
En Baviera, a principios del siglo XIV, Gretel y Hansel, de 13 y 9 años respectivamente, viven en la miseria más absoluta. Su padre murió hace años y su madre está casada ahora con un hombre malvado. Debido a la falta de recursos y al creciente miedo que les produce su padrastro, Gretel y Hansel deciden huir del pueblo en busca de un futuro mejor. En el bosque se encuentran con varias personas que, de una forma u otra, intentan aprovecharse de ellos. Huyendo de unos y otros, conocen a un amigable cazador, que por fin les indica cual es el camino seguro a seguir. Así, los dos hermanos llegan a la cabaña de Holda, una amable mujer mayor que decide acogerlos. Lo que Gretel y Hansel no pueden imaginarse es que en esa cabaña tendrán que enfrentarse a sus peores miedos si quieren sobrevivir.
Es ciertamente complicado el ubicar unos rasgos autorales que se perciban como definidos o detectables en la trayectoria de un realizador de las características de Osgood Perkins, con tan solo tres trabajos tras las cámaras en su haber y una participación en el guion de The Girl in the Photographs podríamos aseverar que posiblemente el único nexo en común entre todos ellos radique en centrar sus historias desde el prisma de personajes femeninos que de una manera u otra terminan estando a merced de una amenaza de índole sobrenatural, también en la forma de como las historias insinúan mucho más que revelan, por el contrario si nos centramos en el tono de los tres largometrajes estos no pueden estar más diferenciados entre sí, si en su opera prima The Blackcoat’s Daughter primaba por encima de cualquier otro elemento un retorcido y juguetón entramado narrativo en aras de intentar desubicar y sorprender en todo momento al espectador poco prevenido de su zona de confort en I Am the Pretty Thing That Lives in the House, por lo que a un servidor respecta su mejor trabajo hasta la fecha, reinterpretaba de forma muy arriesgada el prototípico cuento de fantasmas clásico prescindiendo por completo que cualquier artilugio o tropo genérico para apostarlo prácticamente todo a un clima fantasmagórico que a la manera de la modesta pero interesante I am a Ghost H.P. Mendoza no es narrada de forma minimalista en un rigurosísimo primera persona.
Esta difusa autoría genérica no tiene que ser algo peyorativo por definición, de alguna manera tal posicionamiento puede ser considerado incluso como una muestra bastante defendible y loable de lo entendible como labor artesanal aplicada a los nuevos tiempos, sea como fuere Gretel & Hansel dista bastante de atesorar cualquier tipo de semejanza con respecto a los dos anteriores trabajos de Osgood Perkins, siguiendo un poco la estela de pervertir una base literaria ya propensa a dicha desvirtualización oscura estamos ante un film que fundamenta básicamente su acción en el folklore y en el temor, el transformar el texto de los hermanos Grimm en una película de terror no deja de ser un salto cognitivo que ya se había hecho con anterioridad, al igual como ya ocurriera con otro famoso cuento con el Snow White: A Tale of Terror de Michael Cohn Osgood Perkins opta por indagar en la oscuridad a través de ensalzar lo tétrico y lo onírico en base a su estética visual, a tal respecto la fotografía a cargo de Galo Olivares deviene clave a la hora de mostraros junto a un elaborado diseño de producción un relato en donde prima el terror gótico atmosférico. Al igual que The Witch aparte de compartir una decidida apuesta por la estética
en un ejercicio de claro índole visual también existe una conexión bastante evidente en relación a presentar a un personaje principal que va madurando al mismo tiempo que se adentra en un imaginario sobrenatural, del mismo modo que en la película de Robert Eggers Gretel & Hansel bordea de forma algo peligrosa esa nueva, y en parte negativa, nomenclatura denominada Elevated Horror, a tal respecto es harto evidente que la narrativa deviene como la principal víctima de dicho posicionamiento, en el film de Osgood Perkins dicho desarrollo en vez de ser solido deviene como claramente irregular, hay momentos en que la película da la impresión de ir a trompicones en referencias a unas formas que se perciben involuntariamente como episódicas, pese a una duración de poco más de hora y media uno tiene la sensación que el relato llega muy justo a su conclusión en base a la construcción de una historia sobre otra que ya de por sí da la impresión de estar extendida de forma algo forzada, especialmente visible en esas secuencias del bosque plagadas de voces en off introspectivas que nos remite tanto a la ensoñación fantástica como incluso a texturas propias del cine perpetrado por Terrence Malick por aquello de un cierto preciosismo visual que es consciente de su propia condición.
Al igual que en aquella simpática e interesante Whoever slew Auntie Roo? de Curtis Harrington la adaptación de Hansel y Gretel por parte de Osgood Perkins es bastante libre, empezando por el cambio de orden en los nombres del título, cuestión que por fortuna no resulta baladí ni aleatoria y si lógica dado el punto de visto de relato contado a través de una sola mirada, a tal respecto también es digno de agradecer que dicha coyuntura no se deba a ningún tipo de tesis de apoderamiento o líquidos paradigmas feministas tan habituales en muchas producciones de género actual, por mucho que estemos ante una historia de terror existe una vía que permite que la película funcione también como un cuento reflexivo acerca de la mayoría de edad de una joven que gradualmente se da cuenta de que el poder adquirido puede usarlo para abrirse camino en un mundo que es completamente antagónico a su naturaleza, en ese sentido lejos de militancias estériles e impostadas Hansel y Gretel pese a atesorar una inequívoca mirada femenina, que no feminista, conserva a través de un enfoque por momentos original su condición de fábula a modo de relectura de un clásico relato expuesto aquí en clave pesadillesca que aborda un amplio abanico de simbolismos a la hora de reinterpretar los arquetipos habituales de un cuento de hadas cuya mayor virtud en esta ocasión radica en el hecho de saber construir un creciente estado de inquietud en el espectador en detrimento del susto al uso para con el respetable, a fin de cuentas Hansel y Gretel es una película que más que asustar intenta perturbar, lo hace principalmente a través del magnetismo de unas imágenes que en esta ocasión juegan en contra de una narrativa que se percibe como algo errática.
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como realidad, de alguna manera los dos jóvenes protagonistas transitan en todo momento a través de fronteras terrenales, tanto físicas como figuradas, que han de ir sorteando, aunque ese recorrido o huida a ninguna parte termine siendo circular, a tal respecto queda muy claro que en el cine de Fabrice Du Welz siempre existe una colisión en relación a sus formas a la hora de saber llevarte de un relato a otro a través de un cine muy sensual pero a la vez extremadamente visceral u orgánico, Adoration es posiblemente la perfecta quintaesencia de este tratado, Fabrice Du Welz se acerca a los cuerpos de una manera casi epidérmica, pese a aparentar ser una película sencilla con respecto a su ejecución la narrativa y sobre todo la parte técnica devienen como claves y complejas a la hora de retratar con un inusual acierto un extremo realismo poético que por momentos parece surgido de imaginarios más propios del cine francés de los años 30-50.

de ver como The Turning se sitúa de forma supuestamente consciente en las antípodas de la naturaleza del material primigenio. Un servidor siempre ha sido de la opinión de que un remake o nueva adaptación tiene la perfecta legitimidad de seguir un camino diferente al de la obra de la que parte, de hecho si nos fijamos en la larguísima lista de esta clase de películas, casi un sub género en sí mismo, encontraremos las mejores muestras en aquellas obras que han intentado exponer su propio discurso y se han apartado del simple escaneo referencial. En el caso que nos ocupa los guionistas Chad Hayes y Carey W. Hayes en parte toman esta dirección aunque de manera tan torpe como contradictoria, por un lado y al igual que la reivindicable The Turn of the Screw de Rusty Lemorande (1991) se nos sitúa la acción lejos de la época victoriana, sabemos que es a mediados de los 90 por una referencia televisiva sobre la muerte de Kurt Cobain, vemos algún vehículo o teléfono que más que de esa época parece sacada de los años 70, poca más indagación de la contextualización temporal encontraremos en una película que utiliza dicha traslación de tiempo de manera tan caprichosa como vacua pues al final toda la acción se sustentara en una mansión que bebe, o intenta hacerlo, del gótico.

el film de Lorcan Finnegan parte en un principio de la anécdota, aquella en donde una joven pareja pretende firmar un contrato para poder comprar la que en teoría ellos creen que puede ser la casa de sus sueños, ese punto de partida de claros contornos minimalistas a modo de fábula austera conforme avanza la película se trasforma en una metáfora hiperestilizada que intenta describirnos un mundo oscuro, representado en la historia en tener unas vidas escaneadas en serie en referencia a la familiar suburbana y en donde curiosamente el concepto del ámbito doméstico, normalmente privado y muy protegido de la mirada del extraño aquí pierde tal condición, a tal respecto la crítica al american way of life está presente en todo el metraje, sin embargo al igual que ocurría con los personajes del episodio Five Characters in Search of an Exit de la serie de Serling la formula se agota a la media hora, el siguiente paso a esa duración estándar que tan bien funcionaba en el medio televisivo será la aparición de un tercer personaje que en parte refresque y diversifique un relato donde hará acto de aparición a partir de ese momento el concepto de la maternidad manipulada y de forma relativamente más sutil y hasta anecdótica el paralelismo del comportamiento de los cucos con respecto al desarrollo de algunos personajes de la trama.

de la novela, como lo fantasmagórico e irreal, mostrado a partir de esa premisa del espectro vengativo, nos es expuesto a modo de una súbita distorsión de lo entendido como real, existe un intento, casi un esfuerzo, por el detalle y por las diversas acotaciones a la hora de exponer las distintas formas que puede adoptar tanto la amenaza sobrenatural, especialmente afortunada a tal respecto la presencia de una joven ambigua y amenazadora Alice Krige, como la percepción de ella a través de lo meramente fantasmagórico, aunque curiosamente llegados a ese supuesto clímax de exaltación, que da la sensación de beber de los imaginarios surgidos de los EC comics, en la mayoría de ocasiones mostrado a través de los explícitos, brillantes y opulentos trabajos de maquillaje a cargo de Dick Smith y de los no menos notables efector especiales del gran Albert Hitchcock, no tanto como parte de una contradicción de estilos y si más bien como una consecuencia lógica de una coyuntura a la hora de mostrar un cambio de estilos generacionales que estaban a punto de aparecer.
y en parte bastante denostado destinado en gran parte a las tv movies o a las prototípicas apariciones secundarias en films de índole catastrofista producidas en su gran mayoría por Irwin Allen, a tal respecto y lejos del adorno interpretativo Fred Astaire, John Houseman, Douglas Fairbanks Jr., Melvyn Douglas e incluso una breve aparición de Patricia Neal son parte esencial de la ecuación de Ghost Story, tras las cámaras un artesano que hace honor a su nombre como es John Irvin que aquí junto a su anterior y notable The Dogs of War consigue realizar el mejor trabajo de una trayectoria con piezas tan rescatables como por ejemplo Hamburger Hill o ese interesante noir periférico que es City of Industry.

presentarnos una cinta que sabe conjuntar con cierto aplomo conceptos tales como el inherente terror cósmico del relato original aderezado aquí con un tono que nos remite al bodyhorror de los años ochenta teniendo la virtud de saber encontrar acomodo a través de una factura técnica situada entre lo artesanal y lo digital, la mirada en esta ocasión por fortuna no deviene como impostada o gratuita en lo relativo a su función de supuesto producto de índole nostálgico, también, y a diferencia de aquella simpática pero algo intranscendente serie B que era The Curse de David Keith, el relato pese a una cierta actualización es bastante fiel al original, a tal respecto no es fácil mantener un equilibrio en este tipo de material y que este se perciba como consecuente y más contando con ese género en sí mismo tan difícil de controlar en ocasiones que es Nicolas Cage al frente del reparto.

la virtud viene dada en la medida de no desentonar un producto que dada su naturaleza tenia todos los números para hacerlo. Las referencias de este retrato rural son innumerables, a tal respecto podríamos denominar a Bacurau como una fábula de realismo mágico que irremediablemente nos remite al cine perpetrado en su día por Alejandro Jodorowsky, sus inequívocas texturas de western también parecen transitar por momentos a través de imaginarios fílmicos de por ejemplo John Carpenter o Sam Peckinpah, en tal sentido la sobredosis de sangre y vísceras adyacente en el film puede descolocar a más de uno, sin embargo estas hibridaciones que por momentos devienen como imposibles no hacen más que reforzar una apuesta que resulta ser tan arriesgada como parcialmente conseguida en relación al buen manejo de los cambios de tono. Al igual que la anterior Aquarius en Bacurau asistimos a un desalojo que deviene como forzoso, si en aquella ocasión era un bloque de pisos aquí se trata de un remoto pueblo situado al sur del Brasil, nuevamente la denuncia va encaminada hacia el invasor que en esta ocasión tendrá que volver a hacer frente a una solidaridad antisistema tan árida como violenta.

no deja de ser una excusa, la argumentación de los repetidos itinerarios de fugas, persecuciones, traiciones y conceptos propios del cine negro no parecen, o al menos da esa sensación, ser una prioridad para un Diao Yinan que parece encontrarse mucho más cómodo a la hora de retratar o más bien contemplar unos escenarios de índole laberintico, nocturnos, lluviosos y bellamente iluminado a través de los neones, un conclave estético que parece de alguna manera asalvajado y que no dejan de ser una durísima radiografía, o si se prefiere alegoría, de una actual China en donde las brechas sociales existentes entre sus habitantes son cada vez mayores, a través de todo ello los protagonistas del relato subsisten en ese escenario casi modo de ecosistema paralelo, de fantasmal ambiente turístico y connotaciones casi utópicas, unos habitantes en continuo movimiento cuya compulsividad y aparatosidad parecen remitirnos a cierto cine perpetrado en su día por Sam Fuller, también al cine negro de serie B norteamericano de los años 40, seres que de alguna manera viven cercenados en reductos que dan la sensación de ser limítrofes con el resto de la población, será en la nocturnidad de la acción en donde percibamos una suerte de sueño a modo de triste elegía en relación a una urbe desproporcionada a todos los niveles que se manifiesta como un animal salvaje en una historia en donde a fin de cuentas se nos cuenta una redención cuya consecuencia final volverá de alguna manera a poner en equilibrio las cosas.


no estaría de más el plantearse si un film que sin llegar a ser experimental y que recurre a virtuosismos formales excesivos han de ser críptico en lo relativo a su lectura, sin ir muy lejos y como ejemplo la reciente The Lighthouse de Robert Eggers ha sido acusada en según qué círculos de pretender ser pretenciosa en lo relativo a un expresionismo estético que es juzgado como impostado en la medida que querer anteponer el impacto visual a cualquier tipo de narrativa digamos convencional. Sea como fuere es evidente que en según qué obras las formas y el fondo no siempre parecen ir al unísono de una manera conveniente.

microcosmos que de alguna manera pretende ser una suerte de reflejo de un país entero de deviene como enfermo, a través de todo ello se nos retrata lo más feo y oscuro que puede llegar a anidar dentro del ser humano. Provisto formalmente de ese tono gélido y aséptico tan característico en películas centroeuropeas en donde se nos muestran disfuncionalidades familiares de todo tipo como por ejemplo, una burguesía mal entendida, homofobia, abuso de roles de poder y otros males endémicos sociales, seremos testigos de cómo Jorge Riquelme Serrano tiene la virtud de representarlos y ejecutarlos de forma muy cercana al espectador en base a la aparente cotidianidad de los actos a los que asiste, esto no significa que el relato no llegue a ser áspero y oscuro, a tal respecto el film, aun provisto de una credibilidad algo dudosa en lo concerniente a esa representación en concreto, tiene el dudoso honor de atesorar la escena posiblemente más hiriente y sórdida vista durante todo el festival.

intermitentes puntos de interés expuesto a modo de pastiche y juego cinéfilo. Zeroville intenta generar una reflexión sobre la cinefilia llevada al límite, un film que empieza por causar una cierta curiosidad por lo insólito de su naturaleza a contra corriente, sin embargo la broma dura bien poco hasta llegar a convertirse en una especie de chiste deslavazado, muy pasado de rosca, repetitivo e imposible de unir con un mínimo de coherencia, el conjunto final deviene con muy poca gracia bordeando por momento lo irritante en especial en lo referido a un montaje que parece estar tramado por el propio protagonista del film. También sería justo decir que el nuevo trabajo del responsable de Interior. Leather Bar. necesita una contextualización adecuada a la hora de poder ser analizada con cierta enjundia, evidentemente el film huye conscientemente de cualquier tipo de verisimilitud narrativa, algo que vuelvo a repetir no es óbice para dar la impresión de estar ante chiste que termina siendo demasiado farragoso por mucho que la cinefilia del autor, y la del relato, pueda causar una cierta empatía en el espectador ávido de referencias.

en según qué discutibles manierismos algo manidos expuestos en su tramo final, la principal referencia al film la podemos encontrar en películas tales como Ciudad de Dios o Tropa de élite, de algunas manera estos films no dejan de pertenecer a un género construido en sí mismo, en tal respecto el punto de partida y posterior desarrollo es similar a los trabajos arriba citados, su desarrollo sin embargo intenta alejarse algo pese a que el retrato de ese microcosmos social de desfavorecidos en base a unos protagonistas imposibilitados de salir de esa especie de hormiguero ubicado en el corazón de las favelas parezca en un principio idéntico al de sus congéneres. A tal respecto Pacified no es una película que transite por la originalidad aunque sería injusto no reconocerle una cierta efectividad a la hora de retratar unos lugares que ya devienen como comunes en esto de plasmar en imágenes duros ámbitos de índole social.

carcajada, parte de un hándicap bastante detectable en la medida de ser una especie de apéndice algo alargado de un corto anterior realizado por los mismos responsables, la historia está expuesta en base a continuas idas y venidas en donde más que una amistad en si lo que Michael Angelo Covino parece querer contarnos es en referencia al vínculo dependiente creado de tal concepto, los dos protagonistas devienen como completamente antagónicos entre sí, uno resulta ser un inocente bonachón de carácter extremadamente afable, el otro un ser un tanto ególatra y vividor pero principalmente egoísta para con quien les rodea, curiosamente la mezquindad del segundo hará que anhelé y en parte necesite el entorno familiar solido que parece atesorar el primero.

a la casa y su posterior ocupación, como centro neurálgico de poder, deviene como una milimétrica alegoría de una desesperación que se percibe sin vías de solución. Para la ocasión no solo se limita a retratar en un claro tono realite, formato ayudado con la decisión de contar solo con Luis Alberti como único actor profesional del elenco, una desigualdad que deriva en abuso y posterior revancha, sino que se ampara a través de metáforas ubicadas en un escenario de clara estructura minimalista en lo referente a una historia contada de una manera sencilla pero convincente que terminara siendo circular en lo relativo a la incertidumbre que han de padecer todos sus protagonistas y que de una forma atroz siempre nos devuelve al punto de origen siendo su síntesis argumental aquella que nos dicta como la corrupción moral puede ir calando en según qué circunstancias en cualquier segmento de nuestra sociedad.

comienza a convertirse en algo fantasmagórico en referencia a un planteamiento sobre el desvanecimiento de un conjunto, no en relación a ninguna maldición digamos ancestral de un relato que nos habla principalmente de la desaparición de un entorno determinado que empieza a través de unas apariciones, curiosamente en dicha indagación temática de claros contornos genéricos el elemento social está integrado en el relato de una forma muy sutil, Denis Côté a través de esas acotaciones o derivas narrativas se vale continuamente de un fuera de campo que de alguna manera nos habla de la desconfianza hacia el desconocido, algo que deriva inevitablemente en la problemática de la xenofobia en la medida hablar acerca de cuerpos olvidados que de una forma inesperada necesitan de ser visibles y que actúan o representan en la historia simbolismos a modo de un horror que deviene como colectivo en referencia al concepto de la desconfianza a la hora de poder compartir un espacio que al final quedara abocado al éxodo del no participe en dicha correlación.

que deviene como toxico para todas las personas que le rodean, también la insatisfacción personal están muy presente en un trama que hace de la inseguridad (ojo a esa escena tan premonitoria y tan bien resuelta a un nivel formal que vemos en el restaurante cuando la protagonista y su ex pareja han quedado para comer y que nos pone sobre aviso de lo que estar por llegar) una patología de la paranoia interna en base a una narrativa que en algunos momentos llega incluso a bordear el thriller psicológico, en este aspecto el notable trabajo de Ina Weisse es ciertamente admirable a la hora de mostrarnos una tensión siempre latente a través de una puesta en escena que nunca llega a eclosionar pero que sin embargo a la larga tendrá unas consecuencias tan inquietantes como desgarradoras en un relato en donde subyace una implícita violencia, nunca escenificada pero muy presente a modo de premonición a través de una narrativa que en ningún momento recurre a los golpes de efecto en relación a según qué intimidades derivadas de una debilidad ajena en un principio a unos espectadores que al final terminan de alguna manera convirtiéndose en cómplices.

Hara-kiri: Death of a Samurai o su depurada reinterpretación low cost de otro clásico como es la notable Over Your Dead Body. Una trayectoria que da la impresión de no tener ya una imperiosa necesidad de llamar la atención, de provocar en definitiva, sus trabajos se expanden dejando de ser un coto privado destinados a festivales de género, a tal respecto a nadie sorprendió que su First Love estuviera presente en la Quincena de Realizadores del pasado Festival de Cannes, también estuvo presente el pasado mes de septiembre en San Sebastián dentro de la sección Zabaltegui en un certamen que al igual que aquella Semana de Terror de San Sebastián del año 1999 ahora está dirigido por Luis Rebordinos, circunstancia que curiosamente hace que el círculo se cierre de alguna manera.

manejar como él quería, un punto de partida similar a otra película vista este año en el festival como es la británica Rocks pero desarrollada a través de una narrativa completamente distinta, en esta ocasión todo expuesto a modo de una muy característica coming of age aquí encuadrada dentro de un periodo de tiempo muy determinado, apenas dos semanas y acontecida una ubicación rural que deviene como clave en el desarrollo de una historia en donde el entorno histórico cultural resulta fundamental a la hora de retratar lo que vendría a ser una incertidumbre hacia lo desconocido o una contrariedad cosechada en lo relativo a los sentimientos del joven protagonista visualizados a través de un particular micromundo representado aquí de forma tan clásica como hiperrealista en la medida de conseguir trasivergar la consabida idílica rural gracias en parte a un notable empaque visual por parte de la fotografía a cargo de Christophe Beaucarne.

a la atmósfera malsana que subsiste en una historia por momentos colindante con el thriller nórdico, todo ello expuesto formalmente a través de unas querencias estéticas tan insólitas como atrevidas como por ejemplo puede ser la por momentos hipnótica banda sonora de tono electrónico a cargo de Galymzhan Moldanazar, por otra parte asistimos a un trabajo de connotaciones inequívocamente autorales, en tal sentido a Adilkhan Yerzhanov que tiene tiempo incluso de transitar a través de un humor por momentos absurdo, que parece mirar sin ningún tipo de pudor a imaginarios provenientes del cine de Jacques Tati por ejemplo, da la sensación de no darle mucha importancia al tempo narrativo de la película, cuestión esta que puede suponer para el espectador no predispuesto a la espera paciente un inconveniente de difícil escollo dada la particular concepción de un ritmo el efectuado aquí que al igual que el farragoso día a día de los protagonistas del film parece quedar situado en un tiempo indefinidamente suspendido en el limbo.

etnográfica que anida en Zombi Child la aparta por completo de lo entendible por algunos como el terror clásico por mucho que la fundamental I Walked With a Zombie de Jacques Tourneur a modo de representación iconográfica está muy presente en todo el relato, a tal respecto no deja de ser algo curioso las referencias y los puntos de partidas utilizados por el realizador francés al comprobar como en otras de sus películas también centrada en universos de adolescentes conspirativos como era Nocturama cogía conceptos sociales muy reconocibles de otro de los puntales principales del cine de zombies, aunque desde una perspectiva moderna, como era George A Romero y su Dawn of the Dead.

de una forma ciertamente pausada en la medida de poder ofrecernos un lienzo tan detallista como extremadamente austero, de claras connotaciones poéticas especialmente en su tramo final, ayudado en este aspecto por una inmersiva banda sonora a cargo de Ryuichi Sakamoto, un tono el expuesto que de alguna manera contribuye a que no estemos ante un film de narrativa lenta como puede parecer en un primer instante sino más bien profundo. El film de la responsable de Augustine, que vuelve a indagar con cierta sutileza en este su tercer trabajo tras las cámaras en imaginarios eminentemente femeninos, se aleja de la épica norteamericana que suele relatar la hazaña estereotipada del héroe masculino, a tal respecto resulta fundamental la ubicación en donde se desarrolla la acción al ofrecernos una visión completamente multicultural, y por tanto plenamente actual, que no delimita fronteras territoriales en lo relativo a las nacionalidades bastantes diversas que forman parte de la trama.

de considerar a Robert Eggers como un realizador afín a dicho género, en tal sentido que su opera prima transitara por recovecos bastante detectables no significa obligatoriamente que su futura trayectoria se deba por fuerza mayor a unas coordenadas genéricas determinadas, pensándolo bien un servidor es de la opinión que el responsable de The Witch es un director que básicamente utiliza formas y modismos prototípicos del genero fantástico a la hora de contar fundamentalmente historias dramáticas que indagan normalmente en un origen clásico de la mitología direccionada en gran parte a una Norteamérica pretérita, a diferencia de por ejemplo Ari Aster, en donde si es detectable un posicionamiento excesivamente calculado con respecto a lo que quiere contar, el cine de Robert Eggers y su catalogación como «terror de autor» resulta bastante cuestionable en la manera de apreciar cómo este se apropia y desarrollara según que códigos habituales dentro del cine de horror.
es evidente que el film está extremadamente calculado, algo que no tiene que ser forzosamente negativo, desde su formato 1,19:1 hasta su inequívoco tono expresionista provisto de abundantes picados y contrapicados o un blanco y negro que anula cualquier atisbo de utilización cromática, recursos que no hacen más que confirmar que Eggers es de esos autores que se preocupan por que el imaginario orquestado que rodea la historia devenga como extremadamente real y creíble pese a que en esta ocasión recurra de forma algo soterrada a un humor tan negro como escatológico, una austeridad formal expuesta a través de una pieza cinematográfica que deviene por momentos como un apabullante e hipnótico ejercicio de estilo que rehúye cualquier tipo de tendencias liquidas habituales dentro del actual cine de género fantástico a la hora de ofrecernos una arriesgada pieza de orfebrería provista de un propio y singular lenguaje autoral.

relatado a través de una dramaturgia de tintes casi bergmanianos en donde se nos muestras unas heridas que se prevén como incurables, una mirada a una de las muchas caras no visibles de la trastienda bélica en donde se cuestiona ese unitario heroísmo patriótico del supuesto vencedor, la notable reconstrucción de la época resultara un activo clave a la hora de transportar directamente al espectador a un imaginario desgarrador en donde por ejemplo vemos como los soldados malheridos de la trastienda piden que los liberen de su sufrimientos a sus cuidadores, en tal sentido el retrato que nos propone Beanpole quedara siempre situado a modo de un purgatorio mental situado siempre al borde de un colapso emotivo y moral escenificado en esta ocasión en el imperioso deseo de ser madre, para más inri Kantemir Balagov que da nuevamente la sensación de ser un alumno aventajado de la escuela de Aleksandr Sokurov, aquí dotado de un presupuesto bastante mayor que en su opera prima, se permite el lujo de rodar con una excelente pulcritud espacios escénicos de una belleza cromática que por momentos da la impresión de estar colindando con el arte pictórico a través de un extraordinario rigor formal.

Luis Tosar, provista de una clara condición ambigua y anti heroica, en donde tomamos la percepción de la dualidad arquetípica de alguien que asume distintos roles dentro de una historia, la del buen samaritano escenificado básicamente en sus cotidianas relaciones familiares y la del ser atormentado por su pasado, serán a través de sus silencios y tiempos muertos en donde se otorgue tanto al personaje como al relato de la complejidad requerida para la ocasión, la mínima pues estamos ante un producto que no necesita de grandes disquisiciones narrativas a la hora de poder ser entendida como una historia compleja, entre su sequedad y violencia detectamos pequeños atisbos de lirismo a un relato que se le puede perdonar fallas por momentos demasiado evidentes como esa falta de cohesión existente entre el pasado y el presente del protagonista en base a unos flash-backs de dudoso gusto estético, o una cierta falta de verisimilitud en relación al plan orquestado en el hospital por el personaje interpretado por Luis Tosar sin que este apenas sufra traba alguna, pequeños matices narrativos no bien resueltos y llevados muy al límite que sin embargo no son óbice a la hora de contar una historia que da la sensación en momentos puntuales de adentrarse por vericuetos narrativos más cercanos al drama de connotaciones trágicas que al thriller ortodoxo entendido como tal.

como es Guillermo Del Toro, el director de origen mexicano deviene como más artífice que Øvredal, o eso es lo que un servidor intuyo viendo la película, esta nos ofrece un reconocible catálogo de seres en donde se ven atisbos de faunos, monstruos y demás estilemos de su imaginario, también el consabido componente social y correspondiente lectura política está muy presente, quizás demasiado, la figura de Richard Nixon, un racismo bien latente y la guerra de Vietnam como terror real de finales de los años 60 en confrontación con el terror surgido de la imaginación es ofrecido con demasiada falta de sutileza, el batiburrillo referencial genérico por otra parte termina siendo tan disfrutable en parte como algo indigesto dada su falta de homogeneidad, algo que si nos paramos a analizar brevemente no tendría que sorprender tanto pues Guillermo Del Toro no es un realizador/productor en cuya obra todo reluzca como muchos se empeñan en demostrar y como quedaba demostrada entre otros ejemplos en ese obra de contornos tan discutibles en referencia a su ejecución como resulto su implicación en la fallida Don’t Be Afraid of the Dark.

inequívocamente al denominado Folk Horror, paradigma y perfecta de combinación de terror y júbilo, escenarios claustrofóbico uno y de vastos espacios abiertos el otro en donde sus desdichados protagonistas se ven imposibilitados de huir, aunque posiblemente el quid de la cuestión venga dado en la medida de como Ari Aster por omisión voluntaria o discapacidad se ve imposibilitado de utilizar conceptos propios del cine de terror de una forma adecuada, dicho de otra manera el envoltorio y ciertas formas puede ser semejante a productos que han transitados con anterioridad por terrenos parecidos como por ejemplo las fundamentales The Wicker Man o The Blood on Satan’s Claw si bien el fondo en lo relativa a su narrativa es totalmente diferente, por dicho posicionamiento el responsable de Hereditary ha sido acusado por algunos medios de la hipsterización del genero al mismo tiempo de atesorar cierta pretenciosidad al intentar elevar la mirada por encima de ciertos arquetipos genéricos, a tal aspecto resulta evidente que todo el cine perpetrado por Ari Aster está basado tanto en la dilatación temporal del relato como en un apabullante ejercicio audiovisual a la hora de desgranar sus historias en base a una cierta sutileza por hacernos intuir situaciones poco halagüeñas que aún están por venir.

en apariencia familiar, solo en una primera instancia pues más adelante somos testigos como este bajo la apariencia de un exótico cuento sobrenatural que conforme avanza narrativamente a través de sus tres actos se va bifurcando a la hora de abordar de forma algo irregular cuestiones tales como el rigor histórico/político de una determinada época o el posicionamiento totalmente subordinado de la mujer en el universo que nos presenta una historia que da la impresión de darse de bruces en todo momento en lo concerniente al conflicto existente entre la tradición y el modernismo, aunque posiblemente lo que orbite en todo momento por esta fascinante Tumbbad es su indagación moral acerca de cómo la avaricia y la falta de principios no trae nada bueno en base a una metáfora expuesta a través de una maldición cíclica ancestral, para más inri el despliegue de efectos visuales orquestados para la ocasión, por momentos visualmente prodigioso, aparte de estar perfectamente cohesionado a la historia podemos intuir fácilmente que no le haría ascos a ninguna producción media alta proveniente del actual industria Hollywoodiense.

dicha temática tomo un rumbo que por claros motivos coyunturales se apartaba de sus predecesores, las sagas V/H/S o The ABCs of Death o propuestas aisladas como la reivindicable Southbound son films que expanden el concepto de la colectividad autoral, realizadas con un presupuesto muy escaso y cuya rentabilidad comercial parece destinada solo a su pase por el circuito de festivales de género y su exhibición en alguna plataforma televisiva, The Field Guide to Evil podría entrar perfectamente en este grupo, como la práctica totalidad de films episódicos realizados hoy en día son dirigidos de forma colectiva por diferentes directores, algo que la deriva de forma casi obligatoria a un trazo discontinuo en lo referente a su desarrollo ocasionando cierta imposibilidad a la hora de encontrar en ellas un tono meridianamente compacto en lo que respecta a su narrativa.

ese discurso que por momentos parece ser unísono nos dice que los muertos vivientes no dejan de ser víctimas o en menos medida reflejos de los males de la sociedad tales como el desmedido consumismo, la problemática racial o el caos medioambiental entre otras lacras endémicas de una sociedad que se atisba como enferma. Jim Jarmusch a tal respecto echa mano tanto de la auto parodia intrínseca de su cine, provista en esta ocasión de un gran número de momentos meta plagados de autorreferencialidad como a una deconstrucción genérica que en esta ocasión deviene como algo más liviana en comparación con la profundidad existente de por ejemplo Only Lovers Left Alive pese que en su parte final se incida en demasía en el supuesto subtexto del mensaje. The Dead Don’t Die por consiguiente actúa a modo de fábula moral bajo un claro trazo de ser un divertimento de lujo utilizando como escenario para la ocasión a una población rural en donde sus protagonistas nos son presentados como habitantes de una ficción que se prevé como apocalíptica a través de un relato bastante más turbio y desmoralizador de lo que uno puede imaginar en un primer momento y en donde Jarmusch parece que en esta ocasión deja de lado el cine dialógico optando por esa otra cosa tan característica en su cine como es el maquillar los códigos estéticos dando como resultado una historia que en ningún momento da la impresión de abrazar la no verosimilitud del relato en cuestión.

en este sentido y a diferencia de La región salvaje el trazo de denuncia por las evidentes connotaciones existentes con la realidad apenas son aquí percibidas, tan solo desde un trasfondo muy leve, Alejandro Fadel que se siente más cómodo generando suspense a través de lo atmosférico y no en lo narrativo utiliza un desarrollo en su trama bastante derivativo que da la impresión de beber de fuentes tan inequívocas a primera vista como el cine de Lynch, Jodorowsky y de bastantes más referente icónicos del fantástico literario como por ejemplo de H. P. Lovecraft, a través de ellos intentar involucrar al espectador en un imaginario plagado de locura, o más bien un tratado sobre ella, el miedo y evidentemente de desconcierto en base a la creación de un microclima de tendencia ominosa que hacen complicado el dilucidar qué es lo real y que es sobrenatural, a través de estas derivaciones intuimos que la violencia de género que visionamos en la historia a modo de cruentos asesinatos está representada como un mal generalizado, un poco a la manera del Cruising de William Friedkin por poner un ejemplo, de esta manera ese ente monstruoso solo es materializado visualmente en la conclusión del relato y de manera bastante alegórica.

de alguna manera todo fluctúa a través de la experimentación de una inexistente identidad, no hay una necesidad monetaria ante tal hecho si acaso el encontrar una supuesta emoción vital o búsqueda de objetivos que hasta ese momento parece que desconocen a través de la desmotivación de su día a día, poniendo en evidencia nuevamente el modelo social norteamericano que nos termina remitiendo a ese sueño Americano de cuya esencia surge la idea de que algunos son especiales y que llegaran hasta a donde haga falta para poder demostrarlo. Bart Layton al igual que en su anterior The Imposter recurre a un camino cuanto menos poco frecuentado en lo concerniente a su desarrollo, el aplicar una narrativa que aparte de anidar en el difuso terreno de los cambios temporales da la impresión de redimensionar los límites existentes entre la ficción y la realidad, hay un continuo y en ocasiones algo irregular e incluso abrupto dialogo entre ambos planteando el relato en base a una serie de testimonios de los cuatro personajes implicados en los hechos, dicha interacción a modo de juego de máscaras hace que estemos ante una historia genéricamente mutante, pasamos del drama a la comedia y viceversa en la práctica totalidad del metraje.

claro percutor de esa supuesta fractura mental, a través de lo meramente sugerido en clave fantástica acerca del supuesto detonante de dicha actitud es donde encontraremos los mejores momentos del film, el entrar en un terreno en donde lo intuido y lo atmosférico van al unísono expuestos a través de una narrativa fraccionada y pausada en donde se confronta lo racional con la mitología, es en esa ambivalencia en donde nuevamente encontraremos una indagación en el clasicismo cinematográfico, en este caso poniendo como ejemplo la fundamental The Innocents de Jack Clayton, perfecto paradigma que obligaba al espectador a preguntarse si la visión de la protagonista era provocada por un elemento fantástico o simplemente venia de raíz.