
En un futuro cercano. El pueblo de Bacurau llora la muerte de su matriarca Carmelita, que falleció a los 94 años. Algunos días más tarde, los habitantes se dan cuenta de que el pueblo está siendo borrado del mapa.
La alegoría política y social siempre ha sido un tema recurrente dentro de la historia del cine, posiblemente haya sido el género fantástico y la utopía de ciencia ficción en especial la parcela más abonada a discursos en donde se nos alertaba acerca de los peligros existentes de según qué ideologías que ostentaban, o lo pretendían, el poder, la lista a tal respecto seria ciertamente extensa, como algunos ejemplos podríamos citar el 1984 de Michael Radford en donde la novela de George Orwell ejercía en su plasmación en imágenes de una visión marxista del comunismo provista de un discurso nada sutil acerca del miedo hacia colectivos, que en el fondo resultaba ser todo lo contrario, dominantes, en el Metropolis de Fritz Lang también éramos testigos de la alienación popular con especial énfasis en las separaciones y diferencias de clases sociales con el claro trasfondo de la revolución industrial como síntesis principal de su argumentación, sin irnos tan lejos y apartándonos del fantástico en la extraordinaria The Master de Paul Thomas Anderson veíamos como se indaga en la debilidad mental del individuo a través de un mensaje en donde la religión nos es mostrada como una engañosa arcadia direccionada principalmente hacia la dominación de gente común. Posiblemente a la hora de presentar la excelencia del discurso alegórico o metafórico de raíz político ubicado en un escenario fantástico la novela de Jack Finney Invasion of the Body Snatchers, llevada en varias ocasiones a la gran pantalla, representaba a la perfección una feroz crítica a través de una narrativa paranoica conspirativa del fascismo adyacente en aquella época en relación al senador McCarthy y sus famosas listas negras.
El cine de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles como claro cine militante ha transitado hasta día de hoy en su gran mayoría a través de un discurso en donde problemáticas sociales y políticas figuran como la principal génesis de su dictado como bien hemos podido comprobar en sus últimas Sonidos de barrio o Aquarius, en su nuevo trabajo tras las cámaras titulado Bacurau se indaga nuevamente en tal discurso en lo relativo a su fondo aunque no tanto en referencia a una formas que difieren con respecto a anteriores películas realizadas por el dúo de directores brasileños. El menaje en esta ocasión es aún menos sutil y más obvio si cabe que en ocasiones pasadas, en el de alguna manera encontraremos más texto que subtexto, la figura de un poder totalitario representado en la figura del invasor nos remite claramente a la actualidad y a Jair Bolsonaro, la novedad viene dada en la forma que Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles representan tal alegoría política, lo hacen a través de una mixtura genérica tan vasta como por momentos imposible,
la virtud viene dada en la medida de no desentonar un producto que dada su naturaleza tenia todos los números para hacerlo. Las referencias de este retrato rural son innumerables, a tal respecto podríamos denominar a Bacurau como una fábula de realismo mágico que irremediablemente nos remite al cine perpetrado en su día por Alejandro Jodorowsky, sus inequívocas texturas de western también parecen transitar por momentos a través de imaginarios fílmicos de por ejemplo John Carpenter o Sam Peckinpah, en tal sentido la sobredosis de sangre y vísceras adyacente en el film puede descolocar a más de uno, sin embargo estas hibridaciones que por momentos devienen como imposibles no hacen más que reforzar una apuesta que resulta ser tan arriesgada como parcialmente conseguida en relación al buen manejo de los cambios de tono. Al igual que la anterior Aquarius en Bacurau asistimos a un desalojo que deviene como forzoso, si en aquella ocasión era un bloque de pisos aquí se trata de un remoto pueblo situado al sur del Brasil, nuevamente la denuncia va encaminada hacia el invasor que en esta ocasión tendrá que volver a hacer frente a una solidaridad antisistema tan árida como violenta.
De clara lectura política y provista de abundantes ideas tanto visuales como discursivas Bacurau como buena fábula distópica que es no parece reparar mucho en un subrayado que por momentos parece colisionar con las coordenadas del aquel llamado Cinema Novo, poco importa en realidad dicha confrontación de estilos pues al final de alguna manera confluyen en relación a una combinación resultante de género y política a partes iguales que terminan resultando ciertamente efectiva, a tal aspecto la decisión deviene como ciertamente radical en referencia a un dictado en donde su nada disimulada extravagancia, llevada a cabo sin ningún tipo de complejos ni miramientos sutiles, se erige a modo de esa conocida génesis en donde el cine brasileño parece estar concebido como arma política, aquí expuesto mediante una agraciada mezcla genérica que da lugar a su conclusión al correspondiente debate y reflexión de lo que parece ser hoy en día el Brasil contemporáneo.
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no deja de ser una excusa, la argumentación de los repetidos itinerarios de fugas, persecuciones, traiciones y conceptos propios del cine negro no parecen, o al menos da esa sensación, ser una prioridad para un Diao Yinan que parece encontrarse mucho más cómodo a la hora de retratar o más bien contemplar unos escenarios de índole laberintico, nocturnos, lluviosos y bellamente iluminado a través de los neones, un conclave estético que parece de alguna manera asalvajado y que no dejan de ser una durísima radiografía, o si se prefiere alegoría, de una actual China en donde las brechas sociales existentes entre sus habitantes son cada vez mayores, a través de todo ello los protagonistas del relato subsisten en ese escenario casi modo de ecosistema paralelo, de fantasmal ambiente turístico y connotaciones casi utópicas, unos habitantes en continuo movimiento cuya compulsividad y aparatosidad parecen remitirnos a cierto cine perpetrado en su día por Sam Fuller, también al cine negro de serie B norteamericano de los años 40, seres que de alguna manera viven cercenados en reductos que dan la sensación de ser limítrofes con el resto de la población, será en la nocturnidad de la acción en donde percibamos una suerte de sueño a modo de triste elegía en relación a una urbe desproporcionada a todos los niveles que se manifiesta como un animal salvaje en una historia en donde a fin de cuentas se nos cuenta una redención cuya consecuencia final volverá de alguna manera a poner en equilibrio las cosas.


no estaría de más el plantearse si un film que sin llegar a ser experimental y que recurre a virtuosismos formales excesivos han de ser críptico en lo relativo a su lectura, sin ir muy lejos y como ejemplo la reciente The Lighthouse de Robert Eggers ha sido acusada en según qué círculos de pretender ser pretenciosa en lo relativo a un expresionismo estético que es juzgado como impostado en la medida que querer anteponer el impacto visual a cualquier tipo de narrativa digamos convencional. Sea como fuere es evidente que en según qué obras las formas y el fondo no siempre parecen ir al unísono de una manera conveniente.

microcosmos que de alguna manera pretende ser una suerte de reflejo de un país entero de deviene como enfermo, a través de todo ello se nos retrata lo más feo y oscuro que puede llegar a anidar dentro del ser humano. Provisto formalmente de ese tono gélido y aséptico tan característico en películas centroeuropeas en donde se nos muestran disfuncionalidades familiares de todo tipo como por ejemplo, una burguesía mal entendida, homofobia, abuso de roles de poder y otros males endémicos sociales, seremos testigos de cómo Jorge Riquelme Serrano tiene la virtud de representarlos y ejecutarlos de forma muy cercana al espectador en base a la aparente cotidianidad de los actos a los que asiste, esto no significa que el relato no llegue a ser áspero y oscuro, a tal respecto el film, aun provisto de una credibilidad algo dudosa en lo concerniente a esa representación en concreto, tiene el dudoso honor de atesorar la escena posiblemente más hiriente y sórdida vista durante todo el festival.

intermitentes puntos de interés expuesto a modo de pastiche y juego cinéfilo. Zeroville intenta generar una reflexión sobre la cinefilia llevada al límite, un film que empieza por causar una cierta curiosidad por lo insólito de su naturaleza a contra corriente, sin embargo la broma dura bien poco hasta llegar a convertirse en una especie de chiste deslavazado, muy pasado de rosca, repetitivo e imposible de unir con un mínimo de coherencia, el conjunto final deviene con muy poca gracia bordeando por momento lo irritante en especial en lo referido a un montaje que parece estar tramado por el propio protagonista del film. También sería justo decir que el nuevo trabajo del responsable de Interior. Leather Bar. necesita una contextualización adecuada a la hora de poder ser analizada con cierta enjundia, evidentemente el film huye conscientemente de cualquier tipo de verisimilitud narrativa, algo que vuelvo a repetir no es óbice para dar la impresión de estar ante chiste que termina siendo demasiado farragoso por mucho que la cinefilia del autor, y la del relato, pueda causar una cierta empatía en el espectador ávido de referencias.

en según qué discutibles manierismos algo manidos expuestos en su tramo final, la principal referencia al film la podemos encontrar en películas tales como Ciudad de Dios o Tropa de élite, de algunas manera estos films no dejan de pertenecer a un género construido en sí mismo, en tal respecto el punto de partida y posterior desarrollo es similar a los trabajos arriba citados, su desarrollo sin embargo intenta alejarse algo pese a que el retrato de ese microcosmos social de desfavorecidos en base a unos protagonistas imposibilitados de salir de esa especie de hormiguero ubicado en el corazón de las favelas parezca en un principio idéntico al de sus congéneres. A tal respecto Pacified no es una película que transite por la originalidad aunque sería injusto no reconocerle una cierta efectividad a la hora de retratar unos lugares que ya devienen como comunes en esto de plasmar en imágenes duros ámbitos de índole social.

carcajada, parte de un hándicap bastante detectable en la medida de ser una especie de apéndice algo alargado de un corto anterior realizado por los mismos responsables, la historia está expuesta en base a continuas idas y venidas en donde más que una amistad en si lo que Michael Angelo Covino parece querer contarnos es en referencia al vínculo dependiente creado de tal concepto, los dos protagonistas devienen como completamente antagónicos entre sí, uno resulta ser un inocente bonachón de carácter extremadamente afable, el otro un ser un tanto ególatra y vividor pero principalmente egoísta para con quien les rodea, curiosamente la mezquindad del segundo hará que anhelé y en parte necesite el entorno familiar solido que parece atesorar el primero.

a la casa y su posterior ocupación, como centro neurálgico de poder, deviene como una milimétrica alegoría de una desesperación que se percibe sin vías de solución. Para la ocasión no solo se limita a retratar en un claro tono realite, formato ayudado con la decisión de contar solo con Luis Alberti como único actor profesional del elenco, una desigualdad que deriva en abuso y posterior revancha, sino que se ampara a través de metáforas ubicadas en un escenario de clara estructura minimalista en lo referente a una historia contada de una manera sencilla pero convincente que terminara siendo circular en lo relativo a la incertidumbre que han de padecer todos sus protagonistas y que de una forma atroz siempre nos devuelve al punto de origen siendo su síntesis argumental aquella que nos dicta como la corrupción moral puede ir calando en según qué circunstancias en cualquier segmento de nuestra sociedad.

comienza a convertirse en algo fantasmagórico en referencia a un planteamiento sobre el desvanecimiento de un conjunto, no en relación a ninguna maldición digamos ancestral de un relato que nos habla principalmente de la desaparición de un entorno determinado que empieza a través de unas apariciones, curiosamente en dicha indagación temática de claros contornos genéricos el elemento social está integrado en el relato de una forma muy sutil, Denis Côté a través de esas acotaciones o derivas narrativas se vale continuamente de un fuera de campo que de alguna manera nos habla de la desconfianza hacia el desconocido, algo que deriva inevitablemente en la problemática de la xenofobia en la medida hablar acerca de cuerpos olvidados que de una forma inesperada necesitan de ser visibles y que actúan o representan en la historia simbolismos a modo de un horror que deviene como colectivo en referencia al concepto de la desconfianza a la hora de poder compartir un espacio que al final quedara abocado al éxodo del no participe en dicha correlación.

que deviene como toxico para todas las personas que le rodean, también la insatisfacción personal están muy presente en un trama que hace de la inseguridad (ojo a esa escena tan premonitoria y tan bien resuelta a un nivel formal que vemos en el restaurante cuando la protagonista y su ex pareja han quedado para comer y que nos pone sobre aviso de lo que estar por llegar) una patología de la paranoia interna en base a una narrativa que en algunos momentos llega incluso a bordear el thriller psicológico, en este aspecto el notable trabajo de Ina Weisse es ciertamente admirable a la hora de mostrarnos una tensión siempre latente a través de una puesta en escena que nunca llega a eclosionar pero que sin embargo a la larga tendrá unas consecuencias tan inquietantes como desgarradoras en un relato en donde subyace una implícita violencia, nunca escenificada pero muy presente a modo de premonición a través de una narrativa que en ningún momento recurre a los golpes de efecto en relación a según qué intimidades derivadas de una debilidad ajena en un principio a unos espectadores que al final terminan de alguna manera convirtiéndose en cómplices.

Hara-kiri: Death of a Samurai o su depurada reinterpretación low cost de otro clásico como es la notable Over Your Dead Body. Una trayectoria que da la impresión de no tener ya una imperiosa necesidad de llamar la atención, de provocar en definitiva, sus trabajos se expanden dejando de ser un coto privado destinados a festivales de género, a tal respecto a nadie sorprendió que su First Love estuviera presente en la Quincena de Realizadores del pasado Festival de Cannes, también estuvo presente el pasado mes de septiembre en San Sebastián dentro de la sección Zabaltegui en un certamen que al igual que aquella Semana de Terror de San Sebastián del año 1999 ahora está dirigido por Luis Rebordinos, circunstancia que curiosamente hace que el círculo se cierre de alguna manera.

manejar como él quería, un punto de partida similar a otra película vista este año en el festival como es la británica Rocks pero desarrollada a través de una narrativa completamente distinta, en esta ocasión todo expuesto a modo de una muy característica coming of age aquí encuadrada dentro de un periodo de tiempo muy determinado, apenas dos semanas y acontecida una ubicación rural que deviene como clave en el desarrollo de una historia en donde el entorno histórico cultural resulta fundamental a la hora de retratar lo que vendría a ser una incertidumbre hacia lo desconocido o una contrariedad cosechada en lo relativo a los sentimientos del joven protagonista visualizados a través de un particular micromundo representado aquí de forma tan clásica como hiperrealista en la medida de conseguir trasivergar la consabida idílica rural gracias en parte a un notable empaque visual por parte de la fotografía a cargo de Christophe Beaucarne.

a la atmósfera malsana que subsiste en una historia por momentos colindante con el thriller nórdico, todo ello expuesto formalmente a través de unas querencias estéticas tan insólitas como atrevidas como por ejemplo puede ser la por momentos hipnótica banda sonora de tono electrónico a cargo de Galymzhan Moldanazar, por otra parte asistimos a un trabajo de connotaciones inequívocamente autorales, en tal sentido a Adilkhan Yerzhanov que tiene tiempo incluso de transitar a través de un humor por momentos absurdo, que parece mirar sin ningún tipo de pudor a imaginarios provenientes del cine de Jacques Tati por ejemplo, da la sensación de no darle mucha importancia al tempo narrativo de la película, cuestión esta que puede suponer para el espectador no predispuesto a la espera paciente un inconveniente de difícil escollo dada la particular concepción de un ritmo el efectuado aquí que al igual que el farragoso día a día de los protagonistas del film parece quedar situado en un tiempo indefinidamente suspendido en el limbo.

etnográfica que anida en Zombi Child la aparta por completo de lo entendible por algunos como el terror clásico por mucho que la fundamental I Walked With a Zombie de Jacques Tourneur a modo de representación iconográfica está muy presente en todo el relato, a tal respecto no deja de ser algo curioso las referencias y los puntos de partidas utilizados por el realizador francés al comprobar como en otras de sus películas también centrada en universos de adolescentes conspirativos como era Nocturama cogía conceptos sociales muy reconocibles de otro de los puntales principales del cine de zombies, aunque desde una perspectiva moderna, como era George A Romero y su Dawn of the Dead.

de una forma ciertamente pausada en la medida de poder ofrecernos un lienzo tan detallista como extremadamente austero, de claras connotaciones poéticas especialmente en su tramo final, ayudado en este aspecto por una inmersiva banda sonora a cargo de Ryuichi Sakamoto, un tono el expuesto que de alguna manera contribuye a que no estemos ante un film de narrativa lenta como puede parecer en un primer instante sino más bien profundo. El film de la responsable de Augustine, que vuelve a indagar con cierta sutileza en este su tercer trabajo tras las cámaras en imaginarios eminentemente femeninos, se aleja de la épica norteamericana que suele relatar la hazaña estereotipada del héroe masculino, a tal respecto resulta fundamental la ubicación en donde se desarrolla la acción al ofrecernos una visión completamente multicultural, y por tanto plenamente actual, que no delimita fronteras territoriales en lo relativo a las nacionalidades bastantes diversas que forman parte de la trama.

de considerar a Robert Eggers como un realizador afín a dicho género, en tal sentido que su opera prima transitara por recovecos bastante detectables no significa obligatoriamente que su futura trayectoria se deba por fuerza mayor a unas coordenadas genéricas determinadas, pensándolo bien un servidor es de la opinión que el responsable de The Witch es un director que básicamente utiliza formas y modismos prototípicos del genero fantástico a la hora de contar fundamentalmente historias dramáticas que indagan normalmente en un origen clásico de la mitología direccionada en gran parte a una Norteamérica pretérita, a diferencia de por ejemplo Ari Aster, en donde si es detectable un posicionamiento excesivamente calculado con respecto a lo que quiere contar, el cine de Robert Eggers y su catalogación como «terror de autor» resulta bastante cuestionable en la manera de apreciar cómo este se apropia y desarrollara según que códigos habituales dentro del cine de horror.
es evidente que el film está extremadamente calculado, algo que no tiene que ser forzosamente negativo, desde su formato 1,19:1 hasta su inequívoco tono expresionista provisto de abundantes picados y contrapicados o un blanco y negro que anula cualquier atisbo de utilización cromática, recursos que no hacen más que confirmar que Eggers es de esos autores que se preocupan por que el imaginario orquestado que rodea la historia devenga como extremadamente real y creíble pese a que en esta ocasión recurra de forma algo soterrada a un humor tan negro como escatológico, una austeridad formal expuesta a través de una pieza cinematográfica que deviene por momentos como un apabullante e hipnótico ejercicio de estilo que rehúye cualquier tipo de tendencias liquidas habituales dentro del actual cine de género fantástico a la hora de ofrecernos una arriesgada pieza de orfebrería provista de un propio y singular lenguaje autoral.

relatado a través de una dramaturgia de tintes casi bergmanianos en donde se nos muestras unas heridas que se prevén como incurables, una mirada a una de las muchas caras no visibles de la trastienda bélica en donde se cuestiona ese unitario heroísmo patriótico del supuesto vencedor, la notable reconstrucción de la época resultara un activo clave a la hora de transportar directamente al espectador a un imaginario desgarrador en donde por ejemplo vemos como los soldados malheridos de la trastienda piden que los liberen de su sufrimientos a sus cuidadores, en tal sentido el retrato que nos propone Beanpole quedara siempre situado a modo de un purgatorio mental situado siempre al borde de un colapso emotivo y moral escenificado en esta ocasión en el imperioso deseo de ser madre, para más inri Kantemir Balagov que da nuevamente la sensación de ser un alumno aventajado de la escuela de Aleksandr Sokurov, aquí dotado de un presupuesto bastante mayor que en su opera prima, se permite el lujo de rodar con una excelente pulcritud espacios escénicos de una belleza cromática que por momentos da la impresión de estar colindando con el arte pictórico a través de un extraordinario rigor formal.

Luis Tosar, provista de una clara condición ambigua y anti heroica, en donde tomamos la percepción de la dualidad arquetípica de alguien que asume distintos roles dentro de una historia, la del buen samaritano escenificado básicamente en sus cotidianas relaciones familiares y la del ser atormentado por su pasado, serán a través de sus silencios y tiempos muertos en donde se otorgue tanto al personaje como al relato de la complejidad requerida para la ocasión, la mínima pues estamos ante un producto que no necesita de grandes disquisiciones narrativas a la hora de poder ser entendida como una historia compleja, entre su sequedad y violencia detectamos pequeños atisbos de lirismo a un relato que se le puede perdonar fallas por momentos demasiado evidentes como esa falta de cohesión existente entre el pasado y el presente del protagonista en base a unos flash-backs de dudoso gusto estético, o una cierta falta de verisimilitud en relación al plan orquestado en el hospital por el personaje interpretado por Luis Tosar sin que este apenas sufra traba alguna, pequeños matices narrativos no bien resueltos y llevados muy al límite que sin embargo no son óbice a la hora de contar una historia que da la sensación en momentos puntuales de adentrarse por vericuetos narrativos más cercanos al drama de connotaciones trágicas que al thriller ortodoxo entendido como tal.

como es Guillermo Del Toro, el director de origen mexicano deviene como más artífice que Øvredal, o eso es lo que un servidor intuyo viendo la película, esta nos ofrece un reconocible catálogo de seres en donde se ven atisbos de faunos, monstruos y demás estilemos de su imaginario, también el consabido componente social y correspondiente lectura política está muy presente, quizás demasiado, la figura de Richard Nixon, un racismo bien latente y la guerra de Vietnam como terror real de finales de los años 60 en confrontación con el terror surgido de la imaginación es ofrecido con demasiada falta de sutileza, el batiburrillo referencial genérico por otra parte termina siendo tan disfrutable en parte como algo indigesto dada su falta de homogeneidad, algo que si nos paramos a analizar brevemente no tendría que sorprender tanto pues Guillermo Del Toro no es un realizador/productor en cuya obra todo reluzca como muchos se empeñan en demostrar y como quedaba demostrada entre otros ejemplos en ese obra de contornos tan discutibles en referencia a su ejecución como resulto su implicación en la fallida Don’t Be Afraid of the Dark.

inequívocamente al denominado Folk Horror, paradigma y perfecta de combinación de terror y júbilo, escenarios claustrofóbico uno y de vastos espacios abiertos el otro en donde sus desdichados protagonistas se ven imposibilitados de huir, aunque posiblemente el quid de la cuestión venga dado en la medida de como Ari Aster por omisión voluntaria o discapacidad se ve imposibilitado de utilizar conceptos propios del cine de terror de una forma adecuada, dicho de otra manera el envoltorio y ciertas formas puede ser semejante a productos que han transitados con anterioridad por terrenos parecidos como por ejemplo las fundamentales The Wicker Man o The Blood on Satan’s Claw si bien el fondo en lo relativa a su narrativa es totalmente diferente, por dicho posicionamiento el responsable de Hereditary ha sido acusado por algunos medios de la hipsterización del genero al mismo tiempo de atesorar cierta pretenciosidad al intentar elevar la mirada por encima de ciertos arquetipos genéricos, a tal aspecto resulta evidente que todo el cine perpetrado por Ari Aster está basado tanto en la dilatación temporal del relato como en un apabullante ejercicio audiovisual a la hora de desgranar sus historias en base a una cierta sutileza por hacernos intuir situaciones poco halagüeñas que aún están por venir.

en apariencia familiar, solo en una primera instancia pues más adelante somos testigos como este bajo la apariencia de un exótico cuento sobrenatural que conforme avanza narrativamente a través de sus tres actos se va bifurcando a la hora de abordar de forma algo irregular cuestiones tales como el rigor histórico/político de una determinada época o el posicionamiento totalmente subordinado de la mujer en el universo que nos presenta una historia que da la impresión de darse de bruces en todo momento en lo concerniente al conflicto existente entre la tradición y el modernismo, aunque posiblemente lo que orbite en todo momento por esta fascinante Tumbbad es su indagación moral acerca de cómo la avaricia y la falta de principios no trae nada bueno en base a una metáfora expuesta a través de una maldición cíclica ancestral, para más inri el despliegue de efectos visuales orquestados para la ocasión, por momentos visualmente prodigioso, aparte de estar perfectamente cohesionado a la historia podemos intuir fácilmente que no le haría ascos a ninguna producción media alta proveniente del actual industria Hollywoodiense.

dicha temática tomo un rumbo que por claros motivos coyunturales se apartaba de sus predecesores, las sagas V/H/S o The ABCs of Death o propuestas aisladas como la reivindicable Southbound son films que expanden el concepto de la colectividad autoral, realizadas con un presupuesto muy escaso y cuya rentabilidad comercial parece destinada solo a su pase por el circuito de festivales de género y su exhibición en alguna plataforma televisiva, The Field Guide to Evil podría entrar perfectamente en este grupo, como la práctica totalidad de films episódicos realizados hoy en día son dirigidos de forma colectiva por diferentes directores, algo que la deriva de forma casi obligatoria a un trazo discontinuo en lo referente a su desarrollo ocasionando cierta imposibilidad a la hora de encontrar en ellas un tono meridianamente compacto en lo que respecta a su narrativa.

ese discurso que por momentos parece ser unísono nos dice que los muertos vivientes no dejan de ser víctimas o en menos medida reflejos de los males de la sociedad tales como el desmedido consumismo, la problemática racial o el caos medioambiental entre otras lacras endémicas de una sociedad que se atisba como enferma. Jim Jarmusch a tal respecto echa mano tanto de la auto parodia intrínseca de su cine, provista en esta ocasión de un gran número de momentos meta plagados de autorreferencialidad como a una deconstrucción genérica que en esta ocasión deviene como algo más liviana en comparación con la profundidad existente de por ejemplo Only Lovers Left Alive pese que en su parte final se incida en demasía en el supuesto subtexto del mensaje. The Dead Don’t Die por consiguiente actúa a modo de fábula moral bajo un claro trazo de ser un divertimento de lujo utilizando como escenario para la ocasión a una población rural en donde sus protagonistas nos son presentados como habitantes de una ficción que se prevé como apocalíptica a través de un relato bastante más turbio y desmoralizador de lo que uno puede imaginar en un primer momento y en donde Jarmusch parece que en esta ocasión deja de lado el cine dialógico optando por esa otra cosa tan característica en su cine como es el maquillar los códigos estéticos dando como resultado una historia que en ningún momento da la impresión de abrazar la no verosimilitud del relato en cuestión.

en este sentido y a diferencia de La región salvaje el trazo de denuncia por las evidentes connotaciones existentes con la realidad apenas son aquí percibidas, tan solo desde un trasfondo muy leve, Alejandro Fadel que se siente más cómodo generando suspense a través de lo atmosférico y no en lo narrativo utiliza un desarrollo en su trama bastante derivativo que da la impresión de beber de fuentes tan inequívocas a primera vista como el cine de Lynch, Jodorowsky y de bastantes más referente icónicos del fantástico literario como por ejemplo de H. P. Lovecraft, a través de ellos intentar involucrar al espectador en un imaginario plagado de locura, o más bien un tratado sobre ella, el miedo y evidentemente de desconcierto en base a la creación de un microclima de tendencia ominosa que hacen complicado el dilucidar qué es lo real y que es sobrenatural, a través de estas derivaciones intuimos que la violencia de género que visionamos en la historia a modo de cruentos asesinatos está representada como un mal generalizado, un poco a la manera del Cruising de William Friedkin por poner un ejemplo, de esta manera ese ente monstruoso solo es materializado visualmente en la conclusión del relato y de manera bastante alegórica.

de alguna manera todo fluctúa a través de la experimentación de una inexistente identidad, no hay una necesidad monetaria ante tal hecho si acaso el encontrar una supuesta emoción vital o búsqueda de objetivos que hasta ese momento parece que desconocen a través de la desmotivación de su día a día, poniendo en evidencia nuevamente el modelo social norteamericano que nos termina remitiendo a ese sueño Americano de cuya esencia surge la idea de que algunos son especiales y que llegaran hasta a donde haga falta para poder demostrarlo. Bart Layton al igual que en su anterior The Imposter recurre a un camino cuanto menos poco frecuentado en lo concerniente a su desarrollo, el aplicar una narrativa que aparte de anidar en el difuso terreno de los cambios temporales da la impresión de redimensionar los límites existentes entre la ficción y la realidad, hay un continuo y en ocasiones algo irregular e incluso abrupto dialogo entre ambos planteando el relato en base a una serie de testimonios de los cuatro personajes implicados en los hechos, dicha interacción a modo de juego de máscaras hace que estemos ante una historia genéricamente mutante, pasamos del drama a la comedia y viceversa en la práctica totalidad del metraje.

claro percutor de esa supuesta fractura mental, a través de lo meramente sugerido en clave fantástica acerca del supuesto detonante de dicha actitud es donde encontraremos los mejores momentos del film, el entrar en un terreno en donde lo intuido y lo atmosférico van al unísono expuestos a través de una narrativa fraccionada y pausada en donde se confronta lo racional con la mitología, es en esa ambivalencia en donde nuevamente encontraremos una indagación en el clasicismo cinematográfico, en este caso poniendo como ejemplo la fundamental The Innocents de Jack Clayton, perfecto paradigma que obligaba al espectador a preguntarse si la visión de la protagonista era provocada por un elemento fantástico o simplemente venia de raíz.

se dé el caso y mostrado bajo los contornos de un thriller psicológico su estructura difícilmente varia de una historia a otra, los estándares narrativos devienen como extremadamente similares, la irrupción en un entorno familiar o aparentemente convencional de un extraño, al principio amigable y placentero para posteriormente devenir como una amenaza hacia esa supuesta estabilidad invadida, como punta de iceberg de dicho temario a últimos de los ochenta encontramos el Fatal Attraction de Adrian Lyne, fue en los noventa cuando la cosa se expandió considerablemente con títulos como por ejemplo Pacific Heights, Single White Female o The Hand that Rocks the Cradle entre otros muchos, una fórmula que duro lo que la taquilla dicto, la evidente saturación de tal concepto de hostigadores relego dicho temario a ser casi un refugio algo denostado de telefilms de sobremesa. Tales coordenadas son rescatadas aquí por Neil Jordan, no tanto a la hora de hacer una relectura de él y si en la medida de fabularlo en referencia a orquestar un retrato de la soledad provisto de un aire de cuento perverso, queda claro que aquí no importa tanto el fondo como si el manipular las formas siempre elegantes por parte del realizador irlandés en la medida de moldear una historia que transita a través de personajes ubicados y a merced de una gran urbe, la terrible soledad de ellos, a unos ocasionando enajenamiento, a otros una abrumadora pérdida seguridad personal, todo ello visualizado en un drama que muta en thriller y posteriormente en pieza de terror acerca dos mujeres que se sienten solas, todo ello expuesto en lo concerniente a un maternalismo que degenera en obsesión.

un peaje que deviene sin embargo como inevitable y que se aparta por completo de propuestas cuya naturaleza transitan por conceptos mucho más simplistas. Eyes of Fire que parte de una narración fracturada a través de un flashback en donde los personajes sobrevivientes del presente nos dice de inmediato que las cosas no terminarán bien para el resto de personajes tiene la particularidad de indagar en la Norteamérica del siglo XVIII a través de simbolismos muy poco transitados dentro del género fantástico, su apuesta se basa principalmente en lo que podríamos denominar como un terror iniciático, el mal presentado como una fuerza que es una parte fundamental de la naturaleza en sí misma, a tal respecto el escenario y su peculiar magnetismo deviene como clave, imaginemos por un momento que los conquistadores de la fundamental Aguirre, la cólera de Dios de Werner Herzog en vez de enfrentarse a la peligrosidad que suponen los nativos lo han de hacer a una fuerza ubicada bastante anterior en el tiempo, a tal respecto las historias de brujería ancestrales y espíritus malignos en la Norteamérica de los colonos invaden un relato en donde llegados a un punto nos enfrentamos a una historia de terror sobre pioneros situados en un territorio cuya ancestralidad da paso conforme avanza el metraje a una psicodélica (las composiciones y la iluminación resultan fantásticas) tan disparatada como subyugante otorgándole empero una muy difícil catalogación genérica a un nivel global.
que le lleva a través de una indagación mucho más arriesgada en relación a la antropología fantástica del relato en cuestión, pero si nos fijamos detenidamente en la base en que se sustenta su argumentación esta son muy parecidas, en ambas historias encontramos el exilio forzado de una comunidad de un grupo de personas por un supuesto paganismo religioso como factor determinante, Eyes of Fire va mas allá en la ecuación e incluye en dicho rechazo adulterio y poligamia, ese exilio impuesto no deja de ser un doble castigo, por un lado la exclusión de un grupo de personas a formar parte de una comunidad y por otro el quedar expuestos a un peligro mucho mayor que la intolerancia grupal a que se han visto sometidos como resulta ser el estar a merced de un oscuro y desconocido misticismo a modo de fuerza sobrenatural de consecuencias devastadoras. Eyes of Fire como buena rara avis que es termina siendo esa película de contornos imperfectos que pudo ser no solo perfecta en si misma sino también clave en referencia al devenir del género fantástico de estas últimas décadas, es como si sus múltiples derivas genéricas colocadas a modo de puzle no estuvieran puestas en orden especialmente en lo referido a su media hora final, posiblemente la intención de Avery Crounse fue realmente esa, la de trasportar al espectador de alguna manera a una confusión narrativa colindante por momentos con el cine experimental, ir de algún modo más allá en la concepción de hacerte sentir aturdido y perdido a merced de una naturaleza tan abierta e inexplorada como peligrosa dada sus fundamentos, si es así doble mérito para esta pieza de terror de época cuya particularidad dada sus atributos la hace única otorgándole una merecida reivindicación que afortunadamente parece que está llegando.

como extraña, lo sutil pero sobre todo lo sugerido actúan en el film a modo de una inquietante visión con respecto a un futuro que deviene como apocalíptico bajo la atenta mirada de solo unos pocos privilegiados, en este sentido L’heure de la sortie es un film que sabe moverse a la perfección en lo que respecta a crear expectativas a través del enigma, no tanto en lo referido a su conclusión, esta se ampara en lo digamos puramente reflexivo pues a fin de cuentas el responsable de la también interesante Irréprochable (2016) transita en todo momento en lo concerniente a un discurso de ambivalencias muy políticas, aquí en referencia a una problemática medioambiental cuya exposición afortunadamente no es aleccionadora, quedando expuesta como hemos comentado más arriba a través de una tensión que nace a partir de una brecha generacional sin saber a ciencia cierta que comportamiento y que acciones, las de los adultos o la de los adolescentes, es el apropiado, en ello vemos como un adulto es incapaz de penetrar en ese mundo de los jóvenes que deviene como infranqueable.

de ocasiones, ya sea a través de un trazo digamos autoral como por ejemplo La double vie de Véronique de Krzysztof Kieslowski o el Enemy de Denis Villeneuve o bien en lo concerniente a una exposición más referencial de la clásica serie B, hay infinidad de películas a tal respecto pero señalaremos como punta de iceberg a la fundamental The Body Snatchers (cualquiera de sus tres primeras versiones llevadas al cine sirven de manera perfecta a la hora de ensalzar convenientemente dicho temario), como film mucho menos conocido y que bien merece un rescate también encontramos de gran validez el The Broken de Sean Ellis, evidentemente Jordan Peele en Us transita a través de este segundo apartado, la paranoia por el doble en este caso es amplificada a modo de plaga expuesta para la ocasión como una home invasión que por momentos la deriva al Funny Games de Haneke, en ella podemos atisbar ligeras dosis de comedia negra bien insertadas en el relato, esto para bien se traduce en que dichas fugas de dramatismo o tensión no diluyen en ningún momento lo que pretende ser el gran dictado del relato, la paranoia existente en una sociedad ultracapitalista tan alienada como avergonzada de su condición, evidentemente quien no rasque en la superficie de todo ello no verá algo que vaya más allá de un mero survival familiar.

, en Killing como film complejo que es en donde la heroicidad queda en un segundo plano a favor del conflicto interno podemos atisbar en un primer momento las obsesiones temáticas de su autor con el metal, algo que ya vimos en anteriores trabajos suyos como la saga Tetsuo, Bullet Ballet o la excepcional Snake of June, aquí sin embargo no deja de ser un punto de partida a partir de poder escenificar el objeto en cuestión como eje de poder y roles de sumisión que conforme avanza la trama se diversifica en otras disquisiciones existencialistas acerca de la propia naturaleza humana, Shinya Tsukamoto sigue de alguna manera sin bajarse del burro, mostrándose irreductible en lo referido a sus formas, posiblemente algo más depuradas en referencia al buen uso que hace de la imagen digital, algo que ciertamente es motivo de celebración, en ellas seguimos atisbando imágenes agresivas y abruptas, también una cámara muy inquieta, Killing en este sentido y pese a tratarse de una pieza de cámara de connotaciones casi teatrales, apenas 80 minutos de duración, pocos personajes y un solo escenario, nos muestra a un Shinya Tsukamoto cuyo dictado vuelve a cobrar un sentido tan específico como coherente.

pues a fin de cuentas la totalidad de personajes que vemos desfilar en la historia resultan desagradables en todas sus formas posibles, conforme avanza el film este se transmuta en una especie de slasher de índole sobrenatural con cierta tendencia al gore más recalcitrante de la serie B aderezado con la subtrama detectivesca de rigor, una sátira moral punzante convertida en una suerte de venganza de ultratumba, evidentemente dicha amalgama genérica termina resultando ciertamente indigesta en lo concerniente a su ejecución, no ya en lo referente a sus formas sino más bien a su fondo pues a fin de cuentas pese a esa supuesta trasgresión en retratar mordazmente lo frívolo todo ello deviene como insuficiente y lo que es peor mostrado de forma irregular con ese sensación tan característica en este tipo de productos de situarse en tierra de nadie, posiblemente el film requería de un mayor arrogo visual y temático en referencia a la locura que circunvala todo ese concepto de burbuja casi irreal alejada de lo que entendemos como algo normal en lo social en el que parecen viven los protagonistas de la historia.