encuentra inmersa en una compleja trama relacionada con el tráfico de drogas que la convierte en el objetivo de varias personas.

Con más de cien títulos en su haber no deja de ser algo curiosa la evolución que ha tenido la carrera cinematográfica de Takashi Miike en estas últimas décadas, más sorprendente aún si cabe ha sido su aceptación y posterior tránsito por los festivales de cine de nuestro país, el director de origen nipón empezó a darse a conocer en territorio patrio allá por el año 1999 con una cinta que devino clave en su trayectoria como fue Audition, por aquel entonces el Festival de Sitges sufría una confusión de identidades genéricas brutal, la Semana de Terror de San Sebastián curiosamente capitaneando por Luis Rebordinos por aquel entonces estuvo bastante más avispada a la hora de programar dicho título, un tiempo en que el japonés era un autor de una clara naturaleza trasgresora, en parte lo sigue siendo aunque de una forma algo distinta, con títulos entre otros como por ejemplo The City of Lost Souls, Visitor Q, Ichi the Killer o la saga Dead or Alive en la medida de ofrecer un tipo de cine que se caracterizaba principalmente por una ausencia total de esquemas preconcebidos.

Con el paso de los años y un ritmo de producción cada vez más desmesurado Takashi Miike se convirtió en una especie de hijo putativo del Festival de Sitges, en cada nueva edición estaba presente con más de un título llegando incluso a rodar una película en la localidad catalana, la algo indigesta JoJo’s Bizarre Adventure: Diamond is Unbreakable, una vez reducida en algo su proclive hiperactividad Takashi Miike aunque sigue sin hacerle ascos a ningún tipo de trabajo va depurando su discurso siguiendo en ocasiones transitando por un cine de encargo pero de un mayor empaque como lo demuestra trabajos como por ejemplo 13 assassins, Hara-kiri: Death of a Samurai o su depurada reinterpretación low cost de otro clásico como es la notable Over Your Dead Body. Una trayectoria que da la impresión de no tener ya una imperiosa necesidad de llamar la atención, de provocar en definitiva, sus trabajos se expanden dejando de ser un coto privado destinados a festivales de género, a tal respecto a nadie sorprendió que su First Love estuviera presente en la Quincena de Realizadores del pasado Festival de Cannes, también estuvo presente el pasado mes de septiembre en San Sebastián dentro de la sección Zabaltegui en un certamen que al igual que aquella Semana de Terror de San Sebastián del año 1999 ahora está dirigido por Luis Rebordinos, circunstancia que curiosamente hace que el círculo se cierre de alguna manera.

Entrando ya en materia de lo que es su último trabajo tras las cámaras un servidor siempre ha sido de la opinión de como las películas orquestadas por Takashi Miike, indiscutiblemente uno de los mejores artesanos que ha dado el cine japonés en mucho tiempo, más que analizarlas concienzudamente merecen ser simplemente disfrutadas, First Love, que se acerca de forma evidente al sector digamos más respetable de su filmografía, representa a ese tipo de cine despreocupado que entre tanta trascendencia festivalera su visionado sienta de maravilla, al igual que la también reciente The Forest of Love de Sion Sono, el film no deja de ser una especie compendio autoral marca de la casa que recoge lo mejor y en parte lo peor de dicha ecuación, su irregularidad narrativa esclava de esa máxima tan característica de su autor en donde todo vale queda aquí convertida en un conjunto de creatividad continua que viene a representar a la perfección el significado de lo que es su propia coreografía cinematográfica, evidentemente tan multigenérica como disfrutable.

Posiblemente si se tuviera que elegir una sola catalogación genérica para el film, algo que en realidad que no deja de ser un poco absurdo en la trayectoria del responsable de One Missed Call, esta sería la de ser una especie de desprejuiciado slapstick criminal que no deja de lado el trazo emocional aderezado como no podía ser de otra manera con un buen número de pinceladas de humor negro, una aplicación de diversas tonalidades genéricas que tiene en parte la virtud de esquivar uno de los males endémicos de muchas de las películas de Takashi Miike, la de agotar al espectador en base a un dilatado frenesí siempre direccionado a desembocar en un clímax continuo que parece no tener fin, aquí todo está permitido en base a la utilización de recursos visuales a cual más ingenioso, como por ejemplo recurrir a la animación en alguna escena espectacular cuando el presupuesto no da para poder rodarla en imagen real, por lo demás el cajón de sastre deviene como inabarcable, solo cogiendo lo positivo, que en este caso no es poco, el disfrute está plenamente asegurado.

Valoración 0/5: 3’5

«Le milieu de l’horizon» review

Le milieu de l’horizon nos sitúa en el verano del 76. Una ola de calor está provocando que el campo suizo se seque a toda velocidad. En un ambiente sofocante, Gus, que tiene trece años y es hijo de un granjero, ve cómo su entorno familiar y su inocencia se resquebrajan, en parte está viviendo el fin de su particular mundo.

Dentro de la pasada edición del Festival de San Sebastián hubo tiempo de poder adentrarse aunque de forma algo breve en esa sección ya tan consolidada y en parte imprescindible dentro del certamen como es Nuevos Directores, apartado en donde prima el descubrimiento de autorías direccionado exclusivamente a primeras y segundas películas, de Suiza vino la cinta Le milieu de l’horizon de la realizadora Delphine Lehericey, un segundo trabajo tras las cámaras que curiosamente colinda temáticas adolecentes y emancipaciones emotivas al igual que su ópera prima Puppylove, película también presente curiosamente años atrás en la misma sección del festival.

Le milieu de l’horizon, que adapta una novela de Roland Buti y que parte de una idea, urdida a cuatro manos por parte de Joanne Giger y Roland Buti, provista de personajes imperfectos y que podríamos denominar como prototípica, aquella que nos explica una trasformación o emancipación que discurre a través de los ojos de un preadolescente en lo concerniente a una vivencia ubicada en esa concreta etapa tan dada en la formación de una identidad que queda situada a un pie de la infancia y otro de la adolescencia representado en el relato a través de un personaje, un Luc Bruchez cumpliendo con rigor, obligado a presenciar una serie de acontecimientos ocurridos dentro del núcleo familiar al que pertenece que no puede manejar como él quería, un punto de partida similar a otra película vista este año en el festival como es la británica Rocks pero desarrollada a través de una narrativa completamente distinta, en esta ocasión todo expuesto a modo de una muy característica coming of age aquí encuadrada dentro de un periodo de tiempo muy determinado, apenas dos semanas y acontecida una ubicación rural que deviene como clave en el desarrollo de una historia en donde el entorno histórico cultural resulta fundamental a la hora de retratar lo que vendría a ser una incertidumbre hacia lo desconocido o una contrariedad cosechada en lo relativo a los sentimientos del joven protagonista visualizados a través de un particular micromundo representado aquí de forma tan clásica como hiperrealista en la medida de conseguir trasivergar la consabida idílica rural gracias en parte a un notable empaque visual por parte de la fotografía a cargo de Christophe Beaucarne.

De alguna manera en el film de Delphine Lehericey, que ante la falta de cierta originalidad atesora firmeza, asistimos al final de un tiempo y unas vivencias que dan paso a otro que se percibe como bien diferente, transitando más allá del característico y sempiterno despertar vital o sexual del joven protagonista el relato nos permite ciertas acotaciones algo interesantes que vienen en parte a circunvalar dicha ruptura emocional arriba citada, uno por ejemplo el social, representado en esta ocasión en el derrumbe de un mundo plasmado por un lado por una especie de capitalismo que pasa por encima del individual entorno campesino simbolizado en el relato en la figura de un padre que asiste a la irremediable tesitura de intentar subirse al tren de la modernidad si no quiere verse abocado a la desaparición laboral, el otro igual no tan social sino más bien a modo de reafirmación, sentimental o emotiva como se prefiera, en referencia a la liberación de la mujer dentro de los cimientos del patriarcado, en esta ocasión la de una madre (una ajustada Laetitia Casta) que ve el momento de desembarazarse de ese cordón umbilical familiar para intentar resetear el destino que ella cree que en verdad le corresponde y que ahora si puede llegar a acometer, una parte de la historia que pese a estar ambientada en los años 70 las cuestiones que abordan podrían ser perfectamente adyacentes y actuales a las que puede plantearse cualquier mujer a día de hoy, todo ello evidentemente bajo la sempiterna mirada del infante, en esta ocasión expuesta como figura representativa del joven contemplativo que asiste a un irremediable cambio que se supone que cimentara su futura personalidad, una mirada tan vulnerable ante los hecho que se ve obligado a afrontar como en parte participe, de forma involuntaria, de lo que inevitablemente el mañana le deparara tanto a él como a los seres que le rodean.

Valoración 0/5: 3

«A Dark-Dark Man» review

En A Dark-Dark Man e somos testigos de cómo un niño es asesinado en un recóndito pueblo kazajo. El joven detective asignado al caso quiere terminar la investigación cuanto antes al comprobar que policía local al parecer ya ha encontrado al autor. Pero cuando una periodista llega desde la ciudad para informar sobre el caso todo empezara a desmoronarse.

Otras de la película vistas en la pasada edición del Festival de San Sebastián que competían por la Concha de Oro fue la interesante coproducción entre Francia y Kazajistán titulada A Dark-Dark Man del realizador Adilkhan Yerzhanov, una película que indaga en lo que podríamos denominar como la quintaesencia del thriller local. En A Dark-Dark Man se parte de inicio de premisas y coordenadas muy conocidas que podemos encontrar en infinidad de películas que transitan a través del noir, sin embargo su principal particularidad la encontraremos tanto en lo referente a su ubicación, unas áridas e interminables estepas situadas en Kazajistán que parecen no tener fin al quedar situadas en un escenario que deviene inequívocamente como inhóspito, como en lo referente a una exposición argumental que no deja de ser una especie de reinterpretación del noir francés, dicho escenario, omnipresente a lo largo de todo el metraje, juega un papel fundamental  a la hora de presentar un relato que deviene su status quo como bucéfalo en lo concerniente  a su inconfundible y pervertida estructura genérica clásica que parte de aquella máxima de estar ante un relato en donde no encontraremos personajes buenos, aquí todos son malos o peores en referencia a la práctica total de unos protagonistas que atesoran una negatividad moral a cada cual más difícil de justificar.

En el film de Adilkhan Yerzhanov somos testigos de cómo su protagonista a través un tono situado a medio camino entre lo melancólico y lo pesimista casi sin llegar a proponérselo termina engullido por una espiral corrupta de la cual quiere desprenderse conforme avanza la trama a modo de redención casi a semejanza del aquel Harvey Keitel en el Bad Lieutenant de Abel Ferrara, un personaje, un excelente Daniar Alshino, que al principio de la trama forma parte de manera consiente de una corrupción policial que deviene casi en social, también se detecta en el film claras reminiscencias dialécticas en su narrativa a autores claves del presente como pueden ser por ejemplo Takeshi Kitano o Bong Joon-ho a la hora de presentarnos situaciones terribles, en algunos casos muy violentas, que son tratadas a través de un tono desenfadado pese a la atmósfera malsana que subsiste en una historia por momentos colindante con el thriller nórdico, todo ello expuesto formalmente a través de unas querencias estéticas tan insólitas como atrevidas como por ejemplo puede ser la por momentos hipnótica banda sonora de tono electrónico a cargo de Galymzhan Moldanazar, por otra parte asistimos a un trabajo de connotaciones inequívocamente autorales, en tal sentido a Adilkhan Yerzhanov que tiene tiempo incluso de transitar a través de un humor por momentos absurdo, que parece mirar sin ningún tipo de pudor a imaginarios provenientes del cine de Jacques Tati por ejemplo, da la sensación de no darle mucha importancia al tempo narrativo de la película, cuestión esta que puede suponer para el espectador no predispuesto a la espera paciente un inconveniente de difícil escollo dada la particular concepción de un ritmo el efectuado aquí que al igual que el farragoso día a día de los protagonistas del film parece quedar situado en un tiempo indefinidamente suspendido en el limbo.

A tal respecto la mirada de Adilkhan Yerzhanov en este corrosivo retrato deviene como clave, de alguna manera la apuesta es arriesgada dadas sus manera y sus formas siendo digno de elogio dada su peculiaridad principalmente en referencia a esa inesperada  irrupción de lo cómico antes comentada cuando el relato menos lo espera, una propuesta arriesgada que el Festival de San Sebastián alejado de manierismos convencionales a la hora de programar tuvo para bien incluirla en su Sección Oficial a concurso. El estilo en esta ocasión siempre quedara situado por delante de convencionalismos genéricos en una cinta de naturaleza ciertamente atrevida que nos habla principalmente de un existencialismo trágico expuesto a través de esa sempiterna colisión adyacente en la inocencia y en una culpabilidad moral casi viral dentro de una sociedad en donde la corrupción anida en un sistema que genera por igual víctimas y verdugos y en donde no parece haber resquicios intermedios posibles como comprueba de forma fatalista el atribulado protagonista del relato.

Valoración 0/5:3

«Zombi Child» review

Zombi Child nos trasporta en un primer momento a la Haití del año 1962. Allí vemos a un hombre vuelve de entre los muertos para trabajar en las infernales plantaciones de azúcar. 55 años después en una segunda narrativa vemos como una joven haitiana les dice a sus amigas un secreto familiar, sin saber que esto llevará a una de ellas a cometer un error de trágicas consecuencias.

Ese interesante tránsito de autorías imprevistas visto este año en la sección Zabaltegi Tabakalera del pasado Festival de San Sebastián nos permitió la oportunidad de poder ver trabajos de directores en un principio no afines al género fantástico, autores que nos dieron su particular visión en este caso en lo referente a elementos característicos del género de terror, después de las estimulantes obras a cargo de Denis Côté con Répertoire des villes disparues o Mati Diop con Atlantique el turno en esta ocasión recayó en el nuevo trabajo tras las cámaras de realizador francés Bertrand Bonello titulado Zombi Child, el responsable de la notable Nocturama, también presente en Donostia hace unos años, al igual de algunos compañeros suyos, Claire Denis por poner un ejemplo, atesora la virtud de apropiarse de un género concreto y exponer un discurso mientras utiliza instrumentos prototípicos del cine de terror para a través del cual desarrollar un discurso de connotaciones plenamente autorales.

Zombi Child, una de esas películas en donde la trama es bastante más compleja de lo que puede dar a entender en un inicio y en donde Bertrand Bonello en lo relativo a su indagación dentro del concepto zombie está bastante más entonado que Jim Jarmusch con su decepcionante The Dead Don’t Die, representa a la perfección ese relato de narrativa dual que al final termina confluyendo, ni que decir tiene que la abstracción etnográfica que anida en Zombi Child la aparta por completo de lo entendible por algunos como el terror clásico por mucho que la fundamental I Walked With a Zombie de Jacques Tourneur a modo de representación iconográfica está muy presente en todo el relato, a tal respecto no deja de ser algo curioso las referencias y los puntos de partidas utilizados por el realizador francés al comprobar como en otras de sus películas también centrada en universos de adolescentes conspirativos como era Nocturama cogía conceptos sociales muy reconocibles de otro de los puntales principales del cine de zombies, aunque desde una perspectiva moderna, como era George A Romero y su Dawn of the Dead.

Zombi Child no es un film al uso que intente argumentar la existencia de lo fantástico dentro de un determinado núcleo social o realista sino más bien la de exponer una especie de confrontación de dos culturas bien diferentes pero unidas a través de una coyuntura histórica como es la neocolonial y la oprimida que aquí se perciben como totalmente enfrentados en lo relativo a una premisa en donde se nos cuenta básicamente como de alguna u otra manera el pasado siempre vuelve a la actualidad. Un relato expuesto en base a una narrativa que se bifurca no solo en referencia a sub tramas diversas sino también en lo concerniente a temarios tales como la exploración del concepto de la coming-of-age que en el relato colinda con la teen movie femenina de connotaciones iniciáticas, el cine de zombies evidentemente o la exploración reflexiva de la cultura francesa desde una perspectiva meramente ancestral en referencia a mitos y realidades diversas, el gran logro viene en la mediada de ver como tal amalgama de tonos y géneros no llega a desvirtuar la historia, más bien todo lo contrario al encontrarnos con una propuesta plagada de hallazgos que devienen tras su visionado en reflexivos.

Posiblemente en donde mejor salga parada Zombi Child a modo de film político sea en lo referente a una exposición inquietante acerca de cómo perciben el mundo a través de las dos miradas y percepciones ya más arriba citadas, ambas económicamente y socialmente enfrentadas en base a una apropiación cultural ajena que deviene como errónea, todo ello en base a entrecruzamientos y continuos contrastes dotados de un indudable atrevimiento en referencia a lo que representaría la yuxtaposición de sus historias y en donde un elemento de unión de índole fantástico actúa a modo de viaducto a la hora de explorar la obra de un autor como es Bertrand Bonello que afortunadamente aún permanece fiel a sí mismo, a un discurso que curiosamente deviene como tremendamente actual en referencia al uso de múltiples capas tanto en la forma como en el fondo de un relato que termina siendo una de las propuestas más validas e interesantes existente dentro de ese peculiar subgénero que queda enclavado dentro de otro, aquí alejado conscientemente del tono mainstream como es el referido a ese otro cine de género autoral siempre provisto de matices e interpretaciones a cual más diversas.

Valoración 0/5: 4

«Proxima» review

Sarah es una astronauta francesa que se entrena en la Agencia Espacial Europea en Colonia. Es la única mujer dentro del exigente programa. Vive sola con Stella, su hija de siete años. Sarah se siente culpable por no poder pasar más tiempo con la niña. Su amor es abrumador, inquietante. Cuando Sarah es elegida para formar parte de la tripulación de una misión espacial de un año de duración llamada Proxima, se produce el caos en la relación entre madre e hija.

En este 2019 han surgido un par de películas con la ciencia ficción y la carrera espacial de fondo en donde se han tratado complejas relaciones y vínculos parento-filiales expuestos en mayor o menor medida a modo de alegoría espacial, si en la magnífica Ad Astra de James Gray se incidía en una ruptura no afectiva dependiente entre un padre y un hijo en Proxima, coproducción francoalemana de la realizadora francesa  Alice Winocour, se transita a través de las dificultades emocionales de una mujer a la hora de poder delimitar las fronteras existentes entre su responsabilidad materna y su carrera profesional, la semejanza entre ambas cintas sin embargo las encontraremos tan solo en el punto de partida arriba citado, si en el film del responsable de The Lost City of Z la ciencia ficción deviene como fundamental en un relato que mira sin ningún tipo de complejos al El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad en Proxima el elemento genérico no deja de ser algo parecido a una excusa argumental a la hora de desarrollar un discurso más próximo al melodrama domestico que transita a través de tintes de claro tono existencialista y que pese a ser un reveso del genero materno indaga al igual que el film de James Gray en una ruptura del cordón umbilical y de paso pone el punto de mira en una cierta invisibilización que ha tenido la mujer dentro de la carrera espacial.

Proxima nos habla principalmente de un dilema interno, una íntima radiografía de una dificultad representada a nivel laboral y doméstica y en la importancia que conlleva según qué tipo de renuncias, en este caso el abandonar a su hija de siete años durante el largo tiempo que durara la misión espacial, a las que ha de hacer frente su protagonista principal, una notable, una vez más, Eva Green, dicha encrucijada moral expuesta en base a la dificultad existente en poder compaginar estos dos ámbitos de la vida esta relatada de una forma ciertamente pausada en la medida de poder ofrecernos un lienzo tan detallista como extremadamente austero, de claras connotaciones poéticas especialmente en su tramo final, ayudado en este aspecto por una inmersiva banda sonora a cargo de Ryuichi Sakamoto, un tono el expuesto que de alguna manera contribuye a que no estemos ante un film de narrativa lenta como puede parecer en un primer instante sino más bien profundo. El film de la responsable de Augustine, que vuelve a indagar con cierta sutileza en este su tercer trabajo tras las cámaras en imaginarios eminentemente femeninos, se aleja de la épica norteamericana que suele relatar la hazaña estereotipada del héroe masculino, a tal respecto resulta fundamental la ubicación en donde se desarrolla la acción al ofrecernos una visión completamente multicultural, y por tanto plenamente actual, que no delimita fronteras territoriales en lo relativo a las nacionalidades bastantes diversas que forman parte de la trama.

De un desarrollo tan realista que por momentos se acerca al trazo documental dado su extremo rigor, algo que dado su inequívoco tono neutro posiblemente dote al film de un exceso de frialdad narrativa pese a atesorar curiosamente algún tipo de licencia de muy difícil justificación, como por ejemplo la fuga de la protagonista para poder ver a su hija en el último día de la cuarentena a la que esta sometida, Alice Winocour tiene al menos la indudable virtud de saber indagar con cierto aplomo a través de un retrato y un universo plenamente femenino, el desarrollo y la complejidad existente en el crecimiento personal de la mujer aquí retratado a través de un entorno que deviene como extremadamente masculinizado, un discurso que atesora la gran virtud de no estar acoplado forzosamente a ningún tipo de militarismo en lo referido a las desigualdades de género, algo que hoy en día y viendo las coyunturas sociales actuales aplicadas al arte es ciertamente digno de elogio.

Valoración 0/5:3

El faro (The Lighthouse) review

En una remota isla de la costa de Nueva Inglaterra, dos fareros atrapados y aislados debido a una tormenta aparentemente sin fin se enzarzan en una creciente escalada de enfrentamientos a medida que se fraguan tensiones entre ambos y unas misteriosas fuerzas, reales o imaginarias, parecen apoderarse de ellos.

Fue una de las películas presentadas dentro de la sección Perlas del Festival de San Sebastián que mayor expectación habían levantado este año, tras el éxito de su opera prima The Witch el nuevo trabajo de Robert Eggers titulado The Lighthouse, que se alzó con el Premio FIPRESCI de la Quincena de realizadores en el pasado Festival de Cannes, supone para el realizador estadounidense un paso adelante en eso tan complicado en el mundo del cine que es superar expectativas con un segundo trabajo tras las cámaras, curiosamente lo hace a través de una película que no toma un camino que en lo referente a su construcción y posterior desarrollo que se perciba como convencional.

Antes de entrar en materia y como apunte a modo de apéndice no deja de ser curioso como The Lighthouse de cara a un determinado circulo de aficionados al género fantástico haya sido catalogada de buenas a primeras como una pieza que entraría a formar parte en esa horrible denominación tan de moda hoy en día llamada elevated horror, o lo que es lo mismo, una nomenclatura utilizada normalmente de forma algo despectiva que hace referencia a como un autor mira de forma algo pretenciosa por encima del hombro a un género determinado, en este caso el fantástico, la pregunta vendría en la medida de considerar a Robert Eggers como un realizador afín a dicho género, en tal sentido que su opera prima transitara por recovecos bastante detectables no significa obligatoriamente que su futura trayectoria se deba por fuerza mayor a unas coordenadas genéricas determinadas, pensándolo bien un servidor es de la opinión que el responsable de The Witch es un director que básicamente utiliza formas y modismos prototípicos del genero fantástico a la hora de contar fundamentalmente historias dramáticas que indagan normalmente en un origen clásico de la mitología direccionada en gran parte a una Norteamérica pretérita, a diferencia de por ejemplo Ari Aster, en donde si es detectable un posicionamiento excesivamente calculado con respecto a lo que quiere contar, el cine de Robert Eggers y su catalogación como «terror de autor» resulta bastante cuestionable en la manera de apreciar cómo este se apropia y desarrollara según que códigos habituales dentro del cine de horror.

Ambientada a finales del siglo XIX en un solo escenario y dos únicos personajes aislados de forma expeditiva del mundo exterior, sobresalientes una vez más Willem Dafoe y Robert Pattinson en un duelo descarnado de dos masculinidades toxicas bien distintas a través de una relación entre un veterano farero y su ayudante que evidentemente no tendrá un final feliz, The Lighthouse nos cuenta básicamente un descenso a la locura, un infernal purgatorio expuesto a modo de drama de época de malsanas tendencias shakespeareanas aderezado por una apuesta estética de alto nivel a través de un trazo visual que nos remite de forma evidente al cine silente. The Lighthouse como estética pieza de cámara de que es abandona conscientemente cualquier tipo de convencionalismos pese a ser en realidad una película bastante sencilla en su fondo pero no en lo relativo a sus formas, un film cuya narrativa no deja de ser en parte anecdótica en la medida de arriesgarlo todo a través solo de sus imágenes pese a que la dimensión verbal y sonora también resulten fundamentales en la historia, a tal respecto es evidente que el film está extremadamente calculado, algo que no tiene que ser forzosamente negativo, desde su formato 1,19:1 hasta su inequívoco tono expresionista provisto de abundantes picados y contrapicados o un blanco y negro que anula cualquier atisbo de utilización cromática, recursos que no hacen más que confirmar que Eggers es de esos autores que se preocupan por que el imaginario orquestado que rodea la historia devenga como extremadamente real y creíble pese a que en esta ocasión recurra de forma algo soterrada a un humor tan negro como escatológico, una austeridad formal expuesta a través de una pieza cinematográfica que deviene por momentos como un apabullante e hipnótico ejercicio de estilo que rehúye cualquier tipo de tendencias liquidas habituales dentro del actual cine de género fantástico a la hora de ofrecernos una arriesgada pieza de orfebrería provista de un propio y singular lenguaje autoral.

Un tipo de cine como he indicado más arriba que muy posiblemente los puristas del género fantástico acusen erróneamente de ser demasiado pretenciosa o en el peor de los casos artificiosa en referencia a lo que es su dictado, que la imagen como tal vaya siempre por delante de la narrativa más que un déficit puede ser perfectamente un beneficio siempre que esté bien aplicado el recurso, a tal respecto Robert Eggers transita a través de un imaginario enfermizo que recurre sin muchos disimulos a clásicos autores como Murnau, Stanley Kubrick o incluso Béla Tarr aderezado para la ocasión con ligeros tonos proveniente de imaginarios propios que toman el concepto de la novela de marinos en base a referentes a clásicos como pueden ser Melville, Lovecraft o Poe, apropiaciones literarias estas tan solo utilizadas como punto de inspiración estética en lo relativo a una propuesta de atmósfera ominosa que rozando lo experimental queda situada entre un sucio realismo desvirtuado y lo pesadillesco en base a la creación de un lienzo tenebrista provisto de imágenes de impacto en dónde el crescendo narrativo deviene como un inquietante caldo de cultivo a la hora de mostrarnos una degradación moral y física. The Lighthouse termina convirtiéndose por méritos propios en una de las propuestas más radicales realizadas este año al mismo tiempo que supone la confirmación de un joven autor poseedor de una peculiar mirada hacia lo genérico, una trayectoria que nos obligara a estar muy atentos en un futuro.

Valoración 0/5:4

https://youtu.be/fDBNcTMmR30

Una gran mujer (Beanpole) review

Leningrado, 1945. La Segunda Guerra Mundial ha devastado la ciudad y derruido sus edificios, dejando a sus ciudadanos en la miseria tanto a nivel físico como psíquico. El asedio (uno de los peores de la Historia) ha terminado, la vida y la muerte continúan combatiendo en el desastre que la guerra deja tras de sí. Dos mujeres jóvenes, Iya y Masha, tratan de encontrar un sentido a sus vidas para reunir fuerzas de cara a reconstruir la ciudad.

Hace un par de años el joven cineasta ruso de tan solo 25 años de edad Kantemir Balagov consiguió sorprender a propios y extraños con aquella sugerente y a la vez contundente opera prima titulada Tesnota, un ejemplar y modélico ejercicio de violencia contenida ambientada durante la Guerra de Chechenia y expuesta a través de un crudo retrato que indagaba en irrompibles y dolorosos lazos familiares que devenían como tóxicos, dos años más tarde el joven Kantemir Balagov se enfrenta a esa tesitura tan habitual y en parte comprometida en la medida de poder reafirmar o no esas buenas sensaciones cosechadas con anterioridad con un segundo trabajo tras las cámaras que a priori y si es posible sea algo más ambicioso en lo relativo a fondo y forma, en Beanpole, tras su pasó por Cannes en Una Cierta Mirada y presente en la sección Perlas del Festival de San Sebastián, Kantemir Balagov nos vuelve a situar en un drama intimista de claro tono femenino en donde se nos revela un imaginario que al igual que su opera prima nos trasporta a un nuevo viaje al pasado, aunque aquí a través de un desarrollo y una estética de índole mucho más clásico en base a su condición de un melodrama de época que deviene como sórdido y en donde asistiremos a una oscura historia expuesta a modo de retrato intimista ubicado pocos meses después de finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Beanpole, inspirada en la novela La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Aleksándrovna Aleksiévich, no solo reafirma un talento que en parte deja de estar ya en ciernes sino que deviene como una incuestionable confirmación de un autor que todo indica que puede ser clave en un futuro, Kantemir Balagov en esta ocasión vuelve a incidir en retratos femeninos densos y asfixiantes llevados al límite, aquí nuevamente ubicados en un escenario que se percibe tan devastador como resulta ser unas psiques, la de sus dos protagonistas, situadas a través de un estado de auténtica devastación existencial a causa la barbarie provocada por la guerra, de alguna manera este intenso drama de cámara provisto de una gravedad extrema termina siendo inequívocamente inmersivo para con el espectador a través de una narrativa que no deja de estar expuesto a modo de un profundo y continuo estudio del estrés postraumático relatado a través de una dramaturgia de tintes casi bergmanianos en donde se nos muestras unas heridas que se prevén como incurables, una mirada a una de las muchas caras no visibles de la trastienda bélica en donde se cuestiona ese unitario heroísmo patriótico del supuesto vencedor, la notable reconstrucción de la época resultara un activo clave a la hora de transportar directamente al espectador a un imaginario desgarrador en donde por ejemplo vemos como los soldados malheridos de la trastienda piden que los liberen de su sufrimientos a sus cuidadores, en tal sentido el retrato que nos propone Beanpole quedara siempre situado a modo de un purgatorio mental situado siempre al borde de un colapso emotivo y moral escenificado en esta ocasión en el imperioso deseo de ser madre, para más inri Kantemir Balagov que da nuevamente la sensación de ser un alumno aventajado de la escuela de Aleksandr Sokurov, aquí dotado de un presupuesto bastante mayor que en su opera prima, se permite el lujo de rodar con una excelente pulcritud espacios escénicos de una belleza cromática que por momentos da la impresión de estar colindando con el arte pictórico a través de un extraordinario rigor formal.

Beanpole como relato que indaga en la genealogía cinematográfica de un territorio y un país ya pretérito es indiscutiblemente una de las películas más notorias de este año 2019 que está a punto de finalizar, un film que termina transitando mucho más allá de la empatización del dolor de unos personajes víctimas de una coyuntura silenciada, a tal respecto el estudio que se nos ofrece de ese vacío total de la victoria será la de un doloroso un sufrimiento interior alejado de cualquier tipo de épica, el resultado final en lo relativo a una ejecución brillante de sus aspectos formales es ciertamente admirable confirmando a Kantemir Balagov como un talento autoral al cual habrá que seguir muy de cerca en un futuro que dada su actual precocidad, ahora tan solo 28 años, se prevé como ciertamente brillante.

Valoración 0/5:4